miércoles, 13 de abril de 2011

COMENTARIO SOBRE LA PELÍCULA "DE DIOSES Y DE HOMBRES"


Anteayer vi por segunda vez esta película. Me gustó tanto o más que la primera vez. Y la verdad es, que antes de saber un poco acerca de ella, el argumento me resultaba poco interesante. Pues ¿cómo me iba a resultar atractiva la historia de un grupo de monjes a los que matan en Argelia los integristas islámicos? ¿Qué podía aportar esto más que un testimonio más de la violencia en este mundo? Esto es lo que pensaba inicialmente, por lo que la película no me llamaba. Pero fui cambiando progresivamente de opinión. Un amigo monje, que vive en Marruecos en un monasterio en el que vivían dos de los supervivientes de la historia de la película, me iba mandando información y comentarios muy profundos e interesantes acerca de la película. Además, daba la casualidad que conocí hace unos años a estos dos supervivientes en el monasterio de Marruecos y me parecieron dos personas entrañables y llenas de paz. Algo que resulta sorprendente después de lo que han pasado.

Me iba picando la curiosidad, acerca de esta película y cuando fue el preestreno en Madrid allí me fui. Me llevé la sorpresa de que hubo que hacer dos preestrenos en el mismo día por la gran afluencia de público.

Mi amigo el monje que vive en Marruecos hizo una presentación previa, muy conmovedora, contando de su convivencia pacífica y fraterna con sus hermanos musulmanes en Midelt. Nos contó de cómo un musulmán de Argelia perdió su vida por defender al que después fue el abad del monasterio de Argelia y que esto marcó la vida de dicho abad, con eterna gratitud. Nos habló de su vida cotidiana en Midelt, de cómo la gente del pueblo llama a los monjes “hombres de Dios”, les invitan a sus celebraciones religiosas, les felicitan sus fiestas o van a la iglesia a rezar a la Virgen. Los monjes rezan junto a los imanes en los entierros, venden sus productos en el mercado, ayudan a los que pueden, comparten momentos entrañables, ríen y sufren juntos.

Este testimonio de cómo es la vida pacífica, entre los monjes y los marroquís, se ve reflejado en la película en cómo es de armoniosa, la convivencia entre los monjes y la gente del pueblo argelino, su compañerismo, fraternidad, confianza, ayuda mutua y amor. Hoy en día es muy importante tener ejemplos de cómo conviven en paz diferentes culturas y religiones.

En la película también se ve como los terroristas son la excepción y de cómo los propios musulmanes del pueblo viven con horror la situación, pidiendo el apoyo de los monjes. Se palpa la crisis existencial y espiritual de los monjes, ante la amenaza que viven, su gran evolución interior y su fortaleza espiritual. Conmueve su fidelidad a sí mismos y a su camino y su gran amor, que se expresa en una carta de Christian (el abad) mostrando amor por quienes les matarán.

Aquí os dejo la carta, que no tiene desperdicio:


«Si un día me aconteciera --y podría ser hoy-- ser víctima del terrorismo que actualmente parece querer alcanzar a todos los extranjeros que viven en Argelia, quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida ha sido donada a Dios y a este país. Que aceptaran que el único Señor de todas las vidas no podría permanecer ajeno a esta muerte brutal. Que rezaran por mí: ¿cómo ser digno de semejante ofrenda? Que supieran asociar esta muerte a muchas otras, igualmente violentas, abandonadas a la indiferencia y el anonimato. Mi vida no vale más que otra. Tampoco vale menos. De todos modos, no tengo la inocencia de la infancia. He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que ¡desgraciadamente! parece prevalecer en el mundo y también del que podría golpearme a ciegas. Al llegar el momento, querría poder tener ese instante de lucidez que me permita pedir perdón a Dios y a mis hermanos en la humanidad, perdonando al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiere golpeado. No podría desear una muerte semejante. Me parece importante declararlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme del hecho de que este pueblo que amo fuera acusado indiscriminadamente de mi asesinato. Sería un precio demasiado alto para la que, quizá, sería llamada la gracia del martirio, que se debiera a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si dice que actúa por fidelidad a lo que supone que es el islam. Sé de cuánto desprecio han podido ser tachados los argelinos en su conjunto y conozco también qué caricaturas del islam promueve cierto islamismo. Es demasiado fácil poner en paz la conciencia identificando esta vía religiosa con los integralismos de sus extremismos. Argelia y el islam, para mí, son otra cosa, son un cuerpo y un alma. Me parece haberlo proclamado bastante sobre la base de lo que he visto y aprendido por experiencia, volviendo a encontrar tan a menudo ese hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primera Iglesia inicial, justamente en Argelia, y ya entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes. Evidentemente, mi muerte parecerá darles razón a quienes me han tratado sin reflexionar como ingenuo o idealista: ¡Que diga ahora lo que piensa! Pero estas personas deben saber que, por fin, quedará satisfecha la curiosidad que más me atormenta. Si Dios quiere podré, pues, sumergir mi mirada en la del Padre para contemplar junto con Él a sus hijos del islam, así como Él los ve, iluminados todos por la gloria de Cristo, fruto de su Pasión, colmados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias. De esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios porque parece haberla querido por entero para esta alegría, por encima de todo y a pesar de todo. En este 'gracias', en el que ya está dicho todo de mi vida, os incluyo a vosotros, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto con mi madre y mi padre, mis hermanas y mis hermanos y a ellos, ¡céntuplo regalado como había sido prometido! Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este 'gracias' y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén. Inchalá» (Padre Christian M. de Chergé, Prior del monasterio de Nôtre-Dame del Atlas en Tibhirine, Argelia: Argel, 1 de diciembre de 1993 - Tibhirine, 1 de enero de 1994).

2 comentarios:

joaquin tamames dijo...

Muchas gracias por tu crónica del film. He visto la película esta tarde. Es justo calificarla, como hace el crítico, de ensimismada y grave, poética y conmovedora.

Y todo lo que conmueve eleva.

Maribel Rodríguez dijo...

Muchas gracias por tu comentario Joaquín.

Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices. Podemos estar agradecidos por dejarnos con-mover.

Un abrazo

Maribel

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