Mostrando entradas con la etiqueta Autoconocimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Autoconocimiento. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de noviembre de 2025

REIVINDICANDO A LOS SHERPAS DEL ESPÍRITU



El término sherpa se ha convertido en la palabra que designa a ciertos guías intrépidos de las montañas del Himalaya. Los sherpas son grandes conocedores de las rutas difíciles de esas montañas misteriosas y fascinantes. Ellos han tenido que explorarlas muchas veces por sí mismos, asumiendo riesgos que han puesto en peligro su salud y su vida. Imagino que, gracias a su tenacidad y fortaleza, han podido llegar a cumbres inexploradas y a vislumbrar paisajes únicos, de los que posteriormente pueden hacer partícipes a otros visitantes de esas tierras lejanas y elevadas. 

A veces imagino, por analogía, el equivalente espiritual de este término: el “sherpa del espíritu”. Lo veo como alguien que explora por su cuenta diversos territorios espirituales, incluso los que pueden resultar más arriesgados, o a los que nadie quiere acercarse por ser raros o diferentes. Aunque este sherpa a veces pudiera recorrer caminos conocidos y recorridos previamente por otros, no podría evitar transitar como caminante solitario a nuevas tierras y fuentes que alimentaran su vida espiritual. Seguramente, también con la esperanza de traer riqueza espiritual a otros. 

 

Pienso que estos sherpas del espíritu deberían tener una gran capacidad de indagación y de libertad, que los diferenciaría de quienes transitaran los caminos convencionales, o los de quienes fueran en piloto automático por ciertas autovías de los caminos religiosos más convencionales.

 

A veces tengo la sensación de que necesitamos urgentemente auténticos sherpas del espíritu. Serían los primeros que se atreverían a transitar nuevas rutas de alta montaña para enseñarnos a respirar el oxígeno espiritual de las cumbres más elevadas. Desde ellas podrían contemplar directamente la belleza absoluta, respirando libres y alimentándonos de una fuente inagotable de vida auténtica. Para llegar a esas cumbres, antes les tocaría entrenarse y aprender a transitar terrenos difíciles, a veces fangosos y resbaladizos. Solo así podrían enseñarnos a recorrer nosotros esos caminos espirituales para enfrentarnos lo mejor posible a los riesgos ya que habrían aprendido a moverse, desde su experiencia, con las habilidades necesarias a través de los extraños parajes de las montañas más altas. 

 

Sería también conveniente que estos sherpas del espíritu transitaran por las simas de sus propias almas, enfrentándose a sus propias sombras, liberándose de la tentación de vendernos verdades propias y trilladas, o de la de llevarnos solamente a los spas espirituales que nos reconfortaran a cambio de unos billetes. 

 

Ojalá que esos sherpas del espíritu que encontremos en la vida, o el sherpa interior que llevemos dentro, nos permitan liberar el alma de las tentaciones del camino fácil que conduce a espejismos reconfortantes. Muchas veces, deseo que los sherpas del espíritu que quieran guiarnos, se hayan liberado de la tentación de decirnos qué hacer exactamente para copiar sus vidas y espero que hayan aprendido a solo querer sujetarnos a sus cabos de escalada cuando andamos perdidos y en peligro.

 

Qué bello sería que esos sherpas nos aportasen un ejemplo de la libertad del alma y de la humildad, enseñándonos a caminar con sus habilidades, sin darnos indicaciones rígidas, aunque sí prudentes, para ayudarnos a crecer y ser quienes realmente somos. Así quizás aprenderíamos a ser buenos sherpas del espíritu también nosotros mismos. 

 

Más allá de estos deseos, también sueño con que sean respetados en sus vuelos, aunque para ciertos ciegos volar sea imposible. Y que sus vuelos siempre nos inspiren a aprender a volar nosotros cuando sepamos verlos con nuestros ojos abiertos.

 

Ante lo dicho, os invito a preguntaros: ¿Existen hoy día sherpas del espíritu que nos sirvan de ejemplo o de guía? ¿Qué sentido tendrían para nosotros? ¿Nos atrevemos a serlo nosotros mismos? ¿O bien criticamos a quienes son faros espirituales novedosos? ¿Qué caminos luminosos están ahí y aún no sabemos verlos? ¿Tenemos los ojos del alma realmente abiertos? 

sábado, 12 de febrero de 2022

CONFLICTOS INTERPERSONALES: EL BUCLE DE LA TORMENTA PERFECTA, CUANDO SE ABREN LAS HERIDAS COMPLEMENTARIAS



En numerosas ocasiones, mis pacientes me cuentan ciertos conflictos que experimentan en las relaciones con sus seres más queridos y que les generan un hondo sufrimiento a ellos y a quienes les rodean. Este tipo de conflictos pueden verse desencadenados por auténticas nimiedades, cuando de fondo hay heridas infantiles no resueltas. En estos casos, suele pasar que a cada persona en conflicto le cuesta enormemente ver la perspectiva del otro. Cada uno de ellos puede sentirse agredido y victimizado injustamente, pues parece que el malo es solo el otro. Con frecuencia, esto ocurre cuando lo que está pasando activa heridas no resueltas de la infancia, en las dos personas que viven un problema relacional determinado. Estas heridas, cuando se reactivan, generan un dolor tan grande que resulta muy difícil mirar más allá de la propia perspectiva, pues ese dolor no permite salir de uno mismo y comprender lo que se está viviendo en ese momento. Cuando se da una situación de este tipo cada persona está atrapada en su dolor pasado, en una herida infantil reactivada, que llevará a experimentar que todo el dolor que se está viviendo se lo está provocando el otro en el presente, y supondrá que ese otro parezca la imagen de la desconsideración y de la maldad. Costará mucho trabajo darse cuenta de que lo que se está viviendo es la “película” de la situación difícil vivida en la infancia y resultará arduo ver que la mayor parte de su dolor procede de algo que está ya dentro de uno mismo, antes de que esa herida antigua fuera "tocada".

                                         

Estas situaciones suelen darse cuando algo que hace el otro toca una herida antigua, que ya estaba antes del conflicto, aunque la otra persona no tenga intención de causar ningún daño. Entonces se dispara un dolor antiguo de la infancia, que resulta inexplicable y desproporcionado (como cuando tenemos una quemadura y alguien la toca con suavidad, nos duele intensamente aunque no se nos quiera provocar ningún daño). El detonante que dispara la herida antigua es más fuerte cuando hay un vínculo fuerte con otra persona, o bien cuando está la expectativa de que dicho vínculo se produzca. Es típico que suceda en los conflictos de pareja, en donde inconscientemente cada uno toca la herida del otro, dada la cercanía de este tipo de relaciones y la falta de perspectiva para mirar con objetividad, por no haber siempre suficiente espacio emocional para lograrlo. En el momento en el que pasa algo así se bloquea la capacidad para pensar claramente y se generan situaciones "en bucle" (de círculo vicioso) en las que parece imposible salir del malestar que aparentemente provoca la otra persona, pues ha hecho algo que nos molesta excesivamente.

 

En ese tipo de situaciones se activa un "bucle" cerrado de reacción y de contrarreacción que multiplica la dinámica del conflicto durante un largo rato y  puede llevar incluso a la ruptura de una relación de amistad, familiar o de pareja. Cuando algo así ocurre parecerá que solo es el otro quién causa todo el dolor que se está viviendo, por lo que se sentirá que se está con alguien malvado, poco empático, inconsciente, bruto o desconsiderado. Esas sensaciones proceden por la reactivación de una herida de la infancia, por lo que nos sentimos tratados del mismo modo que fuimos tratados en el pasado, con la misma sensación de impotencia infantil que nos lleva a caer en una dinámica egocéntrica en la que parece que no hay recursos para afrontar la situación de manera racional y madura. Ante esa dificultad del presente se está abriendo la “caja de Pandora” de algo que duele intensamente y que está por resolver de la infancia. Se trata normalmente de algo que no estamos sintiendo habitualmente en nuestra vida cotidiana porque esa herida no resuelta estaría escondida o aparcada para no resultar molesta, aunque sí estaría latente y agazapada para saltar ante algo que toque la tecla adecuada (pues se parece a lo que provocó la herida original). Cualquier cosa que se parezca, aún mínimamente, al malestar original que provocó la herida de la infancia, detonará todo el dolor acumulado a lo largo de la vida con relación a lo que hace sufrir en un momento como el que trato de describir.


 

Veamos un ejemplo ficticio que nos ayudará a entenderlo mejor:

 

Una persona, a la que podemos llamar Pepa, se siente mal porque no le llama su amiga Luisa, a la hora en que quedó en hacerlo. Pepa está esperando ansiosamente esa llamada, pues quiere contar a su amiga algo que es importante para ella. Por causa de esa impaciencia se le hace más larga la espera. Y, al no recibir la llamada prevista en el tiempo que considera normal, súbitamente se siente abandonada, porque se abre en ella un abismo angustioso de abandono que le produce un enorme dolor emocional. Aunque Pepa es consciente de que su reacción es exagerada, no puede evitar sentirse fatal y empieza a hacer interpretaciones inadecuadas, desde esa sensación interna de estar siendo abandonada por Luisa. Entonces, piensa que su amiga no la toma en serio, razón por la que siente que Luisa realmente no es su amiga, que ya no la quiere, que es una maltratadora malvada y que hace eso por fastidiarla. Se van sucediendo en su interior una serie de pensamientos en la línea de confirmar que está siendo abandonada y que toda la culpa es de Luisa. Su estado emocional ha surgido  de la reactivación de una herida de abandono que proviene de su infancia (ha vivido diversos abandonos reales, por parte de sus padres, desde muy pequeña). Pero ella no lo sabe conscientemente y siente que lo que le ha hecho su amiga Luisa, al no llamarla a la hora prevista, es algo muy desconsiderado y grave. Desde esas emociones negativas reactivadas hace interpretaciones erróneas que la llevan a un malestar que va en aumento. Es decir, sus pensamientos negativos desde la emoción del abandono, aumentan aún más su herida de abandono. Se siente abandonada y su mente se dedica a reafirmarse en la sensación de estar siendo abandonada, interpretando lo que sucede como un acto de alta traición. Esta situación la lleva a escribir a su amiga Luisa el siguiente mensaje, pasados 30 minutos de espera: “¿Qué pasa Luisa? ¿No me ibas a llamar a las 21 h? ¡Ya son las 21.30! ¿Por qué pasas de mí? ¡No me puedo fiar de ti! ¡Me estás tratando fatal! Eso solamente puede hacerlo una mala persona, no sé cómo me he podido fiar de ti, ¡y yo que pensaba que eras mi amiga y mira lo que me haces!”

 

Por su parte, su amiga Luisa ha tenido un imprevisto. Le ha sentado mal una comida y está muy mareada con naúseas y con vómitos y no se ha dado cuenta de la hora que es. Es algo despistada con los horarios y tampoco da demasiada importancia a la puntualidad. Cuando se da cuenta de que ya es un poco tarde, piensa en mandar un mensaje a su amiga para decirle que se encuentra mal, pero al coger el móvil ve el mensaje que ha enviado Pepa y se siente súbitamente presionada, invadida y exigida, lo que activa en ella mucha angustia y un gran malestar. En el caso de Luisa, se le activa una herida de haber sido invadida repetidamente en su infancia, por sus padres. Es decir, desde muy niña sus padres no han respetado sus límites y la han presionado para que sea de una determinada manera. Por ejemplo, la puerta de su habitación siempre tenía que estar abierta, su madre se leía sus diarios y siempre estaba encima de ella para que estudiara, fuera correctamente vestida, se comportara de forma educada y nunca se saliera de los márgenes establecidos como perfectos. Cuando lee el mensaje de su amiga Pepa, se siente inmediatamente muy herida y atacada y tiene la sensación de que su amiga le está causando un tremendo mal tratándola así, por lo que ya no le quiere responder. No sabe expresar su malestar salvo retirándose y negándole la comunicación, pues nunca se le permitió, de niña, expresar con libertad enfado, malestar o rabia. Su estrategia de pequeña era replegarse dentro de sí, para que la dejaran en paz, teniendo una actitud de resistencia pasiva, desde la frialdad. Por lo que esta es la reacción que tiene, ante lo que percibe como invasión y presión, por parte de su amiga. Siente que Pepa no la respeta, que no empatiza con ella, que solo le exige y que realmente no la quiere como es. Cree entonces que su amiga es una mala persona, egocéntrica y egoísta, y que no es capaz de pensar que si no le llama a la hora prevista le puede estar pasando algo. Así que eso la refuerza en su actitud de no comunicarse con Pepa, ya que necesita interrumpir la comunicación hasta que se le pase el enfado.


                             


Por su parte, Pepa, espera ansiosamente a que su amiga Luisa le diga algo cuanto antes. Cree que su mensaje la puede hacer reaccionar y por fin llamarla, porque la entenderá. Pero su herida de abandono se va agrandando más, pues nuevamente se siente dejada de lado por una persona a la que quiere. Sensación que se agrava aún más  porque Luisa no le responde nada. No se da cuenta de que su propia actitud ha aumentado la distancia de su amiga y de que han entrado en el bucle de la tormenta perfecta. Al igual que Luisa, Pepa alimenta el mismo bucle de estar cada una mirando a la otra desde su propia herida. 


La situación descrita las centra progresivamente más en sí mismas, por el dolor que experimentan, impidiéndoles entender qué le pasa a la otra parte. Pepa, desde su herida de abandono siente que se confirma que Luisa no la quiere. Por este motivo le manda finalmente un mensaje “bomba” con alta destructividad, pasadas un par de horas: “No sé cómo me puedes hacer algo así. Eres la peor persona que he conocido jamás. Si realmente eres mi amiga dime algo por lo menos, me estás haciendo sentir fatal.” Pepa se cree que es Luisa quién le está haciendo sentir fatal, pero no es capaz de ver que es su propia herida lo que está agrandando un conflicto que inicialmente era una pequeñez.

 

¿Qué le pasa entonces Luisa al leer este mensaje? Nos lo podemos imaginar; pues en ella, la sensación de ser invadida se multiplica hasta el infinito. Entonces bloquea a Pepa en el Whatsapp.

 

Pepa, al verse bloqueada, vive el desgarro del abandono hasta proporciones infinitas. Se siente una víctima abandonada y empieza a recordar numerosos momentos de su vida en los que se ha sentido abandonada, por lo que aún se siente peor, y así agranda la herida. Siente entonces que las personas son malvadas porque la abandonan y se queda varios días en esa posición victimizada, de “nadie me quiere”, “las personas son malas y egoístas”, “¿por qué he vuelto a confiar?”, “si es que todo me pasa a mí”, etc., etc.



                          

La perspectiva de Luisa, es similar, en cuanto a sufrimiento y victimismo, ya que llega a las mismas conclusiones de no ser comprendida, ni respetada, ni querida. Piensa también en la maldad y en la falta de respeto hacia ella, por parte de otras personas, en la dificultad para confiar, y en que todo le pasa a ella, etc., etc. 

 

De alguna forma, estas dos amigas se metieron en el bucle de la tormenta perfecta repitiendo inconscientemente dentro de sí las situaciones dolorosas de su infancia. Así se han quedado nuevamente solas, con sensación de ser incomprendidas, con la percepción de que el mundo es malvado y de que es imposible tener amistades fiables. Ambas se acaban sintiendo víctimas y se ven, durante varios días, atrapadas en la niña herida que fueron, que les confirma sus peores pronósticos y que les hace “adictas” a repetir la herida una y otra vez, desde la inconsciencia de no ver que esa niña herida que fueron. Esa niña, al no ser sanada, les va a meter una y otra vez en la misma trampa, apoderándose de ellas, llevándoles a repetir los mismos patrones y viendo en otras personas del presente lo que les hicieron sus padres. Así sucede una y otra vez, cuando las heridas no se hacen conscientes y no se sanan. El verlo ya supone un principio de sanación, porque posibilita que la herida no se apodere de uno mismo. 


Si Pepa y Luisa han experimentado la activación de una herida de este tipo, quienes ha de cuidar a la niña herida que se siente abandonada o invadida han de ser ellas mismas. Si se dieran cuenta de cómo es ese herida que les puede condicionar, podrían llegar a entender qué le pasa al otro, incluso en mitad del conflicto. Así es también como podrían aprender a no sobrereaccionar y a entender que la herida las engaña y las aleja de los demás. Si se dan cuenta pueden después llegar a ver a su niña herida con amabilidad y con compasión, atendiendo a sus necesidades emocionales y siendo como una buena madre y un buen padre para sí mismas. De ese modo es más posible que no se viva tanto dolor y que no se experimente que hay alguien que les abandone o que les invada. Pues no se da ese poder a otro por encima de uno mismo.

 

Un aspecto positivo de estas situaciones en las que se desencadenan conflictos desde heridas infantiles, pese a lo dolorosas que pueden llegar a ser, pueden darnos la ocasión de descubrir qué herida está dentro por sanar y posibilitar una toma de consciencia de cómo se enreda la mente con ellas (magnificando el sufrimiento y generando situaciones de volver a sufrir, una y otra vez). Si nos damos cuenta de lo que sucede en este tipo de “bucles de la tormenta perfecta”, estaremos empezando a liberarnos y a sanarnos de las heridas, y pueden ser una magnífica ocasión para conocernos mejor y para interrumpir la dinámica de destrucción mutua no dejándonos reaccionar desde la herida, que acaba hiriendo a la otra persona e hiriéndonos en un bucle interminable. 

 

Mi recomendación es que cuando se activen situaciones de este tipo es que no reaccionemos, que no culpabilicemos, que nos paremos y observemos el dolor que está en el fondo, atendiendo a ese niño herido, del que la otra persona no es responsable*. Cuando se abre la herida es cuando podemos llegar a escuchar ese dolor interior, para hacerlo consciente y que no nos domine y para no abandonar al niño/a herido/a, o para aprender a poner los límites necesarios para no sentirnos invadidos, o cuando se dé cualquier otra reacción irracional que pueda surgir porque está habitando en nuestro interior, agazapada, a la “espera” de que algo toque la tecla que abre la caja de los “demonios”. Por ejemplo, podemos pararnos a hacernos  ciertas preguntas, en un momento así de: "¿Y yo por qué me estoy sintiendo tan mal? ¿Lo que me están haciendo es realmente grave? ¿Qué le pasa a la otra persona para comportarse así?


Obviamente no estoy hablando de situaciones de abuso o de maltrato intencionados, que también se pueden vivir en la vida adulta, sino de conflictos de otro tipo en los que podemos considerar que se daña de forma involuntaria e inconsciente.


 

Con respecto a esos niños heridos interiores, el maestro budista Thich Nhat Hanh (fallecido recientemente) ha aportado una orientación inspiradora, que puede ayudar a prevenir situaciones como la descrita:

 

"Muchos de nosotros tenemos aún un niño herido, viviendo en nuestro interior. Quizá las heridas nos las hayan producido nuestro padre o nuestra madre. O tal vez, a nuestro padre le hirieran de niño. A nuestra madre también pueden haberla herido cuando era niña. Como no supieron curar las heridas de su infancia, nos las han transmitido. Si nosotros no sabemos transformar y curar las heridas que hay en nosotros, las vamos a transmitir a nuestros hijos y nietos. Por eso, hemos de volver al niño herido que hay en nosotros y ayudarle a curarse. A veces, el niño herido que hay en nosotros necesita nuestra atención. Ése niño pequeño puede aflorar de las profundidades de nuestra conciencia; y pedir, nuestra atención. Si eres consciente, oirás su voz pidiendo ayuda. En ese momento, en lugar de contemplar un bello amanecer, vuelve a ti mismo y abraza tiernamente al niño herido que hay en ti. «Inspirando, vuelvo con el niño herido que hay en mí; espirando, cuidaré muy bien de mi niño herido».


Para cuidar de nosotros mismos, debemos volver y cuidar del niño herido que hay en nuestro interior. Debemos practicar cada día el volver a tu niño herido. Debemos abrazarlo tiernamente, como si fueras un hermano o una hermana mayor. Has de hablarle. Y también, puedes escribir una carta al niño pequeño que hay en ti, de dos o tres páginas, para decir que reconoces su presencia y que harás todo lo posible para curar sus heridas. Cuando hablamos de escuchar con compasión, normalmente creemos que se refiere a escuchar a otra persona. Pero también debemos escuchar al niño herido que hay en nuestro interior. Está en nosotros aquí, en el momento presente. Y podemos curarlo ahora mismo.


«Mi querido niño herido, estoy aquí por ti, listo para escucharte. Por favor, cuéntame tu sufrimiento, muéstrame todo tu dolor. Estoy aquí, escuchándote de veras.» Y si sabes volver a él, escucharle cada día durante cinco o diez minutos, la curación tendrá lugar. Cuando subas una bella montaña, invita al niño que hay dentro de ti a subir contigo. Cuando contemples una hermosa puesta de Sol, invítale a disfrutarla contigo. Si lo haces durante algunas semanas o meses, el niño herido que hay en ti se curará. La plena conciencia es la energía que puede ayudarnos a hacerlo."


-Thich Nhat Hanh

 

 



 *Nota: cuando alguien no es capaz de gestionar este tipo de heridas por sí mismo es recomendable que acuda a trabajar estas cuestiones en el espacio seguro y bien orientado de una psicoterapia especializada en estos temas, para ir tomando consciencia de lo que sucede y para saber cómo manejarse ante este tipo de situaciones. 

 

 

 

 

 

sábado, 3 de julio de 2021

¿CÓMO CONSEGUIR QUE ALGUIEN OS QUIERA?




Es posible que, la pregunta que formulo os haya suscitado curiosidad o la expectativa de encontraros, por fin, con métodos eficaces para conseguir que alguien os quiera… Pero, siento decepcionaros, pues sobre todo quiero estimularos a reflexionar sobre ello. 

Si os paráis a pensar, os daréis cuenta de que en la frase del título de este escrito hay dos términos contradictorios: “conseguir” y “quieran”. 

 

Si esperabais la fórmula mágica para “conseguir” que os quisieran, siento deciros que esto no es posible. ¿Por qué no? Pues porque el “querer” implica libertad. Si yo creyera que consigo que alguien me quiera, ¿dónde está el “quiera” desde la libertad? “Querer” va unido a un acto de libertad. Si yo pensara que yo voy a conseguir que otro me quiera, esto implicaría que tengo la expectativa de controlarle, de que responda a mi necesidad de amor.

 

Imaginad por un momento que alguien apareciera un día en vuestras vidas y os dijera “voy a conseguir que tú me quieras”, ¿qué os provocaría?, ¿no os sonaría invasivo y poco respetuoso con vuestra libertad? 

 

Al encontrarnos con  otro ser humano, lo que suscita amor va unido a la libertad de que surja, sin presiones ni expectativas. El amor surge de dar espacio, de permitir un acercamiento progresivo en el que se da un conocimiento mutuo, desde el que puede o no surgir sintonía y amor, sea este del tipo que sea.

 

Otra cuestión en la que parece operar el querer es, por ejemplo, cuando nos damos la opción de querernos a nosotros mismos. Quizás ahí sí podemos hacer algo voluntario por fomentar el querernos, pues es algo que en parte depende de nuestra propia voluntad. Al querernos más y mejor es más probable que seamos más agradables para otras personas, pues podrán captar mejor nuestra dimensión “querible”. Lo que no quiere decir que ahora tengamos que querernos para que nos quieran. Nuevamente sería intentar manipular algo que es libre, para ser posible.

 

Con respecto a otros, lo que sí depende de nosotros es permitirnos el quererles, mirándoles con respeto y con amor. Así podríamos decidir poner en práctica el amor desde una actitud amable, que posibilitara el vínculo que abriera una puerta desde nuestro interior al amor; una puerta que fundamentalmente podemos abrir de dentro hacia fuera. Podríamos abrir esa puerta desde la libre opción de nuestro corazón de permitirnos o no querer a otros, de desear amar más que ser amados. Lo que, a su vez, puede animar a otro a sentirse de un modo similar por nosotros. 

 

Por lo tanto, con respecto al título de este post, no parece que podamos conseguir que alguien nos quiera. Si caemos en esta expectativa, seguramente se trate más bien de la necesidad de nuestro lado infantil de que otros colmen nuestro deseo de amor, a veces desde una herida de amor (si no nos hemos sentido amados en la infancia); otras veces de una necesidad de que alguien cubra nuestros vacíos o necesidades, o de que otro nos complemente de algún modo. Aunque sí tenemos derecho a desear ser amados, pero no a "conseguir" que otros nos quieran. 

  

En definitiva, que si nos planteamos que el amor es algo que hay que conseguir, más bien, lo que vamos a lograr es resultar ser cargantes, demandantes, absorbentes, de tal forma que lleguemos a lograr lo contrario a lo deseado: que no nos quieran. 


Lo que sí parece posible es que podamos encontrar ideas acerca de cómo conseguir que no nos quieran o que nos quieran menos: exigiendo amor, queriendo “conseguir” o manipular el amor, no queriéndonos a nosotros mismos o no queriendo a los demás.

 

Si queremos amor, lo primero es cultivarlo desde nosotros mismos, aprendiendo a ser libres para conectar con esa capacidad humana de abrir la puerta a la posibilidad de amar. Una posibilidad que es mayor cuando aprendemos a mirar con apertura la realidad de los otros y a dar espacio para el amor. Pero, aunque abramos esa posibilidad, tampoco podemos obligarnos a querer a nadie. La magia del amor ha de nacer de la libertad. En todo caso, el amor es una ventana o una puerta que podemos abrir desde el corazón, una vez que descubrimos que, en mayor o menor medida, es una capacidad que podemos ejercitar, posibilitar, abrir y así permitir que la fuente del amor brote de nuestros corazones. Quizás, así sea más posible que otra persona, vea más fácil el camino de apertura al amor desde el amor que le ofrecemos, siempre y cuando realmente respetemos su libertad de amar, o de no hacerlo.

 

 

 

domingo, 21 de marzo de 2021

EL "AMIGO" NARCISISTA. PARTE II




Escribo este post como continuación de uno anterior en el que inicié el tema de "El amigo narcisista”

Son muchos quienes expresan desconcertados su sufrimiento, por las dinámicas narcisistas. Por ello es preciso identificarlas, descubrir su sentido y ver posibilidades de autoprotección. Ante la pandemia de narcisismo que sufrimos, seamos más conscientes y también responsables de no dejarnos maltratar por quienes así funcionan. Si alguno que lea este post se ve afectado por el "virus narcisista", espero que le sirva para tomar más consciencia y buscar un camino para superar las heridas que le impiden ser quién realmente es.

Después de escribir la primera parte me han venido a la mente más elementos que nos pueden permitir identificarlos. Señalaría especialmente los aspectos que tienen que ver con cómo nos pueden hacer sentir:

- Sensación de no ser vistos por la otra persona. Nos damos cuenta de que no captan como somos realmente y de que pueden tener una imagen absurda, distorsionada o ajena acerca de nosotros, que nos puede llegar producirnos perplejidad. Hacen con nosotros lo mismo que hacen consigo mismos, generar ficciones. Como no se ven a sí mismos, no ven a los otros.

- Nos provocan desconcierto, ya que no somos de captar cuáles son sus códigos de conducta (hasta que desvelamos la farsa narcisista que explica su inconsistencia). Por ejemplo, no son previsibles, ni hay una coherencia entre lo que dicen-hacen. Si intentamos clarificar, hablando con ellos, las razones de sus acciones podremos sentirnos más confusos, pues la maraña de sus explicaciones no será coherente con sus actitudes y conductas. Podrán pedirnos perdón, darnos la razón, quitar importancia a lo que sea que genera problemas con ellos, etc. Pero volverán a lo mismo una y otra vez, repitiendo las mismas dinámicas manipuladoras y egoístas. 

- Sensación de estafa, si de algún modo nos vinculamos con ellos. Esto sucede porque su bombardeo amoroso o actitudes complacientes pueden hacernos pensar que realmente tienen un interés real por nosotros, hasta que sucede algo que les delata. O bien, nos damos cuenta de la falsedad de su apoyo, si recurrimos a ellos en una situación en la que necesitamos ayuda. Ahí emergerá la sensación de estafa en la supuesta amistad y nos daremos cuenta de que lo que parecía un vínculo real no era más que una estrategia de marketing para mantenernos atentos a ellos. Les gusta que estemos ahí, pero no se van a esforzar por ayudarnos realmente. 

- Mezquindad y falta de generosidad. Se les da bien adular, pero no corresponder a la generosidad de otra persona. Nos daremos cuenta de que prometen, pero que no son capaces de corresponder mínimamente a lo que se les aporta.

- Aunque nos aportan un aparente bienestar, drenan nuestra energía y nos cansan. No nos sentimos bien con ellos, nuestras emociones experimentan sensaciones contradictorias y tendremos sensación de que algo no acaba de encajar (los más hábiles hasta nos pueden llegar a convencer de que esto sucede porque algo falla en nosotros).

- Altibajos en la relación: habrá momentos en los que parecerá que estamos muy bien con ellos, por su dedicación y aparente cariño en la relación. Pero en otros momentos nos sentiremos súbitamente mal, por la retirada brusca de sus atenciones y “cariños” y por las incoherencias entre lo que dicen y hacen. La amistad intermitente que mantienen provocará una cierta adicción en personas más dependientes o en quienes viven momentos más vulnerables. Esto sucede por lo que se llama “refuerzo intermitente” (a veces hay premio y a veces no, lo que nos puede hacer adictos a sus dinámicas). Se puede sentir bienestar en su momento agradable (pues pueden ser muy amables), y después añoraremos a esa persona que, aparentemente, nos produjo bienestar (pero no olvidemos que es un bienestar del “ego”, no que realmente nos aportan algo profundo e interesante).

- Evitan temas que les pueden poner en evidencia o bien llevarles a una dimensión realmente profunda. Prefieren la ligereza o la superficialidad, haciéndonos responsables de nuestra profundidades e inquietudes por llegar a la verdad. Son buenos escapistas de llegar al meollo de cuestiones profundas, especialmente si les concierten a ellos (pues les podemos acabar descubriendo).

- Sufrimiento: relacionándote con alguien que realmente sea narcisista, sufrirás y no entenderás qué está pasando. Una y otra vez intentarás recuperar una relación que en realidad no existe, pues te vendieron una ficción de amistad inexistente o no tan valiosa o importante como has creído previamente.






Quizás alguien ya se esté preguntando en por qué consiguen engañarnos y vendernos la moto. ¿Por qué a veces nos camelan, aunque sea momentáneamente? Creo que por nuestras propias vulnerabilidades, ingenuidades e inconsciencias. Pueden ser, entre otras, las siguientes:

- Baja autoestima: si no vemos quienes somos, ni tomamos consciencia de que nuestra propia valía es independiente del juicio ajeno, seremos más vulnerables a volvernos dependientes del reconocimiento y de las manifestaciones ajenas de afecto. La baja autoestima también puede derivar de una forma exigente de mirarnos, dependiendo, por tanto, de que alguien tenga una manera aparentemente más amable de mirarnos, dado que no sabemos hacerlo por nosotros mismos.

- Inseguridad: Si no vamos fundamentando nuestra consistencia personal (más allá de cómo nos juzgan otros), seremos más dependientes de la opinión ajena, que consideraremos más valiosa que la nuestra. También es importante asumir que una parte de la vida implica inseguridad, pues nos somos dioses, ni somos omniscientes. Si dejamos de delegar nuestra seguridad en lo que otros nos dicen de nosotros iremos liberando nuestra seguridad de la pseudoseguridad que nos quieren transmitir las personas narcisistas aduladoras.

- Ingenuidades e inconsciencias: seremos más vulnerables al tener una visión naif de la vida, en la que creemos que si somos buenos los demás también lo serán con nosotros, o bien, si ignoramos la dimensión del mal y cómo se manifiesta en las personas (incluso en nosotros mismos, por buenos que queramos ser). Si no salimos de la ingenuidad e inconsciencia es más fácil que nos puedan “estafar” afectivamente. 

- Nuestro propio narcisismo: los narcisistas son muy hábiles manipulando nuestra “parcela narcisista”, es decir, la parte de nosotros que depende de la aprobación ajena y que busca ser querida a través de manejos como los suyos. En todo ser humano hay alguna “parcelita” de este tipo, el famoso “ego” del que hablan las tradiciones espirituales. Si tomamos consciencia de esa “parcela narcisista” es más difícil que nos puedan manipular, a través de nuestra necesidad de reconocimiento externo. Ellos saben hacer muy bien de “espejitos mágicos”, para decirnos que somos los más “bellos”. Si conseguimos ir acotando esa parcela y la herida de falta de amor que la sostiene, seremos más capaces de liberarnos de la necesidad de aprobación o de adulación externa para valorarnos. 

- Traumas no resueltos: que nos lleven a depender de personas similares a las que nos dañaron en nuestra infancia (en general suelen ser los padres).


¿Qué podemos hacer para relacionarnos con ellos y “defendernos” de sus manipulaciones?

- Darnos cuenta del problema que tienen y no creernos todo lo que nos dicen, especialmente lo que ponen de manifiesto de manera complaciente, adulándonos o prometiéndonos cualquier cosa. Sus códigos no son los de las personas honestas y sinceras, por más que lo quieran aparentar.

- Una vez conscientes de sus trampas, tomemos la responsabilidad de no dejarnos manipular ni engañar y observemos que nos ocurre internamente, si en algo estamos cediendo. La cuestión es no esperar lo que ellos no nos pueden dar, es fundamental no creernos su “publicidad engañosa” (y cuidado, que algunos tienen muy buen marketing). 

- Las dificultades con personas así pueden ser una buena oportunidad para conocernos mejor, viendo nuestra inconsciencia e ingenuidad, para ir saliendo de ellas, percibiendo qué nos hace vulnerables, detectando nuestro propio narcisismo, etc. Al darnos cuenta de que ellos ponen de manifiesto una parte de nuestras propias sombras, es decir, de “nuestra parcelita narcisista”, que les da espacio para que busquemos su aprobación y reconocimiento, podemos acotarla e irla reduciendo mediante la comprensión de lo que la provoca. Lo que supone atravesar un camino hacia la humildad, viendo en qué punto somos vulnerables a dinámicas narcisistas, por dejarnos llevar por la vanidad de ser admirados o supuestamente queridos por otras personas. Para ello es preciso estar también atentos a nuestras emociones y sentimientos. Escuchemos qué se mueve en nuestro interior en la relación con quienes así se comportan. Por un lado, sentiremos el subidón de los momentos en los que parecen entregados a la causa de relacionarse con nosotros, pero después experimentaremos la sensación de vacío y deprivación tras el chute endorfínico que pueden llegar a provocar con sus adulaciones y pseudoconexiones.

- Tomemos perspectiva y distancia, aunque sea temporalmente. Así podemos tomar consciencia de qué nos está sucediendo en la relación con ellos.





- Cultivemos la asertividad: así podremos ponerles límites y aprender a decir lo que queremos y lo que no, a pararles cuando nos adulan para manipularnos, o cuando adopten actitudes manipuladoras de cualquier tipo.

- Aprendamos a amarnos como somos, con nuestras virtudes y defectos. Cultivemos la conexión con la dimensión de profundidad que nos sostiene, a cultivar valores que nos hacen crecer humanamente y aprendamos a sacar de ahí un amor que nos libera de dependencias ajenas. 

- En el caso de que la relación con alguien así nos esté haciendo pasarlo mal, no queda otra que tomar total distancia y asumir eso que se llama “contacto zero”. Si es alguien de quien no nos podemos librar, por pertenecer a nuestro entorno, pongamos distancia interior, desde el respeto y la comprensión de que ellos son víctimas de sus propias dinámicas, pero sin abrirnos interiormente a que nos puedan dañar nuevamente.

- Si se repiten vinculaciones con personas así es recomendable acudir a una psicoterapia para descubrir qué condiciona entrar en ese tipo de relaciones falsas. A veces puede tratarse de traumas no resueltos.

Nuevamente es preciso señalar que muchas personas pueden tener un narcisismo parcial o “parcela narcisista”, sin ser narcisistas del todo. Por lo que el determinar la dinámica narcisista de alguien ha de ser en relación con una suma de muchos de estos factores y por el sufrimiento y desconcierto que provoca el vincularse con ellos. Si se suman muchos de estos elementos, y de manera continuada, piensa ¿realmente quieres ser amigo/a de alguien que no es tu amigo?

Si eres tú quién se ve reflejado/a en las actitudes narcisistas, aprovecha lo descrito para conocerte mejor y tratar de comprender qué te lleva a falsear tu vida, tu yo y tus relaciones y busca ayuda psicoterapéutica. Mantenerte ahí solamente te dañará y mantendrá en dinámicas que destruirán tu vida y la de quienes te rodean. Entiendo que es muy duro mirar a las heridas tan profundas que te mantienen en la falsedad, pero más doloroso será vivir así, en la adicción compulsiva a gustar, al engaño. Un engaño muy peligroso y destructivo porque concierne especialmente al engaño sobre tu ser y sobre tu propia existencia. Así, la destrucción de tu vida está servida, por mucho que gustes y quieras ser querido por los otros. Lo que está claro que que así, ni querrás, ni serás querido, ni existirás como realmente eres, para nadie. Como en las adicciones más graves hay salida, pero es preciso proponérselo…

viernes, 11 de septiembre de 2020

ESCUELA DE SENTIDO




En los próximos meses lanzo la propuesta de dar un espacio para reflexionar sobre el sentido, a quienes estén interesados en el tema. A este espacio le he llamado "Escuela de sentido". Consistirá en una serie de seminarios online, repartidos en 5 módulos de sábados por la tarde, de 16 a 20 h. A continuación tenéis más información, por si es de vuestro interés.


Planteamiento general:

En todo ser humano pueden surgir preguntas sobre el sentido: ¿Tiene sentido la vida? ¿Para qué estoy en este mundo? ¿Puedo encontrar más sentido a lo que vivo? ¿Tengo que conocerme mejor para encontrar más sentido a mi vida? ¿Tiene sentido la vida a pesar del sufrimiento, la enfermedad y la muerte?
Creo que estas preguntas pueden resultar más acuciantes en estos tiempos extraños que nos toca vivir. Por lo que me he decidido a proponer un espacio de reflexión sobre la cuestión del sentido, al que he llamado “Escuela de sentido” y en el que el objetivo principal es abrir cauces para que cada cual pueda profundizar, en lo que más le interese, aportando información, métodos y fuentes de información que puedan resultar útiles, en el tema planteado. También se trata de dar opción, en ese espacio, a momentos de intercambio y diálogo, para favorecer el intercambio de inquietudes con ese tema. Además, en el módulo relacionado con el autoconocimiento se propondrá algún ejercicio de meditación que pueda favorecer la escucha interna.

En el tiempo que transcurre entre los diferentes módulos existe la posibilidad de hacerme preguntas concretas o de pedir sugerencias bibliográficas. 

Desde mi adolescencia me interesó el tema y es una cuestión en la que he ido indagando desde diferentes puntos de vista, de ahí que me especializara en Logoterapia, una psicoterapia que trabaja específicamente la cuestión del sentido de la vida, con la que llevo trabajando muchos años. También he ahondado en otros enfoques psicoterapéuticos relacionados con el sentido, como las psicoterapias cognitivas o la psicoterapia existencial de Yalom, así como en diferentes propuestas desde la Filosofía y las Tradiciones espirituales. 



Contenidos de los módulos:

Módulo 1 (3 de octubre): ¿Qué es el sentido de la vida? ¿Cómo encontrarlo? 

- ¿Por qué hablar de esto hoy?
- Definición de sentido.
- ¿Qué es el sentido de la vida? Aportaciones desde diferentes perspectivas.
- El sentido de la vida en el mundo actual.
- Sentido de la vida y las etapas de la vida.
- Visión antropológica.
- Visión filosófica.
- Orientaciones hacia el sentido: aspectos generales y particulares (en función de nuestras características personales).

Módulo 2 (7 de noviembre): Cuando la vida pierde el sentido, ¿cómo se manifiesta?
- Patologías del sentido: vacío existencial, frustración existencial, crisis de sentido, depresión noógena.
- Situaciones límite.
- Obstáculos para encontrar sentido.
- Sentido de la vida y salud mental.
- Patologías del sentido y etapas de la vida.
- El vacío de sentido y la crisis de sentido como una oportunidad para la búsqueda de sentido. 

Módulo 3 (20 de febrero): Sentido de la vida y autoconocimiento.
- ¿Qué aporta el autoconocimiento a la percepción del sentido de la vida?
- El riesgo del narcisismo y del pseudosentido.
- Superar el narcisismo.
- ¿Cómo sé quién soy yo?
- El papel de la meditación: oportunidades y riesgos.
- Práctica de meditación, para favorecer la introspección.

Módulo 4 (27 de marzo): Sentido de la vida y espiritualidad.
- ¿Qué es la espiritualidad?
- El inconsciente espiritual.
- ¿Qué aporta la espiritualidad en el camino hacia el sentido de la vida?
- Psicoterapias que incluyen lo espiritual en la búsqueda de sentido.
- Las tradiciones espirituales como “mapas” sentido.


Módulo 5 (17 de abril): Sentido de la vida ante el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

- ¿Tiene sentido la vida ante el sufrimiento?
- ¿Tiene sentido la vida ante la enfermedad? Logros de enfermos graves.
- ¿Tiene sentido la vida ante la muerte?
- Otros testimonios de superación y de resiliencia.


Profesora:

Médico Psiquiatra, Doctora en Medicina, Master en Psicoterapia, Experta en Logoterapia. 

Ha sido profesora en varias universidades, como la Universidad CEU-San Pablo de Madrid, Universidad Pontificia Comillas y Universidad Francisco de Vitoria. Desde el año 2009 dirige la Cátedra Edith Stein en el Centro Internacional Teresiano Sanjuanista de Ávila, centrada en tender puentes entre Antropología, Psicología y Espiritualidad. Ha coordinado y sido coautora diversos libros y tiene numerosas publicaciones que relacionan psicología y espiritualidad, muchas de ellas con especial énfasis en cuestiones relacionadas con el sentido. Ha impartido numerosos cursos con temática interdisciplinar, tendiendo puentes entre psiquiatría, psicología y espiritualidad.

Actualmente se define como Profesora independiente.


Metodología del seminario:

- Exposición de contenidos.
- Diálogo con asistentes, en tiempos que se propondrán para ello.
- Propuesta de tareas y lecturas para profundizar en temas tratados, entre módulo y módulo.
- Exposición de situaciones reales y otras que aparezcan en el cine o la literatura, que permitan profundizar en las cuestiones planteadas.
- Práctica de meditación en el módulo de “sentido de la vida y autoconocimiento.”


Plataforma para las clases: Las clases se seguirán por Zoom y se grabarán para poder verse en diferido, por parte de los alumnos que lo deseen.

Horarios: De 16 a 20 h. 

Precios: 50 euros por módulo, si se hace de forma independiente y 200 euros si se hace el curso completo.

Para más información e inscripciones: escueladesentido@gmail.com

FECHA LÍMITE PARA LA INSCRIPCIÓN: 1 DE OCTUBRE DE 2020.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

SALIR DE NOSOTROS MISMOS



Después de mi anterior escrito, titulado “Volver a nosotros mismos”, puede resultar totalmente contradictorio que, justo después, escriba otro sobre “Salir de nosotros mismos”, ya que, si he puesto énfasis en la necesidad de “volver a nosotros mismos”, ¿tiene sentido poner ahora énfasis en “salir de nosotros mismos”? Yo creo que sí, pues me parece que se trata de movimientos complementarios y que nos permiten encontrar un equilibrio razonable en nuestras dinámicas internas. 

El anterior escrito terminaba del siguiente modo: “Si el camino de vuelta es solo a mí, desprendida del mundo y del exterior, puede tratarse de una ficción narcisista. Si el camino de vuelta es hacia mí, con apertura hacia quien resuene conmigo, en un encuentro real, es cuando seguramente esté volviendo a ese lugar real que me configura y sostiene.”

Voy a intentar desarrollar, un poco más, lo que planteaba al final de mi escrito.

La cuestión de fondo es diferenciar en autocentramiento egocéntrico, que sería narcisista y autocomplaciente, del posicionamiento centrado, en donde la persona se sitúa en su ser real y, desde ahí, puede abrir las puertas de su “casa” desde la hospitalidad, la comprensión y la apertura a otros.

A veces escucho sobre el empeño en el volver a uno mismo, desde un autocentramiento egocéntrico, en un supuesto auto-conocimiento autocomplaciente, que lleva a una persona a validar la realidad solo desde sí misma, o incluso desde lo que cree su percepción de la realidad divina (por ejemplo, en su oración o meditación) y a pensar que su auto-realización es solo suya e individual, siendo los demás, en general, estorbos para el plan personal, si no le siguen el juego o el “baile”. Algo que es, aún más “peligroso”, cuando se trata de alguien más inteligente que la media y que tienda a la introversión. En ese caso, se puede instalar cómodamente en su parcela interior de seguridad, certezas, crecimiento personal o espiritual, inspiración, desarrollo profesional, etc., sin reparar en lo que pasa alrededor, ni en los que les pasa a otros. Llegando incluso, a provocar un gran malestar a su alrededor, sin darse cuenta, con sus actitudes. En estos casos, es posible que la persona sienta que sigue su verdadera senda vocacional, pero que los demás son incordios que no le entienden y que, incluso, si le molestan con sus actitudes, es porque son de inteligencia inferior, mediocres, primitivos, etc. Ante esas “molestias”, quien tenga tendencias narcisistas o egocéntricas tenderá a meterse más dentro de sí, despreciando al resto del mundo, pues es “incómodo”. Y no verá que ese mundo le resulta “incómodo” por su manera estrecha, exigente y dura de mirar las cosas. Lo que, no se debe confundir con tener una gran sensibilidad, o con que los demás no nos puedan resultar a veces inconvenientes. La cuestión es que, cuando son todos, o casi todos, los que solamente dificultan la propia realización personal, ¿no es más bien uno mismo el que está excesivamente centrado en sus propios intereses, ideas y actitudes? 

Cuando nos relacionamos con una persona así, normalmente sentimos inseguridad o perplejidad, pues son expertos en hacernos sentir culpables, por importunar sus importantes ocupaciones, que siempre estarán muy por encima de cualquier necesidad ajena, a la que, si se presta atención será desde una actitud condescendiente de aparente caridad, perdonándonos la vida y haciéndonos sentir privilegiados por el tiempo que nos conceden, desde su posición de dioses del Olimpo.

En el otro extremo, podemos detectar el centramiento sano y realista, con apertura a la realidad y a los otros, en quienes, aún estando ocupados y centrados en lo que la vida les pide, asumiendo sus responsabilidades y respondiendo a su vocación, escuchando su interioridad, son capaces de tratarnos con sencillez, sin muros, aunque puedan poner límites, pues el tiempo no es infinito. Tampoco tendrán por qué por qué responder a cualquier demanda de atención, en cualquier momento. Estar centrado sanamente es también respetarse a uno mismo y tomar consciencia de cuando se tiene energía disponible para los demás, de una manera equilibrada, pues “la caridad empieza por uno mismo.” Lo que veremos, en estos casos, será humildad y cercanía, aunque solo nos aporten 5 minutos de su tiempo, atención, firmeza, claridad, sencillez e interés por lo que planteamos. La claridad también la veremos reflejada en que, por muy ocupada que pueda estar esta persona, sentiremos la confianza de que tendremos respuesta cuando realmente le sea posible decirnos algo. Conozco a personas que están realmente muy ocupadas, que aprovechan, desde el amor, el tiempo que les es posible para otros, para decir que están ahí, que te acogen, que les importas y que sufren por lo que sufres, pues son capaces de salir de sí mismas. Esto se percibe en una resonancia en el encuentro, por una atención determinada (no una cara de póker o de falsa caridad), por un afecto espontáneo que nace (cuando se da), que facilita un vínculo real. Estas personas nos muestran una posibilidad de diálogo y de apertura ante las dificultades que puedan surgir, desde la acogida, la humidad y la sencillez. Sin que nos provoquen el temor, al acercarte a ellos, de que les estás molestando ante todas las cosas tan “superimportantes” que tienen que hacer, que, “obviamente”, son mucho más importantes que lo que viven como tus reclamos o exigencias de inferior nivel.

En ambos casos las personas pueden parecer aparentemente centradas, y sus discursos parecer semejantes, pero, las consecuencias, en el trato, especialmente en quienes nos relacionamos con ellos nos llevan a percibir y sentir algo muy distinto. 

Quizás, todos, en algún momento hemos podemos vivir en el centramiento egoísta. Y lo más posible es que, nos movamos habitualmente por lugares intermedios. Para no perdernos en los egos-centrismos, creo que lo importante es tomar consciencia de por donde vamos para buscar la posición más centrada, abierta y real, para una vida más plena, humana, humilde y consciente, donde el indicador más claro es la cuestión de si realmente nos importan los otros, es decir, si somos capaces de sentir amor por ellos.

lunes, 17 de agosto de 2020

VOLVER A NOSOTROS MISMOS




Creo que una parte de la historia de nuestras vidas es un viaje hacia nosotros mismos, hacia el conocimiento de lo que somos, hacia el desarrollo de nuestra autenticidad, hacia el desvelamiento de lo más profundo que no sostiene. Quizás ese es el camino más importante que podemos recorrer mientras estamos vivos. Pero, es importante tener en cuenta que, este viaje, no es una línea recta unidireccional, en la que se atraviesan una serie de etapas, sin retorno posible a los pasos anteriores, como si fuéramos aprobando asignaturas que ya no volverán a tener que estudiarse. 

El proceso de ir hacia uno mismo es más bien como un baile, con pasos adelante y atrás. A veces se dan varios adelante, a veces de dan varios atrás. Así que, unas veces avanzamos y otras veces retrocedemos. Es el balance del movimiento general el que nos muestra el avance o el retroceso final, en cada momento.

Muchos seres humanos hemos vivido momentos de conexión más profunda con lo que somos, nos hemos acercado a nuestro centro, avanzando en el baile hacia un lugar de ser en el que estar bien ubicados. También todos hemos vivido momentos de desconexión, dispersión y descentramiento. de lo que nos parece lo más esencial y central. En ocasiones, ese ir hacia atrás puede llevarnos a desconectarnos de nosotros mismos. Lo peor es que algunos llegan a perderse, por esa desconexión, y sufren y hacen sufrir.

En otros casos, la desconexión o el descentramiento, puede amplificar nuestra visión de la realidad, pues nos sacan de nuestras seguridades y certezas y pueden ayudar a que nos demos cuenta de aspectos de nosotros que aún quedan por trabajar y que, por eso, nos llaman desde las profundidades de nuestra psique. 

En ocasiones, esos aspectos, aparecen como niños caprichosos que demandan nuestra atención. Otras veces surgen como niños heridos que piden una respuesta rápida a un malestar pasado, que no ha terminado de resolverse. Esos “niños” llegan a ser como duendes traviesos que de repente nos hacen una carambola llevándonos a otro lugar ni planificado ni previsto. Pensemos en decisiones irracionales que en ocasiones se pueden tomar, en extrañas inquietudes inesperadas, en obsesiones y preocupaciones por temas nimios o en anhelos desproporcionados de tener una vida feliz y armónica, gracias a supuestas soluciones mágicas de gurús iluminados, o a través las de diversas fantasías románticas de hallar a ese príncipe o princesa “azules” que, por fin, aporten la deseada felicidad a la propia vida. Estas y otras modalidades de reacción pueden descentrarnos, al menos momentáneamente. Si sabemos mirar con profundidad, pueden ser la oportunidad de conocernos con mayor amplitud, al llevarnos a adentrarnos en terrenos más desconocidos de nuestro ser. Lo que emerge como novedad, aunque llegue a ser descentrante, puede ser la oportunidad de un avance en nuestras vidas, que nos proporcione, a través de un proceso de discernimiento, el adquirir más sabiduría y humildad. Así podremos aprovechar la ocasión para volver a nosotros mismos, con otra perspectiva más amplia y realista de lo que somos. La forma de volver implica aceptar y acoger a esos “duendes”, que son como entrenadores que ponen a prueba nuestro compromiso con la Verdad. También podemos llegar a verlos como “amigos” que nos provocan desde dentro, y los que podemos acoger como cómplices en una senda misteriosa. Si no nos peleamos con ellos, si los aceptamos, si escuchamos sus inquietudes, a la vez que delimitamos su área de influencia, llegamos incluso a aprender y a fortalecernos internamente y nuestro “volver a nosotros mismos” se va tornando más profundo y real, después de atravesar las diversas pruebas.

Los descentramientos, las dificultades, el sufrimiento y las inquietudes forman parte de lo que nos toca vivir. Entender que esa es la realidad de la vida y acogerlo nos humaniza, al desmontar ese ego vanidoso que quisiera tenerlo todo bajo su control. Mirar más allá y a través de ello, sin absolutizarlo, sin dejar que nos defina ni nos identifique, nos fortalece.

Así que, poniendo atención, consciencia e intención de estar alineados con la Verdad, así como con apertura a la gracia de lo que sucede, es como podemos ir volviendo, una y otra vez, a nosotros mismos. En un volver que también nos remite a vínculos reales, no a expectativas ilusorias de que nadie nos rescate de nuestros vacíos, ni a expectativas de qué es lo correcto, lo normal o lo mejor. Es también la apertura al dejar que la vida nos sorprenda y provoque. Solo desde ese ir volviendo al ser, al sentido, es como podemos ir desvelando lo que somos, el valor de lo que sucede y encontrando un equilibrio adecuado entre lo que somos y nuestra relación con los otros y con la realidad. 

Al final, quizás el proceso descrito se resuma en que lo importante puede ser tener en el horizonte el deseo de estar en sintonía con el Amor y con la Verdad que también nos habitan, por mucho que la vida nos traiga despistes y retrocesos. Esta intención puede ser la brújula para tener en el horizonte, una y otra vez, el volver a nuestro hogar real, el volver nuevamente a nosotros mismos, y a lo que, en lo profundo, nos sostiene. También con apertura a la relación con la resonancia que nos pueden provocar los demás, a través del afecto, la empatía y la comprensión. Si el camino de vuelta es solo a mí, desprendida del mundo y el exterior, puede tratarse de una ficción narcisista. Si el camino de vuelta es hacia mí, con apertura hacia quien resuene conmigo en un encuentro real, es cuando seguramente esté volviendo a ese lugar real que me configura y sostiene.


* Nota: imagen de Pixabay 

domingo, 7 de junio de 2020

LO QUE NOS LIBERA Y LO QUE NOS CONDICIONA. A VECES NOS DESPISTAMOS...






Hace unos días escribí lo siguiente en las redes sociales:

A veces creemos que lo que nos condiciona es lo que nos libera y que lo que nos libera es lo que nos condiciona.
Nos despistamos.


Creía que estaba claro lo que quería decir, pero varias personas me pidieron que me explicara un poco más. Y así hago en este escrito, por si sirve de utilidad.

Voy a la primera parte de mi afirmación: A veces creemos que lo que nos condiciona es lo que nos libera. 

¿Qué he querido decir con esto? Intentemos captar por un momento lo que esta frase nos provoca, antes de buscar una respuesta inmediata… Y pensemos qué es lo que nos condiciona. Cuando hablo de lo que nos condiciona pienso en lo que vivimos de forma automatizada, restringida o limitada. Es decir, lo que nos condiciona es algo que nos quita libertad, que no nos deja actuar con juicio y discernimiento, para elegir consciente y libremente, lo que queremos hacer. Por ejemplo, es el caso de una adicción (a sustancias, personas, conductas, etc.). En este caso la persona adicta está condicionada o limitada por su adicción. Pero, muchas veces, dirá que le libera consumir una droga, o lo que sea que le hace adicto, porque se siente mejor al hacerlo. Los adictos incluso dicen que el consumo de la droga es una vía de liberación o de alivio de algo. Y ahí caen en una trampa de autoengaño que les hace ser aún más adictos. Si alguien siente que se libera bebiendo, fumando, usando el móvil compulsivamente, realizando prácticas religiosas de una forma evasiva o automática, etc., en realidad se está engañando a sí mismo. Pues no se está liberando, se está atrapando más en algo que le hace adicto. Lo mismo puede suceder con los sentimientos exacerbados, como ciertas pasiones que se confunden con amor y que atrapan a las personas en un sentimentalismo adictivo y obsesivo, en la relación con otra persona, a la que se quiere dominar y poseer para su propia satisfacción. En estos casos, el “adicto” dirá que es libre de amar, que sus sentimientos lo son todo, sin darse cuenta de que está absolutizando sus sentimientos sin tener en consideración a la otra persona (y, por lo tanto no la ama). Vivirá esta experiencia en nombre de una supuesta libertad que no es más que un autoengaño egocéntrico y narcisista, pues uno busca ser amado y centro de atención por parte de otro, confundiendo esto con amor. Ya que, en realidad, cómo se sienta el otro no es importante. Lo que sí cuenta, en este egocentrismo pasional, es conseguir, a toda costa, llamar la atención del otro y ser “amados” por la persona que se hace centro de los propios sentimientos. Así se está dando es una absolutización de la propia perspectiva egocéntrica, siendo uno esclavo de los propios sentimientos, sin amar realmente a la persona objeto de ese supuesto amor. Más bien se quiere amar uno a sí mismo a través de exigir el amor de otro. Gran contradicción. En otros casos veremos, esta supuesta apelación a la libertad, en el fanatismo religioso (sea este más o menos explícito, más o menos intenso o sutil), en donde la persona afectada (total o parcialmente), dirá que es libre gracias a sus ideas religiosas, sin percibir que está atrapado en una ideología tóxica que le esclaviza y que le impide ser él mismo y vivir una vida de auténtica profundidad, amor y sana libertad. Es curioso como algunos que así funcionan se atreven a hablar de amar a otros con gran elocuencia y aparente sensibilidad. Pero vemos en sus conductas una gran contradicción con lo que predican.

Y voy a la segunda parte de mi afirmación, que se refiere a cuando creemos que lo que nos libera es lo que nos condiciona. 

También os invito a buscar primero, la respuesta en vosotros. ¿Qué os sugiere? Después leed mi reflexión y buscad vuestras propias conclusiones.

Esto ocurre, por ejemplo, en personas que tienen una fuerte represión interna, que les impide vivir y expresar su auténtica realidad interior. En estos casos, la persona que así vive, cree que un sentir auténtico y espontáneo es algo peligroso que ha de ser censurado y limitado. Se puede dar en personas rígidas, perfeccionistas, autoritarias y/o narcisistas, atrapados en una idea de “lo que debe ser”, que se autolimitan y reprimen cuando, por ejemplo, surgen sentimientos que no encajan con la idea de lo que deben ser, sentir, aparentar, etc. Por ejemplo, estas personas pueden reprimir su alegría o su humor, pues creen que han de dar una imagen de seriedad. O incluso pueden llegar a reprimir un sentimiento de cariño, de amor o de enamoramiento por otra persona, porque no encaja en sus planes o en el ideal de sí mismos. No se dejan sentir, no se dejan expresar lo que viven, no se dejan conectar realmente con otros, pues la vivencia de cercanía e intimidad con los demás puede hacerles sentir amenazados y que sea percibida su propia vulnerabilidad. Rizan el rizo si hablan de libertad, en nombre de lo que sea, a la vez que no se dejan ser libres para ser lo que sean.

Espero que ahora se entienda mejor lo que pretendía decir… Y que, sobre todo, nos lleve a reflexionar para darnos cuenta de lo que nos lleva al autoengaño, para mirar más allá de ello y liberarnos realmente.


* Nota: imagen de Pixabay