sábado, 20 de junio de 2020

PROCESANDO LA "NUEVA ANORMALIDAD"


Nos toca ir procesando la supuesta “nueva normalidad”. Y digo supuesta, porque no sé si hay algo de normal en lo que está pasando. Y no sé por qué se llama “nueva normalidad” a la nueva fase que nos espera. En todo caso, quizás sea una “nueva anormalidad”. En esta nueva fase sobre todo espero que sea más positiva, más leve, menos dañina que la situación tan dura que hemos atravesado en los últimos meses. 

Lo importante parece que es que la situación está mejorando. Hay menos enfermos y muertos y ya, por fin, podemos irnos encontrando unos con otros. También es importante ir viendo que todos tenemos responsabilidad en que la situación progrese. Todos podemos protegernos, proteger… Todos podemos cuidarnos, especialmente teniendo en cuenta las medidas de seguridad para evitar la propagación, nuevamente del virus, que puede costar muchas vidas. Así que os animo a protegeros, a protegernos y a permitir que esta situación avance, con la solidaridad y el apoyo de todos. 

Aunque la situación está cambiando parece que no es fácil adaptarse a un nuevo cambio. En mi consulta veo que ahora hay personas que piden más ayuda, cuando esto ha empezado a descomprimirse, que antes. Quizás porque ya son muchos desconciertos acumulados. 

Nos hemos ido adaptando progresivamente a una situación muy extraña, en la que, en parte, nos hemos acomodado, dentro de lo incómoda que es, o de lo incómoda que era... Y ahora, otra vez, toca irse adaptando a una serie de cambios que, lamentablemente, no suponen volver a lo que hemos dejado atrás. Quizás en marzo, cuando nos encerrábamos, pensábamos volver, nuevamente, a una situación como la previa. Pero es un hecho que la realidad no está como la que dejamos atrás en marzo. Incluso es posible que nosotros tampoco seamos los mismos. Algunas personas han salido heridas, incluso gravemente. Otras son supervivientes de la enfermedad o están convalecientes de la misma. No ha sido una enfermedad fácil, ni para médicos, ni para enfermos. Otros están heridos por las pérdidas de seres queridos, que han fallecido, y que, en muchas ocasiones, aún no han podido elaborar adecuadamente el duelo. No han podido asimilar las muertes y necesitan tiempo para enfrentarse al dolor de la pérdida. En otros casos, el encierro de quienes viven solos, les ha supuesto una soledad hiriente y a veces desgarradora, en la que no siempre ha habido alguien dispuesto a escuchar o a acompañar desde el otro lado del teléfono o del ordenador (para quienes tenemos opción de hacer videollamadas). Los enfermos, los ancianos y los más vulnerables se han podido ver más solos que nunca, pues se han reducido los recursos habituales de ayuda, como ha ocurrido con un sistema sanitario, que ha estado colapsado por los afectados por el coronavirus. Lo que ha supuesto que otros enfermos no hayan podido tener acceso a sus médicos habituales. En todo esto, podemos ver que hemos atravesado una guerra contra un enemigo invisible, que ha dejado a muchos atrás, y ha dejado heridos a muchos supervivientes. Aún, quienes no han pasado por la enfermedad del COVID-19, han podido padecer graves heridas invisibles en sus mentes y en sus almas. Al menos el miedo y la incertidumbre han estado presentes. La situación, en muchos casos, ha sido difícil, grave y desconcertante, aunque algunos lo quieran negar y se hayan anestesiado con los aplausos y las canciones de “Resistiré”. Y todo esto es algo que es preciso poner de manifiesto para dar permiso a asimilar y expresar el dolor que se ha ido atravesando. Cuando el dolor no se vive conscientemente, cuando no se expresa, cuando no se acepta, se puede convertir en cosas peores, como ansiedad, depresión, fobias, etc. Así que, hablar del dolor, también es un mecanismo para ayudar a procesarlo, a entenderlo, a liberarlo y a desahogar lo que le haya pasado a cada uno. 

Y ahora, por fin, nos toca irnos descomprimiendo de tan duras pruebas, y necesitamos ir poco a poco, a nuestro ritmo. Nos han marcado unas fases que, de alguna manera, vamos siguiendo. Pero, quizás, también hay personas que necesitan un ritmo más lento, que necesitan ir poco a poco; necesitan escuchar sus necesidades internas, a la vez que van dando sus pasos. Pero escuchemos nuestro ritmo. Cuál es y, a la vez, animémonos a ir avanzando.



Imagen tomada en Manzanares El Real. Junio de 2020.

Es una situación, la de ahora, que va aliviando lo vivido y que aumenta la esperanza, pero que aún nos deja desconcertados. Algunos incluso no se creen del todo que esto esté superado y quieren quedarse encerrados indefinidamente en casa, padeciendo lo que algunos llaman ahora el síndrome de la cabaña. Es decir, quererse quedar en casa, metidos para siempre, por miedo. En cambio, otros se van al otro extremo y salen a la calle irresponsablemente, sin respetar las medidas de protección que necesitamos para protegernos unos a otros. Esta es otra forma, de afrontar las dificultades, que se llama negación y que consiste en actuar como si éstas no existieran o como si nunca hubieran existido. El problema es que esto aumenta el riesgo para todos. No solamente es una cuestión de uno mismo y de su malestar.

También, a lo largo de estos meses, afortunadamente, nos hemos encontrado muestras de apoyo, de solidaridad y de amor. Se han cerrado las puertas de casa, pero, de algún modo, se han abierto otras puertas y vías de comunicación, incluso hacia lugares remotos de nuestro planeta, gracias al teléfono y a la conexión a internet. Se ha cerrado una parte del mundo (nuestra casa) y otra se ha vuelto accesible de otro modo. Al menos así ha sido en mi experiencia. Se ha intensificado el contacto con amigos, de diferentes partes del mundo, y nos hemos ido apoyando unos a otros.

También ha sido el momento, para muchos, de apoyarse en su fe, de buscar el apoyo en lo más esencial de la vida, y ese ha sido consuelo para muchas personas. Incluso hay quién habla de una vivencia religiosa más auténtica, profunda y comprometida, en su soledad o en su dificultad, así como de la oportunidad de ampliar su visión de la vida y de abrir más el corazón a asimilar su propio sufrimiento, de acoger su propia vulnerabilidad y de ponerlo todo, desde la humildad, en manos de Dios. A veces, es paradójico que el sufrimiento nos lleva a algo más profundo y más comprometido.

Esperemos que lo bueno vivido, en mitad de los días más oscuros, nos haya fortalecido en algún punto, o que al menos nos haya hecho un poco más humildes, sin la imposición de tener que estar en un estado exaltado y eufórico de positividad forzada, como quieren vendernos algunos. Como quieren vendernos algunos desde visiones, por ejemplo, de la Nueva Era, en la que nos dicen que el virus es maravilloso para que todos salgamos fortalecidos.

A pesar de todo, son momentos para respirar con más alivio, para recuperarnos e ir saliendo progresivamente hacia un mundo que nos está volviendo a aportar algunas de las cosas que ya teníamos. Los días pasados era un consuelo ver en Madrid más lugares abiertos, parece todo un poco más normal y es también es un alivio pensar que muchas personas podrán irse recuperando económicamente. 

Se acerca esa “nueva normalidad” de la que nos hablan, que más bien parece una “nueva anormalidad”… Me pregunto qué idea de normalidad tienen quienes así lo expresan. Quizás sea un buen momento para reflexionar acerca de lo que es normal y de lo que no lo es, de lo que asumimos por qué sí, sin reflexionar acerca del sentido de lo que hacemos o de lo que nos dicen que hagamos. ¿Entendemos por qué hacemos lo que hacemos? ¿Captamos el sentido de lo que tiene valor en nuestras vidas? ¿Nos permitimos pensar a fondo acerca de la normalidad, acogiendo también nuestras diferencias y rarezas? Y… ¿somos todos normales? En realidad, a lo mejor nadie es normal. Y, ¿para qué ser normales? Que cada cual trate de buscar, por sí mismo, qué es normal y qué no. Os invito a ello. ¿Qué tiene sentido y que no lo tiene? Y, quizás, el permitirnos pensar, un poco más, por nosotros mismos, ¿es posible que nos lleve a una normalidad de poder acoger lo diferente, de acoger nuestra originalidad y de abrirnos a la realidad, tal y como ésta es.


Imagen del "Palacio de Cristal" del parque de "El Retiro, de Madrid,
tomada el 10 de Junio de 2020

*Nota: La primera imagen es de Pixabay. Las otras son de la autora del blog.

domingo, 7 de junio de 2020

LO QUE NOS LIBERA Y LO QUE NOS CONDICIONA. A VECES NOS DESPISTAMOS...






Hace unos días escribí lo siguiente en las redes sociales:

A veces creemos que lo que nos condiciona es lo que nos libera y que lo que nos libera es lo que nos condiciona.
Nos despistamos.


Creía que estaba claro lo que quería decir, pero varias personas me pidieron que me explicara un poco más. Y así hago en este escrito, por si sirve de utilidad.

Voy a la primera parte de mi afirmación: A veces creemos que lo que nos condiciona es lo que nos libera. 

¿Qué he querido decir con esto? Intentemos captar por un momento lo que esta frase nos provoca, antes de buscar una respuesta inmediata… Y pensemos qué es lo que nos condiciona. Cuando hablo de lo que nos condiciona pienso en lo que vivimos de forma automatizada, restringida o limitada. Es decir, lo que nos condiciona es algo que nos quita libertad, que no nos deja actuar con juicio y discernimiento, para elegir consciente y libremente, lo que queremos hacer. Por ejemplo, es el caso de una adicción (a sustancias, personas, conductas, etc.). En este caso la persona adicta está condicionada o limitada por su adicción. Pero, muchas veces, dirá que le libera consumir una droga, o lo que sea que le hace adicto, porque se siente mejor al hacerlo. Los adictos incluso dicen que el consumo de la droga es una vía de liberación o de alivio de algo. Y ahí caen en una trampa de autoengaño que les hace ser aún más adictos. Si alguien siente que se libera bebiendo, fumando, usando el móvil compulsivamente, realizando prácticas religiosas de una forma evasiva o automática, etc., en realidad se está engañando a sí mismo. Pues no se está liberando, se está atrapando más en algo que le hace adicto. Lo mismo puede suceder con los sentimientos exacerbados, como ciertas pasiones que se confunden con amor y que atrapan a las personas en un sentimentalismo adictivo y obsesivo, en la relación con otra persona, a la que se quiere dominar y poseer para su propia satisfacción. En estos casos, el “adicto” dirá que es libre de amar, que sus sentimientos lo son todo, sin darse cuenta de que está absolutizando sus sentimientos sin tener en consideración a la otra persona (y, por lo tanto no la ama). Vivirá esta experiencia en nombre de una supuesta libertad que no es más que un autoengaño egocéntrico y narcisista, pues uno busca ser amado y centro de atención por parte de otro, confundiendo esto con amor. Ya que, en realidad, cómo se sienta el otro no es importante. Lo que sí cuenta, en este egocentrismo pasional, es conseguir, a toda costa, llamar la atención del otro y ser “amados” por la persona que se hace centro de los propios sentimientos. Así se está dando es una absolutización de la propia perspectiva egocéntrica, siendo uno esclavo de los propios sentimientos, sin amar realmente a la persona objeto de ese supuesto amor. Más bien se quiere amar uno a sí mismo a través de exigir el amor de otro. Gran contradicción. En otros casos veremos, esta supuesta apelación a la libertad, en el fanatismo religioso (sea este más o menos explícito, más o menos intenso o sutil), en donde la persona afectada (total o parcialmente), dirá que es libre gracias a sus ideas religiosas, sin percibir que está atrapado en una ideología tóxica que le esclaviza y que le impide ser él mismo y vivir una vida de auténtica profundidad, amor y sana libertad. Es curioso como algunos que así funcionan se atreven a hablar de amar a otros con gran elocuencia y aparente sensibilidad. Pero vemos en sus conductas una gran contradicción con lo que predican.

Y voy a la segunda parte de mi afirmación, que se refiere a cuando creemos que lo que nos libera es lo que nos condiciona. 

También os invito a buscar primero, la respuesta en vosotros. ¿Qué os sugiere? Después leed mi reflexión y buscad vuestras propias conclusiones.

Esto ocurre, por ejemplo, en personas que tienen una fuerte represión interna, que les impide vivir y expresar su auténtica realidad interior. En estos casos, la persona que así vive, cree que un sentir auténtico y espontáneo es algo peligroso que ha de ser censurado y limitado. Se puede dar en personas rígidas, perfeccionistas, autoritarias y/o narcisistas, atrapados en una idea de “lo que debe ser”, que se autolimitan y reprimen cuando, por ejemplo, surgen sentimientos que no encajan con la idea de lo que deben ser, sentir, aparentar, etc. Por ejemplo, estas personas pueden reprimir su alegría o su humor, pues creen que han de dar una imagen de seriedad. O incluso pueden llegar a reprimir un sentimiento de cariño, de amor o de enamoramiento por otra persona, porque no encaja en sus planes o en el ideal de sí mismos. No se dejan sentir, no se dejan expresar lo que viven, no se dejan conectar realmente con otros, pues la vivencia de cercanía e intimidad con los demás puede hacerles sentir amenazados y que sea percibida su propia vulnerabilidad. Rizan el rizo si hablan de libertad, en nombre de lo que sea, a la vez que no se dejan ser libres para ser lo que sean.

Espero que ahora se entienda mejor lo que pretendía decir… Y que, sobre todo, nos lleve a reflexionar para darnos cuenta de lo que nos lleva al autoengaño, para mirar más allá de ello y liberarnos realmente.


* Nota: imagen de Pixabay

jueves, 4 de junio de 2020

ESPIRITUALIDAD, RESILIENCIA Y CRECIMIENTO POSTRAUMÁTICO





Publico aquí un artículo, que escribí en 2015, titulado "Espiritualidad, Resiliencia y Crecimiento postraumático", con el fin de facilitar su lectura, pues considero que puede ser útil en estos tiempos que estamos atravesando, con la crisis del COVID-19, con la esperanza de que pueda ser de ayuda, para quienes han atravesado o están atravesando situaciones difíciles.


Fue publicado en la revista NOUS. Boletín de Logoterapia y Análisis Existencial, nº 19, Otoño de 2015. P. 21-33.


Resumen:

Algunas personas que han sufrido experiencias traumáticas, refieren haber obtenido algún elemento positivo después de atravesarlas habiendo experimentado lo que se ha llamado “crecimiento postraumático”. En el presente artículo exponemos algunas ideas que reflejan como la espiritualidad puede influir favorablemente en la resiliencia y en el crecimiento postraumático, tomando además, como ejemplo la experiencia de Viktor Frankl en los campos de concentración nazis. Extraemos de su testimonio en el libro “El hombre en busca de sentido” los aspectos más importantes conectados con la propuesta del presente artículo. 

Palabras clave: Logoterapia, espiritualidad, resiliencia, crecimiento postraumático.


Abstract:

Some people who have suffered traumatic experiences , reported having obtained a positive element through them experiencing what has been called "posttraumatic growth" . In this article we present some ideas that reflect how spirituality can influence favorably in resilience and posttraumatic growth, and taking the example of the experience of Viktor Frankl in Nazi concentration camps. We extract of his testimony in the book "Man's Search for Meaning" the most important aspects connected with this article proposal.

Key words: Logotherapy, spirituality, resilience, postraumatic growth.



Introducción

La espiritualidad tiende a asociarse con la trascendencia, con la esperanza, con el propósito y con el sentido (Frankl, 1988, 1999; Flannelly, Weaver y Costa, 2004), o con aspectos inmateriales de la existencia (Meraviglia, 2004). Según diversos autores, generalmente implica relaciones armónicas o conexión con uno mismo, con otros, con la naturaleza, con Dios o con una realidad superior (Reed, 1991). Para otros la espiritualidad representa aspectos relacionados con el amor, la ética, la creatividad, la consciencia, lo sagrado o lo profundo. Viktor Frankl (1990) plantea que la espiritualidad es lo que tenemos de humano y nuestra dimensión esencial en la que acontece nuestra existencia. La espiritualidad puede aportar recursos internos, esperanza, conexión con algo que nos trasciende y puede darnos fuerzas, creatividad, humanidad, sentido etc. Todo ello puede ayudar a encontrar sentido en las situaciones dolorosas que se presentan en la vida y a disponer de ciertos recursos que permitan superarlas o afrontarlas mejor.


La resiliencia es un término que tiene cientos de definiciones. Para este artículo hemos seleccionado una de ellas que se ajusta más a las ideas que queremos plantear y que la define como la “capacidad de salir indemne de una experiencia adversa, aprender de ella y mejorar” (Vera Posek, 2006). Esta definición muestra la posibilidad de aprender y mejorar después de una experiencia adversa, aunque consideramos que el salir indemne de las experiencias adversas no siempre es posible y que quizás aún así sea posible sacar algo positivo de dichas experiencias. Se puede salir de ellas con heridas, de las que queden cicatrices y, aún así, se puede crecer y aprender. Pero lo importante de la definición de Vera Posek es que nos muestra la posibilidad de superar un trauma e incluso de obtener algo positivo de él. De hecho, la mayoría de las personas que experimentan un trauma no sufren posteriormente un trastorno mental. Éste se da aproximadamente en el 9% de los casos, porcentaje que puede variar en función de la intensidad y duración del evento estresante (Peres, Moreira-Almeida, Nasello & Koenig, 2007).


Muchas personas que han sido víctimas de situaciones muy duras han podido crecer a pesar de la adversidad, al haberexperimentado una transformación después de pasar por experiencias de gran sufrimiento (Peres et al., 2007). Tras atravesar estas experiencias nos cuentan que han obtenido algún aprendizaje, un cambio de perspectiva, una reflexión profunda, una mayor consciencia, etc. Cuando esto se produce hablaríamos de crecimiento postraumático. Como vemos, hay una estrecha relación entre la definición que hemos elegido de resiliencia y la de crecimiento postraumático. Lo que parece es que las personas resilientes tienen más probabilidades de experimentar dicho crecimiento después de la adversidad (Peres et al., 2007).




Cuando una persona que experimenta una situación traumática, puede quedarse dañada, recuperarse y/o crecer. Pero, como han señalado diversos autores, nuestro self no es una entidad única y estática, sino que está configurado por diversas dimensiones o subpersonalidades, es decir, que dentro de nosotros no hay una sola forma de ser, sino varias (Mirapeix, 2015). Esto implica que puede haber partes del self que estén dañadas, otras que estén en proceso de recuperación o recuperadas y otras en proceso de crecimiento o que ya hayan crecido. Quizás, las partes más fuertes, y, sobre todo las que ya hayan crecido después del trauma, pueden ayudar a las otras a encontrar un mayor equilibrio interior y a que el proceso de crecimiento postraumático sea en sí un camino que posibilite la recuperación del daño de una manera más global. (ver Figura 1)


Figura 1: Posibilidades ante el trauma




El papel de la espiritualidad

Existen numerosos testimonios de quienes dicen haber crecido o aprendido, tras un suceso traumático, gracias a un encuentro con lo más profundo y esencial de sí mismos, con Dios, o con una dimensión que les trasciende y que les aporta fuerzas, aunque no sepan muy bien explicar con palabras qué es. En todos estos casos podríamos hablar de espiritualidad. Para estas personas la espiritualidad, ha sido una fuente de fortaleza y ha favorecido la conexión con recursos previamente desconocidos. En algunos casos, esta experiencia de tipo espiritual, puede darse como un proceso de conexión con su ser más profundo. Ese proceso de conexión con el propio mundo interior no se suele dar de forma inmediata y mágica, sino que se suele producir atravesando diversas etapas, que pueden implicar un proceso esfuerzo y autodescubrimiento. Quienes ya han hecho, antes del evento traumático un proceso de autoconocimiento de este tipo, suelen tener más capacidad para sacar algo positivo de las situaciones adversas. No obstante, en los primeros momentos de iniciar dicho proceso puede haber sensación de desorientación, al tratarse de un viaje a un universo desconocido que, por inexplorado, no sabemos en qué consiste. 

Es posible, por otra parte, que un momento de dificultad sea el que impulse la búsqueda hacia algo que vaya más allá de lo conocido. Llevando dicha búsqueda a mirar tanto dentro como fuera de nosotros mismos, para encontrar salidas o recursos y para podernos desplegar desde una dimensión de mayor libertad. Esta dimensión es la que puede, precisamente, permitirnos escoger nuestra actitud ante lo que no podemos cambiar (Frankl, 1988).

En el viaje interior podemos ir recogiendo diversos frutos, pero también es posible que nos las veamos con nuestras propias sombras y defectos; los “monstruos” y “sabandijas” que decía Santa Teresa de Ávila que habitan en nuestro interior (1957). Esos “monstruos” y “sabandijas” representarían nuestras limitaciones, defectos, errores e incluso partes de nosotros mismos que no quieren seguir profundizando más y que se manifiestan, por ejemplo, como miedo a lo desconocido. Paradójicamente son muchas las personas que dicen no mirar dentro de sí por temor a lo que se puedan encontrar.

Lo importante es que, aunque se atraviesen dificultades internas, sepamos que podemos encontrar riquezas y potenciales ocultos en lo más profundo de nosotros, que se van manifestando poco a poco en el camino que nos lleva hacia lo más profundo de nosotros.

Ese viaje interior puede llevarnos a adoptar una perspectiva más profunda de la vida y de nosotros mismos. Pero no podremos descubrir esa perspectiva sin hacer un recorrido no exento de pruebas, cuya puerta se puede llegar a abrir, paradójicamente, en los momentos de más sufrimiento, porque es entonces cuando más necesitamos encontrar salidas y superar dificultades. En esos momentos se activan potenciales ocultos, para poder seguir adelante. De ahí que nuestra búsqueda se agudice en momentos así y que nuestras diversas dimensiones internas puedan ir colaborando en que podamos sobrevivir y aprender. Al abrirse estas nuevas dimensiones podemos hablar de unión con Dios o con nuestra verdadera naturaleza, y lo importante sería que el sufrimiento nos podría dar la opción de escoger un nuevo camino, más libre y más auténtico, mediante la introversión y la toma de conciencia (Delgado González, 2004).

En ese proceso de búsqueda y de autoconocimiento hacia nuestro mundo interior, encontramos que la espiritualidad puede aportar experiencias de luz en mitad de la oscuridad (según nos cuentan muchos exploradores de la psique). Tenemos, por ejemplo, la siguiente afirmación de la filósofa Edith Stein: “Hay una luz en la noche, que descubre un nuevo mundo en lo más hondo del alma, y, en cierto modo, ilumina desde dentro el mundo exterior que se nos devuelve completamente transformado.” (Stein, 1994, p. 51). Aquí Edith Stein nos habla de la posibilidad de una transformación psicoespiritual, que acaba modificando, incluso, la percepción de lo que nos rodea. Este tipo de transformaciones pueden darse a través de un proceso de crecimiento postraumático, que posibilitaría una mayor evolución y un cambio radical de la vida. 

Otro ejemplo de transformación a través de la espiritualidad es el de Marsha Lineham, una de las autoras más reconocidas en la psicología actual (por haber diseñado una propuesta de psicoterapia eficaz para personas con trastornos graves de la personalidad). Para esta autora fue una experiencia espiritual la que posibilitó el inicio de la recuperación del grave trastorno de personalidad que padecía. Ella cuenta lo que le ocurrió, en una entrevista que le hacen en el New York Times[1]: “Cierta noche estaba allí, arrodillada, mirando la cruz, y de pronto todo el lugar se volvió dorado y sentí que algo venía hacia mí. Fue una brillante experiencia. Luego tan solo regresé corriendo a mi habitación y me dije: Me amo a mí misma. Esa fue la primera vez que recuerdo haberme hablado en primera persona. Me sentí transformada.” 




Santa Teresa y otros místicos han usado la metáfora de la metamorfosis de la oruga en mariposa, para transmitirnos la fuerza de un proceso de transformación psicoespiritual. En un proceso de este tipo es fundamental que nos demos cuenta de que, antes de que aparezca esa mariposa, la oruga ha de estar madura y preparada para romper su crisálida. Es decir, para vivir un proceso así, hay que tener un mínimo de madurez interna y de estructura del yo. La oruga podemos usarla como metáfora del yo, que ha de estar mínimamente formado antes de vivir una transformación. 

Otra metáfora útil es la que expresaba una mujer que atravesaba un mal momento y fue superándolo. Según refería había pasado de la “visión en túnel” (una mirada de la realidad estrecha, que solo deja ver los peores aspectos de una situación) a la “visión en abanico” (en la que sentía una mirada más amplia de la realidad, más libertad y apertura para encontrar aspectos positivos en lo que estaba viviendo).

También es interesante la metáfora que hace 
Werner Meinhold, un psicoterapeuta alemán que expresaba que
“Las heridas de nuestra vida son ventanas por las que puede entrar la luz”. Esta idea nos muestra que las situaciones dolorosas pueden ser oportunidades para encontrar aspectos luminosos. 


Experiencia de Viktor Frankl 

Un ejemplo muy claro del crecimiento postraumático fue el de Viktor Frankl, que después de pasar casi cuatro años en campos de concentración nos mostró que pudo crecer humanamente en mitad de la adversidad. En su libro El hombre en busca de sentido, encontramos numerosas pistas de cómo se puede hacer para aprender y para crecer en una situación de intenso y largo sufrimiento. 

Al relatarnos su experiencia en los campos, pone de manifiesto lo que la espiritualidad le aportó en una situación muy adversa. En su experiencia podemos ver la relación que se da entre espiritualidad, resiliencia y crecimiento postraumático. 

Los elementos que consideramos más importantes para aportar luz acerca de lo que le ayudó en esa difícil situación y que se conectan con la propuesta del presente artículo, son los siguientes:

1.- La búsqueda de sentido: este es un elemento clave en todo su proceso y en su propuesta psicoterapéutica. Como hemos apuntado al comienzo de este escrito, para muchas personas dicho sentido tiene que ver con la espiritualidad. Cuestión que el autor conecta con la idea del “sentido último”, es decir, con la toma de consciencia de una intencionalidad última de todo (Frankl, 1999)

2.- El sentido del sufrimiento: otro tema central en Frankl es el del “sentido del sufrimiento”, que para él está íntimamente ligado al sentido de la vida. Puesto que que en toda vida humana hay sufrimiento, no es posible separar éste de un sentido global de la vida. Es importante asumir que el dolor y el sufrimiento forman parte de la vida y que podemos aprovechar las situaciones más dolorosas para mirar más allá de nosotros mismos (autotrascendernos), algo que puede hacer que la dificultad nos resulte más fácil de llevar (Rodríguez Fernández, 2014).

Ante la dificultad la espiritualidad es un factor que puede ayudar a encontrar sentido (Frankl, 1999) y a trascender el sufrimiento (Smith, McCullough y Poll, 2003). Para Frankl, el sufrimiento puede ser una oportunidad de logro. Pero hay que tener el “valor de sufrir” y de darle un sentido al sufrimiento, por ejemplo viendo que estamos experimentando una prueba o un desafío, etc. Frente a este sufrimiento, Frankl (1988) propone poner en marcha los valores de actitud: que son los que nos permiten poner en marcha la última de las libertades, la de escoger qué actitud adoptamos ante lo que nos sucede. Pero Frankl no solo nos propone los valores de actitud. En su historia, podemos ver cómo pone en marcha los valores creativos: desarrollando diversos recursos, teniendo sentido del humor o descubriendo de qué manera desarrollar una mejor actitud (lo que también requiere creatividad). 

3.- La libertad interior: el tomar consciencia de la libertad interior, nos permite ejercerla y tener más capacidad de elección, lo que puede dar más posibilidades de crecer en la adversidad. Tal y como Frankl dice: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino” (Frankl, 1988, p.69). Pues “El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física” (Frankl, 1988, p. 69). Aspectos que también están muy conectados con los valores actitudinales y creativos. 

4.- Tener vida interior: para tener libertad interior es preciso tener vida interior. A algunos prisioneros de los campos de concentración, una vida interior intensa les hacía soportar mejor el sufrimiento, pues “eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual” (Frankl, 1988, p.44). 

5.- Soledad consciente: para llegar a encontrar y desarrollar nuestra vida interior es importante tener un espacio en el que estar con uno mismo en soledad (Frankl, 1988). Una soledad que posibilita el silencio y la escucha de lo que sucede dentro de nosotros.

6.- El poder del amor: el amor es fundamental para sobrevivir en situaciones adversas y es también muy importante en el proceso de ir encontrando sentido en la vida. Como Frankl afirma: “la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”, y que “la conciencia del amor propio está tan profundamente arraigada en las cosas más elevadas y espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo en un campo de concentración.” (Frankl, 1988, p.66).

7.- Atención al presente: la atención al momento presente es fundamental para tomar consciencia de lo que sucede aquí y ahora, y también para desvelar el sentido de cada situación y de la propia existencia en su conjunto. Si no miro qué sucede ahora delante de mí, con atención ¿cómo puedo llegar a saber lo que realmente sucede en la vida y cuál es el sentido de este momento? Para Frankl (1994, p.50) “lo que realmente es, es sólo en el presente”. Prestando atención al momento presente podemos darnos cuenta de lo que él llamó “pequeños golpes de suerte”, que son pequeñas cosas que se dan en la vida cotidiana, que, si ponemos atención en ellas, pueden darnos fuerzas para seguir adelante. En este punto podemos ver la similitud con la propuesta de diferentes maestros espirituales de poner la atención en el presente, para ello puede ayudar la práctica de la meditación.

8.- La consciencia de la belleza: la belleza aporta sentido, nos abre el horizonte hacia una percepción más amplia de las situaciones dolorosas, de tal forma que, si prestamos atención a la belleza de las pequeñas cosas cotidianas, como puede ser una flor, una puesta de sol o un gesto amable, es más fácil poder soportar los días adversos y que la negatividad no nos invada (Frankl, 1988).




9.- Cultivar la autotrascendencia: la autotrascendencia es la capacidad de mirar más allá de uno mismo. Por ejemplo cuando miramos a otras personas o hacia una dimensión espiritual que trasciende al yo. La autotrascendencia, por tanto, aumenta las posibilidades de que podamos ver más allá de nuestro dolor (Frankl, 1988). Además, la autotrascendencia estimula la responsabilidad, al hacernos conscientes de que hay otras personas que también sufren y de que hay dimensiones de la existencia que escapan a nuestro control. Lo más importante de la autotrascendencia es que nos permite ampliar la perspectiva, para mirar más allá de aquello que nos hace sufrir. Superar el egocentrismo es un sano ejercicio de salud mental que nos permite mirar más allá de lo que nos duele, y aportar activamente algo al mundo que nos rodea. Lo que, a su vez, nos hace más humanos y nos hace ir avanzando hacia una mejor versión de nosotros mismos.

10.- Aceptación: la aceptación es un elemento fundamental para tolerar la incertidumbre y desarrollar humildad y apertura ante la realidad. La aceptación ha de ser, en primer lugar, la de la provisionalidad de la existencia. Al aceptarla vemos un límite ineludible que, si no reconocemos, nos daría la impresión de ser invulnerables. Situación que solamente nos provocaría más sufrimiento, al toparnos con una realidad que no queremos mirar. 


Conclusiones

En el presente trabajo hemos revisado varios elementos que conectan la espiritualidad, la resiliencia y el crecimiento postraumático. A lo largo de este texto hemos planteado que la espiritualidad aporta los siguientes aspectos a la superación de un trauma:

- Más sentido a la vida.

- Capacidad de encontrar más sentido en el sufrimiento.

- Conexión con una dimensión esencial y profunda que nos hace humanos.

- Un espacio de libertad y de vida interior, de tal forma que tenemos más capacidad de elegir una actitud más adecuada ante lo que nos sucede.

- Una mayor capacidad de amar.

- Una mayor consciencia del momento presente y de sus aspectos positivos.

- La autotrascendencia: que nos da la posibilidad de mirar más allá de nosotros mismos.

- Más capacidad para aceptar la vida como es.

- Fortaleza y más recursos ante las dificultades.

- Esperanza y luz en la oscuridad.


Queremos terminar el presente texto con un poema inspirador de Santa Teresa, en el que podemos intuir el poder de la espiritualidad ante la adversidad.



“Nada te turbe

Nada te espante

Todo se pasa

Dios no se muda

La paciencia

Todo lo alcanza

Quien a Dios tiene

Nada le falta

Solo Dios basta”[2]




BIBLIOGRAFÍA


· Delgado González, J.A. (2004). El retorno al paraíso perdido. La renovación de una cultura. Soria: Sotabur S.L.

· Flannelly, K.J., Weaver, A.J., Costa, K.G. (2004). A Systematic Review of Research on Religion in Three Palliative Care Journals: 1990-1999. Journal of Palliative Care. 20(1): 50-5. 

· Frankl, V. E. (1988). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder. 

· Frankl, V.E. (1990). Psicoanálisis y Existencialismo: de la psicoterapia a la logoterapia. México: Fondo de Cultura Económica. 


· Frankl, V.E. (1999). El hombre en busca de sentido último. Barcelona: Paidós.

· Meraviglia, M.G. (2004). The Effects of Spirituality in Well-Being of People with Lung Cancer. Oncology Nursing Forum. 31(1): 89-94. 

· Mirapeix, C. (2015). Tratamiento de personas con graves heridas emocionales. Una visión cognitivo analítica desde la multiplicidad del self. En Rodríguez, M.I., Giraldo, D.S. (Dirs.): De víctimas a Súper-vivientes. Burgos: Montecarmelo-Cites, p. 77-101.

· Peres, J.F.P., Moreira-Almeida, A., Nasello, A.G., Koenig, H.G. (2007). Spirituality and resilience in trauma victims. Journal of religion and health. 46 (3), 343-350.

· Reed, P.G. (1991). Self-trascendence and mental health in oldest-old adults. Nursing Research. 40: 5-11. 

· Rodríguez Fernández, M.I. (2014) Sentido del sufrimiento y trascendencia. En Lehman, O. (Ed.), Acompañar la finitud. Optimismo, sentido y trascendencia ante la incertidumbre del dolor, el sufrimiento y la muerte. Buenos Aires: San Pablo, 2014. p. 183-216.

· Santa Teresa de Jesús (1957). Las moradas del castillo interior. Madrid: Aguilar.

· Stein, E. (1994). La ciencia de la cruz. Estudio sobre San Juan de la Cruz. Burgos: Montecarmelo.

· Smith, T.; McCullough, M.E.; Poll, J. Religiousness and Depression: Evidence for a Main Effect and the Moderating Influence of Stressful Life Events. Psychological Bulletin. 2003; 129(4): 614–636.

· Vera Posek, (2006). La experiencia traumática desde la psicología positiva: resiliencia y crecimiento postraumático. Papeles del Psicólogo, 1 (27), 2006, 40-49.



[1] Expert on Mental Illness Reveals Her Own Fight, entrevista realizada por Benedict Carey el 23 de junio de 2011, en el New York Times: http://www.nytimes.com/2011/06/23/health/23lives.html?_r=1


[2] Recomendamos escuchar la interpretación de este poema por el coro de Taizé en https://www.youtube.com/watch?v=go1-BoDD7CI



* Nota: Imágenes de pixabay.

miércoles, 15 de abril de 2020

LA “NEGACIÓN ESPIRITUAL”. ¿UN MECANISMO DE DEFENSA PSICOLÓGICA ANTE EL COVID-19?






En estas semanas observo con perplejidad un fenómeno que me resulta bastante extraño y no fácilmente comprensible.

Encuentro en diferentes ámbitos como redes sociales, whatsapp y publicaciones varias, una serie de mensajes que, desde mi punto de vista, son excesivamente positivos e incluso joviales, ante esta situación que nos toca vivir con el COVID-19. 

Resulta sorprendente la alegría inusitada de algunos, en nombre de supuestos poderes espirituales, señalando que estamos ante la posibilidad una magnífica transformación de nuestra consciencia ¡¡y que tenemos que celebrar lo que nos está pasando!! Algunos llegan a decir que el virus es un “maestro” o que cada uno está recibiendo el sufrimiento que se merece según sus actitudes en la vida, que los seres de luz no sufriremos, etc. También podemos encontrarnos vídeos de personas cantando y bailando con sonrisas extáticas, ante esta “gran oportunidad” para subir nuestra consciencia espiritual. En ciertos casos incluso algunos invitan a retiros espirituales sus comunidades (a módicos precios, claro), para huir de la paranoia social de un virus inexistente. O bien señalan que la tierra por fin está defendiéndose de nosotros matando a los que sobran, con ideas que suenan a ecogenocidio.

Inicialmente me venía a la mente el concepto “evasión espiritual”, también llamado “by pass espiritual” que enunció John Welwood[1], que consiste en menospreciar las necesidades y preocupaciones personales, a la vez que se pretende alcanzar una identidad espiritual ideal. Ese mecanismo de “evasión espiritual” supondría utilizar la espiritualidad y las prácticas espirituales para escaparse de elementos emocionales o personales que no se han resuelto, por resultar difíciles. Creo que algo de esto hay en los fenómenos que estoy mencionando. Pero, me parece que incluso algunos van más allá de la evasión y que no solamente se evaden, sino que niegan la realidad de lo que estamos viviendo. Por eso planteo que se trata de un mecanismo de negación psicológica, aplicado a lo espiritual. Muchos no solamente se “evaden” sino que parece que están construyendo una realidad paralela y para-lelos, que genera un mundo Disney imaginario, para huir de una situación que resulta dolorosa y que es negada, para no tener que ser afrontada. De alguna forma cada mente se defiende, como puede, de lo que le resulta intolerable... Es comprensible, pero se vive así en una irrealidad de negación supuestamente espiritual, y esto me resulta contradictorio... 

Señalar esta realidad presente, como una situación idílica y maravillosa, me parece una perturbación mental. Sin negar la posibilidad de evolución y de transformación que puede tener, en ocasiones, el atravesar conscientemente el sufrimiento, considero que tanta alegría, ante esta situación tan complicada, es muy cruel y carente de empatía. Esto no quiere decir que no sea útil ver el lado positivo de cualquier evento que atravesamos o que no ayude buscar consuelo en la espiritualidad. El punto de la "negación espiritual" se da cuando se niega la realidad generándose una idea ilusoria de lo que ésta es, poniendo en su lugar ideales espirituales que le alejan a uno de experimentar el dolor de lo que está sucediendo.

Me parece cruel e infantil batir palmas, alegrarse y disfrutar exaltadamente, mientras miles de personas mueren diariamente en medio del miedo y del sufrimiento, cuanto tantos han perdido a sus seres queridos sin poderse despedir, cuando es normal que otros muchos vivan hoy día temerosos de perder sus vidas o la de sus familiares, etc. ¿Qué hubiéramos pensado si ante los campos de concentración nazis algunos hubieran expresado con alegría la gran oportunidad de transformación espiritual que esperaba a sus supervivientes? ¿Qué sensación nos daría si ante el calvario y crucifixión de Jesús de Nazareth los testigos estuvieran desbordantes de alegría pues sólo fueran capaces de pensar en la resurrección posterior? ¿Qué nos parecería si ante un diagnóstico de un cáncer el oncólogo nos diera la enhorabuena y entonara cantos al sol y a la tierra hablándonos de purificar nuestro karma y de la gran suerte que nos ha tocado al padecer la enfermedad? Creo que algo nos rechinaría profundamente y que nos parecería una locura total.  Con lo cual no estoy negando que sea posible sacar cosas positivas de una asunción consciente del sufrimiento. Pero, para que ese sufrimiento aporte algo, es preciso atravesarlo y afrontarlo, sin mentiras ni escapismos. Y teniendo en cuenta que, a veces, el sufrimiento no aporta nada más que destrucción o locura, al menos transitoriamente. Estas situaciones pueden tener salida, sí, pero no engañemos generando miradas ilusorias y falsas expectativas. No hagamos sentir culpables a los que no viven esta maravillosa transformación, o quienes se exponen a situaciones de alto estrés que pueden derivar en sufrir un estrés postraumático. Abramos un poco los ojos y el corazón a ver la realidad y a empatizar con el sufrimiento ajeno, incluso con el propio que nos cueste más asumir.

Vivimos en una sociedad infantilizada en la que preferimos negar lo que está pasando en nuestra burbuja ilusoria de autocomplacencia, sin pararnos a pensar que una parte de nuestra desgracia presente ha dependido de estar en burbujas narcisistas colectivas, en las que pensábamos que a nosotros no nos iba a pasar nada, sin ninguna empatía por otros pueblos sufrientes de nuestro planeta. De ahí que hayamos tardado tanto en reaccionar (entre otros factores que no han dependido de nuestra forma de pensar). Ahora, nos ha tocado a nosotros atravesar dificultades, pero no queremos salir de las miradas ilusorias, igualmente narcisistas que siguen generando “globos pseudomísticos” para la autosatisfacción personal, con discursos que, para colmo, señalan que la realidad es lo que uno quiere que sea. Y no, señores, hay una realidad que trasciende mis propios deseos y necesidades personales, que solo puede ser afrontada si se mira como realmente es. Si no lo hacemos así sería como si ante un tigre de Bengala me concentro meditativamente diciéndome que es un lindo gatito ¿cómo pensáis que puedo terminar?







[1] Welwood, J. (1984). Principles of inner work: psychological and spiritual. The Journal of Transpersonal Psychology, 16 (1), 63-73 y 
Welwood, J. (2001). Psicología del despertar. Budismo, psicoterapia y transformación personal. Barcelona, España: Kairós. 

* Nota: Las imágenes son de Pixabay.

martes, 31 de marzo de 2020

LA CRISIS Y EL SENTIDO DE LA VIDA HOY




Artículo publicado en la Revista Crítica de este mes de marzo, páginas 8-11. Enlace a la revista: http://www.revista-critica.com  Os transcribo el texto tal y como aparece en el original. Publicación con autorización de la revista.


Las crisis forman parte de toda vida humana. Se pueden dar con mayor o menor frecuencia, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor duración; pero, antes o después aparecerán. 

A lo largo de nuestra existencia atravesamos crisis que nos ponen a prueba y nos confrontan con nuestras limitaciones, alteran nuestra seguridad, trastocan nuestros proyectos, contrarían nuestros deseos, destruyen nuestras expectativas o que pueden llegar incluso a alterar la idea de quienes somos y de nuestro papel en el mundo. Incluso, a veces las crisis llegan a hacer que nos replanteemos el sentido que creíamos que tenía nuestra vida previamente. Es decir, nos hacen replantearnos qué es lo más importante y significativo que nos motiva a vivir la vida que llevamos.

Las crisis son situaciones que percibimos como dolorosas y nos desconciertan; pueden llegar a generar una gran desorganización. En ellas podemos llegar a sentirnos incapaces y limitados para afrontarlas adecuadamente, ya que, muchas veces, es posible que tengamos la impresión de que no podrá resolverse lo que las genera, por mucho que lo deseemos. En las crisis se mezcla el impacto doloroso de las mismas con la sensación de impotencia o limitación, a lo que se une la sensación de apremio, por el deseo que salir lo antes posible de ellas. 

El malestar que una crisis provoca es parte de lo que nos empuja a resolverla. La palabra crisis deriva de la palabra griega krinein, que significa decidir. Las crisis nos empujan a decidir, a discernir para saber hacia donde ir y/o cómo posicionarnos ante ellas. Las crisis nos pueden provocar a mirar mas allá de los planteamientos conocidos, amplificando nuestro horizonte de sentido, es decir, a ampliar nuestra visión de la vida, mirando más allá de lo conocido y descubriendo, la posibilidad de desarrollar nuevos recursos y posibilidades. Lo que puede darse, paradójicamente, a la vez que la crisis nos bloquea y no nos deja sacar lo mejor de nosotros mismos. De ahí que la mayoría de las crisis de nuestra vida supongan grandes retos y dificultades, a través de los que derrumbarnos o a través de las que crecer. Las situaciones críticas pueden suponer la paradoja de la limitación, simultáneamente al surgimiento de nuevas posibilidades y capacidades. 

Algunas de las crisis que se presentan en la vida son previsibles, lo que nos da más posibilidades de prepararnos para ellas. Tal es el caso de cualquier transición que nos toque vivir, como la de terminar una carrera, la de un cambio de trabajo, de domicilio o de estatus, que provocan crisis por la necesidad de adaptarse a nuevas situaciones. Estos ejemplos forman parte de situaciones que todos hemos de afrontar a lo largo de la vida. Y ese tipo de crisis han de estar integradas en el sentido global de nuestra vida, dado que no se pueden separar del hecho de estar vivos.

Otras crisis son imprevisibles, por su aparición súbita o porque no formaban parte de las situaciones esperables, y por ello, suponen un mayor sufrimiento al pillarnos desprevenidos. Son crisis mucho más difíciles de afrontar. Por ejemplo, ese es el caso de una enfermedad grave que es diagnosticada inesperadamente o la muerte súbita de un ser querido. También se puede dar una crisis imprevisible y grave cuando se desencadena internamente una gran inestabilidad psíquica, como consecuencia de un trastorno mental que no se ha sufrido previamente. 

Además de estas crisis, que podemos considerar personales, se dan las crisis colectivas, que pueden alterar o desestructurar a muchas personas simultáneamente. Así ocurre en las guerras, en los desastres naturales (huracanes, tsunamis, terremotos, etc.), o en situaciones como la de la reciente propagación del nuevo virus COVID-19 (también llamado coronavirus). Situaciones de este tipo pueden desencadenar crisis colectivas en las que los nuevos riesgos nos enfrentan a situaciones imprevistas en las que, inicialmente, no sabemos muy bien como reaccionar. El miedo, la incertidumbre y el caos derivadas de estos hechos nos ponen delante situaciones a veces muy críticas, que pueden desbordar los recursos personales y colectivos de los que disponemos.

Cualquier tipo de crisis nos enfrenta a nuestras vulnerabilidades y limitaciones. Aunque resulta llamativo que ese enfrentarnos a nuestras vulnerabilidades y limitaciones resulte tan inesperado para tantas personas. Pues es una evidencia que todos somos seres vulnerables y limitados, además de finitos. La posibilidad de sufrir adversidades, de enfermar o de morir forma parte de nuestra existencia como algo inevitable. Así que, ¿cómo es posible que cuando sobrevienen estas circunstancias puedan llevarnos a tanta desesperación y desconcierto? Son varios los factores que pueden estar influyendo en ello.

Por ejemplo, parece que muchos seres humanos de nuestro mundo de hoy, han aprendido a vivir en la ficción de que pueden controlar todos los factores que configuran su existencia. El disponer de tantas comodidades les ha hecho instalarse en burbujas de una seguridad irreal que les ha vuelto aún más vulnerables, al no haberse preparado para cualquier adversidad posible. El sentido de la vida de muchas personas se ha instalado en un hedonismo infantil que les ha convertido en seres frágiles. Son personas que no son conscientes de que su comodidad no puede durar eternamente. La comodidad y la inmediatez de tantas cosas nos ha hecho llegar a percibir que, como tantos deseos se pueden obtener a golpe de un click, todo puede estar en nuestras manos cuando queramos. Una situación que retroalimenta un narcisismo, que parece ser una pandemia similar a la del coronavirus, en la que cada ser humano es su propia fuente de identidad y de sentido, pretendiendo ser lo que “siente” que es, o lo que quiere ser. Ficción que, aunque parezca aumentar las libertades individuales, finalmente destruye a los sujetos y limita sus capacidades para responder de manera racional y responsable ante las crisis, pues no están en la realidad, sino en una especie de mundo-escaparate virtual, que responde a los propios deseos con rapidez y que refuerza un autoimagen irreal que debilita y que impide que las personas vean con objetividad quienes son y quienes son los otros, además de no captar adecuadamente el mundo que les rodea.

Ante esta situación, las crisis de la vida, especialmente las que nos enfrentan con el dolor, la enfermedad y la muerte, pueden suponer un derrumbamiento de ese sentido ficticio, lo que supone enfrentarse a una vulnerabilidad máxima, que se puede llegar a vivir como el fin del mundo. Y, efectivamente, puede ser el fin de un mundo ficticio que es mejor destruir. Pero, este “fin del mundo”, al poner de manifiesto la propia vulnerabilidad, puede hacer que las personas entren en estados psíquicos sumamente dolorosos que desencadenen diversos trastornos mentales o que lleven incluso al suicidio, al no poderse soportar lo que sucede. Estamos en un momento histórico en el que la ansiedad y la depresión van en aumento, así como el número de suicidios que suceden diariamente. En España se suicidan una media de 10 personas al día, y esta situación parece no tener una solución fácil. Es urgente ponernos a pensar en como replantearnos una vida que planteada de forma irreal acaba llevando de la evasión a la desesperación.

No obstante, nos alienta a la esperanza el pensar que las crisis de la vida también pueden abrir una puerta a la esperanza, al ser la oportunidad de mirar la realidad con más objetividad, dejando atrás esos “mundos ficticios” cuando se derrumban, para así llegar a encontrarnos con quienes somos realmente. Vistas de este modo, las crisis podrían ser un paso hacia el descubrimiento de nuestro potencial y nuestro ser real, para que, conociéndonos de manera más objetiva, podamos llegar a una toma de contacto con nosotros mismos, que nos permita reorganizar nuestras prioridades y ver qué es lo que realmente importa. Situación que es la que nos puede permitir conectar con un sentido de la vida más consistente, asentado en una identidad más fuerte, en la que la persona es consciente de la posibilidad de desarrollar sus potenciales internos y de tener más recursos para afrontar las dificultades. A su vez, desde esa posibilidad de vernos realmente, como seres vulnerables, pero también con fortalezas internas y capacidades creativas, para enfrentarnos a las dificultades de la vida, es desde donde podemos llegar a un sentido de la vida más pleno y consistente. Es decir, que si nos paramos a mirarnos con humildad, realismo y consciencia, es como podemos descubrir no solo nuestra limitación, sino nuestra fortaleza y posibilidad de crecer y de madurar, incluso en mitad de una crisis y, en parte, gracias a ella. De este modo algunas crisis pueden llegar a ser, una oportunidad de crecimiento, de aprendizaje y de asunción de una consciencia de la vida más realista, llevando al ser humano a su madurez interior y a su responsabilidad por co-construir, con todos, un mundo mejor. 

Para llegar a esta posibilidad de que las crisis nos despierten la conciencia y la consciencia, necesitamos aprender a mirar la realidad exterior e interior con humildad, siendo conscientes de que no lo sabemos todo. Esa posición, puede darnos la opción de probar nuestras capacidades y creatividad ante los nuevos retos que el mundo de hoy nos presenta. También necesitamos ayuda de quienes han resuelto crisis antes de nosotros. Esta tarea, supone la necesidad cooperación entre nosotros, tomando consciencia de la responsabilidad de todos por un mundo mejor y el compromiso personal de cada ser humano para con su propio ser y sentido. El trabajo interior y exterior inspirado por los valores (verdad, bondad, belleza), por la compasión (que ha de incluirle a uno mismo) y por el amor (a uno mismo como al prójimo), puede posibilitar un cambio de consciencia que nos aporte más posibilidades como humanidad y más sentido en el mundo de hoy.