miércoles, 26 de abril de 2017

LOS OTROS DESFAVORECIDOS. ¿QUÉ PASA CON EL SUFRIMIENTO PSÍQUICO?


Son numerosos los discursos que hablan de la ayuda a los más desfavorecidos. Se dan tanto desde las diferentes religiones, en las que por ejemplo se plantea la importancia de ayudar a los pobres y de la caridad, como en las opciones políticas en las que se habla de igualdad y de solidaridad. En ambos casos se pone de manifiesto el elemento solidaridad y una sensibilidad ante las necesidades de quienes sufren. Algo loable e importante, siempre y cuando no nos quedemos en un discurso moralista o en un narcisismo en el que pretendemos ser nosotros quienes arreglemos la vida a los demás.

Cualquier iniciativa que disminuya las injusticias y desigualdades en este mundo me parece bien, si se hace desde el lugar adecuado y equilibrado, viendo a los más débiles como iguales que se pueden llegar a valer por sí mismos, ayudando a combatir la injusticia que les empobrece, generando redes y sistemas que favorezcan la dignidad humana, su autonomía, etc.

Pero ante todo estas cuestiones muchas veces me surge la reflexión acerca de otras personas desfavorecidas, que quizás sean aún más pobres que los pobres materiales, al no ser escuchados realmente, o ser, en general, bastante ninguneados.

A los que he llamado “los otros desfavorecidos” son aquellos que sufren por causas psíquicas, que  han sido víctimas de maltratos e injusticias que les han dañado anímicamente, que en otros casos sufren por trastornos mentales que les incapacitan, o que simplemente viven un sufrimiento o vacío en el alma que les deja en la cuneta de la vida, muchas veces sin poder siquiera articular unas palabras que inspiren la compasión de los que transitan por las vías principales. Estos indigentes anímicos (que podríamos ser todos en un mal momento) suelen ser ignorados, incomprendidos, etiquetados como “tóxicos” o percibidos como personas molestas que encima piden o reclaman cariño o atención.  Cuando lo que quizás soliciten, en el fondo, es una comprensión humana y real, alguien que les escuche y les trate como personas normales, el saber que hay salidas, que hay esperanza de superar sus propias dificultades o de aprender a vivir con ellas y que son igual de humanos que los demás.

Al hilo de esta ideas me parece muy lúcida esta reflexión:
"Soy amante de la vida y como amante de la vida, no puedo estar fuera de ningún campo vital. Por lo que, cuando camino por una aldea pobre de la India y la gente tiene hambre, o está enferma porque carece de agua potable ¿cómo puedo dejar de responder a ese sufrimiento? Cavamos pozos nuevos, creamos suministros de agua clara, y enseñamos a conseguir cultivos más abundantes.
Cuando voy a Londres, o a Chicago, o a San Diego, también me encuentro con sufrimiento, no una carencia de agua potable, sino el sufrimiento de la soledad y el aislamiento, la falta de alimento espiritual y comprensión. Del mismo modo que alguien responde de un modo natural a la falta de agua potable en las aldeas, respondemos a la falta de comprensión y paz en los corazones de los occidentales. Como amante de la vida ¿cómo puedo separar una parte del todo?"
Vinoba Bhave


En general es mucho más fácil prestar atención a las realidades de pobreza material que a las situaciones de indigencia anímica y también es mucho más fácil el erigirnos en salvadores del mundo si damos limosna, colaboramos con ONGs, parroquias o partidos políticos que intervengan en aspectos materiales de la pobreza de este mundo. Todo ello tiene su importancia, pero también diversos riesgos de no ver la realidad de una forma global... Sin quitar valor a este tipo de intervenciones, me planteo muchas veces si el abordaje del sufrimiento de los seres humanos se hace de forma global y si no estamos abandonando a la indigencia emocional y espiritual a aquellos a quienes no entendemos… Quizás no les entendemos por no saber entender y tolerar nuestras propias limitaciones o a nuestras partes más frágiles y desequilibradas, cuando actuamos así. El mecanismo habitual es cerrar, dentro de nosotros, la puerta a los elementos anímicos interiores que nos perturban, lo que es terreno abonado para la incomprensión de los que sufren por causas psíquicas a nuestro alrededor. Es decir, acabamos tratando a otros como nos tratamos a nosotros mismos, y así podemos desconectarnos de la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno para sentirnos seguros, asertivos o incluso valientes. ¡Qué paradoja!

La cuestión más profunda considero que ha de ser más global. Incluso para combatir la pobreza material, de forma más adecuada, es necesario la transformación de nosotros mismos, de nuestras consciencias. No podemos arreglar la casa de los demás si no arreglamos la nuestra. No podemos atajar las causas de la injusticia y de la desigualdad sin intervenir en las consciencias individuales, empezando por desarrollar la nuestra de la mejor forma que nos sea posible. Al menos desde la humildad, con un diálogo abierto con la realidad y con los demás, sin dar por supuesto que sabemos lo que no sabemos...

En este sentido Kishnamurti lo dice muy claro en este vídeo:

Os recomiendo también el documental "En busca de sentido" documental en el que se plantea el tema del desarrollo sostenible, la superación de la injusticia económica, etc., desde una visión profunda conectada con la transformación de nuestras consciencias individuales en primer lugar: 




1 comentario:

Pilar D.F. dijo...

Me ha resultado siempre esencial este punto de vista sobre la indigencia mental humana en nuestro mundo circundante. Y, ay, no sabía sino dirigirme a Dios. Pero no me bastaba, a pesar de la sentencia de santa Teresa. Ahora que te he encontrado, hay campanas de fiesta en el corazón... Y comienzo a ver que, en verdad, SOLO DIOS BASTA.