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viernes, 29 de mayo de 2026

CUANDO EN LA PSICOTERAPIA NO SE ENTIENDE UNA CRISIS EXISTENCIAL. UN EJEMPLO DE LA FICCIÓN

    


Imagen que simula sesión de terapia online (creada con Canva)


    En mi novela "De otro mundo", he tratado de mostrar de forma didáctica diversos aspectos de cómo viven las crisis existenciales las personas superdotadas y he mostrado posibilidades de evolución de las mismas a través de diferentes personajes. A continuación, os dejo un fragmento de la novela en el que su protagonista (Aurora) tiene una sesión de psicoterapia con su psicólogo (Benito). Aurora es una psiquiatra superdotada que trabaja en la universidad como becaria y sufre una situación de abuso académico por parte de su jefa, la catedrática narcisista Esmeralda Queen.

    En este capítulo pongo de manifiesto, de una forma caricaturizada, varios errores que comete su terapeuta a la hora intentar de orientar a su paciente ante lo que le pasa y, sobre todo, el riesgo de no entender que ciertas preguntas, sufrimientos e inquietudes pueden ser una puerta de acceso a una mayor sabiduría o sentido en la vida. He intentado reflejar experiencias que me han contado varios de mis pacientes superdotados cuando no han logrado entendidos por sus psicólogos o psiquiatras, en las crisis existenciales que han sufrido.

    Quiero aclarar que mi intención con este fragmento no es criticar ninguna orientación psicoterapéutica concreta, sino invitar a reflexionar sobre una pregunta: ¿qué ocurre cuando intentamos silenciar preguntas que quizá necesitan ser escuchadas?

    En otro post haré explícitos los errores terapéuticos que pongo aquí de manifiesto. Antes os animo a señalarlos vosotros. ¿Qué os parece erróneo en esta intervención?


SESIÓN DE TERAPIA FALLIDA:

Benito siempre intentaba ayudarla a adaptarse más a lo que le parecía lo más adecuado, para que funcionara productivamente, empujándola a ir saliendo de sus absurdos pensamientos neuróticos.


Cuando Aurora entraba en sus crisis existenciales, se sentía angustiada y no se veía capaz de pensar con claridad. No sabía cómo podía llegar a ahondar en el significado de sus inquietudes más profundas. Temía que, si profundizaba en ellas, podría llegar a abrirse en ella un abismo de sufrimiento inmanejable, tal y como su psicólogo le advertía que podía llegar a pasarle. Por este motivo, hacía ingentes esfuerzos por acallar sus angustias, intentando olvidarse de sí misma y logrando llegar a un silenciamiento mental con las gafas[1] de Esmeralda. Al menos, al usarlas, se paraban sus pensamientos y su angustia se calmaba. Así lograba desconectarse del dolor, pero también se acababa sintiendo alienada de todo. La única ventaja que encontraba con ese sistema de anestesia era que llegaba a estar más indiferente y despreocupada frente a todo lo que la inquietaba. Aunque cada vez las usaba menos, porque no acababan de convencerle las sensaciones que le provocaban.


Benito conocía las crisis de Aurora, pero solo sabía inducirla a ignorarlas, haciendo énfasis en que ella intentara ser lo más normal posible, enfocándola en lo que le sirviera para estar bien. Le parecía que Aurora se empeñaba en pensar cosas raras que no la llevaban a ningún sitio. No la estimulaba a comprender qué era lo que la inquietaba, porque consideraba que se trataba de un terreno resbaladizo y peligroso en el que no había que asomarse en absoluto. Benito era incapaz de comprender lo que le pasaba a su paciente. Creía que el pensar como lo hacía ella en sus crisis era un síntoma de una neurosis obsesiva y el camino hacia una depresión profunda. Para él, poner atención en lo que le surgía en ese estado no llevaba más que a un sufrimiento neurótico infinito que no tenía ningún sentido. Así que su objetivo terapéutico consistía en enfocarla en las cosas que él creía que la motivarían a estar bien. Por ello se sentía orgulloso de haberla sacado, una y otra vez, de un abismo depresivo, en el que Aurora no podía encontrar más que oscuridad y vacío. 


Las inquietudes de Aurora le ponían frente a su propia incapacidad para hallar un sentido consistente para su vida. Por este motivo le resultaba más fácil convencerla de que debía salir de sus obsesiones y de que lo importante en la vida eran el éxito profesional y la superación de sí misma. Como ella tenía mucho talento intelectual, era necesario “explotarlo”. Solo así llegaría, por fin, a ser feliz de verdad. Intentaba así inculcar a su paciente su visión de la vida (en gran medida insertada en su mente por Esmeralda). Para lograrlo le decía frases como: “Sigue con tus proyectos y céntrate en conseguir más resultados”, “Haz listas de dificultades y anota cómo haces para salir de ellas y empieza con lo que te resulte más fácil”. Como Aurora tendía a ser demasiado sugestionable, acababa aceptando lo que le decía su terapeuta, porque suponía que sabía lo que hacía, tratando de adaptarla a lo que se consideraba “lo normal”. Pero, a pesar de su “adaptación”, Aurora no podía impedir “recaer” periódicamente en nuevas crisis que le hacían preguntarse por el sentido de todo. Cada vez resurgían en ella de una forma más acuciante e intensa. Aurora se había dejado convencer de que lo suyo era parte de un trastorno neurótico con el que tendría que convivir toda la vida, pues no acababa de dar con una solución definitiva a sus problemas existenciales recurrentes.


Mientras Aurora se preparaba para la cita online que tenía con Benito, imaginaba cuáles serían ese día las respuestas de su terapeuta: “Aurora, no te compliques la vida, tienes creencias irracionales que te hacen creer que tus pensamientos negativos reflejan algo real, pero escuchándolos no lograrás nada”. “¿Otra vez te estás comiendo el coco, para qué?” “No des tantas vueltas a la cabeza, tienes pensamientos obsesivos de los que te tienes que distraer, sabes perfectamente cuál es el sentido de la vida, no te distraigas con discos rayados que no te llevan a ningún sitio”. “Céntrate en el presente y en tus sensaciones; el presente es lo único que existe, no pienses y no juzgues tanto; hacerlo te aleja de lo esencial”.


En otras ocasiones, estas ideas de su psicólogo le habían ayudado a dejar de lado sus inquietudes existenciales, con una sensación aparente de alivio de su malestar. Pero esta vez esas frases que venían a su mente le resultaban vacías y absurdas. ¡Sí que tenía que estar mal si no le servían de nada! Por primera vez, después del tiempo que llevaba en terapia con su psicólogo, no le aportaban nada. Le parecían estúpidas. ¿Y no sería que su psicólogo se sentía incómodo con estas cuestiones porque no sabía abordarlas? ¿No sería que no la comprendía? 

Se sintió triste por pensar mal de él, pues siempre la había tratado con respeto y con cariño. Por un momento tuvo la sensación de que le venían estos pensamientos porque se activaba en ella su perfeccionismo, su hiperexigencia y su tendencia a ver todo de manera diferente al resto de la gente, por ser una friki incorregible. ¿Y por qué no dejarse ser como fuera? ¿Qué problema había en dejarse ser rara? Por un momento tuvo la sensación de que sus inquietudes existenciales tenían algún valor. Quizás había en ellas algo constructivo que ponía en marcha una búsqueda de sus anhelos más profundos. ¿No la llamarían a mirar la vida de otra forma? ¿No aparecerían en ella recurrentemente estas preguntas por algún motivo? ¿No era inapropiado acallarlas si podían tener algún tipo de respuesta? Y, si no tuvieran respuesta, ¿por qué no permitirse ahondar en ellas hasta sus últimas consecuencias? Pensar de este modo le fue trayendo un cierto alivio y más tranquilidad, a pesar de no entender muy bien qué le pasaba. 


Cuando empezó la consulta con Benito, Aurora le describió sus actividades del día, le habló de sus dificultades con sus tareas académicas y de las incomodidades que le provocaba su jefa. Esta vez no tenía ganas de hablarle sobre las cuestiones existenciales que ya sabía que iban a ir siendo sepultadas e ignoradas por él. ¿Para qué volver a ellas? Así que decidió centrarse en otros temas más banales y desahogarse hablando de lo que la disgustaba cada día en su trabajo:


—Estoy cansada por el trabajo intenso de los últimos días. Tengo la sensación de que Esmeralda se aprovecha de mi tiempo sin consideración. Por este motivo, mi visión de ella no es tan buena como antes. Muchas veces me da tareas demasiado simples cuando paso de ser su becaria a ser su secretaria. Yo no me he metido a ser becaria para hacer trabajos que no me corresponden. Me siento desmotivada y creo que tendría que hacer más con mi doctorado. Estoy atascada con ello, lo que me hace sentirme bastante mal. Además, Esmeralda apenas me orienta y casi es mejor ni preguntarle, porque me dice perogrulladas y me da consejos muy básicos. No sé si sabe tanto como dice. El otro día le pregunté por un procedimiento estadístico y me remitió a chatear con una IA. Está demasiado enfocada en sus conspiraciones políticas y en agradar a los poderosos que la favorecen. Siento que no le importo más allá de mi rendimiento; quizás mi trabajo solo le importa como medio para alcanzar más éxito y protagonismo. Por no hablar de su ambición desmesurada por ganar dinero a toda costa, aliándose con quien haga falta para conseguirlo. Por otra parte, aunque habla de meditación y de espiritualidad, sus conductas no parecen coherentes con lo que predica. Yo no la veo muy pacífica y ecuánime; constantemente tiene ataques de ira por nimiedades. Solo parece feliz cuando consigue ser alabada y admirada por otros. Incluso presume de ser “encantadora de serpientes” cuando hace gala de su capacidad para manipular a otros, lo que me resulta muy desagradable. Pero quiero pensar que en el fondo es buena, porque en algunas ocasiones es amable conmigo. No sé qué traumas de su infancia han condicionado sus conductas egocéntricas. Sí que ha tenido que pasarlo mal en la vida la pobrecilla. —Nuevamente Aurora caía en su cierta tendencia a justificar las malas acciones de sus semejantes y así también trataba de compensar la culpabilidad que sentía por criticarla.


Benito la escuchaba con atención, pensando en qué podía aportarle que pudiera resultarle útil. A la vez, se sentía incómodo con las críticas dirigidas a Esmeralda, a la que admiraba profundamente. Por ello, prefería pensar que las quejas de Aurora eran producto de sus síntomas neuróticos que la hacían incapaz de tolerar pequeñas frustraciones. 


Mientras escuchaba a Aurora, decidió estructurar su aportación para que fuera más científica y eficaz. También quería impresionar a Aurora con su profesionalidad. Para ello decidió que el paso 1 de la sesión del día sería escuchar y aparentar aceptación incondicional con una sonrisa, a pesar de sentirse incómodo con lo que su paciente decía. Después de aplicar el paso 1 durante unos 10 minutos, pasaría a aplicar el paso 2, dándole la indicación de concentrarse en algo positivo. Gracias a su afición a los libros y apps de autoayuda, tenía un abundante repertorio de frases e ideas suficientemente buenas para neutralizar las quejas que consideraba absolutamente improductivas y absurdas. Él ya se había aplicado a sí mismo ciertas reprogramaciones mentales para ser más positivo. Además, usaba con frecuencia las gafas de silenciamiento mental de Esmeralda, por las que se sentía inmensamente agradecido. Gracias a ellas había podido dejar su propia psicoterapia porque ya no tenía que pensar en nada que le preocupara. Debido a estos efectos que consideraba terapéuticos para sí mismo, había llegado a la conclusión de que Esmeralda era un genio de la psicoterapia. Motivo por el cual estaba totalmente entregado a su causa. Su dinámica de entrega y sumisión supuso que fuera elegido por ella como un colaborador cercano y que le encomendara el trabajo de hacer psicoterapia a sus becarios, para que lograra que acabaran funcionando según los parámetros “adecuados”. 


Después de que Aurora expusiera sus quejas, Benito le dijo:


—Entiendo por lo que debes de estar pasando y te comprendo; debe de ser muy duro sentirse así (utilizó una frase de terapeuta principiante para aparentar una respuesta empática).  Pero veo que estás siendo demasiado negativa con Esmeralda. Ella te ha dado una magnífica oportunidad. Has de ser menos exigente y perfeccionista. Has de saber que a veces Esmeralda baja el nivel del trabajo de sus discípulos para que trasciendan sus egos y así se vuelvan más sabios (no decía esto totalmente convencido, pero estaba obligado a decirlo así). Es una gran maestra. Conmigo lo hizo muchas veces durante el primer año del doctorado, hasta que aprendí a captar su sabiduría y pude ver muchas cosas igual con su perspectiva de persona iluminada. Cuando ya empecé a percibir todo con claridad y acepté su forma de trabajar, es cuando realmente crecí como profesional y como ser humano. Es más, gracias a sus gafas silenciadoras es como finalmente he alcanzado la plenitud iluminada del no pensamiento. Sé que te resistes a veces a usarlas porque te gusta experimentar demasiado con tus pensamientos. Aún tienes demasiado ego, lo que dificulta tu proceso. Deberías usar más las gafas cuando te vienen pensamientos tan negativos hacia la persona que tanto te ha ayudado. Así es como vas a encontrar finalmente tu mejor versión y a triunfar. ¿No quieres encontrar tu mejor versión? Cuando la encuentres, llegarás al mejor estado posible de existencia y lograrás llegar al triunfo que te mereces. Entonces todos creerán en ti y triunfarás. El éxito o el fracaso dependen de lo que atraes con tus actitudes; solo busca tu mejor versión. —Benito repetía las consignas de Esmeralda para intentar lavarle el cerebro con ellas. 


—No acabo de estar convencida de lo que me dices y aún menos de lo de mi mejor versión. ¿Cuál es mi mejor versión? ¿Cómo es? ¿Siempre será la misma o cambiará? ¿Y para qué quiero el éxito? ¿De qué me sirve? ¿Para qué buscar otra versión de mí? Quizás no me convenza lo que dices porque tenga un problema de orgullo y de rebeldía, como ya me has señalado otras muchas veces. ¡El dichoso ego! Lo que pasa es que ahora siento que necesito hacer las cosas a mi manera, aunque corra el riesgo de fracasar por culpa de mi “ego”. No obstante, tengo claro que cuando he hecho las cosas a mi manera, no me ha ido tan mal. Ahora no sé por qué estoy tan inhibida a la hora de fiarme de mi criterio. En estos momentos no entiendo bien qué es lo que falla, ya que hago todo lo mejor que puedo. Quizás me equivoco al estar molesta con lo que no me acaba de gustar y porque pienso más de la cuenta. No puedo evitarlo. ¿Sabes que a veces, cuando Esmeralda me dice que hago todo demasiado bien, parece crispada por ello? No sé por qué le molesta tanto. No sé cómo es posible que le dé envidia que yo sepa algo que ella no sabe. Es absurdo, pero a veces llega a darme esta sensación. Y te aclaro que tampoco me atrae la idea de tener éxito como tú lo planteas. A mí lo que me aporta alegría es la sensación de éxito que surge como resultado de hacer bien algo que merece la pena. Para mí el éxito es una consecuencia, es la satisfacción que emerge de estar en sintonía con lo que me parece valioso. Si pienso en el éxito como un fin al que hay que supeditar todo lo demás, tengo la sensación de que me estoy prostituyendo de algún modo.


Benito la interrumpió súbitamente, pues la palabra “prostituyéndose” la sintió como una espina envenenada que le confrontaba con sus propias conductas. Y era inadmisible que una paciente le confrontara a él, dado que tenía que ser superior a cualquiera de ellos (idea absurda que en el fondo encubría sus grandes inseguridades).


—Aurora, ¡qué barbaridad dices! ¡Seguir la propia vocación y hacerlo todo bien a toda costa no es prostituirse! Es cierto que a veces hay que ceder, frenar el orgullo, dar la razón a quien no la tiene, aliarte con personas repugnantes y hacer excesivos “favores”, que pueden llegar a ser bastante desagradables, pero resulta que el mundo está hecho así. Y todos tenemos que sobrevivir como podamos. No puedes vivir en las nubes pensando que las cosas ocurren como si estuviéramos en un mundo ideal. ¡Eso no existe! Tu perfeccionismo y tu moralismo a veces son excesivos y pareces creerte mejor que nadie. ¿Nunca has pensado que puedes ser molesta con tus actitudes de superioridad moral? Tu neurosis obsesiva puede ser muy desagradable. ¿Lo sabías?


Aurora se quedó perpleja y desconcertada ante esa respuesta. Benito le estaba haciendo luz de gas, culpándola a ella de los problemas que le generaban otros. Notaba cómo su psicólogo la estaba queriendo dirigir en una dirección con la que ella no se identificaba en absoluto. El malestar interno que llevaba acumulado por diversas circunstancias la llevó a perder la paciencia y a no controlarse, como solía hacer habitualmente. Respondió a Benito también interrumpiéndole y en un tono con el que no la había escuchado antes:


—¡Ya no puedo más, Benito! ¡Te estás pasando y no sabes ni de lo que hablas! ¡Siento que me das consejos estúpidos! Sé que soy rara y que no es tu culpa que yo sea una paciente atípica. ¡Pero no puedes ayudarme, no tienes ni idea de lo que me pasa! ¡No me entiendes! A veces pareces mi enemigo y tengo la impresión de que quieres suprimir lo que soy, como si pretendieses encajarme en un esquema preestablecido que consideras válido e igual para todos. ¡Y yo no soy un mono de feria al que puedas domesticar! ¡Quédate con tus consejos de pacotilla! ¡Son estúpidos! ¡Y no me hagas luz de gas! ¡Eso es maltrato! No voy a dejar que me manipules. —Aurora respiró hondo tres veces, dándose cuenta de que había perdido los papeles y de que necesitaba calmarse. Al mismo tiempo, se sentía liberada.


Entretanto, Benito la observaba desconcertado y nervioso, sin saber qué decir. Nunca se hubiera esperado una reacción así de Aurora, ya que siempre era muy educada y correcta. Creía que después del tiempo que llevaba con ella ya la tenía bastante controlada. De repente parecía haberse derrumbado todo su trabajo. Se sentía tenso y desconcertado por haber perdido el control de la situación. Se puso las gafas de no pensar para no angustiarse más. No quería tener la posibilidad de cuestionarse a sí mismo en algo. Cuando las gafas empezaron a hacerle algo de efecto, respondió a Aurora de una forma mecánica, que correspondía a las instrucciones del último libro que había leído sobre momentos incómodos con pacientes difíciles. Ya no recordaba el contenido exacto de lo sucedido, pero sí que se había dado un momento tenso, pues lo tenía apuntado en su libreta electrónica.


—Veo que necesitabas expresar algo complicado para ti, ¿quieres que hablemos de algo más? Comprendo cómo te estarás sintiendo —dijo Benito de forma protocolaria y mecánica.


—¿Me comprendes? ¿Qué comprendes? ¿Ya estás con las frases hechas de manual? ¡¿Y con las gafas?! No entiendes nada. —Por un momento Aurora se dio cuenta de que estaba siendo demasiado dura con él y cambió su tono—.  Disculpa mi reacción y mis palabras, Benito. Llevo unos días pasándolo mal y he perdido los nervios. Mejor vamos a terminar la sesión por hoy. No tengo fuerzas ni ganas de contarte nada más y necesito reflexionar a solas acerca de lo que me sucede. Quiero también pensar en si sigo o no en terapia contigo. Sé que quieres ayudarme, pero tengo la sensación de que algo no acaba de encajar entre nosotros e inseguridad acerca del proceso que estamos haciendo. No veo que realmente me ayudes. Más bien siento que lo que me aportas me entorpece cada vez más. Además, me da muy mala espina el que te hayas puesto las gafas de no pensar en mitad de una sesión. ¿No ves que te pones en evidencia? ¿No tienes más recursos para manejar la situación? 


Benito se había puesto colorado y sudaba, a pesar de que las gafas amortiguaban parte del golpe de las palabras de Aurora. Le respondió de nuevo de forma mecánica, siguiendo el protocolo correspondiente:


—Comprendo cómo te estarás sintiendo y respeto tus decisiones. Como sabes, solo expresando plenamente tu potencial llegarás a ser feliz y exitosa y a ser tu mejor versión. —Después de sus frases hechas, la volvió a mirar con atención, omitiendo la cuestión de las gafas, que se quitó rápidamente al sentirse confrontado por ello.


—Muy bien, quítate las gafas. Otra vez me dices frases hechas que no me dicen nada. Y ya veo que no quieres ni mencionar las gafas porque te he pillado desconectándote en mitad de una sesión. ¡Qué patético me parece que no se te haya ocurrido nada mejor! —le respondió Aurora con crispación. Benito, tengo que pensar con calma en qué hacer a partir de ahora y, si pierdo la beca, me haré influencer o reparadora de drones oxidados. No sé, ya veremos. Se me da bien la mecánica, o lo que haga falta para sobrevivir. Voy a leer, de todas formas, las condiciones de mi beca y así veré qué puedo hacer exactamente. Supongo que quieres algún bien para mí —Aurora se iba dando cuenta de que ya no creía en ello realmente— y sé que no te lo estoy poniendo fácil, pero estoy en un momento en el que necesito aclararme yo sola. Hoy no me estás ayudando en absoluto. Más bien me parece que me estás frenando y manipulando. E intuyo que has podido hacerlo otras veces, aunque no me haya dado cuenta de ello. Menos mal que estoy empezando a despertarme.


Benito estaba poniéndose de nuevo nervioso, ya que no tenía las gafas puestas y no sabía qué responderle. Aun así, se esforzó en responderle, aparentando profesionalidad, después de ajustarse la corbata.


—¿Quieres que hablemos más de ello? De verdad que me gustaría poder ayudarte —dijo Benito con gran inseguridad, para ver si así Aurora se calmaba y no cortaba la sesión abruptamente. Aunque, por otra parte, lo estaba deseando porque no se lo ponía nada fácil. Su inquietud aumentaba aún más al pensar que si Aurora leía a fondo las condiciones de su beca, podría darse cuenta de que no tenía por qué seguir un tratamiento psicoterapéutico con nadie asignado por Esmeralda. No era algo absolutamente obligatorio.  Para que Aurora no lo descubriera, Benito hizo un nuevo intento por disuadirla.  —No hace falta que leas las condiciones de la beca, que son muy largas y un rollo; yo te las puedo explicar cuando quieras —así intentaba salir del paso.


—Hoy no me apetece hablar más, Benito. Me gustaría reflexionar un poco más sobre todo esto, aunque tú siempre me recomiendas que no piense y que siga ciegamente las indicaciones de Esmeralda. Muy bonito. Pretendéis saber más que yo misma acerca de lo que me pasa y de lo que me puede ayudar. Pero siento que, si no me dejo un tiempo para pensar en lo que quiero, me voy a sentir peor. Sería traicionarme a mí misma al no tomarme en serio mis propias inquietudes. Igual estoy empeorando mi neurosis obsesiva, ¡quién sabe! Pero ahora mismo quiero bucear un poco en ella. ¿Y si lo que me pasa no es una neurosis obsesiva? ¿Y si es otra cosa? ¿Y si se trata de la voz interna de mi conciencia que quiere comunicarse conmigo? ¡Quién sabe! Y, con respecto a las condiciones de mi beca, como comprenderás, estoy bastante acostumbrada a leer rollos de todo tipo, así que no es problema, no te preocupes, soy capaz de leerlo yo sola. Gracias por tu inestimable ayuda —le dijo con un tono irónico.


—De acuerdo, como quieras, Aurora. ¿Nos vemos la semana que viene? —al decir esto, Benito omitía lo que Aurora había dicho de dejar las sesiones con él. Así hacía un intento desesperado por reengancharla.


—Vamos a cancelar la sesión de la próxima semana y te digo algo más en unas semanas. Como ya te he dicho, quiero pensarme si seguir o no en terapia contigo. Eres un psicoterapeuta respetuoso y con experiencia, pero no sé si eres capaz de comprenderme. Ya te diré algo.


—Está bien. Espero entonces tus noticias —dijo Benito con una tensión contenida y mal disimulada, pues temía lo que le podía caer encima cuando Esmeralda supiera que Aurora quería dejar la terapia. Además, Aurora le inquietaba porque ponía de manifiesto su incompetencia para pensar en temas demasiado profundos. —Espero que te vaya bien con tus reflexiones y que escojas la mejor opción para ti, que pienso que es seguir conmigo.


—Sí, sí, Benito. Como seguir contigo no hay nada, ¿no? Bueno, te dejo, que aún tengo cosas que pensar, ponte tus gafas y olvídate de mis problemas. Ya te daré noticias. Que descanses y que todo te vaya bien. 


En estas últimas palabras y en su tono estaba ya implícito que Aurora había tomado una decisión, aunque ella no fuera plenamente consciente. Benito ya no le inspiraba ningún respeto.


—De acuerdo. Espero tus noticias. Y sí, mejor me pongo las gafas, que son lo mejor que hay para tener paz mental y llegar a ser ciudadanos ejemplares, no lo olvides.


—Sí, claro que sí. ¡Cómo olvidarlo! Buenas tardes, Benito.


—Buenas tardes, Aurora.


Después de cortar la comunicación, Aurora se sintió tensa a la vez que liberada. No era habitual en ella hablarle a alguien en ese tono. Le gustó la versión de sí misma que había surgido. ¿Sería esa su mejor versión? Seguramente esa no era la “mejor versión”, según Benito. Pero ya, afortunadamente, le importaba bastante poco su opinión.

 




¿Alguna vez te has sentido comprendido por un profesional cuando intentabas explicar algo importante de tu experiencia interior? ¿O sentiste que hablaban un lenguaje distinto al tuyo?


Si queréis saber cómo sigue la historia os invito a leer mi novela "De otro mundo" (disponible en Amazon).





[1] Hace alusión a unas gafas que hacen que se silencie la mente de quién se las pone



sábado, 20 de junio de 2020

PROCESANDO LA "NUEVA ANORMALIDAD"


Nos toca ir procesando la supuesta “nueva normalidad”. Y digo supuesta, porque no sé si hay algo de normal en lo que está pasando. Y no sé por qué se llama “nueva normalidad” a la nueva fase que nos espera. En todo caso, quizás sea una “nueva anormalidad”. En esta nueva fase sobre todo espero que sea más positiva, más leve, menos dañina que la situación tan dura que hemos atravesado en los últimos meses. 

Lo importante parece que es que la situación está mejorando. Hay menos enfermos y muertos y ya, por fin, podemos irnos encontrando unos con otros. También es importante ir viendo que todos tenemos responsabilidad en que la situación progrese. Todos podemos protegernos, proteger… Todos podemos cuidarnos, especialmente teniendo en cuenta las medidas de seguridad para evitar la propagación, nuevamente del virus, que puede costar muchas vidas. Así que os animo a protegeros, a protegernos y a permitir que esta situación avance, con la solidaridad y el apoyo de todos. 

Aunque la situación está cambiando parece que no es fácil adaptarse a un nuevo cambio. En mi consulta veo que ahora hay personas que piden más ayuda, cuando esto ha empezado a descomprimirse, que antes. Quizás porque ya son muchos desconciertos acumulados. 

Nos hemos ido adaptando progresivamente a una situación muy extraña, en la que, en parte, nos hemos acomodado, dentro de lo incómoda que es, o de lo incómoda que era... Y ahora, otra vez, toca irse adaptando a una serie de cambios que, lamentablemente, no suponen volver a lo que hemos dejado atrás. Quizás en marzo, cuando nos encerrábamos, pensábamos volver, nuevamente, a una situación como la previa. Pero es un hecho que la realidad no está como la que dejamos atrás en marzo. Incluso es posible que nosotros tampoco seamos los mismos. Algunas personas han salido heridas, incluso gravemente. Otras son supervivientes de la enfermedad o están convalecientes de la misma. No ha sido una enfermedad fácil, ni para médicos, ni para enfermos. Otros están heridos por las pérdidas de seres queridos, que han fallecido, y que, en muchas ocasiones, aún no han podido elaborar adecuadamente el duelo. No han podido asimilar las muertes y necesitan tiempo para enfrentarse al dolor de la pérdida. En otros casos, el encierro de quienes viven solos, les ha supuesto una soledad hiriente y a veces desgarradora, en la que no siempre ha habido alguien dispuesto a escuchar o a acompañar desde el otro lado del teléfono o del ordenador (para quienes tenemos opción de hacer videollamadas). Los enfermos, los ancianos y los más vulnerables se han podido ver más solos que nunca, pues se han reducido los recursos habituales de ayuda, como ha ocurrido con un sistema sanitario, que ha estado colapsado por los afectados por el coronavirus. Lo que ha supuesto que otros enfermos no hayan podido tener acceso a sus médicos habituales. En todo esto, podemos ver que hemos atravesado una guerra contra un enemigo invisible, que ha dejado a muchos atrás, y ha dejado heridos a muchos supervivientes. Aún, quienes no han pasado por la enfermedad del COVID-19, han podido padecer graves heridas invisibles en sus mentes y en sus almas. Al menos el miedo y la incertidumbre han estado presentes. La situación, en muchos casos, ha sido difícil, grave y desconcertante, aunque algunos lo quieran negar y se hayan anestesiado con los aplausos y las canciones de “Resistiré”. Y todo esto es algo que es preciso poner de manifiesto para dar permiso a asimilar y expresar el dolor que se ha ido atravesando. Cuando el dolor no se vive conscientemente, cuando no se expresa, cuando no se acepta, se puede convertir en cosas peores, como ansiedad, depresión, fobias, etc. Así que, hablar del dolor, también es un mecanismo para ayudar a procesarlo, a entenderlo, a liberarlo y a desahogar lo que le haya pasado a cada uno. 

Y ahora, por fin, nos toca irnos descomprimiendo de tan duras pruebas, y necesitamos ir poco a poco, a nuestro ritmo. Nos han marcado unas fases que, de alguna manera, vamos siguiendo. Pero, quizás, también hay personas que necesitan un ritmo más lento, que necesitan ir poco a poco; necesitan escuchar sus necesidades internas, a la vez que van dando sus pasos. Pero escuchemos nuestro ritmo. Cuál es y, a la vez, animémonos a ir avanzando.



Imagen tomada en Manzanares El Real. Junio de 2020.

Es una situación, la de ahora, que va aliviando lo vivido y que aumenta la esperanza, pero que aún nos deja desconcertados. Algunos incluso no se creen del todo que esto esté superado y quieren quedarse encerrados indefinidamente en casa, padeciendo lo que algunos llaman ahora el síndrome de la cabaña. Es decir, quererse quedar en casa, metidos para siempre, por miedo. En cambio, otros se van al otro extremo y salen a la calle irresponsablemente, sin respetar las medidas de protección que necesitamos para protegernos unos a otros. Esta es otra forma, de afrontar las dificultades, que se llama negación y que consiste en actuar como si éstas no existieran o como si nunca hubieran existido. El problema es que esto aumenta el riesgo para todos. No solamente es una cuestión de uno mismo y de su malestar.

También, a lo largo de estos meses, afortunadamente, nos hemos encontrado muestras de apoyo, de solidaridad y de amor. Se han cerrado las puertas de casa, pero, de algún modo, se han abierto otras puertas y vías de comunicación, incluso hacia lugares remotos de nuestro planeta, gracias al teléfono y a la conexión a internet. Se ha cerrado una parte del mundo (nuestra casa) y otra se ha vuelto accesible de otro modo. Al menos así ha sido en mi experiencia. Se ha intensificado el contacto con amigos, de diferentes partes del mundo, y nos hemos ido apoyando unos a otros.

También ha sido el momento, para muchos, de apoyarse en su fe, de buscar el apoyo en lo más esencial de la vida, y ese ha sido consuelo para muchas personas. Incluso hay quién habla de una vivencia religiosa más auténtica, profunda y comprometida, en su soledad o en su dificultad, así como de la oportunidad de ampliar su visión de la vida y de abrir más el corazón a asimilar su propio sufrimiento, de acoger su propia vulnerabilidad y de ponerlo todo, desde la humildad, en manos de Dios. A veces, es paradójico que el sufrimiento nos lleva a algo más profundo y más comprometido.

Esperemos que lo bueno vivido, en mitad de los días más oscuros, nos haya fortalecido en algún punto, o que al menos nos haya hecho un poco más humildes, sin la imposición de tener que estar en un estado exaltado y eufórico de positividad forzada, como quieren vendernos algunos. Como quieren vendernos algunos desde visiones, por ejemplo, de la Nueva Era, en la que nos dicen que el virus es maravilloso para que todos salgamos fortalecidos.

A pesar de todo, son momentos para respirar con más alivio, para recuperarnos e ir saliendo progresivamente hacia un mundo que nos está volviendo a aportar algunas de las cosas que ya teníamos. Los días pasados era un consuelo ver en Madrid más lugares abiertos, parece todo un poco más normal y es también es un alivio pensar que muchas personas podrán irse recuperando económicamente. 

Se acerca esa “nueva normalidad” de la que nos hablan, que más bien parece una “nueva anormalidad”… Me pregunto qué idea de normalidad tienen quienes así lo expresan. Quizás sea un buen momento para reflexionar acerca de lo que es normal y de lo que no lo es, de lo que asumimos por qué sí, sin reflexionar acerca del sentido de lo que hacemos o de lo que nos dicen que hagamos. ¿Entendemos por qué hacemos lo que hacemos? ¿Captamos el sentido de lo que tiene valor en nuestras vidas? ¿Nos permitimos pensar a fondo acerca de la normalidad, acogiendo también nuestras diferencias y rarezas? Y… ¿somos todos normales? En realidad, a lo mejor nadie es normal. Y, ¿para qué ser normales? Que cada cual trate de buscar, por sí mismo, qué es normal y qué no. Os invito a ello. ¿Qué tiene sentido y que no lo tiene? Y, quizás, el permitirnos pensar, un poco más, por nosotros mismos, ¿es posible que nos lleve a una normalidad de poder acoger lo diferente, de acoger nuestra originalidad y de abrirnos a la realidad, tal y como ésta es.


Imagen del "Palacio de Cristal" del parque de "El Retiro, de Madrid,
tomada el 10 de Junio de 2020

*Nota: La primera imagen es de Pixabay. Las otras son de la autora del blog.

jueves, 4 de junio de 2020

ESPIRITUALIDAD, RESILIENCIA Y CRECIMIENTO POSTRAUMÁTICO





Publico aquí un artículo, que escribí en 2015, titulado "Espiritualidad, Resiliencia y Crecimiento postraumático", con el fin de facilitar su lectura, pues considero que puede ser útil en estos tiempos que estamos atravesando, con la crisis del COVID-19, con la esperanza de que pueda ser de ayuda, para quienes han atravesado o están atravesando situaciones difíciles.


Fue publicado en la revista NOUS. Boletín de Logoterapia y Análisis Existencial, nº 19, Otoño de 2015. P. 21-33.


Resumen:

Algunas personas que han sufrido experiencias traumáticas, refieren haber obtenido algún elemento positivo después de atravesarlas habiendo experimentado lo que se ha llamado “crecimiento postraumático”. En el presente artículo exponemos algunas ideas que reflejan cómo la espiritualidad puede influir favorablemente en la resiliencia y en el crecimiento postraumático, tomando además, como ejemplo la experiencia de Viktor Frankl en los campos de concentración nazis. Extraemos de su testimonio en el libro “El hombre en busca de sentido” los aspectos más importantes conectados con la propuesta del presente artículo. 

Palabras clave: Logoterapia, espiritualidad, resiliencia, crecimiento postraumático.


Abstract:

Some people who have suffered traumatic experiences , reported having obtained a positive element through them experiencing what has been called "posttraumatic growth" . In this article we present some ideas that reflect how spirituality can influence favorably in resilience and posttraumatic growth, and taking the example of the experience of Viktor Frankl in Nazi concentration camps. We extract of his testimony in the book "Man's Search for Meaning" the most important aspects connected with this article proposal.

Key words: Logotherapy, spirituality, resilience, postraumatic growth.



Introducción

La espiritualidad tiende a asociarse con la trascendencia, con la esperanza, con el propósito y con el sentido (Frankl, 1988, 1999; Flannelly, Weaver y Costa, 2004), o con aspectos inmateriales de la existencia (Meraviglia, 2004). Según diversos autores, generalmente implica relaciones armónicas o conexión con uno mismo, con otros, con la naturaleza, con Dios o con una realidad superior (Reed, 1991). Para otros la espiritualidad representa aspectos relacionados con el amor, la ética, la creatividad, la consciencia, lo sagrado o lo profundo. Viktor Frankl (1990) plantea que la espiritualidad es lo que tenemos de humano y nuestra dimensión esencial en la que acontece nuestra existencia. La espiritualidad puede aportar recursos internos, esperanza, conexión con algo que nos trasciende y puede darnos fuerzas, creatividad, humanidad, sentido etc. Todo ello puede ayudar a encontrar sentido en las situaciones dolorosas que se presentan en la vida y a disponer de ciertos recursos que permitan superarlas o afrontarlas mejor.


La resiliencia es un término que tiene cientos de definiciones. Para este artículo hemos seleccionado una de ellas que se ajusta más a las ideas que queremos plantear y que la define como la “capacidad de salir indemne de una experiencia adversa, aprender de ella y mejorar” (Vera Posek, 2006). Esta definición muestra la posibilidad de aprender y mejorar después de una experiencia adversa, aunque consideramos que el salir indemne de las experiencias adversas no siempre es posible y que quizás aún así sea posible sacar algo positivo de dichas experiencias. Se puede salir de ellas con heridas, de las que queden cicatrices y, aún así, se puede crecer y aprender. Pero lo importante de la definición de Vera Posek es que nos muestra la posibilidad de superar un trauma e incluso de obtener algo positivo de él. De hecho, la mayoría de las personas que experimentan un trauma no sufren posteriormente un trastorno mental. Éste se da aproximadamente en el 9% de los casos, porcentaje que puede variar en función de la intensidad y duración del evento estresante (Peres, Moreira-Almeida, Nasello & Koenig, 2007).


Muchas personas que han sido víctimas de situaciones muy duras han podido crecer a pesar de la adversidad, al haberexperimentado una transformación después de pasar por experiencias de gran sufrimiento (Peres et al., 2007). Tras atravesar estas experiencias nos cuentan que han obtenido algún aprendizaje, un cambio de perspectiva, una reflexión profunda, una mayor consciencia, etc. Cuando esto se produce hablaríamos de crecimiento postraumático. Como vemos, hay una estrecha relación entre la definición que hemos elegido de resiliencia y la de crecimiento postraumático. Lo que parece es que las personas resilientes tienen más probabilidades de experimentar dicho crecimiento después de la adversidad (Peres et al., 2007).




Cuando una persona que experimenta una situación traumática, puede quedarse dañada, recuperarse y/o crecer. Pero, como han señalado diversos autores, nuestro self no es una entidad única y estática, sino que está configurado por diversas dimensiones o subpersonalidades, es decir, que dentro de nosotros no hay una sola forma de ser, sino varias (Mirapeix, 2015). Esto implica que puede haber partes del self que estén dañadas, otras que estén en proceso de recuperación o recuperadas y otras en proceso de crecimiento o que ya hayan crecido. Quizás, las partes más fuertes, y, sobre todo las que ya hayan crecido después del trauma, pueden ayudar a las otras a encontrar un mayor equilibrio interior y a que el proceso de crecimiento postraumático sea en sí un camino que posibilite la recuperación del daño de una manera más global. (ver Figura 1)


Figura 1: Posibilidades ante el trauma




El papel de la espiritualidad

Existen numerosos testimonios de quienes dicen haber crecido o aprendido, tras un suceso traumático, gracias a un encuentro con lo más profundo y esencial de sí mismos, con Dios, o con una dimensión que les trasciende y que les aporta fuerzas, aunque no sepan muy bien explicar con palabras qué es. En todos estos casos podríamos hablar de espiritualidad. Para estas personas la espiritualidad, ha sido una fuente de fortaleza y ha favorecido la conexión con recursos previamente desconocidos. En algunos casos, esta experiencia de tipo espiritual, puede darse como un proceso de conexión con su ser más profundo. Ese proceso de conexión con el propio mundo interior no se suele dar de forma inmediata y mágica, sino que se suele producir atravesando diversas etapas, que pueden implicar un proceso esfuerzo y autodescubrimiento. Quienes ya han hecho, antes del evento traumático un proceso de autoconocimiento de este tipo, suelen tener más capacidad para sacar algo positivo de las situaciones adversas. No obstante, en los primeros momentos de iniciar dicho proceso puede haber sensación de desorientación, al tratarse de un viaje a un universo desconocido que, por inexplorado, no sabemos en qué consiste. 

Es posible, por otra parte, que un momento de dificultad sea el que impulse la búsqueda hacia algo que vaya más allá de lo conocido. Llevando dicha búsqueda a mirar tanto dentro como fuera de nosotros mismos, para encontrar salidas o recursos y para podernos desplegar desde una dimensión de mayor libertad. Esta dimensión es la que puede, precisamente, permitirnos escoger nuestra actitud ante lo que no podemos cambiar (Frankl, 1988).

En el viaje interior podemos ir recogiendo diversos frutos, pero también es posible que nos las veamos con nuestras propias sombras y defectos; los “monstruos” y “sabandijas” que decía Santa Teresa de Ávila que habitan en nuestro interior (1957). Esos “monstruos” y “sabandijas” representarían nuestras limitaciones, defectos, errores e incluso partes de nosotros mismos que no quieren seguir profundizando más y que se manifiestan, por ejemplo, como miedo a lo desconocido. Paradójicamente son muchas las personas que dicen no mirar dentro de sí por temor a lo que se puedan encontrar.

Lo importante es que, aunque se atraviesen dificultades internas, sepamos que podemos encontrar riquezas y potenciales ocultos en lo más profundo de nosotros, que se van manifestando poco a poco en el camino que nos lleva hacia lo más profundo de nosotros.

Ese viaje interior puede llevarnos a adoptar una perspectiva más profunda de la vida y de nosotros mismos. Pero no podremos descubrir esa perspectiva sin hacer un recorrido no exento de pruebas, cuya puerta se puede llegar a abrir, paradójicamente, en los momentos de más sufrimiento, porque es entonces cuando más necesitamos encontrar salidas y superar dificultades. En esos momentos se activan potenciales ocultos, para poder seguir adelante. De ahí que nuestra búsqueda se agudice en momentos así y que nuestras diversas dimensiones internas puedan ir colaborando en que podamos sobrevivir y aprender. Al abrirse estas nuevas dimensiones podemos hablar de unión con Dios o con nuestra verdadera naturaleza, y lo importante sería que el sufrimiento nos podría dar la opción de escoger un nuevo camino, más libre y más auténtico, mediante la introversión y la toma de conciencia (Delgado González, 2004).

En ese proceso de búsqueda y de autoconocimiento hacia nuestro mundo interior, encontramos que la espiritualidad puede aportar experiencias de luz en mitad de la oscuridad (según nos cuentan muchos exploradores de la psique). Tenemos, por ejemplo, la siguiente afirmación de la filósofa Edith Stein: “Hay una luz en la noche, que descubre un nuevo mundo en lo más hondo del alma, y, en cierto modo, ilumina desde dentro el mundo exterior que se nos devuelve completamente transformado.” (Stein, 1994, p. 51). Aquí Edith Stein nos habla de la posibilidad de una transformación psicoespiritual, que acaba modificando, incluso, la percepción de lo que nos rodea. Este tipo de transformaciones pueden darse a través de un proceso de crecimiento postraumático, que posibilitaría una mayor evolución y un cambio radical de la vida. 

Otro ejemplo de transformación a través de la espiritualidad es el de Marsha Lineham, una de las autoras más reconocidas en la psicología actual (por haber diseñado una propuesta de psicoterapia eficaz para personas con trastornos graves de la personalidad). Para esta autora fue una experiencia espiritual la que posibilitó el inicio de la recuperación del grave trastorno de personalidad que padecía. Ella cuenta lo que le ocurrió, en una entrevista que le hacen en el New York Times[1]: “Cierta noche estaba allí, arrodillada, mirando la cruz, y de pronto todo el lugar se volvió dorado y sentí que algo venía hacia mí. Fue una brillante experiencia. Luego tan solo regresé corriendo a mi habitación y me dije: Me amo a mí misma. Esa fue la primera vez que recuerdo haberme hablado en primera persona. Me sentí transformada.” 




Santa Teresa y otros místicos han usado la metáfora de la metamorfosis de la oruga en mariposa, para transmitirnos la fuerza de un proceso de transformación psicoespiritual. En un proceso de este tipo es fundamental que nos demos cuenta de que, antes de que aparezca esa mariposa, la oruga ha de estar madura y preparada para romper su crisálida. Es decir, para vivir un proceso así, hay que tener un mínimo de madurez interna y de estructura del yo. La oruga podemos usarla como metáfora del yo, que ha de estar mínimamente formado antes de vivir una transformación. 

Otra metáfora útil es la que expresaba una mujer que atravesaba un mal momento y fue superándolo. Según refería había pasado de la “visión en túnel” (una mirada de la realidad estrecha, que solo deja ver los peores aspectos de una situación) a la “visión en abanico” (en la que sentía una mirada más amplia de la realidad, más libertad y apertura para encontrar aspectos positivos en lo que estaba viviendo).

También es interesante la metáfora que hace 
Werner Meinhold, un psicoterapeuta alemán que expresaba que
“Las heridas de nuestra vida son ventanas por las que puede entrar la luz”. Esta idea nos muestra que las situaciones dolorosas pueden ser oportunidades para encontrar aspectos luminosos. 


Experiencia de Viktor Frankl 

Un ejemplo muy claro del crecimiento postraumático fue el de Viktor Frankl, que después de pasar casi cuatro años en campos de concentración nos mostró que pudo crecer humanamente en mitad de la adversidad. En su libro El hombre en busca de sentido, encontramos numerosas pistas de cómo se puede hacer para aprender y para crecer en una situación de intenso y largo sufrimiento. 

Al relatarnos su experiencia en los campos, pone de manifiesto lo que la espiritualidad le aportó en una situación muy adversa. En su experiencia podemos ver la relación que se da entre espiritualidad, resiliencia y crecimiento postraumático. 

Los elementos que consideramos más importantes para aportar luz acerca de lo que le ayudó en esa difícil situación y que se conectan con la propuesta del presente artículo, son los siguientes:

1.- La búsqueda de sentido: este es un elemento clave en todo su proceso y en su propuesta psicoterapéutica. Como hemos apuntado al comienzo de este escrito, para muchas personas dicho sentido tiene que ver con la espiritualidad. Cuestión que el autor conecta con la idea del “sentido último”, es decir, con la toma de consciencia de una intencionalidad última de todo (Frankl, 1999)

2.- El sentido del sufrimiento: otro tema central en Frankl es el del “sentido del sufrimiento”, que para él está íntimamente ligado al sentido de la vida. Puesto que que en toda vida humana hay sufrimiento, no es posible separar éste de un sentido global de la vida. Es importante asumir que el dolor y el sufrimiento forman parte de la vida y que podemos aprovechar las situaciones más dolorosas para mirar más allá de nosotros mismos (autotrascendernos), algo que puede hacer que la dificultad nos resulte más fácil de llevar (Rodríguez Fernández, 2014).

Ante la dificultad la espiritualidad es un factor que puede ayudar a encontrar sentido (Frankl, 1999) y a trascender el sufrimiento (Smith, McCullough y Poll, 2003). Para Frankl, el sufrimiento puede ser una oportunidad de logro. Pero hay que tener el “valor de sufrir” y de darle un sentido al sufrimiento, por ejemplo viendo que estamos experimentando una prueba o un desafío, etc. Frente a este sufrimiento, Frankl (1988) propone poner en marcha los valores de actitud: que son los que nos permiten poner en marcha la última de las libertades, la de escoger qué actitud adoptamos ante lo que nos sucede. Pero Frankl no solo nos propone los valores de actitud. En su historia, podemos ver cómo pone en marcha los valores creativos: desarrollando diversos recursos, teniendo sentido del humor o descubriendo de qué manera desarrollar una mejor actitud (lo que también requiere creatividad). 

3.- La libertad interior: el tomar consciencia de la libertad interior, nos permite ejercerla y tener más capacidad de elección, lo que puede dar más posibilidades de crecer en la adversidad. Tal y como Frankl dice: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino” (Frankl, 1988, p.69). Pues “El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física” (Frankl, 1988, p. 69). Aspectos que también están muy conectados con los valores actitudinales y creativos. 

4.- Tener vida interior: para tener libertad interior es preciso tener vida interior. A algunos prisioneros de los campos de concentración, una vida interior intensa les hacía soportar mejor el sufrimiento, pues “eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual” (Frankl, 1988, p.44). 

5.- Soledad consciente: para llegar a encontrar y desarrollar nuestra vida interior es importante tener un espacio en el que estar con uno mismo en soledad (Frankl, 1988). Una soledad que posibilita el silencio y la escucha de lo que sucede dentro de nosotros.

6.- El poder del amor: el amor es fundamental para sobrevivir en situaciones adversas y es también muy importante en el proceso de ir encontrando sentido en la vida. Como Frankl afirma: “la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”, y que “la conciencia del amor propio está tan profundamente arraigada en las cosas más elevadas y espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo en un campo de concentración.” (Frankl, 1988, p.66).

7.- Atención al presente: la atención al momento presente es fundamental para tomar consciencia de lo que sucede aquí y ahora, y también para desvelar el sentido de cada situación y de la propia existencia en su conjunto. Si no miro qué sucede ahora delante de mí, con atención ¿cómo puedo llegar a saber lo que realmente sucede en la vida y cuál es el sentido de este momento? Para Frankl (1994, p.50) “lo que realmente es, es sólo en el presente”. Prestando atención al momento presente podemos darnos cuenta de lo que él llamó “pequeños golpes de suerte”, que son pequeñas cosas que se dan en la vida cotidiana, que, si ponemos atención en ellas, pueden darnos fuerzas para seguir adelante. En este punto podemos ver la similitud con la propuesta de diferentes maestros espirituales de poner la atención en el presente, para ello puede ayudar la práctica de la meditación.

8.- La consciencia de la belleza: la belleza aporta sentido, nos abre el horizonte hacia una percepción más amplia de las situaciones dolorosas, de tal forma que, si prestamos atención a la belleza de las pequeñas cosas cotidianas, como puede ser una flor, una puesta de sol o un gesto amable, es más fácil poder soportar los días adversos y que la negatividad no nos invada (Frankl, 1988).




9.- Cultivar la autotrascendencia: la autotrascendencia es la capacidad de mirar más allá de uno mismo. Por ejemplo cuando miramos a otras personas o hacia una dimensión espiritual que trasciende al yo. La autotrascendencia, por tanto, aumenta las posibilidades de que podamos ver más allá de nuestro dolor (Frankl, 1988). Además, la autotrascendencia estimula la responsabilidad, al hacernos conscientes de que hay otras personas que también sufren y de que hay dimensiones de la existencia que escapan a nuestro control. Lo más importante de la autotrascendencia es que nos permite ampliar la perspectiva, para mirar más allá de aquello que nos hace sufrir. Superar el egocentrismo es un sano ejercicio de salud mental que nos permite mirar más allá de lo que nos duele, y aportar activamente algo al mundo que nos rodea. Lo que, a su vez, nos hace más humanos y nos hace ir avanzando hacia una mejor versión de nosotros mismos.

10.- Aceptación: la aceptación es un elemento fundamental para tolerar la incertidumbre y desarrollar humildad y apertura ante la realidad. La aceptación ha de ser, en primer lugar, la de la provisionalidad de la existencia. Al aceptarla vemos un límite ineludible que, si no reconocemos, nos daría la impresión de ser invulnerables. Situación que solamente nos provocaría más sufrimiento, al toparnos con una realidad que no queremos mirar. 


Conclusiones

En el presente trabajo hemos revisado varios elementos que conectan la espiritualidad, la resiliencia y el crecimiento postraumático. A lo largo de este texto hemos planteado que la espiritualidad aporta los siguientes aspectos a la superación de un trauma:

- Más sentido a la vida.

- Capacidad de encontrar más sentido en el sufrimiento.

- Conexión con una dimensión esencial y profunda que nos hace humanos.

- Un espacio de libertad y de vida interior, de tal forma que tenemos más capacidad de elegir una actitud más adecuada ante lo que nos sucede.

- Una mayor capacidad de amar.

- Una mayor consciencia del momento presente y de sus aspectos positivos.

- La autotrascendencia: que nos da la posibilidad de mirar más allá de nosotros mismos.

- Más capacidad para aceptar la vida como es.

- Fortaleza y más recursos ante las dificultades.

- Esperanza y luz en la oscuridad.


Queremos terminar el presente texto con un poema inspirador de Santa Teresa, en el que podemos intuir el poder de la espiritualidad ante la adversidad.



“Nada te turbe

Nada te espante

Todo se pasa

Dios no se muda

La paciencia

Todo lo alcanza

Quien a Dios tiene

Nada le falta

Solo Dios basta”[2]




BIBLIOGRAFÍA


· Delgado González, J.A. (2004). El retorno al paraíso perdido. La renovación de una cultura. Soria: Sotabur S.L.

· Flannelly, K.J., Weaver, A.J., Costa, K.G. (2004). A Systematic Review of Research on Religion in Three Palliative Care Journals: 1990-1999. Journal of Palliative Care. 20(1): 50-5. 

· Frankl, V. E. (1988). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder. 

· Frankl, V.E. (1990). Psicoanálisis y Existencialismo: de la psicoterapia a la logoterapia. México: Fondo de Cultura Económica. 


· Frankl, V.E. (1999). El hombre en busca de sentido último. Barcelona: Paidós.

· Meraviglia, M.G. (2004). The Effects of Spirituality in Well-Being of People with Lung Cancer. Oncology Nursing Forum. 31(1): 89-94. 

· Mirapeix, C. (2015). Tratamiento de personas con graves heridas emocionales. Una visión cognitivo analítica desde la multiplicidad del self. En Rodríguez, M.I., Giraldo, D.S. (Dirs.): De víctimas a Súper-vivientes. Burgos: Montecarmelo-Cites, p. 77-101.

· Peres, J.F.P., Moreira-Almeida, A., Nasello, A.G., Koenig, H.G. (2007). Spirituality and resilience in trauma victims. Journal of religion and health. 46 (3), 343-350.

· Reed, P.G. (1991). Self-trascendence and mental health in oldest-old adults. Nursing Research. 40: 5-11. 

· Rodríguez Fernández, M.I. (2014) Sentido del sufrimiento y trascendencia. En Lehman, O. (Ed.), Acompañar la finitud. Optimismo, sentido y trascendencia ante la incertidumbre del dolor, el sufrimiento y la muerte. Buenos Aires: San Pablo, 2014. p. 183-216.

· Santa Teresa de Jesús (1957). Las moradas del castillo interior. Madrid: Aguilar.

· Stein, E. (1994). La ciencia de la cruz. Estudio sobre San Juan de la Cruz. Burgos: Montecarmelo.

· Smith, T.; McCullough, M.E.; Poll, J. Religiousness and Depression: Evidence for a Main Effect and the Moderating Influence of Stressful Life Events. Psychological Bulletin. 2003; 129(4): 614–636.

· Vera Posek, (2006). La experiencia traumática desde la psicología positiva: resiliencia y crecimiento postraumático. Papeles del Psicólogo, 1 (27), 2006, 40-49.



[1] Expert on Mental Illness Reveals Her Own Fight, entrevista realizada por Benedict Carey el 23 de junio de 2011, en el New York Times: http://www.nytimes.com/2011/06/23/health/23lives.html?_r=1


[2] Recomendamos escuchar la interpretación de este poema por el coro de Taizé en https://www.youtube.com/watch?v=go1-BoDD7CI



* Nota: Imágenes de pixabay.