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viernes, 29 de mayo de 2026

CUANDO EN LA PSICOTERAPIA NO SE ENTIENDE UNA CRISIS EXISTENCIAL. UN EJEMPLO DE LA FICCIÓN

    


Imagen que simula sesión de terapia online (creada con Canva)


    En mi novela "De otro mundo", he tratado de mostrar de forma didáctica diversos aspectos de cómo viven las crisis existenciales las personas superdotadas y he mostrado posibilidades de evolución de las mismas a través de diferentes personajes. A continuación, os dejo un fragmento de la novela en el que su protagonista (Aurora) tiene una sesión de psicoterapia con su psicólogo (Benito). Aurora es una psiquiatra superdotada que trabaja en la universidad como becaria y sufre una situación de abuso académico por parte de su jefa, la catedrática narcisista Esmeralda Queen.

    En este capítulo pongo de manifiesto, de una forma caricaturizada, varios errores que comete su terapeuta a la hora intentar de orientar a su paciente ante lo que le pasa y, sobre todo, el riesgo de no entender que ciertas preguntas, sufrimientos e inquietudes pueden ser una puerta de acceso a una mayor sabiduría o sentido en la vida. He intentado reflejar experiencias que me han contado varios de mis pacientes superdotados cuando no han logrado entendidos por sus psicólogos o psiquiatras, en las crisis existenciales que han sufrido.

    Quiero aclarar que mi intención con este fragmento no es criticar ninguna orientación psicoterapéutica concreta, sino invitar a reflexionar sobre una pregunta: ¿qué ocurre cuando intentamos silenciar preguntas que quizá necesitan ser escuchadas?

    En otro post haré explícitos los errores terapéuticos que pongo aquí de manifiesto. Antes os animo a señalarlos vosotros. ¿Qué os parece erróneo en esta intervención?


SESIÓN DE TERAPIA FALLIDA:

Benito siempre intentaba ayudarla a adaptarse más a lo que le parecía lo más adecuado, para que funcionara productivamente, empujándola a ir saliendo de sus absurdos pensamientos neuróticos.


Cuando Aurora entraba en sus crisis existenciales, se sentía angustiada y no se veía capaz de pensar con claridad. No sabía cómo podía llegar a ahondar en el significado de sus inquietudes más profundas. Temía que, si profundizaba en ellas, podría llegar a abrirse en ella un abismo de sufrimiento inmanejable, tal y como su psicólogo le advertía que podía llegar a pasarle. Por este motivo, hacía ingentes esfuerzos por acallar sus angustias, intentando olvidarse de sí misma y logrando llegar a un silenciamiento mental con las gafas[1] de Esmeralda. Al menos, al usarlas, se paraban sus pensamientos y su angustia se calmaba. Así lograba desconectarse del dolor, pero también se acababa sintiendo alienada de todo. La única ventaja que encontraba con ese sistema de anestesia era que llegaba a estar más indiferente y despreocupada frente a todo lo que la inquietaba. Aunque cada vez las usaba menos, porque no acababan de convencerle las sensaciones que le provocaban.


Benito conocía las crisis de Aurora, pero solo sabía inducirla a ignorarlas, haciendo énfasis en que ella intentara ser lo más normal posible, enfocándola en lo que le sirviera para estar bien. Le parecía que Aurora se empeñaba en pensar cosas raras que no la llevaban a ningún sitio. No la estimulaba a comprender qué era lo que la inquietaba, porque consideraba que se trataba de un terreno resbaladizo y peligroso en el que no había que asomarse en absoluto. Benito era incapaz de comprender lo que le pasaba a su paciente. Creía que el pensar como lo hacía ella en sus crisis era un síntoma de una neurosis obsesiva y el camino hacia una depresión profunda. Para él, poner atención en lo que le surgía en ese estado no llevaba más que a un sufrimiento neurótico infinito que no tenía ningún sentido. Así que su objetivo terapéutico consistía en enfocarla en las cosas que él creía que la motivarían a estar bien. Por ello se sentía orgulloso de haberla sacado, una y otra vez, de un abismo depresivo, en el que Aurora no podía encontrar más que oscuridad y vacío. 


Las inquietudes de Aurora le ponían frente a su propia incapacidad para hallar un sentido consistente para su vida. Por este motivo le resultaba más fácil convencerla de que debía salir de sus obsesiones y de que lo importante en la vida eran el éxito profesional y la superación de sí misma. Como ella tenía mucho talento intelectual, era necesario “explotarlo”. Solo así llegaría, por fin, a ser feliz de verdad. Intentaba así inculcar a su paciente su visión de la vida (en gran medida insertada en su mente por Esmeralda). Para lograrlo le decía frases como: “Sigue con tus proyectos y céntrate en conseguir más resultados”, “Haz listas de dificultades y anota cómo haces para salir de ellas y empieza con lo que te resulte más fácil”. Como Aurora tendía a ser demasiado sugestionable, acababa aceptando lo que le decía su terapeuta, porque suponía que sabía lo que hacía, tratando de adaptarla a lo que se consideraba “lo normal”. Pero, a pesar de su “adaptación”, Aurora no podía impedir “recaer” periódicamente en nuevas crisis que le hacían preguntarse por el sentido de todo. Cada vez resurgían en ella de una forma más acuciante e intensa. Aurora se había dejado convencer de que lo suyo era parte de un trastorno neurótico con el que tendría que convivir toda la vida, pues no acababa de dar con una solución definitiva a sus problemas existenciales recurrentes.


Mientras Aurora se preparaba para la cita online que tenía con Benito, imaginaba cuáles serían ese día las respuestas de su terapeuta: “Aurora, no te compliques la vida, tienes creencias irracionales que te hacen creer que tus pensamientos negativos reflejan algo real, pero escuchándolos no lograrás nada”. “¿Otra vez te estás comiendo el coco, para qué?” “No des tantas vueltas a la cabeza, tienes pensamientos obsesivos de los que te tienes que distraer, sabes perfectamente cuál es el sentido de la vida, no te distraigas con discos rayados que no te llevan a ningún sitio”. “Céntrate en el presente y en tus sensaciones; el presente es lo único que existe, no pienses y no juzgues tanto; hacerlo te aleja de lo esencial”.


En otras ocasiones, estas ideas de su psicólogo le habían ayudado a dejar de lado sus inquietudes existenciales, con una sensación aparente de alivio de su malestar. Pero esta vez esas frases que venían a su mente le resultaban vacías y absurdas. ¡Sí que tenía que estar mal si no le servían de nada! Por primera vez, después del tiempo que llevaba en terapia con su psicólogo, no le aportaban nada. Le parecían estúpidas. ¿Y no sería que su psicólogo se sentía incómodo con estas cuestiones porque no sabía abordarlas? ¿No sería que no la comprendía? 

Se sintió triste por pensar mal de él, pues siempre la había tratado con respeto y con cariño. Por un momento tuvo la sensación de que le venían estos pensamientos porque se activaba en ella su perfeccionismo, su hiperexigencia y su tendencia a ver todo de manera diferente al resto de la gente, por ser una friki incorregible. ¿Y por qué no dejarse ser como fuera? ¿Qué problema había en dejarse ser rara? Por un momento tuvo la sensación de que sus inquietudes existenciales tenían algún valor. Quizás había en ellas algo constructivo que ponía en marcha una búsqueda de sus anhelos más profundos. ¿No la llamarían a mirar la vida de otra forma? ¿No aparecerían en ella recurrentemente estas preguntas por algún motivo? ¿No era inapropiado acallarlas si podían tener algún tipo de respuesta? Y, si no tuvieran respuesta, ¿por qué no permitirse ahondar en ellas hasta sus últimas consecuencias? Pensar de este modo le fue trayendo un cierto alivio y más tranquilidad, a pesar de no entender muy bien qué le pasaba. 


Cuando empezó la consulta con Benito, Aurora le describió sus actividades del día, le habló de sus dificultades con sus tareas académicas y de las incomodidades que le provocaba su jefa. Esta vez no tenía ganas de hablarle sobre las cuestiones existenciales que ya sabía que iban a ir siendo sepultadas e ignoradas por él. ¿Para qué volver a ellas? Así que decidió centrarse en otros temas más banales y desahogarse hablando de lo que la disgustaba cada día en su trabajo:


—Estoy cansada por el trabajo intenso de los últimos días. Tengo la sensación de que Esmeralda se aprovecha de mi tiempo sin consideración. Por este motivo, mi visión de ella no es tan buena como antes. Muchas veces me da tareas demasiado simples cuando paso de ser su becaria a ser su secretaria. Yo no me he metido a ser becaria para hacer trabajos que no me corresponden. Me siento desmotivada y creo que tendría que hacer más con mi doctorado. Estoy atascada con ello, lo que me hace sentirme bastante mal. Además, Esmeralda apenas me orienta y casi es mejor ni preguntarle, porque me dice perogrulladas y me da consejos muy básicos. No sé si sabe tanto como dice. El otro día le pregunté por un procedimiento estadístico y me remitió a chatear con una IA. Está demasiado enfocada en sus conspiraciones políticas y en agradar a los poderosos que la favorecen. Siento que no le importo más allá de mi rendimiento; quizás mi trabajo solo le importa como medio para alcanzar más éxito y protagonismo. Por no hablar de su ambición desmesurada por ganar dinero a toda costa, aliándose con quien haga falta para conseguirlo. Por otra parte, aunque habla de meditación y de espiritualidad, sus conductas no parecen coherentes con lo que predica. Yo no la veo muy pacífica y ecuánime; constantemente tiene ataques de ira por nimiedades. Solo parece feliz cuando consigue ser alabada y admirada por otros. Incluso presume de ser “encantadora de serpientes” cuando hace gala de su capacidad para manipular a otros, lo que me resulta muy desagradable. Pero quiero pensar que en el fondo es buena, porque en algunas ocasiones es amable conmigo. No sé qué traumas de su infancia han condicionado sus conductas egocéntricas. Sí que ha tenido que pasarlo mal en la vida la pobrecilla. —Nuevamente Aurora caía en su cierta tendencia a justificar las malas acciones de sus semejantes y así también trataba de compensar la culpabilidad que sentía por criticarla.


Benito la escuchaba con atención, pensando en qué podía aportarle que pudiera resultarle útil. A la vez, se sentía incómodo con las críticas dirigidas a Esmeralda, a la que admiraba profundamente. Por ello, prefería pensar que las quejas de Aurora eran producto de sus síntomas neuróticos que la hacían incapaz de tolerar pequeñas frustraciones. 


Mientras escuchaba a Aurora, decidió estructurar su aportación para que fuera más científica y eficaz. También quería impresionar a Aurora con su profesionalidad. Para ello decidió que el paso 1 de la sesión del día sería escuchar y aparentar aceptación incondicional con una sonrisa, a pesar de sentirse incómodo con lo que su paciente decía. Después de aplicar el paso 1 durante unos 10 minutos, pasaría a aplicar el paso 2, dándole la indicación de concentrarse en algo positivo. Gracias a su afición a los libros y apps de autoayuda, tenía un abundante repertorio de frases e ideas suficientemente buenas para neutralizar las quejas que consideraba absolutamente improductivas y absurdas. Él ya se había aplicado a sí mismo ciertas reprogramaciones mentales para ser más positivo. Además, usaba con frecuencia las gafas de silenciamiento mental de Esmeralda, por las que se sentía inmensamente agradecido. Gracias a ellas había podido dejar su propia psicoterapia porque ya no tenía que pensar en nada que le preocupara. Debido a estos efectos que consideraba terapéuticos para sí mismo, había llegado a la conclusión de que Esmeralda era un genio de la psicoterapia. Motivo por el cual estaba totalmente entregado a su causa. Su dinámica de entrega y sumisión supuso que fuera elegido por ella como un colaborador cercano y que le encomendara el trabajo de hacer psicoterapia a sus becarios, para que lograra que acabaran funcionando según los parámetros “adecuados”. 


Después de que Aurora expusiera sus quejas, Benito le dijo:


—Entiendo por lo que debes de estar pasando y te comprendo; debe de ser muy duro sentirse así (utilizó una frase de terapeuta principiante para aparentar una respuesta empática).  Pero veo que estás siendo demasiado negativa con Esmeralda. Ella te ha dado una magnífica oportunidad. Has de ser menos exigente y perfeccionista. Has de saber que a veces Esmeralda baja el nivel del trabajo de sus discípulos para que trasciendan sus egos y así se vuelvan más sabios (no decía esto totalmente convencido, pero estaba obligado a decirlo así). Es una gran maestra. Conmigo lo hizo muchas veces durante el primer año del doctorado, hasta que aprendí a captar su sabiduría y pude ver muchas cosas igual con su perspectiva de persona iluminada. Cuando ya empecé a percibir todo con claridad y acepté su forma de trabajar, es cuando realmente crecí como profesional y como ser humano. Es más, gracias a sus gafas silenciadoras es como finalmente he alcanzado la plenitud iluminada del no pensamiento. Sé que te resistes a veces a usarlas porque te gusta experimentar demasiado con tus pensamientos. Aún tienes demasiado ego, lo que dificulta tu proceso. Deberías usar más las gafas cuando te vienen pensamientos tan negativos hacia la persona que tanto te ha ayudado. Así es como vas a encontrar finalmente tu mejor versión y a triunfar. ¿No quieres encontrar tu mejor versión? Cuando la encuentres, llegarás al mejor estado posible de existencia y lograrás llegar al triunfo que te mereces. Entonces todos creerán en ti y triunfarás. El éxito o el fracaso dependen de lo que atraes con tus actitudes; solo busca tu mejor versión. —Benito repetía las consignas de Esmeralda para intentar lavarle el cerebro con ellas. 


—No acabo de estar convencida de lo que me dices y aún menos de lo de mi mejor versión. ¿Cuál es mi mejor versión? ¿Cómo es? ¿Siempre será la misma o cambiará? ¿Y para qué quiero el éxito? ¿De qué me sirve? ¿Para qué buscar otra versión de mí? Quizás no me convenza lo que dices porque tenga un problema de orgullo y de rebeldía, como ya me has señalado otras muchas veces. ¡El dichoso ego! Lo que pasa es que ahora siento que necesito hacer las cosas a mi manera, aunque corra el riesgo de fracasar por culpa de mi “ego”. No obstante, tengo claro que cuando he hecho las cosas a mi manera, no me ha ido tan mal. Ahora no sé por qué estoy tan inhibida a la hora de fiarme de mi criterio. En estos momentos no entiendo bien qué es lo que falla, ya que hago todo lo mejor que puedo. Quizás me equivoco al estar molesta con lo que no me acaba de gustar y porque pienso más de la cuenta. No puedo evitarlo. ¿Sabes que a veces, cuando Esmeralda me dice que hago todo demasiado bien, parece crispada por ello? No sé por qué le molesta tanto. No sé cómo es posible que le dé envidia que yo sepa algo que ella no sabe. Es absurdo, pero a veces llega a darme esta sensación. Y te aclaro que tampoco me atrae la idea de tener éxito como tú lo planteas. A mí lo que me aporta alegría es la sensación de éxito que surge como resultado de hacer bien algo que merece la pena. Para mí el éxito es una consecuencia, es la satisfacción que emerge de estar en sintonía con lo que me parece valioso. Si pienso en el éxito como un fin al que hay que supeditar todo lo demás, tengo la sensación de que me estoy prostituyendo de algún modo.


Benito la interrumpió súbitamente, pues la palabra “prostituyéndose” la sintió como una espina envenenada que le confrontaba con sus propias conductas. Y era inadmisible que una paciente le confrontara a él, dado que tenía que ser superior a cualquiera de ellos (idea absurda que en el fondo encubría sus grandes inseguridades).


—Aurora, ¡qué barbaridad dices! ¡Seguir la propia vocación y hacerlo todo bien a toda costa no es prostituirse! Es cierto que a veces hay que ceder, frenar el orgullo, dar la razón a quien no la tiene, aliarte con personas repugnantes y hacer excesivos “favores”, que pueden llegar a ser bastante desagradables, pero resulta que el mundo está hecho así. Y todos tenemos que sobrevivir como podamos. No puedes vivir en las nubes pensando que las cosas ocurren como si estuviéramos en un mundo ideal. ¡Eso no existe! Tu perfeccionismo y tu moralismo a veces son excesivos y pareces creerte mejor que nadie. ¿Nunca has pensado que puedes ser molesta con tus actitudes de superioridad moral? Tu neurosis obsesiva puede ser muy desagradable. ¿Lo sabías?


Aurora se quedó perpleja y desconcertada ante esa respuesta. Benito le estaba haciendo luz de gas, culpándola a ella de los problemas que le generaban otros. Notaba cómo su psicólogo la estaba queriendo dirigir en una dirección con la que ella no se identificaba en absoluto. El malestar interno que llevaba acumulado por diversas circunstancias la llevó a perder la paciencia y a no controlarse, como solía hacer habitualmente. Respondió a Benito también interrumpiéndole y en un tono con el que no la había escuchado antes:


—¡Ya no puedo más, Benito! ¡Te estás pasando y no sabes ni de lo que hablas! ¡Siento que me das consejos estúpidos! Sé que soy rara y que no es tu culpa que yo sea una paciente atípica. ¡Pero no puedes ayudarme, no tienes ni idea de lo que me pasa! ¡No me entiendes! A veces pareces mi enemigo y tengo la impresión de que quieres suprimir lo que soy, como si pretendieses encajarme en un esquema preestablecido que consideras válido e igual para todos. ¡Y yo no soy un mono de feria al que puedas domesticar! ¡Quédate con tus consejos de pacotilla! ¡Son estúpidos! ¡Y no me hagas luz de gas! ¡Eso es maltrato! No voy a dejar que me manipules. —Aurora respiró hondo tres veces, dándose cuenta de que había perdido los papeles y de que necesitaba calmarse. Al mismo tiempo, se sentía liberada.


Entretanto, Benito la observaba desconcertado y nervioso, sin saber qué decir. Nunca se hubiera esperado una reacción así de Aurora, ya que siempre era muy educada y correcta. Creía que después del tiempo que llevaba con ella ya la tenía bastante controlada. De repente parecía haberse derrumbado todo su trabajo. Se sentía tenso y desconcertado por haber perdido el control de la situación. Se puso las gafas de no pensar para no angustiarse más. No quería tener la posibilidad de cuestionarse a sí mismo en algo. Cuando las gafas empezaron a hacerle algo de efecto, respondió a Aurora de una forma mecánica, que correspondía a las instrucciones del último libro que había leído sobre momentos incómodos con pacientes difíciles. Ya no recordaba el contenido exacto de lo sucedido, pero sí que se había dado un momento tenso, pues lo tenía apuntado en su libreta electrónica.


—Veo que necesitabas expresar algo complicado para ti, ¿quieres que hablemos de algo más? Comprendo cómo te estarás sintiendo —dijo Benito de forma protocolaria y mecánica.


—¿Me comprendes? ¿Qué comprendes? ¿Ya estás con las frases hechas de manual? ¡¿Y con las gafas?! No entiendes nada. —Por un momento Aurora se dio cuenta de que estaba siendo demasiado dura con él y cambió su tono—.  Disculpa mi reacción y mis palabras, Benito. Llevo unos días pasándolo mal y he perdido los nervios. Mejor vamos a terminar la sesión por hoy. No tengo fuerzas ni ganas de contarte nada más y necesito reflexionar a solas acerca de lo que me sucede. Quiero también pensar en si sigo o no en terapia contigo. Sé que quieres ayudarme, pero tengo la sensación de que algo no acaba de encajar entre nosotros e inseguridad acerca del proceso que estamos haciendo. No veo que realmente me ayudes. Más bien siento que lo que me aportas me entorpece cada vez más. Además, me da muy mala espina el que te hayas puesto las gafas de no pensar en mitad de una sesión. ¿No ves que te pones en evidencia? ¿No tienes más recursos para manejar la situación? 


Benito se había puesto colorado y sudaba, a pesar de que las gafas amortiguaban parte del golpe de las palabras de Aurora. Le respondió de nuevo de forma mecánica, siguiendo el protocolo correspondiente:


—Comprendo cómo te estarás sintiendo y respeto tus decisiones. Como sabes, solo expresando plenamente tu potencial llegarás a ser feliz y exitosa y a ser tu mejor versión. —Después de sus frases hechas, la volvió a mirar con atención, omitiendo la cuestión de las gafas, que se quitó rápidamente al sentirse confrontado por ello.


—Muy bien, quítate las gafas. Otra vez me dices frases hechas que no me dicen nada. Y ya veo que no quieres ni mencionar las gafas porque te he pillado desconectándote en mitad de una sesión. ¡Qué patético me parece que no se te haya ocurrido nada mejor! —le respondió Aurora con crispación. Benito, tengo que pensar con calma en qué hacer a partir de ahora y, si pierdo la beca, me haré influencer o reparadora de drones oxidados. No sé, ya veremos. Se me da bien la mecánica, o lo que haga falta para sobrevivir. Voy a leer, de todas formas, las condiciones de mi beca y así veré qué puedo hacer exactamente. Supongo que quieres algún bien para mí —Aurora se iba dando cuenta de que ya no creía en ello realmente— y sé que no te lo estoy poniendo fácil, pero estoy en un momento en el que necesito aclararme yo sola. Hoy no me estás ayudando en absoluto. Más bien me parece que me estás frenando y manipulando. E intuyo que has podido hacerlo otras veces, aunque no me haya dado cuenta de ello. Menos mal que estoy empezando a despertarme.


Benito estaba poniéndose de nuevo nervioso, ya que no tenía las gafas puestas y no sabía qué responderle. Aun así, se esforzó en responderle, aparentando profesionalidad, después de ajustarse la corbata.


—¿Quieres que hablemos más de ello? De verdad que me gustaría poder ayudarte —dijo Benito con gran inseguridad, para ver si así Aurora se calmaba y no cortaba la sesión abruptamente. Aunque, por otra parte, lo estaba deseando porque no se lo ponía nada fácil. Su inquietud aumentaba aún más al pensar que si Aurora leía a fondo las condiciones de su beca, podría darse cuenta de que no tenía por qué seguir un tratamiento psicoterapéutico con nadie asignado por Esmeralda. No era algo absolutamente obligatorio.  Para que Aurora no lo descubriera, Benito hizo un nuevo intento por disuadirla.  —No hace falta que leas las condiciones de la beca, que son muy largas y un rollo; yo te las puedo explicar cuando quieras —así intentaba salir del paso.


—Hoy no me apetece hablar más, Benito. Me gustaría reflexionar un poco más sobre todo esto, aunque tú siempre me recomiendas que no piense y que siga ciegamente las indicaciones de Esmeralda. Muy bonito. Pretendéis saber más que yo misma acerca de lo que me pasa y de lo que me puede ayudar. Pero siento que, si no me dejo un tiempo para pensar en lo que quiero, me voy a sentir peor. Sería traicionarme a mí misma al no tomarme en serio mis propias inquietudes. Igual estoy empeorando mi neurosis obsesiva, ¡quién sabe! Pero ahora mismo quiero bucear un poco en ella. ¿Y si lo que me pasa no es una neurosis obsesiva? ¿Y si es otra cosa? ¿Y si se trata de la voz interna de mi conciencia que quiere comunicarse conmigo? ¡Quién sabe! Y, con respecto a las condiciones de mi beca, como comprenderás, estoy bastante acostumbrada a leer rollos de todo tipo, así que no es problema, no te preocupes, soy capaz de leerlo yo sola. Gracias por tu inestimable ayuda —le dijo con un tono irónico.


—De acuerdo, como quieras, Aurora. ¿Nos vemos la semana que viene? —al decir esto, Benito omitía lo que Aurora había dicho de dejar las sesiones con él. Así hacía un intento desesperado por reengancharla.


—Vamos a cancelar la sesión de la próxima semana y te digo algo más en unas semanas. Como ya te he dicho, quiero pensarme si seguir o no en terapia contigo. Eres un psicoterapeuta respetuoso y con experiencia, pero no sé si eres capaz de comprenderme. Ya te diré algo.


—Está bien. Espero entonces tus noticias —dijo Benito con una tensión contenida y mal disimulada, pues temía lo que le podía caer encima cuando Esmeralda supiera que Aurora quería dejar la terapia. Además, Aurora le inquietaba porque ponía de manifiesto su incompetencia para pensar en temas demasiado profundos. —Espero que te vaya bien con tus reflexiones y que escojas la mejor opción para ti, que pienso que es seguir conmigo.


—Sí, sí, Benito. Como seguir contigo no hay nada, ¿no? Bueno, te dejo, que aún tengo cosas que pensar, ponte tus gafas y olvídate de mis problemas. Ya te daré noticias. Que descanses y que todo te vaya bien. 


En estas últimas palabras y en su tono estaba ya implícito que Aurora había tomado una decisión, aunque ella no fuera plenamente consciente. Benito ya no le inspiraba ningún respeto.


—De acuerdo. Espero tus noticias. Y sí, mejor me pongo las gafas, que son lo mejor que hay para tener paz mental y llegar a ser ciudadanos ejemplares, no lo olvides.


—Sí, claro que sí. ¡Cómo olvidarlo! Buenas tardes, Benito.


—Buenas tardes, Aurora.


Después de cortar la comunicación, Aurora se sintió tensa a la vez que liberada. No era habitual en ella hablarle a alguien en ese tono. Le gustó la versión de sí misma que había surgido. ¿Sería esa su mejor versión? Seguramente esa no era la “mejor versión”, según Benito. Pero ya, afortunadamente, le importaba bastante poco su opinión.

 




¿Alguna vez te has sentido comprendido por un profesional cuando intentabas explicar algo importante de tu experiencia interior? ¿O sentiste que hablaban un lenguaje distinto al tuyo?


Si queréis saber cómo sigue la historia os invito a leer mi novela "De otro mundo" (disponible en Amazon).





[1] Hace alusión a unas gafas que hacen que se silencie la mente de quién se las pone



domingo, 25 de enero de 2026

NARCISISMO Y ALTAS CAPACIDADES



Desde hace unos años investigo la cuestión del narcisismo porque ante la pandemia narcisista que vivimos y, ante el aumento de víctimas de abuso narcisista, considero que es necesario entender mejor qué está pasando y protegernos adecuadamente (del narcisismo ajeno y del propio). También he ido investigando en paralelo, sobre altas capacidades, dado que cada día son más pacientes con estas características quienes buscan psicoterapias con una orientación existencial. Gracias a los conocimientos previos sobre narcisismo, he podido detectar en ámbitos relacionados con las altas capacidades, ciertos elementos narcisistas sobre los que tenemos que estar conscientes y prevenidos. Creo que se puede decir mucho sobre ello, y que es necesario cultivar las propias capacidades desde la humildad y no desde la identificación con ellas.

Aparte del mayor riesgo de narcisismo que tienen quienes destacan en algún ámbito de la vida, también hemos de ser conscientes del riesgo que tienen de ser explotados quienes tienen alguna capacidad superior, como he puesto de manifiesto en mi novela "De otro mundo".

Por si os interesa el tema, y por invitar a reflexionar sobre estas cuestiones, comparto un fragmento de mi libro "Liberémonos del narcisismo", en el que abordo la cuestión señalada (páginas 139-142). Espero que os resulte útil.

El narcisismo en relación con las altas capacidades y el talento

El narcisismo tiene que ver con identificarnos con conceptos que limitan en gran medida nuestra experiencia de nosotros mismos y del mundo[1]. La identificación con estos conceptos suele darse con aspectos superficiales que tenemos y que consideramos valiosos. Lo que es especialmente tentador cuando en dichos aspectos destacamos por encima de los demás, como puede ocurrirles a quienes tienen altas capacidades intelectuales. Si a una persona le dicen desde pequeña que es más valiosa porque es superdotada o talentosa existe la posibilidad de que se crea que ella es solamente, o principalmente, sus capacidades, identificándose de tal modo con ellas que el personaje a través del que desarrolla su vida sea un muchacho talentoso que se acaba sintiendo superior a otros y privilegiado por ser miembro de una élite intelectual. Si además se le estimula a desarrollar su talento exclusivamente para su propio éxito o poder, tenemos otro terreno abonado para el despliegue del narcisismo. 

Cuando un niño superdotado es excesivamente valorado por serlo puede vivir en la ilusión de que lo único que vale de él es esa parte, o bien, que todo lo que él es son esas capacidades superiores. Si esto sucede, consciente o inconscientemente iría ocultando aspectos sombríos u oscuros de sí mismo, creyendo que así es más digno de amor o más valioso. Situación que le hace vivir en una realidad parcial en la que deja de lado lo que cree que no es tan valioso de su persona. Así, finalmente acabaría alienado o alejado de una parte él mismo y con una dimensión de narcisismo que trastocaría su vida. En el libro de Alice Miller, El drama del niño dotado[2] se explica con claridad el proceso por el que un niño inteligente y sensible se adaptaría a su entorno, dejando de lado sus propias necesidades, para conseguir sobrevivir mediante lo que considera el mejor modo posible. Este tipo de situaciones pueden llevar a muchos niños inteligentes que crecen en ambientes adversos al enmascaramiento de lo que son, con tal de no tener problemas o para lograr ser queridos y aceptados. En este proceso puede darse el inicio de un trastorno narcisista en la medida que se quedan atrapados en el personaje que el entorno demanda de ellos.

En los casos en los que la inteligencia se utiliza solo para el beneficio personal y que se hacen aportaciones a otros solo desde el propio interés estaríamos hablando de un uso de la inteligencia que se ha llamado transaccional, según el experto en el tema Sternberg[3]. Esta inteligencia estaría centrada principalmente en el éxito individual. Lamentablemente es la que más se potencia en nuestra cultura actual tan narcisista. La alternativa a la inteligencia transaccional sería, desde el punto de vista de Sternberg, la inteligencia transformacional; en este caso, se trataría de utilizar la inteligencia para aportar algo que ayude a una transformación positiva del mundo buscando el bien común[4].

Un ejemplo del funcionamiento narcisista de algunas personas con altas capacidades es el que se ha dado en alguna reunión de personas con un CI elevado. En ellas quienes tenían los números más elevados acudieron a la misma con una camiseta en la que aparecía el número de CI que habían obtenido en los test de inteligencia. Situación que más bien nos puede hacer dudar de la inteligencia real de quién así se comporta. ¿Para qué exhibir que se es capaz de hacer bien un test de inteligencia? 

Obviamente, no se da esta situación de narcisismo necesariamente en todas las personas con altas capacidades, pero es preciso advertirlo, pues el ego inseguro de los humanos se puede ver tentado a identificarse con cualquier atributo que le permita mirarse a sí mismo desde la superioridad. Si no estamos bien centrados y con una autoestima firme, la parte en la que uno destaca puede ser un foco de identificación muy tentador para compensar diversas carencias y así sentirse la persona altamente dotada en algún ámbito de su vida como alguien que es superior al resto y, por lo tanto, caer así en una dinámica narcisista. Aunque es paradójico que, al parecer, las personas con los CIs más elevados, a las que se ha llamado highly gifted[5] son las menos propensas a sentirse superiores, pues son más conscientes que otros de cuáles son sus propias limitaciones.


En el mundo del espectáculo, del deporte o del arte, también se puede caer en el mismo error de la identificación con aquello en lo que se destaca, despreciándose a quienes no llegan al mismo nivel de la supuesta élite.

 



[1] ALMAAS. Op. Cit.

[2] A. MILLER (2015). El drama del niño dotado. Barcelona: Tusquets editores.

[3] R. J. STERNBERG, A. CHOWKASE, O. DESMET, S. KARAMI, J. LANDI, J. LU. (2021). Beyond Transformational Giftedness. Education Sciences, 11, 192. https://doi.org/10.3390/ educsci11050192 

[4] Ibid.

[5] V. WOOD y LAYCRAFT, KRYSTINA (2020). How Can We Better Understand, Identify, and Support Highly Gifted and Profoundly Gifted Students? A Literature Review of the Psychological Development of Highly-Profoundly Gifted Individuals and Overexcitabilities. Annals of Cognitive Science, 4, 2, 143-165. 

martes, 29 de noviembre de 2022

ALTAS CAPACIDADES, DE LA IDENTIFICACIÓN A LA DESIDENTIFICACIÓN ¿O PREFERIMOS EL LADO OSCURO?

La Belle Société de René Magritte

La Belle Société de René Magritte (1965-66)


En los últimos tiempos se habla bastante de las altas capacidades intelectuales (ACI o AACC), un término que parece haber sustituido a lo que tradicionalmente se ha llamado superdotación intelectual (giftedness en inglés). En este escrito usaré ACI o superdotación indistintamente. 


El “diagnosticar” ACI requiere la evaluación por un experto en el tema, tanto cualitativa, como cuantitativamente (aunque a veces ni los expertos se pongan totalmente de acuerdo en lo que son estas capacidades exactamente). 

 

La cantidad de personas que hablamos sobre ACI y que “salimos del armario” de las ACI vamos en aumento. Parece que es importante hablar del tema para irlo normalizando. En general, está claro que esta identificación ha sido parte de un proceso importante para una mejor autocomprensión y para dotar de un mayor sentido a ciertas experiencias de nuestra biografía. Por ejemplo, lo que antes del “diagnóstico” de ACI se vivía como una serie de rarezas personales, puede acabar comprendiéndose en el marco de un concepto en el que adquieren un mayor sentido. 

 

Suele generar un gran alivio el entender que ciertas rarezas o inquietudes, e incluso algunos problemas con el mundo, se explican desde un funcionamiento mental relacionado con tener altas capacidades intelectuales. Desde esta comprensión muchos dan sentido a ciertos aspectos de sí mismos que han podido resultar raros para otros: como el tener grandes inquietudes intelectuales y avidez por el aprendizaje, un alto sentido crítico, una gran diversidad de intereses que se ven interrelacionados, una especial facilidad para el estudio, una energía mayor de lo normal para lo que a uno le interesa, además experimentarse la realidad con ciertas sensibilidades e intensidades que sobrepasan los márgenes de lo habitual, entre otras características. 

 

Según he podido comprobar en mí misma, y en otras personas que hemos sido detectadas con altas capacidades en la vida adulta, el encontrarnos con ese “diagnóstico" de ACI o superdotación, ayuda integrar una parte de nuestras características personales, aporta un mayor grado de autocomprensión y, en cierta medida, favorece un mayor nivel de autoconocimiento. No obstante, considero preciso señalar que este sería un autoconocimiento parcial si nos quedamos con la impresión de que esa etiqueta de ACI explica todo lo que somos y orienta absolutamente el sentido de nuestras vidas. El autoconocimiento implica una serie de procesos complejos de autoindagación personal que ha de tener en consideración diferentes dimensiones de la persona (pensamientos, emociones, sentimientos, motivaciones, fortalezas, virtudes, defectos, inquietudes, sensibilidad, sesgos cognitivos, reacciones en las relaciones interpersonales, inseguridades, traumas y heridas emocionales, etc.). En el proceso de autoconocimiento vamos descubriendo progresivamente diferentes elementos internos que además van experimentando cambios a lo largo del tiempo. Por lo tanto, el conocernos es dinámico y requiere el desarrollo de una cierta capacidad de metacognición (que consiste en mirarnos más allá de nuestros procesos mentales o emocionales, autodistanciándonos de lo que creemos que somos, para percibir qué nos sucede y cuál es la raíz de nuestros fenómenos internos).

 

El “diagnóstico” de superdotación (sea en la infancia o en la vida adulta) nos permite conocer mejor algo de nosotros, pero también implica el riesgo de identificarnos excesivamente con esta etiqueta, creyendo que eso de la capacidad es lo que uno ES. En quienes han sido detectados de adultos me encuentro muchas veces con que muchos se quedan con la sensación de que la identificación de sus capacidades ya les aporta una idea clara acerca de quienes son. Se sienten aliviados porque ya saben qué SON gracias a esa etiqueta. Lo que en parte es comprensible, pero también puede dejarles fijados ahí, en la impresión de que su identificación como personas superdotadas es su identidad fundamental, cuando en realidad es solo uno de los factores de sí mismos. Creo que la mera comprensión de la superdotación no nos va a decir todo acerca de lo que somos y seguramente nos diga muy poco para enfocar el sentido de nuestras vidas. Es más, es altamente probable que, sin una mirada profunda acerca de lo que somos, sea nuestro falso ego (al que también podemos ver como una “parcela narcisista”[1] de nosotros mismos) el que nos instrumentalice tratando de “explotar nuestro talento”, de tal modo que así seamos nosotros quienes nos autoexplotemos. O bien, si no lo hacemos nosotros mismos, hay grandes posibilidades de que sea otro el que se encargue de encontrar la vía para exprimirnos para sus propios fines. Situación que veo mucho más arriesgada cuando se “orienta” a los niños en el desarrollo de su potencial desde ciertas organizaciones que no tienen fines precisamente altruistas. 

 

El darnos cuenta de que la detección de altas capacidades refleja solo un aspecto de nuestra existencia puede posibilitar el que nos busquemos más allá de esta identificación, con más profundidad, haciendo un trabajo interior para discernir los valores con los que queremos identificarnos, para llegar así a ser el tipo de persona que queremos llegar a ser, haciéndonos la pregunta de si queremos aportar algo valioso y constructivo al mundo, y no que nuestra propia vanidad nos esclavice en pos de un éxito que puede llegar a ser una esclavitud que nos aleje de nosotros mismos.

 

El marco de sentido que aporta saber sobre las propias altas capacidades realmente no nos trae todas las respuestas para orientar nuestra existencia y autocomprensión. Aporta algo, pero no nos permite saber quienes somos integralmente. Aparte de que, lo que nos identifica, también tiene que ver con la integración de diversos factores internos (no solo cognitivos) y con establecer una cierta relación armónica con el mundo que nos rodea. Esa relación con el mundo también implica una llamada a la responsabilidad personal. Como explica el experto en el tema de las ACI, Robert Sternberg en un texto titulado “Transformational Giftedness: Who’s Got It and Who Does Not”[2], es preciso que las personas superdotadas aporten al bien común a través de una superdotación transformacional (enfocada en mejorar nuestro mundo), y no desde una superdotación transaccional (que sería la que solamente se enfoca en un intercambio interesado de intereses, desde el despliegue del éxito personal). Esta última tendría finalidades egocéntricas y utilitaristas, que implicarían altas probabilidades de irse pasando al lado oscuro. Nuevamente es Sternberg quien ha puesto de manifiesto esta peliaguda cuestión sobre los riesgos potenciales de pervertir la capacidad en su artículo “The vexing problem of dark giftedness”[3].

 

El riesgo de pasarse al lado oscuro me parece que es mayor cuando creemos que solo SOMOS superdotados o personas de altas capacidades y no que simplemente son herramientas que tenemos y que son una parte de nosotros.  No somos intrínseca y esencialmente eso. Yo puedo tener ACI, pero esta etiqueta no dice quién soy yo. Aunque comprender lo que esto supone aporte algo importante a la vivencia de mi propio ser y a mi manera de estar en el mundo, yo no considero que mi identidad completa esté configurada esencialmente por mis altas capacidades. Solo soy un ser humano más, que dispone de ciertas herramientas cognitivas que ayudan a funcionar cognitivamente mejor que otros. Esas herramientas son medios, no son mi ser, ni delimitan mis fines. Mi propio ser, en todo caso, puede configurar la finalidad y la actitud con la que las utilizo. Si un día me doy un golpe en la cabeza o he dormido mal y esto me impide pensar con rapidez y con claridad seguiré siendo yo misma, un poco mermada, pero mi persona será la misma esencialmente, aunque tenga una menor capacidad cognitiva en acción.

 

Una cuestión en la que quiero incidir, con respecto al riesgo de pasarnos al “lado oscuro” como consecuencia de identificarnos con las altas capacidades y el éxito que nos puedan aportar, tiene que ver con que nuestro ego tramposo es muy aficionado a quererse identificar con cualquier aspecto o cualidad que tengamos. Por culpa del ambiente narcisista imperante en nuestra cultura estamos influenciados para creer que somo lo que tenemos, lo que aparentamos o lo que conseguimos (fama, belleza, dinero, curriculum, posesiones, inteligencia, etc.). El riesgo de identificarnos con una de nuestras dimensiones parciales es mayor cuando tenemos una cualidad en la que destacamos más que los demás. En estos casos nuestra “parcela narcisista”, estaría ávida de identificarse con aquello en lo que pueda sobresalir, para compensar así diversas inseguridades o limitaciones a las que no nos resulta agradable mirar. Por culpa de esa dimensión egoica egocéntrica, las personas con belleza se creen que son su belleza y se derrumban cuando envejecen, quienes tienen dinero se sienten superiores por sus posesiones, quienes han conseguido títulos académicos confunden estos títulos con su verdadera identidad y los más inteligentes corren el riesgo de pensar que son más valiosos que otros por sus mejores capacidades. En estos casos, el problema de la identificación con algo parcial les llevaría a caer en una falsa identificación de su persona, que en el caso de las ACI no sería nada más que un conjunto de herramientas cognitivas más potentes. Esta situación puede llevarles, paradójicamente, hacia el abismo de una profunda ignorancia acerca de su propio ser desde una percepción reduccionista de sí mismos, en la que no sabrían mucho acerca del tipo de persona que son realmente. 

 

En ocasiones, veo que las personas muy inteligentes se quedan atrapadas en un personaje intelectual que les aporta identidad y la sensación de seguridad en su percepción de sí mismos desde un halo de superioridad. En este caso, la falsa identificación con esas capacidades en las que se ven superiores les hace subirse a un pedestal construido solamente con humo narcisista. Un narcisismo que se exacerbaría porque la actitud de superioridad les haría separarse del resto, excepto cuando se relacionan con los de la misma élite intelectual. No niego la importancia de encontrar a personas con capacidades similares a las nuestras y la mayor facilidad de comprensión mutua en estos casos, pero sin valores, inquietudes y finalidades similares para la vida, finalmente el virtuosismo intelectual compartido me parece que aporta bastante poco y que puede incrementar el riesgo de deslizarnos al lado oscuro narcisista, al contemplarnos embelesados en el reflejo de alguien que consideramos similar a nosotros. 

 

De la excesiva identificación con la propia capacidad desde el egocentrismo personal pueden surgir líderes narcisistas que, de forma manipuladora y, e incluso visionaria, tienen una elevada destructividad para los demás. La superioridad intelectual puede ser usada destructivamente así por personas inmaduras para compensar sentimientos de inseguridad, desde esa mirada de “soy superdotado” o “soy más” en cualquier cosa.  

 

En el otro extremo de estas actitudes estaría otro tipo de ego narcisista más sutil; un ego victimista que es el que aparece cuando a una persona superdotada no le ha ido bien con sus capacidades, por haber sufrido bullying, incomprensión y otros tipos de ataques por sus características más sobresalientes. Sin negar la gravedad de estos hechos y sin perder ni un ápice de empatía por quién sufre estas situaciones, es preciso tener presente que el lado victimizado de alguien puede activar un narcisismo victimista, que le aportaría identidad a través de una identificación parcial con la parte en la que uno ha sido dañado, impidiendo ver toda la riqueza interior de la que se dispone. De este modo, viviría a través de un "ego víctima" que le haría vivir a través de un sufrimiento muy intenso derivado de las experiencias pasadas. Nuevamente una identificación con elementos parciales de uno mismo impediría ser lo que uno es de un modo más completo.

 

Otro riesgo que veo en esta identificación masiva de nuestro yo con ser superdotados es cuando llegamos a creer que solamente podemos entablar amistad con personas que pertenecen a esta misma élite intelectual. Haciendo una analogía, quizás un poco simple, sería como si alguien que tiene un Ferrari pensara que solo puede ser amigo de quienes también tengan un Ferrari. Cuando quizás lo importante fuera comprobar si con otros conductores se pueden tener metas y recorridos comunes. Lamentablemente, a veces podemos quedarnos contemplando vanidosamente nuestros respectivos Ferraris porque nos hacen sentir especiales y únicos. Volviendo al tema de las altas capacidades, creo que podemos tener el riesgo de pensar que por fin encontraremos el Santo Grial de la amistad en grupos en los que están otros superdotados, como si por fin hallásemos a los de la propia especie. Es cierto que puede ser más fácil comprendernos con personas de un nivel similar de capacidades, pero también pueden darse conflictos más enrevesados, cuando las orientaciones vitales o los valores de fondo son muy distintos. Así que, seguramente nos podemos encontrar con grandes frustraciones en quienes después de haberse afiliado a asociaciones de superdotados no han hallado allí a los grandes amigos de su vida. Hay que aclarar que a veces sí se dan encuentros muy satisfactorios y valiosos en estos grupos, pero no necesariamente solo por tener alta capacidad, sino porque haya otros elementos profundos que se comparten y que se comunican en un idioma similar que es el de las altas capacidades intelectuales. Algunos mencionan que lo que más les ha frustrado en esos grupos de superdotados es la competitividad, las batallas intelectuales entre egos sabiondos que no se escuchan y que resultan bastante insoportables las exhibiciones narcisistas de las capacidades de unos y de otros. Lo que llega a agravarse por el “efecto halo” en el que algunos se instalan, que genera la distorsión de sentirse experto en algo por el hecho de haber leído bastante sobre un tema, sin tener suficiente base para comprenderlo a fondo. 

 

Entrar en un mundo de superdotados no significa entrar en un mundo Disney de unicornios y de cebras de colores que viven constantemente en estados bondadosos y beatíficos. A veces puede incluso suceder lo contrario. En estos ambientes encontramos a personas de todos los espectros morales. Y en algunos casos más extremos también podemos encontrarnos con narcisistas patológicos e incluso con psicópatas. De lo que podemos deducir que solamente la capacidad no pone de manifiesto las actitudes y los valores de alguien. 

 

Para que nadie se sienta ofendido por mis reflexiones, recuerdo que estoy hablando del “riesgo de pasarse al lado oscuro” (aquí no hablo de todos los aspectos luminosos de la superdotación, que también los hay). Resumiendo lo expuesto, el riesgo mencionado tiene que ver con una identificación de lo que somos con algo parcial que tenemos (alto CI), con la delimitación de un tipo de tribu con la que nos podemos identificar creyéndonos los miembros de una élite superior y finalmente acabar separados del resto de la humanidad, a la que no hay un especial interés en comprender o ayudar, porque por fin uno está con los “suyos”. Quizás las mentes más maléficas estén pensando en cómo crear sectas para captar a superdotados y explotarlos eficazmente, ¿o ya existen?

 

Quizás una salida a todas estas trampas egoicas esté en relación con el cultivo de ciertos valores humanos, con la reflexión honesta y sincera acerca de lo que somos y con enfocarnos con una actitud constructiva con el mundo que nos rodea (como puso de manifiesto el psiquiatra Viktor Frankl, desde la actitud es desde donde podemos poner de manifiesto nuestra libertad para actuar de la mejor forma posible). En este tema, el cultivar una metainteligencia, más allá de las capacidades y viéndolas globalmente, sin identificarnos con ellas, quizás ayude a establecer mejor cuál es la finalidad y el sentido de nuestras vidas. En todo ello, un proceso honesto de autoconocimiento sería esencial para desarrollar una sabiduría acorde con la realidad y con lo que somos realmente. En este sentido, considero imprescindible leer con atención la inscripción que se hallaba en el interior del templo de Apolo en Delfos:

 

“Te advierto, quienquiera que fueres tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”.

 

Este conocimiento de nosotros mismos nos ayudaría a captar y comprendernos mejor y a detectar mejor nuestros sesgos para percibir el mundo cómo es. Comprendemos a otros en la medida que somos más conscientes de nosotros mismos. El cultivo de esa consciencia implicaría el desarrollo de una visión adecuada sobre la realidad, que aporta un realismo superior al de la mera capacidad intelectual (que actuaría como aliada e instrumento de la consciencia) y nos aporta la adquisición de más sabiduría. No parece posible lograr mucha sabiduría sin un cierto grado de autoconomiento. Esa mayor consciencia nos puede llevar a asumir una mayor responsabilidad ante lo que nos sucede a todos, mejorando nuestra realidad. 

 

Finalmente, tras pasar por estas reflexiones, he llegado a la conclusión de que tan importante es la identificación de tener altas capacidades como la “desidentificación” de las mismas, en el sentido de percibirlas como una serie de características que aportan elementos importantes a ciertas dimensiones de nuestro ser, pero que no definen todo lo que somos, que no nos hacen superiores y que el tenerlas, en todo caso, nos pone delante la responsabilidad de cultivar nuestra consciencia y sabiduría [4] para buscar cuál es el mejor uso que podemos darles, ojalá a través del amor a nuestros semejantes y desde la humildad de ser conscientes de que somos igual de humanos que cualquiera, a la vez que somos distintos. Creo que el mirar más allá de nosotros mismos y a través de todo lo que somos, después de descubrirnos en nuestras facetas ACI, nos puede permitir ser más conscientes de nuestro funcionamiento y de nuestras habilidades, pero en ningún caso nos aporta superioridad, mayor valía o nos hace personas mejores. Esto último, más bien depende del desarrollo de una consciencia más profunda y amplia que nos permita estar más sintonizados con quienes somos. Las ACI nos configuran y nos condicionan, pero lo que somos en el fondo parece tener más que ver con lo que decidimos hacer de nosotros mismos. Al menos podemos intentarlo.



Notas: 

[1] En un libro anterior he desarrollado más ideas acerca del narcisismo y de cómo se configura y nos afecta este narcisismo parcial, que puede estar en todos, y al que he llamado “parcela narcisista”: Rodríguez Fernández, M. (2021). Más allá de narcisismo espiritual. Desclée de Brouwer.

[2] Sternberg, R.J. (2022). Transformational Giftedness: Who’s Got It and Who Does Not. In: Sternberg, R.J., Ambrose, D., Karami, S. (eds) The Palgrave Handbook of Transformational Giftedness for Education. Palgrave Macmillan, Cham.
[3] Sternberg, R.J. (2022). The vexing problem of dark giftedness. Gifted Education International, 0 (0) ,1–21.
[4] Robert Sternberg ha desarrollado varios trabajos en los que señala la importancia de cultivar la sabiduría, para lograr un desarrollo adecuado de la inteligencia. Recomiendo su lectura.


domingo, 8 de diciembre de 2019

ESPIRITUALIDAD Y RELIGIOSIDAD EN PERSONAS SUPERDOTADAS. OTRO PUNTO DE VISTA




Recientemente, me comentaba una persona experta en superdotación que no había nada qué hacer, acerca de hablar con personas superdotadas, sobre espiritualidad y religiosidad, puesto que, como son muy lógicos, nada se les puede demostrar, pues solo se interesan por lo demostrable.

Estas afirmaciones me dejaron pensando, pues veía algo en ellas que no me terminaba de encajar. Ya que, si no les interesa la espiritualidad y la religión, ¿por qué acuden a mi consulta personas superdotadas interesadas en estos temas y que están buscando cómo ahondar más en ellos? Por otra parte, conozco, más allá del ámbito de la consulta, a personas superdotadas con una fuerte espiritualidad y/o religiosidad. ¿O es que no son superdotados? ¿O es que la espiritualidad y la religión son solamente para las personas con inteligencias medias o bajas? 

Lo señalado inicialmente se contradice con la evidencia del profundo interés que las personas superdotadas tienen acerca de temas existenciales desde muy temprana edad. En ellos emergen, con facilidad, profundas preguntas sobre el sentido de la vida y sobre el sentido último de todas las cosas. Y, los temas existenciales, llevan con frecuencia, a cuestiones religiosas y espirituales. Cuando emergen estas preguntas no veo que las personas superdotadas se cierren a ellas, sino que aún tratan de ahondar con más profundidad en las mismas. Otro tema es que no les sirva cualquier respuesta prefabricada.

Creo que parte del problema, con respecto a las afirmaciones iniciales, se da cuando se confunde religión con creencias de tipo ideológico; pues existen muchas personas que viven la religión desde creencias ideológicas. Pero ¿eso es realmente religión? Me da la impresión de que, si lo es, se trata más bien de una visión de la religión más primitiva, del tipo mágico o mítico. Pero ese tipo de religiosidad no nos muestra una religiosidad profunda que puede partir de la experiencia personal o interpersonal y/o de una intensa búsqueda de la verdad. Ese planteamiento de la religión ideologizada, nos habla aún menos de la religiosidad o de la espiritualidad que surgen de experiencias profundas, o de esas que a veces se llaman místicas. 

Revisando el tema de la religiosidad/espiritualidad en superdotados encuentro datos contradictorios en las diversas publicaciones y estudios sobre el tema. Al parecer, según muchos de estos estudios, los superdotados tienden más a ser ateos. Según un metaanálisis[1] de 2013, de 63 estudios, 53 encontraron una relación negativa entre inteligencia y religiosidad (es decir, a más inteligencia menos religiosidad), y 10 la encontraron positiva (a más inteligencia más religiosidad). Siendo esa relación significativa en 35 de los estudios en los que salía negativo y positiva en 2 de los estudios. Quizás la cuestión que puede hacernos reflexionar acerca de estos estudios sea acerca de cómo se ha definido la religiosidad en los mismos, o de cómo en general se define la religión en nuestra cultura. Si medimos los parámetros de la religiosidad más convencional y superficial es altamente probable que las personas más inteligentes se muestren alejadas de ella. Estos datos son corroborados por un metaanálisis[2] posterior, que incluye más artículos.

En los estudios referidos, la religiosidad se definía como la implicación en alguna o en todas las facetas de la religión, que incluyen la creencia en lo sobrenatural, hacer ofrendas a ese algo sobrenatural, realizar rituales que afirman las creencias, asistencia a la iglesia o ser miembros de una religión organizada. La mayoría de estos parámetros hacen alusión a la religiosidad convencional, una forma de religiosidad más centrada en lo externo. No hay en esas definiciones una clara alusión a elementos más profundos de la religión (salvo quizás lo que llaman una "creencia en lo sobrenatural"). Hay que tener en cuenta que existen otras formas de religiosidad y de espiritualidad cuya principal finalidad es la búsqueda del sentido de la vida, de la experiencia profunda de lo sagrado, del amor, de la compasión o que muestran una profunda sensibilidad hacia los aspectos más sutiles de la vida, etc. Elementos, todos ellos, que son frecuentes en las personas superdotadas.

Si las personas superdotadas, desde la infancia, tienen profundos interrogantes y una alta sensibilidad hacia lo más sutil de la vida, ¿por qué no van a estar interesadas en cuestiones religiosas o espirituales? Otro tema es que no les satisfagan las respuestas convencionales y estereotipadas, o que no se crean cualquier cosa por el hecho de que las crea todo el mundo, o que no toleren las ideologías cerradas. Es completamente comprensible que, los entornos religiosos más superficiales, no sean satisfactorios para ellas, pues toleran poco las creencias irracionales, la superstición, el pensamiento mágico infantil y son muy perceptivos a las incongruencias, a la hipocresía, o a las faltas de ética. Motivos que se entiende que les pueden alejar de ciertos entornos religiosos más convencionales o superficiales.

Si no fuera posible una religiosidad inteligente, nos encontraríamos con que solo serían religiosos quienes no tienen suficiente inteligencia para ver las contradicciones o visiones irracionales del mundo religioso. Pero, por otra parte, si revisamos la historia de las religiones, nos encontramos personas con una aguda inteligencia que, en algunos casos, podrían ser superdotadas, aunque no hayamos podido hacerles un test de CI. Esas personas inteligentes no mostraban una religiosidad superficial, pues eran personas que tenían una religiosidad experiencial, apoyada en una sutil sensibilidad e inteligencia y en una manera particular de vivir las cosas. Encontramos a este tipo de personas en todas las religiones y muy especialmente en personas consideradas místicas, inspiradas o santos, y que tienen “experiencias” profundas y sutiles, en sintonía con su profunda inteligencia. Tal es el caso de San Agustín, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Edith Stein, Andre Frossard, Thomas Merton, Ibn Arabi, Rumi, Sidharta Gautama, Ramana Maharshi, entre otros muchos. En ellos encontramos esa extraña combinación entre aguda inteligencia y profunda espiritualidad. Es más, en ellos la inteligencia no era un obstáculo para su profunda espiritualidad, sino una aliada para seguir ahondando en ella.








La cuestión que puede generar esa idea de que los superdotados no pueden ser religiosos, parece ser más bien la identificación de religión con una determinada manera de vivirla, que dificulta el pensamiento crítico o que cuestiona ciertas experiencias espirituales más profundas y sutiles. Es posible también que la psicología y la psiquiatría modernas tengan prejuicios y sesgos acerca de lo que es lo espiritual y lo religioso. En general veo bastante desconocimiento acerca de ello en diferentes ámbitos relacionados con la salud mental.  




Desde lo que vengo observando y conociendo más, el tema de las personas con más inteligencia, he podido constatar que los superdotados, como en todo, cuando son religiosos o espirituales, viven sus experiencias de una forma poco convencional, que está en relación con sus propias percepciones y vivencias, y no con lo que les digan los demás acerca de cómo tienen que vivirlas. Han aprendido a descubrir el mundo por sí mismos, pues no siempre han encontrado a personas que les entendieran. Su actitud independiente, de investigadores autónomos, ha sido interpretado por muchos como soberbia o vanidad; pero en realidad no lo es, se trata de una sensibilidad diferente con respecto a como vivir su vida y una libertad de pensamiento que forma parte de su identidad y de su libertad, para no traicionarse a sí mismos; lo que influye en su manera poco convencional de vivir su religiosidad o espiritualidad, no por ello menos seria profunda, auténtica y comprometida.

Encuentro en los superdotados interesados en lo religioso y espiritual una religiosidad o espiritualidad muy profunda, cuando se da, que no interfiere con su inteligencia, sino que ésta es más bien la aliada y una herramienta válida en como ahondan en la búsqueda de la verdad. Así que, ¿por qué no tener en cuenta la dimensión espiritual y religiosa en los superdotados, cuando surge de su búsqueda e interés? ¿por qué ponerles a un lado de la balanza, sin ahondar un poco más en su manera de vivir los aspectos más sutiles y profundos de la vida?






[1] Zuckerman, M., Silberman, J., Hall, J.A. (2013). The Relation Between Intelligence and Religiosity: A Meta-Analysis and Some Proposed Explanations. Personality and Social Psychology Review, 17, 4: 325-354. 

[2] Zuckerman, M., Li, Ch., Lin, S., Hall, J.A. (2019). The Negative Intelligence–Religiosity Relation: New and Confirming Evidence.  Personality and Social Psychology Bulletin, 00 (0), 1-13. 

Nota: imágenes de Pixabay.

Este artículo fue publicado en la revista de AEST (Asociación Española de Superdotados y con Talento): "La estación", nº 22, 2020, p. 26-27.