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domingo, 18 de noviembre de 2018

¿SECTAS EN EL SIGLO XXI?



Algunos creen que esto de las sectas es un tema del pasado, y que, en nuestro siglo XXI, ya no es posible caer en manos de grupos sectarios pues estamos mucho más informados que antes, tenemos mucha más libertad para hacer lo que queramos, etc. Pero nada más lejos de la realidad. Siguen proliferando por doquier diversas sectas y minisectas. Parece que incluso es un fenómeno en expansión por todo el mundo, en los últimos años. El tener más libertades y acceso a todo tipo de fuentes de información no significa que tengamos criterio y discernimiento suficiente para no ser engañados por diversos desaprensivos, iluminados o visionarios… Incluso nos hace más vulnerables a ser captados el acceso a tanta información diversa. Muchas sectas también captan por internet.



Para quienes quieren evitar caer en garras de sectas, o para quienes quieren discernir si un ser querido está cayendo en alguna, dejo aquí algunos puntos a tener en cuenta (no hace falta que se cumplan todos):


- Hay un líder o líderes carismáticos y egocéntricos de los que parte la idea de fundar un grupo de estudios, religioso, espiritual, terapéutico, político o con cualquier contenido que consiga aglutinar a gente a su alrededor. Si ésta es gente descontenta, desorientada e insatisfecha con algún tema, mucho mejor. En ocasiones, el líder o líderes pueden no parecer tan carismáticos ni egocéntricos, pues se han montado una fachada de pseudohumildad y amabilidad, pero vemos que su empeño en liderar el grupo, por encima de las iniciativas del resto de miembros, siempre está presente. ¿Por qué no construyen su grupo, de forma más horizontal, con aportaciones de otros miembros? ¿Por qué las charlas, enseñanzas, etc. siempre las dan los mismos?



- En las reuniones, encuentros o retiros hay una dinámica marcada de antemano, dirigida desde la iniciativa del líder/líderes. A veces con alguna o algunas personas que ayudan, con un rol de subordinados o de sumisión incondicional y acrítica al líder/líderes. La estructura de esos encuentros o retiros puede no hacerse explícita de antemano e incluso se oculta previamente a los nuevos candidatos que van a formar parte del grupo.


- Métodos de captación:

o Promesas o propuestas ayuda o de enseñanzas: para el crecimiento personal, para una mejor comprensión de la realidad, para el desarrollo espiritual o religioso, para el cuidado de la salud, para defender la ciencia contra pseudoterapias, para el tratamiento del sobrepeso, para meditar, para defender una causa benéfica, etc. Las excusas para acaparar nuestra atención pueden ser múltiples, siempre dirigidas hacia insatisfacciones, necesidades o preocupaciones.

o Defensa de causas diversas que pretenden mejorar nuestra realidad y que nos invitan a luchar por ello contra quienes no piensen de la misma manera (y nos irán llevando a verles como enemigos). Tened especial cuidado si os hacen sentir como una élite intelectual o espiritual que posee verdades superiores al resto de la humanidad.

o Secretismo que genera mayores expectativas en los posibles nuevos adeptos. En algunos casos exponiéndoles a un pseudoproceso de selección, aparentemente riguroso y elitista. Si a uno se le invita es porque se ha comprobado que lo merece por sus méritos, etc.

o O bien una “inundación de amor” al novato incauto, al que se trata con suma amabilidad y se invita a un encuentro, retiro o grupo mediante estrategias de seducción explícitas o sutiles. La “inundación de amor” o excesiva amabilidad tiende a bajar las defensas de la mayoría de las personas, lo que las hace más vulnerables a ser captadas.


- Dinámicas grupales:

o Imposiciones: quitar teléfonos móviles en los encuentros o retiros, silencio inquebrantable, privación de sueño, prohibiciones o normas rígidas de funcionamiento interno, que no se muestran claramente desde el principio (pues en ese caso a uno se le quitarían las ganas de ir). Estas normas muestran desconfianza en las capacidades de autorregulación de las personas y favorecen la regresión emocional o infantilización al tratarles como a niños pequeños que no saben regularse a sí mismos.

o Favorecer la excesiva expresión emocional, muchas veces sin respeto a la intimidad de quienes participan. Se puede invitar a las personas a exponer sus sentimientos, a veces después de que varios adeptos ya lo hayan hecho, lo que suele bajar las defensas de los incautos, que se pueden ver forzados a exponerse como los demás. Es muy difícil salirse de la dinámica de un grupo que mantiene este comportamiento. Esto puede suceder de una manera sutil y aparentemente amable con dinámicas similares a las terapias grupales (sin ser un contexto terapéutico) en las que se invita a la gente a hablar de cómo se siente, de sus problemas personales, etc. Esto va llevando a que aumente la vulnerabilidad a la manipulación. En casos más extremos se inicia la dinámica con testimonios personales de superación de problemas graves gracias a conversiones religiosas o a la ayuda del grupo, etc. Cuanta más se nos inunde de tragedia y emoción excesiva súbitamente, más debemos sospechar de que podemos estar en un grupo sectario. El ir aumentando el grado de tragedia de los testimonios puede hacer que las personas bajen más sus defensas y hablen públicamente de asuntos muy personales, lo que a su vez les hace aún más vulnerables a ser manipulados. Si a esto añadimos un secretismo excesivo fuera del grupo acerca de lo ocurrido vamos estrechando el cerco de la manipulación. Es comprensible que se guarde secreto de los testimonios compartidos por otros, pero no es comprensible que se deba omitir la dinámica una vez que se está fuera del encuentro. 

Si en algún grupo acabamos contando algo muy personal que no teníamos previsto desconfiemos, seguramente hemos sido manipulados.



o Favorecer excesivas muestras de afecto: en algunas sectas se favorece una familiaridad excesiva desde el inicio. Por ejemplo, los abrazos sistemáticos entre todos sus miembros, las expresiones intensas de cariño, para tratarse de desconocidos, dádivas o regalos excesivos pueden ponernos en una situación de vulnerabilidad y hacernos más fácilmente manipulables.

o Favorecer el infantilismo o regresión emocional: si dentro de un grupo nos acabamos comportando como niños pequeños, sin pretenderlo, es probable que hayamos sido manipulados. Si esto ocurre después de alguno de los puntos señalados anteriormente sospechemos aún más, especialmente si se nos anima a la desinhibición, las lágrimas y nuevamente los abrazos con desconocidos.

Se da mucho más de lo que se recibe: se acaba dando más dinero del previsto, o se acaba dando demasiado tiempo o trabajo de forma gratuita, sin que estuviera previsto de antemano. Preocupémonos por un familiar o amigo que dedica un tiempo creciente a un grupo, del tipo que sea, y que progresivamente se le ve distante, desconectado del círculo habitual de relaciones y que funciona como un adicto que cada vez necesita más tiempo en el grupo sectario, teniendo un decreciente interés en las relaciones personales tú a tú, salvo que puedan posibilitar la captación de nuevas víctimas. Al final, la atención de la persona captada está más centrada en el grupo que en su familia, amigos, trabajo, etc. La dinámica es la de un auténtico adicto, lo que complica aún más las vías de ayuda y de desenganche del grupo por el que ha sido captado.

Se corta o se distancia mucho la relación con quienes se han ido de la secta: son vistos como traidores y se experimenta un odio y rechazo aún mayor que por quienes nunca han estado.

No se tolera el pensamiento crítico, que es rápidamente desviado, suprimido o censurado.


- Separación de la realidad de los miembros de la secta, que se ven enfrentados a quienes no piensen como ellos (lavado de cerebro):

Se crea un enemigo al que se ataca insidiosa e incluso violentamente, en nombre de la verdad, la espiritualidad, la ciencia, etc. Los de la “secta” están en posesión de una verdad superior, frente a los seres ignorantes, pecadores, o cualquier otro término con que se caricaturice a quienes no piensen como ellos. Los demás pueden ser demonizados o descritos como seres desorientados, perdidos o incluso malvados. Las descalificaciones personales, ridiculización o falsa compasión se aplican a quienes piensan diferente, que son el enemigo, estafadores, pecadores, ignorantes, etc. Si vemos en los modos de argumentación con los externos a la "secta" descalificaciones, humillaciones, desprecio, etc., sospechemos de pensamiento sectario. Lo preocupante es que esto incluso se haga, hoy en día, incluso en nombre de la razón y de la ciencia. 



La consecuencia del lavado de cerebro es que se va creando un mundo “burbuja” en el que uno se siente protegido y privilegiado y ve a los de fuera de la secta como personas completamente ignorantes, desdichados, traidores, pecadores, etc. Si con el tiempo sentimos que solo nos entienden las personas de un cierto grupo sospechemos de que estamos siendo manipulados por una secta. Si esto repercute en la conexión con nuestra propia familia y amigos sospechemos aún más. Y, si en general tenemos sentido crítico excepto con las dinámicas o miembros de este grupo, sospechemos también de dicha manipulación. Conozco a personas con un agudo sentido crítico, en las que éste es automáticamente anulado al hablar de los miembros o dinámicas de su grupo sectario.



Habría más puntos a tener en cuenta, que están muy bien reflejados en diversos libros y publicaciones sobre sectas. En este escrito se pretende dar una serie de ideas generales, sobre dinámicas sectarias actuales, con la intención de ampliar la consciencia sobre estos temas y ayudar a que las personas no sean manipuladas y captadas. Aún así, todos podemos ser captados por una secta en un momento de vulnerabilidad o crisis. En esos momentos seamos aún más cuidadosos con las promesas de alivio, felicidad, amistad o ayuda. Puede estarnos acechando una secta... 

La información recogida en este post aúna testimonios de diferentes personas que han sufrido manipulación o intentos de manipulación sectaria, y, en la mayoría de los casos, fenómenos que he podido observar por mi misma. Aviso de que estos fenómenos se dan en todo tipo de grupos: espirituales, religiosos (también dentro de las religiones), políticos, filosóficos, científicos, de meditación, etc.

Nota: Las imágenes de este post han sido obtenidas de Pixabay.

sábado, 25 de noviembre de 2017

VIVIR CON "HERIDAS DE GUERRA"

Imagen de pixabay: Comfreak
Vivimos en la era del “bienestar”. Por todas partes se nos bombardea con ofertas de spa acuático para el relax físico, spa psicológico para el relax mental y spa espiritual para el bienestar del alma… Queremos estar bien a toda costa, eludir el sufrimiento y si este se da, que algo o alguien nos lo quite rápido, pues apenas tenemos capacidad para soportarlo.

Pero la realidad no es así, no está siempre la opción que responde a todos nuestros deseos, o no existe la píldora mágica para la felicidad permanente. El sufrimiento nos lo encontramos todos, antes o después, en mayor o menor grado en nuestras vidas. ¿Quién no ha experimentado alguna vez una “herida de guerra”? ¿Quién no ha sufrido alguna lesión en su vitalidad, confianza, sensibilidad, sentimientos, etc.? ¿Quién no se ha encontrado con personas injustas y egoístas o incluso malvadas que han lesionado su confianza en la vida? Incluso aunque no hayamos encontrado a esos "malos de película", todos nos relacionamos con personas que cometen errores, que se equivocan, que juzgan inadecuadamente, etc.; personas cuyas cegueras y limitaciones lesionan imprudentemente a otros. Experimentando más daños quienes son más vulnerables.  

Imagen de pixabay: Comfreak

De las malas experiencias muchos nos hemos llevado “heridas de guerra”. Una parte de estar vivos implica el riesgo de lesionarse con las vivencias, con las relaciones, etc.. Si camino por la vida me puedo caer o tropezar… Pero ¿esto implica que el riesgo de caerme me haga quedarme en casa para evitar la caída? Si hago esto, haría una lesión más grande a mi existir al quedarme inmovilizada por el miedo a experimentar una lesión o un contratiempo… Además de una herida, añadiría un perjuicio al malestar, como el de privarme de buenas experiencias que ampliaran mi perspectiva y horizonte vital.

Vivir implica un riesgo. De hecho, desde que nacemos podríamos morir. Pero mejor nos olvidamos de esto… Vivimos, inconscientemente, como seres inmortales que aspiran a una sonrisa beatífica permanente como fruto de un bienestar perenne… Algo que parece solo alcanzable si viviéramos siempre drogados o anestesiados. 

Con lo que planteo en este escrito no quiero decir que la felicidad no sea posible, sólo pretendo señalar que la felicidad no es un estado de placer o de risa permanente. Las personas que se consideran felices experimentan sufrimiento, sienten las cosas buenas y sienten las malas. No se quedan enganchadas en lo que las daña y disfrutan lo que les genera placer y bienestar. Experimentan la vida, abren su alma a experiencias que quizás ponen a prueba su propia vulnerabilidad. Sí, vulnerabilidad. Somos vulnerables y mortales. Normalmente queremos olvidarnos del dolor, para vivir en la inconsciencia que nos hace creer que felicidad es lo mismo que placer. No vemos que quizás lo que nos incomoda es también una oportunidad para ver más allá, para fortalecernos, para crecer. La felicidad es mucho más que el hedonismo (buscar placer), es también eudaimonismo (buscar sentido). Es decir, que no es el placer lo único que aporta felicidad, también lo es el eudaimonismo, una forma de encontrar sentido a la vida ligada a poner en práctica valores como el altruismo, o ser capaces de mirar por el bien común, o permitirnos ser creativos, etc. Las personas con felicidad eudaimónica (centrada en el sentido) se deprimen menos que aquellas que buscan felicidad hedónica (centrada en el placer), según muestran diversos estudios.

Por otra parte están los que sacan una cierta “rentabilidad” del sufrimiento. Consciente o inconscientemente la queja constante y el apego a su dolor les proporciona una identidad y sensación de que existen y les sirve para recibir diversas atenciones, o para eludir responsabilidades. Viven en la ficción de que sin estar situados en el rol de víctimas irredentas no existen. Es decir, un personaje llamado “víctima” se ha apoderado de sus vidas, pues así se obtienen algunos beneficios en el día a día. Pero esta actitud solamente sirve para sufrir más, a pesar de que parezca proporcionar unos ciertos beneficios. Ese personaje de “víctima” impide vivir la propia vida, impide la  propia libertad y es una cárcel que perpetúa aún más las “heridas de guerra”, porque supone seguir viviendo durante años como si la guerra no hubiese terminado, en un estado de terrible indigencia emocional y de sufrimiento perpetuo, por muy rentable que sea. Esa rentabilidad no son más que migajas que acaban aumentando la necesidad de existir y de ser querido, desde un lugar que para quién así vive supone no llegar nunca a su objetivo.

Las “guerras” y las “heridas de guerra” existen, pero las guerras suelen ser pasajeras (lo que pasa es que nuestra mente no siempre se da cuenta cuando la guerra ha terminado). Afortunadamente, esas “heridas de guerra” pueden curarse en unos casos, en otros aliviarse, y en caso de no ser posible lo anterior se trata de aprender a vivir con ellas, desde el lado más sano que todos tenemos. Estar con “heridas” no significa ser peor persona, ser inútil o estar incapacitado para tener una vida con sentido (felicidad eudaimónica), aunque cueste más encontrar momentos placenteros. Incluso hay personas “heridas” que han construido sus vidas y las de los demás con una actitud heroica, han sido capaces de mirar más allá de su propio sufrimiento, aprovechándolo para darse cuenta de que hay más “heridos” con los que hacer el camino y que es mejor acompañarse unos a otros en construir la realidad que solidificar burbujas heladas alrededor suyo que vuelven más dolorosas las heridas.

Las “heridas de guerra” ahí están. Son una muestra de nuestra vulnerabilidad como humanos que somos. No somos dioses, aunque a veces nos podamos creer esas ficciones narcisistas tan limitadas en las que parece que lo único que importa es la obtención del propio placer y queramos alargarlo indefinidamente. Probablemente, si esto algún día fuera posible, acabaríamos atrofiados, reblandecidos, obesos y tan limitados como los humanos de la película Wall-E, que acaban incluso perdiendo parte de sus huesos al no caminar, pues van sentados todo el día en una máquina que también les entretiene.



Como contraste tenemos los caminos de tantos héroes anónimos que luchan por un mundo mejor. Un ejemplo puede ser el de Frodo en “El Señor de los Anillos” que a pesar de sus “heridas de guerra” y limitaciones sigue luchando hasta el final por cumplir su misión, pues tiene un sentido para él. Ha asumido su responsabilidad para el bien de todos.



Ante las “heridas de guerra” asumamos nuestra responsabilidad por hacer lo posible por sanarlas (al menos del rencor ante quién las produjo, pues las envenena doblemente), y mientras no se alivian, o en el caso de que no puedan curarse acordémonos de todas las partes sanas de nuestra realidad bio-psico-socio-espiritual desde las que podemos seguir construyendo una realidad mejor para todos, con el ejemplo de una actitud que quizás ayude a salir adelante a nuestros hermanos heridos. Aunque unos heridos puedan más que otros, unos caminen y otros no, unos puedan elegir la mejor actitud y otros no, unos puedan reír y otros no… Tengamos o no heridas graves siempre está la opción de aportar algo desde los más pequeños detalles, hasta la más grandes obras. El dolor es una experiencia común a todos y lo que podamos hacer por aliviar el propio y el de otros siempre aportará más sentido que buscar el mero placer. Ojalá podamos pasar de la búsqueda del bienestar permanente, a la búsqueda del “bien-ser” progresivo…


Diariamente encuentro en muchos de mis pacientes a esos héroes anónimos que me muestran como son capaces de seguir viviendo incluso con graves “heridas de guerra” y que tienen la humildad de dejarse acompañar o de guiar en nuevos caminos, desde la supervivencia a la Súper-vivencia. Gracias a todos ellos por enseñarme tanto cotidianamente.

domingo, 26 de marzo de 2017

LA REVICTIMIZACIÓN DE LAS VÍCTIMAS EN LA VIDA COTIDIANA




Todo ser humano ha sido víctima alguna vez. Todos, de una manera o de otra hemos sido víctimas de algún daño, sea éste grande o pequeño, puntual o repetido. Por lo tanto, este es un tema que nos atañe a todos.

En los años que llevo de práctica profesional y fuera de mi ámbito laboral me encuentro, con frecuencia con personas que me cuentan situaciones muy duras que las han dañado y de las que les cuesta recuperarse. Pero en todo esto hay algunos fenómenos que últimamente me han llamado más poderosamente la atención por no haber reparado previamente en ellos, o porque quizás los libros que he estudiado no lo explicaban con suficiente claridad. Este fenómeno tiene que ver con revictimizar a las víctimas, es decir, volver a agredir (consciente o inconscientemente) a las víctimas por diversas razones, agrandando así el daño que ya llevan sobre sí. Otro fenómeno paralelo a este es el de cuando las víctimas se revictimizan a sí mismas por diferentes motivos, entrando en dinámicas o en situaciones que las pueden hacer más vulnerables. En ambos casos se generan dinámicas que aumentan las heridas y los daños de quienes ya vienen dañados por diferentes factores.

No entraré aquí en dinámicas de revictimización que normalmente se dan desde las instituciones sanitarias, políticas, judiciales, sino que partiré de situaciones que se dan más cotidianamente y que por ello pueden llegar también a ser muy dañinas.

Los fenómenos que más he detectado en relación con la revictimización de las víctimas son los siguientes:

1.-  Cuando les agrede otra persona:

-    Incomprensión: muchas veces es complicado entender a una persona herida. Por una parte por ignorancia, pues es difícil entender procesos que no hemos vivido o con los que no hemos tenido una relación previa. Por otra parte porque la persona victimizada puede estar tan dañada que su propio caos psicológico y fragmentación interna le haga difícil explicarse. Si a todo esto unimos falta de empatía o la aplicación mecánica de procedimientos de ayuda social (los famosos protocolos) o la aplicación también mecánica de estrategias psicoterapéuticas, el cóctel dañino está servido.

-       Culpabilización: cuando se le dice a la víctima que tiene la culpa o la responsabilidad de lo que le ha pasado o de lo que le está pasando. Una variante perversa es lo que se ha llamado “luz de gas”, que es una forma de “darle la vuelta a la tortilla” que hacen algunos maltratadores, para que la víctima acabe dudando de sus propias percepciones y crea que es ella la responsable de lo que le sucede porque no entiende bien la realidad, está “paranoica”, etc. El colmo de la culpabilización de las víctimas son los discursos irracionales Nueva Era en los que se le dice a la gente que ellos “atraen” lo que les pasa para “aprender” o para “tener experiencias”. También se les acusa de su inconsciencia o de haber aguantado tanto, sin tener la más mínima dosis de sensibilidad y empatía hacia el proceso de otro, cuyos aspectos más profundos desconocemos. ¿Los refugiados sirios se han buscado lo que les ha pasado? ¿Se lo han buscado para aprender? Realmente suena muy desconsiderado afirmar algo en este sentido.

-       Agresión manifiesta: a veces se agrede a quienes han sido víctimas porque al no entenderlas éstas se desesperan y no saben como explicar desde su desesperación lo que les pasa. En estos casos su actitud puede llegar a ser incluso agresiva u hostil o desagradable y esto hacer que nuevamente reciban agresiones de todo tipo.

-       Curiosidad: a veces se escarba en las heridas de estas personas por una cierta curiosidad morbosa de saber de los entresijos del alma humana, pero sin la más mínima sensibilidad por respetar al otro, el entrar en el alma de otra persona es la entrada en un espacio sagrado. Hay quienes llegan a entrar como un elefante en una cacharrería sin el más mínimo atisbo de sensibilidad, simplemente por vouyerismo emocional.

-       Abandono: es una forma de agredir en el sentido de que si alguien nos pide ayuda y no le respondemos adecuadamente le estamos haciendo daño. En casos en los que una persona está dañada es muy importante la acogida desde el respeto y el amor, pero también el aportar una estructura en las que las víctimas se sientan sostenidas espacial y temporalmente. Es decir, que cuando una persona está pasando por un momento difícil es importante mostrar interés y una disponibilidad estructurada en la que se diga de cuanto tiempo se dispone, y se exprese con claridad cuál es el próximo momento en el que se va a producir un encuentro. Es importante, al menos en los peores momentos facilitar una temporalidad (cada semana, cada 15 días, etc.).  Esa estructura también es una forma de poner límites, pues quien está en esa situación puede tener más difícil ver los límites de los demás y cansarles.

-       Miedo: sí, miedo. Algunas personas se asustan de las personas dañadas porque ven reflejadas las propias heridas que no quieren afrontar. El sufrimiento de otro puede generar temor en quién no quiere tener relación con el sufrimiento propio, por miedo a sentir su propio dolor.

-       Actitudes salvadoras: cuando se dan para reforzar la propia autoestima por ser buenos y caritativos con ellas. Si esto se hace desde una postura egocéntrica, el ayudador puede utilizar su actividad salvadora para sentirse importante y no para implicarse realmente con la persona que sufre. Este tipo de personas no se implicarán realmente en el proceso de la víctima, pero sí serán adictos a exponer sus méritos como salvadores. En estos casos, además de la falta de humildad se proyecta en la víctima las partes de uno que no están siendo atendidas y así salvando a otros, uno se olvida de hacer algo para ayudarse a sí mismo y curar las heridas propias.


2.- La agresión que pueden provocar las víctimas, inconscientemente:



           
-       Demanda excesiva: el estar mal puede dificultar el ver los límites de otros, precisamente porque no se ve bien la realidad por el dolor que produce la desesperación y que lleva a estarse comportando en un modo más egocéntrico y regresivo por pura necesidad, cuando se está en ese estado de víctimazación.

-       Lenguaje confuso: por la herida psicológica que les impide captarse y expresarse con claridad.

-       Miedo: derivado de la desconfianza de haber sido agredidas.  Lo que puede llevarles a conductas de poner distancia con los demás y que esto les impidan recurrir a pedir la ayuda adecuada al no sentir que puedan confiar en nadie. Este miedo muchas veces se intensifica por la falta de comprensión de los otros que hace que la víctima se retroalimente en que no puede ser comprendida, ayudada, etc.

-       Agresividad: la desesperación puede llevar a que no siempre sepan comportarse con respeto hacia otros y pueden llegar a una actitud agresiva manifiesta.

-       Identificarse con el rol de víctimas: porque a veces puede reforzar un sentido de identidad o de realidad, porque es lo que se conoce. Este puede ser uno de los peores daños que le puede hacer la mente de una víctima a sí misma pues puede dificultar mucho que se vean como seres humanos dignos de respeto y de comprensión, y que les cueste creer que son dignas de ser atendidas, bien tratadas y, lo que es más importante, de trascender la idea de sí mismas que la situación de ser maltratadas o agredidas les ha generado.

Seguramente se os puedan ocurrir más cosas. Con este post al menos pretendo hacer evidentes algunas posibilidades, para así aumentar la sensibilidad y la consciencia ante estos temas y tratar de evitar caer en este tipo de actitudes. Ojalá sea posible romper la cadena del daño y de la irresponsabilidad inconsciente frente a las personas que sufren y que se las pueda ayudar a ayudarse a sí mismas de la mejor forma.

Necesitamos aprender a escuchar mejor, a conectar con los demás, a darnos cuenta de que solamente puede hablar de cómo se siente quién está sintiendo lo que sienta, a tener más humildad acerca de nuestras capacidades de comprensión y sobre todo aprender a respetar y a darnos cuenta de que el otro también somos nosotros. ¿Por qué no plantearnos de vez en cuando nuestro grado de responsabilidad en hacer un mundo mejor cotidianamente desde una actitud más consciente, responsable, compasiva y humana?