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sábado, 3 de julio de 2021

¿CÓMO CONSEGUIR QUE ALGUIEN OS QUIERA?




Es posible que, la pregunta que formulo os haya suscitado curiosidad o la expectativa de encontraros, por fin, con métodos eficaces para conseguir que alguien os quiera… Pero, siento decepcionaros, pues sobre todo quiero estimularos a reflexionar sobre ello. 

Si os paráis a pensar, os daréis cuenta de que en la frase del título de este escrito hay dos términos contradictorios: “conseguir” y “quieran”. 

 

Si esperabais la fórmula mágica para “conseguir” que os quisieran, siento deciros que esto no es posible. ¿Por qué no? Pues porque el “querer” implica libertad. Si yo creyera que consigo que alguien me quiera, ¿dónde está el “quiera” desde la libertad? “Querer” va unido a un acto de libertad. Si yo pensara que yo voy a conseguir que otro me quiera, esto implicaría que tengo la expectativa de controlarle, de que responda a mi necesidad de amor.

 

Imaginad por un momento que alguien apareciera un día en vuestras vidas y os dijera “voy a conseguir que tú me quieras”, ¿qué os provocaría?, ¿no os sonaría invasivo y poco respetuoso con vuestra libertad? 

 

Al encontrarnos con  otro ser humano, lo que suscita amor va unido a la libertad de que surja, sin presiones ni expectativas. El amor surge de dar espacio, de permitir un acercamiento progresivo en el que se da un conocimiento mutuo, desde el que puede o no surgir sintonía y amor, sea este del tipo que sea.

 

Otra cuestión en la que parece operar el querer es, por ejemplo, cuando nos damos la opción de querernos a nosotros mismos. Quizás ahí sí podemos hacer algo voluntario por fomentar el querernos, pues es algo que en parte depende de nuestra propia voluntad. Al querernos más y mejor es más probable que seamos más agradables para otras personas, pues podrán captar mejor nuestra dimensión “querible”. Lo que no quiere decir que ahora tengamos que querernos para que nos quieran. Nuevamente sería intentar manipular algo que es libre, para ser posible.

 

Con respecto a otros, lo que sí depende de nosotros es permitirnos el quererles, mirándoles con respeto y con amor. Así podríamos decidir poner en práctica el amor desde una actitud amable, que posibilitara el vínculo que abriera una puerta desde nuestro interior al amor; una puerta que fundamentalmente podemos abrir de dentro hacia fuera. Podríamos abrir esa puerta desde la libre opción de nuestro corazón de permitirnos o no querer a otros, de desear amar más que ser amados. Lo que, a su vez, puede animar a otro a sentirse de un modo similar por nosotros. 

 

Por lo tanto, con respecto al título de este post, no parece que podamos conseguir que alguien nos quiera. Si caemos en esta expectativa, seguramente se trate más bien de la necesidad de nuestro lado infantil de que otros colmen nuestro deseo de amor, a veces desde una herida de amor (si no nos hemos sentido amados en la infancia); otras veces de una necesidad de que alguien cubra nuestros vacíos o necesidades, o de que otro nos complemente de algún modo. Aunque sí tenemos derecho a desear ser amados, pero no a "conseguir" que otros nos quieran. 

  

En definitiva, que si nos planteamos que el amor es algo que hay que conseguir, más bien, lo que vamos a lograr es resultar ser cargantes, demandantes, absorbentes, de tal forma que lleguemos a lograr lo contrario a lo deseado: que no nos quieran. 


Lo que sí parece posible es que podamos encontrar ideas acerca de cómo conseguir que no nos quieran o que nos quieran menos: exigiendo amor, queriendo “conseguir” o manipular el amor, no queriéndonos a nosotros mismos o no queriendo a los demás.

 

Si queremos amor, lo primero es cultivarlo desde nosotros mismos, aprendiendo a ser libres para conectar con esa capacidad humana de abrir la puerta a la posibilidad de amar. Una posibilidad que es mayor cuando aprendemos a mirar con apertura la realidad de los otros y a dar espacio para el amor. Pero, aunque abramos esa posibilidad, tampoco podemos obligarnos a querer a nadie. La magia del amor ha de nacer de la libertad. En todo caso, el amor es una ventana o una puerta que podemos abrir desde el corazón, una vez que descubrimos que, en mayor o menor medida, es una capacidad que podemos ejercitar, posibilitar, abrir y así permitir que la fuente del amor brote de nuestros corazones. Quizás, así sea más posible que otra persona, vea más fácil el camino de apertura al amor desde el amor que le ofrecemos, siempre y cuando realmente respetemos su libertad de amar, o de no hacerlo.

 

 

 

jueves, 4 de junio de 2020

ESPIRITUALIDAD, RESILIENCIA Y CRECIMIENTO POSTRAUMÁTICO





Publico aquí un artículo, que escribí en 2015, titulado "Espiritualidad, Resiliencia y Crecimiento postraumático", con el fin de facilitar su lectura, pues considero que puede ser útil en estos tiempos que estamos atravesando, con la crisis del COVID-19, con la esperanza de que pueda ser de ayuda, para quienes han atravesado o están atravesando situaciones difíciles.


Fue publicado en la revista NOUS. Boletín de Logoterapia y Análisis Existencial, nº 19, Otoño de 2015. P. 21-33.


Resumen:

Algunas personas que han sufrido experiencias traumáticas, refieren haber obtenido algún elemento positivo después de atravesarlas habiendo experimentado lo que se ha llamado “crecimiento postraumático”. En el presente artículo exponemos algunas ideas que reflejan cómo la espiritualidad puede influir favorablemente en la resiliencia y en el crecimiento postraumático, tomando además, como ejemplo la experiencia de Viktor Frankl en los campos de concentración nazis. Extraemos de su testimonio en el libro “El hombre en busca de sentido” los aspectos más importantes conectados con la propuesta del presente artículo. 

Palabras clave: Logoterapia, espiritualidad, resiliencia, crecimiento postraumático.


Abstract:

Some people who have suffered traumatic experiences , reported having obtained a positive element through them experiencing what has been called "posttraumatic growth" . In this article we present some ideas that reflect how spirituality can influence favorably in resilience and posttraumatic growth, and taking the example of the experience of Viktor Frankl in Nazi concentration camps. We extract of his testimony in the book "Man's Search for Meaning" the most important aspects connected with this article proposal.

Key words: Logotherapy, spirituality, resilience, postraumatic growth.



Introducción

La espiritualidad tiende a asociarse con la trascendencia, con la esperanza, con el propósito y con el sentido (Frankl, 1988, 1999; Flannelly, Weaver y Costa, 2004), o con aspectos inmateriales de la existencia (Meraviglia, 2004). Según diversos autores, generalmente implica relaciones armónicas o conexión con uno mismo, con otros, con la naturaleza, con Dios o con una realidad superior (Reed, 1991). Para otros la espiritualidad representa aspectos relacionados con el amor, la ética, la creatividad, la consciencia, lo sagrado o lo profundo. Viktor Frankl (1990) plantea que la espiritualidad es lo que tenemos de humano y nuestra dimensión esencial en la que acontece nuestra existencia. La espiritualidad puede aportar recursos internos, esperanza, conexión con algo que nos trasciende y puede darnos fuerzas, creatividad, humanidad, sentido etc. Todo ello puede ayudar a encontrar sentido en las situaciones dolorosas que se presentan en la vida y a disponer de ciertos recursos que permitan superarlas o afrontarlas mejor.


La resiliencia es un término que tiene cientos de definiciones. Para este artículo hemos seleccionado una de ellas que se ajusta más a las ideas que queremos plantear y que la define como la “capacidad de salir indemne de una experiencia adversa, aprender de ella y mejorar” (Vera Posek, 2006). Esta definición muestra la posibilidad de aprender y mejorar después de una experiencia adversa, aunque consideramos que el salir indemne de las experiencias adversas no siempre es posible y que quizás aún así sea posible sacar algo positivo de dichas experiencias. Se puede salir de ellas con heridas, de las que queden cicatrices y, aún así, se puede crecer y aprender. Pero lo importante de la definición de Vera Posek es que nos muestra la posibilidad de superar un trauma e incluso de obtener algo positivo de él. De hecho, la mayoría de las personas que experimentan un trauma no sufren posteriormente un trastorno mental. Éste se da aproximadamente en el 9% de los casos, porcentaje que puede variar en función de la intensidad y duración del evento estresante (Peres, Moreira-Almeida, Nasello & Koenig, 2007).


Muchas personas que han sido víctimas de situaciones muy duras han podido crecer a pesar de la adversidad, al haberexperimentado una transformación después de pasar por experiencias de gran sufrimiento (Peres et al., 2007). Tras atravesar estas experiencias nos cuentan que han obtenido algún aprendizaje, un cambio de perspectiva, una reflexión profunda, una mayor consciencia, etc. Cuando esto se produce hablaríamos de crecimiento postraumático. Como vemos, hay una estrecha relación entre la definición que hemos elegido de resiliencia y la de crecimiento postraumático. Lo que parece es que las personas resilientes tienen más probabilidades de experimentar dicho crecimiento después de la adversidad (Peres et al., 2007).




Cuando una persona que experimenta una situación traumática, puede quedarse dañada, recuperarse y/o crecer. Pero, como han señalado diversos autores, nuestro self no es una entidad única y estática, sino que está configurado por diversas dimensiones o subpersonalidades, es decir, que dentro de nosotros no hay una sola forma de ser, sino varias (Mirapeix, 2015). Esto implica que puede haber partes del self que estén dañadas, otras que estén en proceso de recuperación o recuperadas y otras en proceso de crecimiento o que ya hayan crecido. Quizás, las partes más fuertes, y, sobre todo las que ya hayan crecido después del trauma, pueden ayudar a las otras a encontrar un mayor equilibrio interior y a que el proceso de crecimiento postraumático sea en sí un camino que posibilite la recuperación del daño de una manera más global. (ver Figura 1)


Figura 1: Posibilidades ante el trauma




El papel de la espiritualidad

Existen numerosos testimonios de quienes dicen haber crecido o aprendido, tras un suceso traumático, gracias a un encuentro con lo más profundo y esencial de sí mismos, con Dios, o con una dimensión que les trasciende y que les aporta fuerzas, aunque no sepan muy bien explicar con palabras qué es. En todos estos casos podríamos hablar de espiritualidad. Para estas personas la espiritualidad, ha sido una fuente de fortaleza y ha favorecido la conexión con recursos previamente desconocidos. En algunos casos, esta experiencia de tipo espiritual, puede darse como un proceso de conexión con su ser más profundo. Ese proceso de conexión con el propio mundo interior no se suele dar de forma inmediata y mágica, sino que se suele producir atravesando diversas etapas, que pueden implicar un proceso esfuerzo y autodescubrimiento. Quienes ya han hecho, antes del evento traumático un proceso de autoconocimiento de este tipo, suelen tener más capacidad para sacar algo positivo de las situaciones adversas. No obstante, en los primeros momentos de iniciar dicho proceso puede haber sensación de desorientación, al tratarse de un viaje a un universo desconocido que, por inexplorado, no sabemos en qué consiste. 

Es posible, por otra parte, que un momento de dificultad sea el que impulse la búsqueda hacia algo que vaya más allá de lo conocido. Llevando dicha búsqueda a mirar tanto dentro como fuera de nosotros mismos, para encontrar salidas o recursos y para podernos desplegar desde una dimensión de mayor libertad. Esta dimensión es la que puede, precisamente, permitirnos escoger nuestra actitud ante lo que no podemos cambiar (Frankl, 1988).

En el viaje interior podemos ir recogiendo diversos frutos, pero también es posible que nos las veamos con nuestras propias sombras y defectos; los “monstruos” y “sabandijas” que decía Santa Teresa de Ávila que habitan en nuestro interior (1957). Esos “monstruos” y “sabandijas” representarían nuestras limitaciones, defectos, errores e incluso partes de nosotros mismos que no quieren seguir profundizando más y que se manifiestan, por ejemplo, como miedo a lo desconocido. Paradójicamente son muchas las personas que dicen no mirar dentro de sí por temor a lo que se puedan encontrar.

Lo importante es que, aunque se atraviesen dificultades internas, sepamos que podemos encontrar riquezas y potenciales ocultos en lo más profundo de nosotros, que se van manifestando poco a poco en el camino que nos lleva hacia lo más profundo de nosotros.

Ese viaje interior puede llevarnos a adoptar una perspectiva más profunda de la vida y de nosotros mismos. Pero no podremos descubrir esa perspectiva sin hacer un recorrido no exento de pruebas, cuya puerta se puede llegar a abrir, paradójicamente, en los momentos de más sufrimiento, porque es entonces cuando más necesitamos encontrar salidas y superar dificultades. En esos momentos se activan potenciales ocultos, para poder seguir adelante. De ahí que nuestra búsqueda se agudice en momentos así y que nuestras diversas dimensiones internas puedan ir colaborando en que podamos sobrevivir y aprender. Al abrirse estas nuevas dimensiones podemos hablar de unión con Dios o con nuestra verdadera naturaleza, y lo importante sería que el sufrimiento nos podría dar la opción de escoger un nuevo camino, más libre y más auténtico, mediante la introversión y la toma de conciencia (Delgado González, 2004).

En ese proceso de búsqueda y de autoconocimiento hacia nuestro mundo interior, encontramos que la espiritualidad puede aportar experiencias de luz en mitad de la oscuridad (según nos cuentan muchos exploradores de la psique). Tenemos, por ejemplo, la siguiente afirmación de la filósofa Edith Stein: “Hay una luz en la noche, que descubre un nuevo mundo en lo más hondo del alma, y, en cierto modo, ilumina desde dentro el mundo exterior que se nos devuelve completamente transformado.” (Stein, 1994, p. 51). Aquí Edith Stein nos habla de la posibilidad de una transformación psicoespiritual, que acaba modificando, incluso, la percepción de lo que nos rodea. Este tipo de transformaciones pueden darse a través de un proceso de crecimiento postraumático, que posibilitaría una mayor evolución y un cambio radical de la vida. 

Otro ejemplo de transformación a través de la espiritualidad es el de Marsha Lineham, una de las autoras más reconocidas en la psicología actual (por haber diseñado una propuesta de psicoterapia eficaz para personas con trastornos graves de la personalidad). Para esta autora fue una experiencia espiritual la que posibilitó el inicio de la recuperación del grave trastorno de personalidad que padecía. Ella cuenta lo que le ocurrió, en una entrevista que le hacen en el New York Times[1]: “Cierta noche estaba allí, arrodillada, mirando la cruz, y de pronto todo el lugar se volvió dorado y sentí que algo venía hacia mí. Fue una brillante experiencia. Luego tan solo regresé corriendo a mi habitación y me dije: Me amo a mí misma. Esa fue la primera vez que recuerdo haberme hablado en primera persona. Me sentí transformada.” 




Santa Teresa y otros místicos han usado la metáfora de la metamorfosis de la oruga en mariposa, para transmitirnos la fuerza de un proceso de transformación psicoespiritual. En un proceso de este tipo es fundamental que nos demos cuenta de que, antes de que aparezca esa mariposa, la oruga ha de estar madura y preparada para romper su crisálida. Es decir, para vivir un proceso así, hay que tener un mínimo de madurez interna y de estructura del yo. La oruga podemos usarla como metáfora del yo, que ha de estar mínimamente formado antes de vivir una transformación. 

Otra metáfora útil es la que expresaba una mujer que atravesaba un mal momento y fue superándolo. Según refería había pasado de la “visión en túnel” (una mirada de la realidad estrecha, que solo deja ver los peores aspectos de una situación) a la “visión en abanico” (en la que sentía una mirada más amplia de la realidad, más libertad y apertura para encontrar aspectos positivos en lo que estaba viviendo).

También es interesante la metáfora que hace 
Werner Meinhold, un psicoterapeuta alemán que expresaba que
“Las heridas de nuestra vida son ventanas por las que puede entrar la luz”. Esta idea nos muestra que las situaciones dolorosas pueden ser oportunidades para encontrar aspectos luminosos. 


Experiencia de Viktor Frankl 

Un ejemplo muy claro del crecimiento postraumático fue el de Viktor Frankl, que después de pasar casi cuatro años en campos de concentración nos mostró que pudo crecer humanamente en mitad de la adversidad. En su libro El hombre en busca de sentido, encontramos numerosas pistas de cómo se puede hacer para aprender y para crecer en una situación de intenso y largo sufrimiento. 

Al relatarnos su experiencia en los campos, pone de manifiesto lo que la espiritualidad le aportó en una situación muy adversa. En su experiencia podemos ver la relación que se da entre espiritualidad, resiliencia y crecimiento postraumático. 

Los elementos que consideramos más importantes para aportar luz acerca de lo que le ayudó en esa difícil situación y que se conectan con la propuesta del presente artículo, son los siguientes:

1.- La búsqueda de sentido: este es un elemento clave en todo su proceso y en su propuesta psicoterapéutica. Como hemos apuntado al comienzo de este escrito, para muchas personas dicho sentido tiene que ver con la espiritualidad. Cuestión que el autor conecta con la idea del “sentido último”, es decir, con la toma de consciencia de una intencionalidad última de todo (Frankl, 1999)

2.- El sentido del sufrimiento: otro tema central en Frankl es el del “sentido del sufrimiento”, que para él está íntimamente ligado al sentido de la vida. Puesto que que en toda vida humana hay sufrimiento, no es posible separar éste de un sentido global de la vida. Es importante asumir que el dolor y el sufrimiento forman parte de la vida y que podemos aprovechar las situaciones más dolorosas para mirar más allá de nosotros mismos (autotrascendernos), algo que puede hacer que la dificultad nos resulte más fácil de llevar (Rodríguez Fernández, 2014).

Ante la dificultad la espiritualidad es un factor que puede ayudar a encontrar sentido (Frankl, 1999) y a trascender el sufrimiento (Smith, McCullough y Poll, 2003). Para Frankl, el sufrimiento puede ser una oportunidad de logro. Pero hay que tener el “valor de sufrir” y de darle un sentido al sufrimiento, por ejemplo viendo que estamos experimentando una prueba o un desafío, etc. Frente a este sufrimiento, Frankl (1988) propone poner en marcha los valores de actitud: que son los que nos permiten poner en marcha la última de las libertades, la de escoger qué actitud adoptamos ante lo que nos sucede. Pero Frankl no solo nos propone los valores de actitud. En su historia, podemos ver cómo pone en marcha los valores creativos: desarrollando diversos recursos, teniendo sentido del humor o descubriendo de qué manera desarrollar una mejor actitud (lo que también requiere creatividad). 

3.- La libertad interior: el tomar consciencia de la libertad interior, nos permite ejercerla y tener más capacidad de elección, lo que puede dar más posibilidades de crecer en la adversidad. Tal y como Frankl dice: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino” (Frankl, 1988, p.69). Pues “El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física” (Frankl, 1988, p. 69). Aspectos que también están muy conectados con los valores actitudinales y creativos. 

4.- Tener vida interior: para tener libertad interior es preciso tener vida interior. A algunos prisioneros de los campos de concentración, una vida interior intensa les hacía soportar mejor el sufrimiento, pues “eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual” (Frankl, 1988, p.44). 

5.- Soledad consciente: para llegar a encontrar y desarrollar nuestra vida interior es importante tener un espacio en el que estar con uno mismo en soledad (Frankl, 1988). Una soledad que posibilita el silencio y la escucha de lo que sucede dentro de nosotros.

6.- El poder del amor: el amor es fundamental para sobrevivir en situaciones adversas y es también muy importante en el proceso de ir encontrando sentido en la vida. Como Frankl afirma: “la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”, y que “la conciencia del amor propio está tan profundamente arraigada en las cosas más elevadas y espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo en un campo de concentración.” (Frankl, 1988, p.66).

7.- Atención al presente: la atención al momento presente es fundamental para tomar consciencia de lo que sucede aquí y ahora, y también para desvelar el sentido de cada situación y de la propia existencia en su conjunto. Si no miro qué sucede ahora delante de mí, con atención ¿cómo puedo llegar a saber lo que realmente sucede en la vida y cuál es el sentido de este momento? Para Frankl (1994, p.50) “lo que realmente es, es sólo en el presente”. Prestando atención al momento presente podemos darnos cuenta de lo que él llamó “pequeños golpes de suerte”, que son pequeñas cosas que se dan en la vida cotidiana, que, si ponemos atención en ellas, pueden darnos fuerzas para seguir adelante. En este punto podemos ver la similitud con la propuesta de diferentes maestros espirituales de poner la atención en el presente, para ello puede ayudar la práctica de la meditación.

8.- La consciencia de la belleza: la belleza aporta sentido, nos abre el horizonte hacia una percepción más amplia de las situaciones dolorosas, de tal forma que, si prestamos atención a la belleza de las pequeñas cosas cotidianas, como puede ser una flor, una puesta de sol o un gesto amable, es más fácil poder soportar los días adversos y que la negatividad no nos invada (Frankl, 1988).




9.- Cultivar la autotrascendencia: la autotrascendencia es la capacidad de mirar más allá de uno mismo. Por ejemplo cuando miramos a otras personas o hacia una dimensión espiritual que trasciende al yo. La autotrascendencia, por tanto, aumenta las posibilidades de que podamos ver más allá de nuestro dolor (Frankl, 1988). Además, la autotrascendencia estimula la responsabilidad, al hacernos conscientes de que hay otras personas que también sufren y de que hay dimensiones de la existencia que escapan a nuestro control. Lo más importante de la autotrascendencia es que nos permite ampliar la perspectiva, para mirar más allá de aquello que nos hace sufrir. Superar el egocentrismo es un sano ejercicio de salud mental que nos permite mirar más allá de lo que nos duele, y aportar activamente algo al mundo que nos rodea. Lo que, a su vez, nos hace más humanos y nos hace ir avanzando hacia una mejor versión de nosotros mismos.

10.- Aceptación: la aceptación es un elemento fundamental para tolerar la incertidumbre y desarrollar humildad y apertura ante la realidad. La aceptación ha de ser, en primer lugar, la de la provisionalidad de la existencia. Al aceptarla vemos un límite ineludible que, si no reconocemos, nos daría la impresión de ser invulnerables. Situación que solamente nos provocaría más sufrimiento, al toparnos con una realidad que no queremos mirar. 


Conclusiones

En el presente trabajo hemos revisado varios elementos que conectan la espiritualidad, la resiliencia y el crecimiento postraumático. A lo largo de este texto hemos planteado que la espiritualidad aporta los siguientes aspectos a la superación de un trauma:

- Más sentido a la vida.

- Capacidad de encontrar más sentido en el sufrimiento.

- Conexión con una dimensión esencial y profunda que nos hace humanos.

- Un espacio de libertad y de vida interior, de tal forma que tenemos más capacidad de elegir una actitud más adecuada ante lo que nos sucede.

- Una mayor capacidad de amar.

- Una mayor consciencia del momento presente y de sus aspectos positivos.

- La autotrascendencia: que nos da la posibilidad de mirar más allá de nosotros mismos.

- Más capacidad para aceptar la vida como es.

- Fortaleza y más recursos ante las dificultades.

- Esperanza y luz en la oscuridad.


Queremos terminar el presente texto con un poema inspirador de Santa Teresa, en el que podemos intuir el poder de la espiritualidad ante la adversidad.



“Nada te turbe

Nada te espante

Todo se pasa

Dios no se muda

La paciencia

Todo lo alcanza

Quien a Dios tiene

Nada le falta

Solo Dios basta”[2]




BIBLIOGRAFÍA


· Delgado González, J.A. (2004). El retorno al paraíso perdido. La renovación de una cultura. Soria: Sotabur S.L.

· Flannelly, K.J., Weaver, A.J., Costa, K.G. (2004). A Systematic Review of Research on Religion in Three Palliative Care Journals: 1990-1999. Journal of Palliative Care. 20(1): 50-5. 

· Frankl, V. E. (1988). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder. 

· Frankl, V.E. (1990). Psicoanálisis y Existencialismo: de la psicoterapia a la logoterapia. México: Fondo de Cultura Económica. 


· Frankl, V.E. (1999). El hombre en busca de sentido último. Barcelona: Paidós.

· Meraviglia, M.G. (2004). The Effects of Spirituality in Well-Being of People with Lung Cancer. Oncology Nursing Forum. 31(1): 89-94. 

· Mirapeix, C. (2015). Tratamiento de personas con graves heridas emocionales. Una visión cognitivo analítica desde la multiplicidad del self. En Rodríguez, M.I., Giraldo, D.S. (Dirs.): De víctimas a Súper-vivientes. Burgos: Montecarmelo-Cites, p. 77-101.

· Peres, J.F.P., Moreira-Almeida, A., Nasello, A.G., Koenig, H.G. (2007). Spirituality and resilience in trauma victims. Journal of religion and health. 46 (3), 343-350.

· Reed, P.G. (1991). Self-trascendence and mental health in oldest-old adults. Nursing Research. 40: 5-11. 

· Rodríguez Fernández, M.I. (2014) Sentido del sufrimiento y trascendencia. En Lehman, O. (Ed.), Acompañar la finitud. Optimismo, sentido y trascendencia ante la incertidumbre del dolor, el sufrimiento y la muerte. Buenos Aires: San Pablo, 2014. p. 183-216.

· Santa Teresa de Jesús (1957). Las moradas del castillo interior. Madrid: Aguilar.

· Stein, E. (1994). La ciencia de la cruz. Estudio sobre San Juan de la Cruz. Burgos: Montecarmelo.

· Smith, T.; McCullough, M.E.; Poll, J. Religiousness and Depression: Evidence for a Main Effect and the Moderating Influence of Stressful Life Events. Psychological Bulletin. 2003; 129(4): 614–636.

· Vera Posek, (2006). La experiencia traumática desde la psicología positiva: resiliencia y crecimiento postraumático. Papeles del Psicólogo, 1 (27), 2006, 40-49.



[1] Expert on Mental Illness Reveals Her Own Fight, entrevista realizada por Benedict Carey el 23 de junio de 2011, en el New York Times: http://www.nytimes.com/2011/06/23/health/23lives.html?_r=1


[2] Recomendamos escuchar la interpretación de este poema por el coro de Taizé en https://www.youtube.com/watch?v=go1-BoDD7CI



* Nota: Imágenes de pixabay.

sábado, 7 de marzo de 2020

CORONAVIRUS, VIVIR CON INCERTIDUMBRE




Todos estamos al tanto, en mayor o menor medida, de los problemas derivados de la epidemia de coronavirus. Lástima que parte de la información que se nos da sea sesgada, sensacionalista o imprecisa. 

La información que resulta más útil es la que nos aporta ideas claras acerca de lo que podemos hacer para prevenir el contagio de la enfermedad. De nada sirve saturarnos de información, si no percibimos la posibilidad de hacer algo para controlar, al menos parcialmente, lo que sucede.

El problema en este caso es que aún se sabe relativamente poco acerca del virus, de por dónde anda y de sus riesgos reales. El virus, ahora mismo, parece una especie de ente invisible que amenaza nuestra salud y que escapa a nuestro control, por más que deseemos ejercerlo.

El coronavirus nos está llevando hacia una gran incertidumbre. Da la impresión de que es mucho más lo que no sabemos, que lo que sabemos. O bien, lo que sabemos no es suficiente para tener controlada la situación.

El coronavirus nos ha puesto delante de nuestra propia vulnerabilidad y de nuestros miedos. Por eso, es preciso poner un nombre concreto a esos miedos para poderlos combatir uno por uno. Si no, corremos el riesgo de que se enmarañen dentro de nuestras mentes hasta que sea difícil saber cómo salir del enredo. Los miedos concretos que hay que nombrar, para manejarlos mejor son: el miedo a la enfermedad, el miedo a la pérdida de control, el miedo a la pérdida de seguridad, el miedo a la muerte, el miedo a que nuestros seres queridos se enfermen, el miedo a la incertidumbre, etc. Estos miedos nos hacen más conscientes de la fragilidad de nuestras vidas, pues normalmente vivimos sin plantearnos qué es lo que las puede alterar, por mucho que racionalmente sepamos que esto es posible en cualquier momento. El vivir de espaldas a nuestra fragilidad es una forma de protegernos de los miedos, pero nos puede hacer llevar a ser inconscientes y débiles ante las situaciones difíciles que se nos pueden presentar, pues no tendremos la preparación adecuada para ello.

En estos momentos, el reto que se nos presenta es el de cómo enfrentarnos al coronavirus. Y, en general, no estamos psicológicamente preparados para situaciones de este tipo. Podemos comprobar que muchos pasan de la negación del “no es nada” a la psicosis que les lleva a percibir esta situación como un evento apocalíptico. 

Necesitamos recuperar el sentido común y enfrentarnos exactamente a lo que está sucediendo, aquí y ahora, a nuestro momento presente, con prudencia. Lo fundamental es centrarnos en lo que sí depende de nosotros: lavado de manos, higiene, alimentación saludable y cuidado general de nuestra salud, consultar con el médico si es preciso tomar medidas adicionales (como cuando hay enfermedades previas o un sistema inmunológico debilitado), evitar grandes aglomeraciones, pedir ayuda médica si hay indicios claros de contagio o contacto previo con enfermos, etc. 


Por otro lado están algunas medidas psicológicas que nos pueden ayudar a afrontar la incertidumbre:

- Tomar consciencia de que en nuestra vida no podemos controlarlo todo y centrarnos en manejar lo que sí depende de nosotros (como las medidas señaladas previamente).

- Diferenciar los miedos y afrontarlos separadamente, como ya se ha dicho. Y no alimentarlos con nuestra imaginación, pensando en cosas terribles que creamos que pueden llegar a pasar. Es mejor planificar que estar anticipando catástrofes imaginarias, pues eso produce ansiedad. Es mejor planificar qué es lo que podemos hacer ante la situación, de forma realista, centrando la atención de que lo que haya que hacer es por nosotros y por nuestros semejantes. Mirar más allá de nosotros mismos también nos saca de un egocentrismo, que finalmente nos perjudica psicológicamente, pues, aparte de aislarnos y de hacernos insolidarios, nos sumerge más en la burbuja imaginaria de nuestros miedos.

- Pedir información y ayuda si sospechamos que podemos estar contagiados. Hay un teléfono en cada Comunidad Autónoma para este fin. En el siguiente enlace tenéis los teléfonos para este fin: https://www.diariosur.es/sociedad/salud/telefonos-consulta-sobre-20200302143541-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F&fbclid=IwAR0rgeOBxr38GxMI5r67WcjV6jejcfKlUbF2AtUIL0IjbRxjUzo5RSSA61I

- Centrar nuestra mente y atención en lo que nos ayude a relajarnos. Para eso están las actividades de ocio que normalmente nos hacen sentir bien. El prevenir el estrés y realizar actividades que nos relajan es también un factor que contribuye al buen estado de nuestras defensas contra posibles virus.

- Ser solidarios y pensar en los demás. Estamos en un momento en el que es preciso ayudarnos unos a otros. Crear redes de apoyo, de comprensión, de solidaridad con los enfermos, o con quienes están en cuarentena, es fundamental. Por ejemplo, estando pendientes de ellos con llamadas y mensajes, para que no se sientan solos y aislados. También el normalizar la situación y no dramatizar los casos que se den. Cuando nos encontremos con casos graves, de personas hospitalizadas, es muy importante apoyar a las familias y allegados. El virus puede alterar la salud, pero no puede destruir el amor y la solidaridad entre los seres humanos. No dejemos que el miedo coarte nuestra humanidad.




- Comprender que en toda vida humana se dan, antes o después, situaciones de fragilidad y de incertidumbre. Ante ellas, nos queda la posibilidad de ser creativos, generando nuevos recursos e ideas. También siempre nos queda la posibilidad de elegir la actitud que afrontamos acerca de ello, tratando de afrontar la situación desde lo que sí podemos hacer, por ejemplo, tomándola como un reto y como una oportunidad para ayudarnos unos a otros.

- Rezar o meditar: para quienes sean creyentes o tengan la opción de meditar, esta puede ser la oportunidad de mirar más allá de sí mismos y pedir por la salud de todos. Por favor, no nos quedemos en rezar solamente por nosotros mismos y por nuestros seres queridos. Una situación así ha de hacernos conscientes de que el problema es global. Y más si pretendemos formar parte de tradiciones espirituales que quieren hacer bien a la humanidad. Salgamos de la espiritualidad/religiosidad narcisista hacia una visión más amorosa, amable y compasiva para con todos. A su vez, la oración y la meditación aportan paz y energía extra, nos hacen más fuertes frente al estrés y, según ciertos estudios, aumentan las defensas.



                          

                          


Las situaciones de crisis, como la que se está dando, pueden ser, en parte, oportunidades para abrir la consciencia a una visión más realista de la vida: somos seres finitos y limitados, pero no por eso la vida deja de ser valiosa o de tener sentido. También es la oportunidad de tomar consciencia de lo que podemos aportar a otros, lo que puede ayudar a superar el individualismo enfermizo en el que muchos viven. Quizás, a pesar del sufrimiento y de la desesperación de muchos, algunas personas puedan mirar más allá y darse cuenta de que todos somos importantes para ayudar, prevenir, comprender e investigar. Luchemos contra la incertidumbre asumiéndola como parte de la vida, pero siendo también parte activa en la resolución del problema, como actores necesarios para que todo vaya de la mejor manera posible. ¡Que la fuerza nos acompañe! 





* Nota: imágenes obtenidas de Pixabay.

viernes, 23 de agosto de 2019

LOS VÍNCULOS REALES Y EL AMOR




A lo largo de la vida experimentamos diversos tipos de vínculos: familiares, de amistad, de pareja, profesionales, etc. Pero ¿son vínculos reales? ¿existen tal y como pensamos que son?

Son muchas las personas que hablan del sufrimiento que les generan ciertos tipos de vínculos con los demás. Por sentirse decepcionadas o engañadas por ellos, por la dificultad que tienen para conectarse con otros, porque se protegen por el miedo a ser perjudicadas, porque anhelan vínculos más cercanos que sean satisfactorios y aporten amor, porque tienen algo que dar y no saben como comunicarlo, porque no saben pedir ayuda o comunicar lo que sienten, porque esperan que el vínculo sea algo que en realidad no es, porque quieren más de lo que el otro puede o quiere dar, o quieren que sea menos…, etc.

En estas situaciones, el que más sufre no suele ser muy consciente de qué es lo que falla y tiende a poner en los demás el problema. Muchas veces el que sufre cree que tiene la "verdad" acerca de la relación con otra u otras personas, sin ser consciente de todo lo que la puede estar internamente engañando o condicionando desde su interior. Es decir, que puede tener dentro de sí una idea del vínculo que no es real, lo que le hace generarse falsas expectativas que le hacen sentirse dañado, etc. Parte de un problema vincular puede ser también un problema de vinculación con uno consigo mismo, o de ignorancia, o de autoengaño, etc. 

Por ejemplo, las personas que han sido muy protegidas y mimadas por sus padres pueden estar esperando que los demás, en su vida adulta, hagan lo mismo y se sienten decepcionadas con quienes no lo hacen. En el otro extremos, quienes se han visto maltratados o abandonados por sus padres pueden caer en un excesivo miedo o desconfianza o bien tener una ficción inconsciente de que por fin alguien les comprenda y les salve, a modo de buscar una supermamá que adivina todos sus deseos y los satisface.

Nuestras dificultades en los vínculos están condicionadas por cómo hemos vivido las relaciones con nuestros padres u otras personas significativas en la infancia. Si nos hemos sentido sostenidos y comprendidos por ellos nuestros vínculos serán más seguros y tendremos menos reparo en expresar lo que sentimos o de expresarnos con libertad a la hora de pedir ayuda. Si nos hemos sentido abandonados, incomprendidos o maltratados, esas heridas serán una interferencia para percibir lo que realmente sucede en las relaciones y se amplificarán las dificultades, desde una herida de abandono, incomprensión o maltrato, que parecerá repetirse en situaciones que sean similares a las situaciones difíciles vividas en el pasado. Solamente algunas personas empáticas o sensibles podrán entender las grandes dificultades de las personas más heridas, para vincularse con ellas sanamente y podrán aceptar con más apertura a quienes andan perdidos y heridos, y también serán más conscientes de qué les sucede y sabrán que con estas personas hay que tener más claridad y delicadeza, así como mostrarse con honestidad, dejando claro cuales son los límites de una relación, o que uno no es el “salvador” o que se están teniendo expectativas inadecuadas. En general, cuanto más claros y honestos seamos con las personas heridas, más posibilidades habrá de no volverles a herir o de que no esperen de nosotros lo que no somos. 

Una y otra vez, el no resolver ciertas heridas distorsionará las relaciones con los demás y no les veremos a ellos, sino a nuestros miedos o expectativas. El ir tomando consciencia de cómo nos engañamos o desorientamos en la relación con los otros, especialmente en las conductas o problemas que se repiten (eso de tropezar con la misma piedra), puede ayudarnos a mirar más allá de lo que nos hace sufrir y a no tener una confianza ciega en la propia percepción subjetiva. Además, el salir de la propia subjetividad también nos ayudará a mirar realmente hacia el otro y no a lo que la emoción o la parte herida espera, inconscientemente. Y mirar realmente hacia el otro es una forma de aprender a quererle. Sin ver que realmente el otro es otro y que tiene un mundo propio, diferente al nuestro, que hemos de respetar y de tratar de comprender, lo único que hacemos es vivir vínculos ficticios que hacen sufrir, porque la realidad no responde a nuestros deseos por el hecho de desearlos. O bien vínculos idealizados, que pueden aportar inicialmente mucho gozo, pero que se caen por su propio peso al no ser reales.

Las personas más heridas pueden ser quienes más anhelan un vínculo humano real, pero precisamente las distorsiones, generarán una especie de  imágenes fantasmagóricas en su mente, de lo que debería ser como ideal el otro, o bien se puede vivir desde un miedo que no deja abrir el corazón. Pues las imágenes fantasmagóricas de quienes hirieron antes, se superponen a la imagen real de quien se tenga delante. Así, se verá que la propia herida no resuelta no repercute solo en uno mismo, sino en los demás, que confusos pueden acabar dejando nuevamente abandonado a quien no sabe relacionarse de un modo realista, y mirar más allá de sí mismo y de su propio dolor. Ser realista en un vínculo es tener la honestidad de volver a mirar, una y otra vez, que el otro es otro, y querer conocerle realmente, con la máxima delicadeza y respeto. Solo de ahí puede partir un vínculo real. También, es liberador expresarse desde la honestidad de mostrar quienes somos, superando los miedos, trascendiendo los muros y posicionándonos en donde queramos estar, para así poner de manifiesto cuáles son nuestros límites. Los muros y las barreras de protección al que primero dañan es a quién los pone, que se ve encerrado en ellos, lo que añade la complicación adicional de que los demás no son capaces de ver bien quién está detrás de dicho muro.

Llegar a vínculos reales implica ser más libres y honestos en nuestra expresión, pero también ser conscientes de qué limita nuestra percepción y esforzarnos por ver la realidad del otro. Además, es fundamental, para conectarnos realmente con los otros, el tener un mínimo de conocimiento y conexión con nosotros mismos. 

Aquí dejo algunas ideas que pueden ser útiles, señalando los elementos más importantes en relación con lo dicho:

-      Conocerse a uno mismo para conectarse con quién uno realmente es y para tomar consciencia de las propias distorsiones y “películas” que hacemos de los otros proyectando experiencias previas, con miedos, ilusiones o expectativas desproporcionadas. 

-     Irnos aceptando con la propia vulnerabilidad, siendo quienes somos, sin pretender que nadie nos salve y entendiendo que la fragilidad es una parte de la condición humana, por lo que no hay que avergonzarse de ella. Y que es una dimensión de la que otros no han de salvarnos, sino que somos responsables nosotros mismos. Esto no significa que no tengamos derecho a la propia intimidad, sino que podemos asumir como normal y humano el tener dimensiones imperfectas y frágiles. Eso nos hará más tolerantes también con los otros.

-      Desarrollar una apertura progresiva con quienes sintonicemos, respetando nuestro ritmo y nuestro ser, y aprendiendo a poner límites más que muros. Salir de los muros, o al menos irles poniendo unas ventanas puede facilitar el encuentro con una realidad más objetiva que el verlo todo detrás de una muralla que no nos deja ver. A veces, la falta de libertad para posicionarse y expresarse es una muestra de los temores que a uno le dominan desde un yo que se ve incapaz de posicionarse con firmeza. Así que, quizás, aprender a encontrar la propia posición, a decir un no o un sí y a dejarse ser, sea un buen paso también para construir vínculos más reales. 


Solo desde una realidad más libre y humilde parece será posible el amor entre personas. Siendo quienes somos, limitados y también con nuestros dones, para encontrarnos con otros seres afines a nosotros y así abrir la puerta a los vínculos reales, los que llevan al amor y al don de ser quienes somos realmente.


Nota: imagen de Pixabay: rawpixel