sábado, 28 de diciembre de 2013

¿ES SALUDABLE LA IMAGINACIÓN?


Nuestra cultura es crítica con frecuencia con diferentes formas de imaginación, especialmente en los adultos. Cuando se ve a un adulto imaginando algo, con frecuencia se le critica y se le dice que está "en las nubes" o haciendo algo extraño. También se suele relacionar la imaginación con la anticipación de posibilidades negativas para el futuro, además de con la inmadurez (ser fantasioso) o la falta de contacto con la realidad (estar "flipando").

Pero ¿qué pasaría si la imaginación tuviese algúne efecto saludable o positivo para nosotros? ¿por qué no ver su lado sano y cultivarlo?

Lo que vamos imaginando acerca de nuestra vida, puede influir en lo que hacemos, pues esta es nuestra forma de proceder acerca de nuestros futuros proyectos o acciones para resto del día, o para los próximos días. El problema es que esa imaginación no siempre es controlada de forma consciente, pues se van sucediendo ideas e imágenes que de forma automática e inconsciente proyectan en el futuro las experiencias pasadas, los temores, el estado emocional del momento, etc.

Si nos paráramos primero a darnos cuenta de cómo nos proyectamos sobre nuestro futuro, es más posible que pudiéramos introducir nuevas posibilidades que pudieran hacer realidad nuestros “sueños”. Esto no quiere decir que de forma mágica se despliegue la realidad según la imaginamos, sino que una proyección imaginada y planificada de forma adecuada, aumentaría las posibilidades de llegar a lo que realmente queramos, sin tantos obstáculos e impedimentos internos como nos solemos poner, para romper así los “hechizos” de las maldiciones autoimpuestas inconscientemente o, lo que es peor, heredadas de nuestros antepasados. Este tipo de imaginación, bien encauzada también serviría para inventar cosas nuevas, desarrollar nuevas teorías, o desarrollar nuevos diseños.

Este sería un primer punto de trabajo con la imaginación, más prosaico e inmediato.

Pero ¿por qué no cultivar aún más a fondo nuestra imaginación? Es decir, ¿por qué no permitirnos desplegar nuestra fantasía para divertirnos, inventarnos una historia o desarrollar una mayor libertad interior frente a los acontecimientos? Muchos niños hacen esto de forma automática y de hecho les ayuda a buscar un refugio ante el mundo exterior cuando sufren por diferentes motivos. Aparte de que el permitir la expresión de nuestra propia creatividad ya ha probado, en numerosas ocasiones, que resulta terapéutico para diversos padecimientos psíquicos (incluso para los trastornos psiquiátricos más graves).


Por ejemplo, leí no hace mucho sobre la investigación de un autor (Eduardo Grecco, en su libro "El don bipolar") que planteaba que el trastorno bipolar tenía que ver con un don no desarrollado o expresado y que el hecho de expresarlo podía llegar a ser curativo. ¿Y qué pasaría si esto se diera en más trastornos? Es decir, que las personas enfermaran por no expresar su propia creatividad, que estaría conectada con su verdadero ser, conectada con el don no expresado. ¿Y si ese don tuviese que ver con la imaginación? ¿Por qué no darse un espacio para ello?

Y en tercer lugar, es interesante saber que la imaginación nos puede permitir conectar con nuestro mundo interior, con nuestro mundo inconsciente, pues en ella se expresan elementos de nosotros, en clave simbólica, igual que en los sueños. ¿Qué tal si nos permitimos dar rienda suelta a nuestra imaginación para luego intentar descifrar su mensaje? En este sentido la imaginación nos abre un cauce para el autoconocimiento y para la expresión de dimensiones propias poco conocidas. Puede ser un buen método para favorecer el viaje interior, especialmente en quienes sean más imaginativos… Además de también servir en el propósito de escuchar a nuestra intuición a y a nuestra propia inspiración...

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