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sábado, 20 de junio de 2020

PROCESANDO LA "NUEVA ANORMALIDAD"


Nos toca ir procesando la supuesta “nueva normalidad”. Y digo supuesta, porque no sé si hay algo de normal en lo que está pasando. Y no sé por qué se llama “nueva normalidad” a la nueva fase que nos espera. En todo caso, quizás sea una “nueva anormalidad”. En esta nueva fase sobre todo espero que sea más positiva, más leve, menos dañina que la situación tan dura que hemos atravesado en los últimos meses. 

Lo importante parece que es que la situación está mejorando. Hay menos enfermos y muertos y ya, por fin, podemos irnos encontrando unos con otros. También es importante ir viendo que todos tenemos responsabilidad en que la situación progrese. Todos podemos protegernos, proteger… Todos podemos cuidarnos, especialmente teniendo en cuenta las medidas de seguridad para evitar la propagación, nuevamente del virus, que puede costar muchas vidas. Así que os animo a protegeros, a protegernos y a permitir que esta situación avance, con la solidaridad y el apoyo de todos. 

Aunque la situación está cambiando parece que no es fácil adaptarse a un nuevo cambio. En mi consulta veo que ahora hay personas que piden más ayuda, cuando esto ha empezado a descomprimirse, que antes. Quizás porque ya son muchos desconciertos acumulados. 

Nos hemos ido adaptando progresivamente a una situación muy extraña, en la que, en parte, nos hemos acomodado, dentro de lo incómoda que es, o de lo incómoda que era... Y ahora, otra vez, toca irse adaptando a una serie de cambios que, lamentablemente, no suponen volver a lo que hemos dejado atrás. Quizás en marzo, cuando nos encerrábamos, pensábamos volver, nuevamente, a una situación como la previa. Pero es un hecho que la realidad no está como la que dejamos atrás en marzo. Incluso es posible que nosotros tampoco seamos los mismos. Algunas personas han salido heridas, incluso gravemente. Otras son supervivientes de la enfermedad o están convalecientes de la misma. No ha sido una enfermedad fácil, ni para médicos, ni para enfermos. Otros están heridos por las pérdidas de seres queridos, que han fallecido, y que, en muchas ocasiones, aún no han podido elaborar adecuadamente el duelo. No han podido asimilar las muertes y necesitan tiempo para enfrentarse al dolor de la pérdida. En otros casos, el encierro de quienes viven solos, les ha supuesto una soledad hiriente y a veces desgarradora, en la que no siempre ha habido alguien dispuesto a escuchar o a acompañar desde el otro lado del teléfono o del ordenador (para quienes tenemos opción de hacer videollamadas). Los enfermos, los ancianos y los más vulnerables se han podido ver más solos que nunca, pues se han reducido los recursos habituales de ayuda, como ha ocurrido con un sistema sanitario, que ha estado colapsado por los afectados por el coronavirus. Lo que ha supuesto que otros enfermos no hayan podido tener acceso a sus médicos habituales. En todo esto, podemos ver que hemos atravesado una guerra contra un enemigo invisible, que ha dejado a muchos atrás, y ha dejado heridos a muchos supervivientes. Aún, quienes no han pasado por la enfermedad del COVID-19, han podido padecer graves heridas invisibles en sus mentes y en sus almas. Al menos el miedo y la incertidumbre han estado presentes. La situación, en muchos casos, ha sido difícil, grave y desconcertante, aunque algunos lo quieran negar y se hayan anestesiado con los aplausos y las canciones de “Resistiré”. Y todo esto es algo que es preciso poner de manifiesto para dar permiso a asimilar y expresar el dolor que se ha ido atravesando. Cuando el dolor no se vive conscientemente, cuando no se expresa, cuando no se acepta, se puede convertir en cosas peores, como ansiedad, depresión, fobias, etc. Así que, hablar del dolor, también es un mecanismo para ayudar a procesarlo, a entenderlo, a liberarlo y a desahogar lo que le haya pasado a cada uno. 

Y ahora, por fin, nos toca irnos descomprimiendo de tan duras pruebas, y necesitamos ir poco a poco, a nuestro ritmo. Nos han marcado unas fases que, de alguna manera, vamos siguiendo. Pero, quizás, también hay personas que necesitan un ritmo más lento, que necesitan ir poco a poco; necesitan escuchar sus necesidades internas, a la vez que van dando sus pasos. Pero escuchemos nuestro ritmo. Cuál es y, a la vez, animémonos a ir avanzando.



Imagen tomada en Manzanares El Real. Junio de 2020.

Es una situación, la de ahora, que va aliviando lo vivido y que aumenta la esperanza, pero que aún nos deja desconcertados. Algunos incluso no se creen del todo que esto esté superado y quieren quedarse encerrados indefinidamente en casa, padeciendo lo que algunos llaman ahora el síndrome de la cabaña. Es decir, quererse quedar en casa, metidos para siempre, por miedo. En cambio, otros se van al otro extremo y salen a la calle irresponsablemente, sin respetar las medidas de protección que necesitamos para protegernos unos a otros. Esta es otra forma, de afrontar las dificultades, que se llama negación y que consiste en actuar como si éstas no existieran o como si nunca hubieran existido. El problema es que esto aumenta el riesgo para todos. No solamente es una cuestión de uno mismo y de su malestar.

También, a lo largo de estos meses, afortunadamente, nos hemos encontrado muestras de apoyo, de solidaridad y de amor. Se han cerrado las puertas de casa, pero, de algún modo, se han abierto otras puertas y vías de comunicación, incluso hacia lugares remotos de nuestro planeta, gracias al teléfono y a la conexión a internet. Se ha cerrado una parte del mundo (nuestra casa) y otra se ha vuelto accesible de otro modo. Al menos así ha sido en mi experiencia. Se ha intensificado el contacto con amigos, de diferentes partes del mundo, y nos hemos ido apoyando unos a otros.

También ha sido el momento, para muchos, de apoyarse en su fe, de buscar el apoyo en lo más esencial de la vida, y ese ha sido consuelo para muchas personas. Incluso hay quién habla de una vivencia religiosa más auténtica, profunda y comprometida, en su soledad o en su dificultad, así como de la oportunidad de ampliar su visión de la vida y de abrir más el corazón a asimilar su propio sufrimiento, de acoger su propia vulnerabilidad y de ponerlo todo, desde la humildad, en manos de Dios. A veces, es paradójico que el sufrimiento nos lleva a algo más profundo y más comprometido.

Esperemos que lo bueno vivido, en mitad de los días más oscuros, nos haya fortalecido en algún punto, o que al menos nos haya hecho un poco más humildes, sin la imposición de tener que estar en un estado exaltado y eufórico de positividad forzada, como quieren vendernos algunos. Como quieren vendernos algunos desde visiones, por ejemplo, de la Nueva Era, en la que nos dicen que el virus es maravilloso para que todos salgamos fortalecidos.

A pesar de todo, son momentos para respirar con más alivio, para recuperarnos e ir saliendo progresivamente hacia un mundo que nos está volviendo a aportar algunas de las cosas que ya teníamos. Los días pasados era un consuelo ver en Madrid más lugares abiertos, parece todo un poco más normal y es también es un alivio pensar que muchas personas podrán irse recuperando económicamente. 

Se acerca esa “nueva normalidad” de la que nos hablan, que más bien parece una “nueva anormalidad”… Me pregunto qué idea de normalidad tienen quienes así lo expresan. Quizás sea un buen momento para reflexionar acerca de lo que es normal y de lo que no lo es, de lo que asumimos por qué sí, sin reflexionar acerca del sentido de lo que hacemos o de lo que nos dicen que hagamos. ¿Entendemos por qué hacemos lo que hacemos? ¿Captamos el sentido de lo que tiene valor en nuestras vidas? ¿Nos permitimos pensar a fondo acerca de la normalidad, acogiendo también nuestras diferencias y rarezas? Y… ¿somos todos normales? En realidad, a lo mejor nadie es normal. Y, ¿para qué ser normales? Que cada cual trate de buscar, por sí mismo, qué es normal y qué no. Os invito a ello. ¿Qué tiene sentido y que no lo tiene? Y, quizás, el permitirnos pensar, un poco más, por nosotros mismos, ¿es posible que nos lleve a una normalidad de poder acoger lo diferente, de acoger nuestra originalidad y de abrirnos a la realidad, tal y como ésta es.


Imagen del "Palacio de Cristal" del parque de "El Retiro, de Madrid,
tomada el 10 de Junio de 2020

*Nota: La primera imagen es de Pixabay. Las otras son de la autora del blog.

miércoles, 15 de abril de 2020

LA “NEGACIÓN ESPIRITUAL”. ¿UN MECANISMO DE DEFENSA PSICOLÓGICA ANTE EL COVID-19?






En estas semanas observo con perplejidad un fenómeno que me resulta bastante extraño y no fácilmente comprensible.

Encuentro en diferentes ámbitos como redes sociales, whatsapp y publicaciones varias, una serie de mensajes que, desde mi punto de vista, son excesivamente positivos e incluso joviales, ante esta situación que nos toca vivir con el COVID-19. 

Resulta sorprendente la alegría inusitada de algunos, en nombre de supuestos poderes espirituales, señalando que estamos ante la posibilidad una magnífica transformación de nuestra consciencia ¡¡y que tenemos que celebrar lo que nos está pasando!! Algunos llegan a decir que el virus es un “maestro” o que cada uno está recibiendo el sufrimiento que se merece según sus actitudes en la vida, que los seres de luz no sufriremos, etc. También podemos encontrarnos vídeos de personas cantando y bailando con sonrisas extáticas, ante esta “gran oportunidad” para subir nuestra consciencia espiritual. En ciertos casos incluso algunos invitan a retiros espirituales sus comunidades (a módicos precios, claro), para huir de la paranoia social de un virus inexistente. O bien señalan que la tierra por fin está defendiéndose de nosotros matando a los que sobran, con ideas que suenan a ecogenocidio.

Inicialmente me venía a la mente el concepto “evasión espiritual”, también llamado “by pass espiritual” que enunció John Welwood[1], que consiste en menospreciar las necesidades y preocupaciones personales, a la vez que se pretende alcanzar una identidad espiritual ideal. Ese mecanismo de “evasión espiritual” supondría utilizar la espiritualidad y las prácticas espirituales para escaparse de elementos emocionales o personales que no se han resuelto, por resultar difíciles. Creo que algo de esto hay en los fenómenos que estoy mencionando. Pero, me parece que incluso algunos van más allá de la evasión y que no solamente se evaden, sino que niegan la realidad de lo que estamos viviendo. Por eso planteo que se trata de un mecanismo de negación psicológica, aplicado a lo espiritual. Muchos no solamente se “evaden” sino que parece que están construyendo una realidad paralela y para-lelos, que genera un mundo Disney imaginario, para huir de una situación que resulta dolorosa y que es negada, para no tener que ser afrontada. De alguna forma cada mente se defiende, como puede, de lo que le resulta intolerable... Es comprensible, pero se vive así en una irrealidad de negación supuestamente espiritual, y esto me resulta contradictorio... 

Señalar esta realidad presente, como una situación idílica y maravillosa, me parece una perturbación mental. Sin negar la posibilidad de evolución y de transformación que puede tener, en ocasiones, el atravesar conscientemente el sufrimiento, considero que tanta alegría, ante esta situación tan complicada, es muy cruel y carente de empatía. Esto no quiere decir que no sea útil ver el lado positivo de cualquier evento que atravesamos o que no ayude buscar consuelo en la espiritualidad. El punto de la "negación espiritual" se da cuando se niega la realidad generándose una idea ilusoria de lo que ésta es, poniendo en su lugar ideales espirituales que le alejan a uno de experimentar el dolor de lo que está sucediendo.

Me parece cruel e infantil batir palmas, alegrarse y disfrutar exaltadamente, mientras miles de personas mueren diariamente en medio del miedo y del sufrimiento, cuanto tantos han perdido a sus seres queridos sin poderse despedir, cuando es normal que otros muchos vivan hoy día temerosos de perder sus vidas o la de sus familiares, etc. ¿Qué hubiéramos pensado si ante los campos de concentración nazis algunos hubieran expresado con alegría la gran oportunidad de transformación espiritual que esperaba a sus supervivientes? ¿Qué sensación nos daría si ante el calvario y crucifixión de Jesús de Nazareth los testigos estuvieran desbordantes de alegría pues sólo fueran capaces de pensar en la resurrección posterior? ¿Qué nos parecería si ante un diagnóstico de un cáncer el oncólogo nos diera la enhorabuena y entonara cantos al sol y a la tierra hablándonos de purificar nuestro karma y de la gran suerte que nos ha tocado al padecer la enfermedad? Creo que algo nos rechinaría profundamente y que nos parecería una locura total.  Con lo cual no estoy negando que sea posible sacar cosas positivas de una asunción consciente del sufrimiento. Pero, para que ese sufrimiento aporte algo, es preciso atravesarlo y afrontarlo, sin mentiras ni escapismos. Y teniendo en cuenta que, a veces, el sufrimiento no aporta nada más que destrucción o locura, al menos transitoriamente. Estas situaciones pueden tener salida, sí, pero no engañemos generando miradas ilusorias y falsas expectativas. No hagamos sentir culpables a los que no viven esta maravillosa transformación, o quienes se exponen a situaciones de alto estrés que pueden derivar en sufrir un estrés postraumático. Abramos un poco los ojos y el corazón a ver la realidad y a empatizar con el sufrimiento ajeno, incluso con el propio que nos cueste más asumir.

Vivimos en una sociedad infantilizada en la que preferimos negar lo que está pasando en nuestra burbuja ilusoria de autocomplacencia, sin pararnos a pensar que una parte de nuestra desgracia presente ha dependido de estar en burbujas narcisistas colectivas, en las que pensábamos que a nosotros no nos iba a pasar nada, sin ninguna empatía por otros pueblos sufrientes de nuestro planeta. De ahí que hayamos tardado tanto en reaccionar (entre otros factores que no han dependido de nuestra forma de pensar). Ahora, nos ha tocado a nosotros atravesar dificultades, pero no queremos salir de las miradas ilusorias, igualmente narcisistas que siguen generando “globos pseudomísticos” para la autosatisfacción personal, con discursos que, para colmo, señalan que la realidad es lo que uno quiere que sea. Y no, señores, hay una realidad que trasciende mis propios deseos y necesidades personales, que solo puede ser afrontada si se mira como realmente es. Si no lo hacemos así sería como si ante un tigre de Bengala me concentro meditativamente diciéndome que es un lindo gatito ¿cómo pensáis que puedo terminar?







[1] Welwood, J. (1984). Principles of inner work: psychological and spiritual. The Journal of Transpersonal Psychology, 16 (1), 63-73 y 
Welwood, J. (2001). Psicología del despertar. Budismo, psicoterapia y transformación personal. Barcelona, España: Kairós. 

* Nota: Las imágenes son de Pixabay.

martes, 31 de marzo de 2020

LA CRISIS Y EL SENTIDO DE LA VIDA HOY




Artículo publicado en la Revista Crítica de este mes de marzo, páginas 8-11. Enlace a la revista: http://www.revista-critica.com  Os transcribo el texto tal y como aparece en el original. Publicación con autorización de la revista.


Las crisis forman parte de toda vida humana. Se pueden dar con mayor o menor frecuencia, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor duración; pero, antes o después aparecerán. 

A lo largo de nuestra existencia atravesamos crisis que nos ponen a prueba y nos confrontan con nuestras limitaciones, alteran nuestra seguridad, trastocan nuestros proyectos, contrarían nuestros deseos, destruyen nuestras expectativas o que pueden llegar incluso a alterar la idea de quienes somos y de nuestro papel en el mundo. Incluso, a veces las crisis llegan a hacer que nos replanteemos el sentido que creíamos que tenía nuestra vida previamente. Es decir, nos hacen replantearnos qué es lo más importante y significativo que nos motiva a vivir la vida que llevamos.

Las crisis son situaciones que percibimos como dolorosas y nos desconciertan; pueden llegar a generar una gran desorganización. En ellas podemos llegar a sentirnos incapaces y limitados para afrontarlas adecuadamente, ya que, muchas veces, es posible que tengamos la impresión de que no podrá resolverse lo que las genera, por mucho que lo deseemos. En las crisis se mezcla el impacto doloroso de las mismas con la sensación de impotencia o limitación, a lo que se une la sensación de apremio, por el deseo que salir lo antes posible de ellas. 

El malestar que una crisis provoca es parte de lo que nos empuja a resolverla. La palabra crisis deriva de la palabra griega krinein, que significa decidir. Las crisis nos empujan a decidir, a discernir para saber hacia donde ir y/o cómo posicionarnos ante ellas. Las crisis nos pueden provocar a mirar mas allá de los planteamientos conocidos, amplificando nuestro horizonte de sentido, es decir, a ampliar nuestra visión de la vida, mirando más allá de lo conocido y descubriendo, la posibilidad de desarrollar nuevos recursos y posibilidades. Lo que puede darse, paradójicamente, a la vez que la crisis nos bloquea y no nos deja sacar lo mejor de nosotros mismos. De ahí que la mayoría de las crisis de nuestra vida supongan grandes retos y dificultades, a través de los que derrumbarnos o a través de las que crecer. Las situaciones críticas pueden suponer la paradoja de la limitación, simultáneamente al surgimiento de nuevas posibilidades y capacidades. 

Algunas de las crisis que se presentan en la vida son previsibles, lo que nos da más posibilidades de prepararnos para ellas. Tal es el caso de cualquier transición que nos toque vivir, como la de terminar una carrera, la de un cambio de trabajo, de domicilio o de estatus, que provocan crisis por la necesidad de adaptarse a nuevas situaciones. Estos ejemplos forman parte de situaciones que todos hemos de afrontar a lo largo de la vida. Y ese tipo de crisis han de estar integradas en el sentido global de nuestra vida, dado que no se pueden separar del hecho de estar vivos.

Otras crisis son imprevisibles, por su aparición súbita o porque no formaban parte de las situaciones esperables, y por ello, suponen un mayor sufrimiento al pillarnos desprevenidos. Son crisis mucho más difíciles de afrontar. Por ejemplo, ese es el caso de una enfermedad grave que es diagnosticada inesperadamente o la muerte súbita de un ser querido. También se puede dar una crisis imprevisible y grave cuando se desencadena internamente una gran inestabilidad psíquica, como consecuencia de un trastorno mental que no se ha sufrido previamente. 

Además de estas crisis, que podemos considerar personales, se dan las crisis colectivas, que pueden alterar o desestructurar a muchas personas simultáneamente. Así ocurre en las guerras, en los desastres naturales (huracanes, tsunamis, terremotos, etc.), o en situaciones como la de la reciente propagación del nuevo virus COVID-19 (también llamado coronavirus). Situaciones de este tipo pueden desencadenar crisis colectivas en las que los nuevos riesgos nos enfrentan a situaciones imprevistas en las que, inicialmente, no sabemos muy bien como reaccionar. El miedo, la incertidumbre y el caos derivadas de estos hechos nos ponen delante situaciones a veces muy críticas, que pueden desbordar los recursos personales y colectivos de los que disponemos.

Cualquier tipo de crisis nos enfrenta a nuestras vulnerabilidades y limitaciones. Aunque resulta llamativo que ese enfrentarnos a nuestras vulnerabilidades y limitaciones resulte tan inesperado para tantas personas. Pues es una evidencia que todos somos seres vulnerables y limitados, además de finitos. La posibilidad de sufrir adversidades, de enfermar o de morir forma parte de nuestra existencia como algo inevitable. Así que, ¿cómo es posible que cuando sobrevienen estas circunstancias puedan llevarnos a tanta desesperación y desconcierto? Son varios los factores que pueden estar influyendo en ello.

Por ejemplo, parece que muchos seres humanos de nuestro mundo de hoy, han aprendido a vivir en la ficción de que pueden controlar todos los factores que configuran su existencia. El disponer de tantas comodidades les ha hecho instalarse en burbujas de una seguridad irreal que les ha vuelto aún más vulnerables, al no haberse preparado para cualquier adversidad posible. El sentido de la vida de muchas personas se ha instalado en un hedonismo infantil que les ha convertido en seres frágiles. Son personas que no son conscientes de que su comodidad no puede durar eternamente. La comodidad y la inmediatez de tantas cosas nos ha hecho llegar a percibir que, como tantos deseos se pueden obtener a golpe de un click, todo puede estar en nuestras manos cuando queramos. Una situación que retroalimenta un narcisismo, que parece ser una pandemia similar a la del coronavirus, en la que cada ser humano es su propia fuente de identidad y de sentido, pretendiendo ser lo que “siente” que es, o lo que quiere ser. Ficción que, aunque parezca aumentar las libertades individuales, finalmente destruye a los sujetos y limita sus capacidades para responder de manera racional y responsable ante las crisis, pues no están en la realidad, sino en una especie de mundo-escaparate virtual, que responde a los propios deseos con rapidez y que refuerza un autoimagen irreal que debilita y que impide que las personas vean con objetividad quienes son y quienes son los otros, además de no captar adecuadamente el mundo que les rodea.

Ante esta situación, las crisis de la vida, especialmente las que nos enfrentan con el dolor, la enfermedad y la muerte, pueden suponer un derrumbamiento de ese sentido ficticio, lo que supone enfrentarse a una vulnerabilidad máxima, que se puede llegar a vivir como el fin del mundo. Y, efectivamente, puede ser el fin de un mundo ficticio que es mejor destruir. Pero, este “fin del mundo”, al poner de manifiesto la propia vulnerabilidad, puede hacer que las personas entren en estados psíquicos sumamente dolorosos que desencadenen diversos trastornos mentales o que lleven incluso al suicidio, al no poderse soportar lo que sucede. Estamos en un momento histórico en el que la ansiedad y la depresión van en aumento, así como el número de suicidios que suceden diariamente. En España se suicidan una media de 10 personas al día, y esta situación parece no tener una solución fácil. Es urgente ponernos a pensar en como replantearnos una vida que planteada de forma irreal acaba llevando de la evasión a la desesperación.

No obstante, nos alienta a la esperanza el pensar que las crisis de la vida también pueden abrir una puerta a la esperanza, al ser la oportunidad de mirar la realidad con más objetividad, dejando atrás esos “mundos ficticios” cuando se derrumban, para así llegar a encontrarnos con quienes somos realmente. Vistas de este modo, las crisis podrían ser un paso hacia el descubrimiento de nuestro potencial y nuestro ser real, para que, conociéndonos de manera más objetiva, podamos llegar a una toma de contacto con nosotros mismos, que nos permita reorganizar nuestras prioridades y ver qué es lo que realmente importa. Situación que es la que nos puede permitir conectar con un sentido de la vida más consistente, asentado en una identidad más fuerte, en la que la persona es consciente de la posibilidad de desarrollar sus potenciales internos y de tener más recursos para afrontar las dificultades. A su vez, desde esa posibilidad de vernos realmente, como seres vulnerables, pero también con fortalezas internas y capacidades creativas, para enfrentarnos a las dificultades de la vida, es desde donde podemos llegar a un sentido de la vida más pleno y consistente. Es decir, que si nos paramos a mirarnos con humildad, realismo y consciencia, es como podemos descubrir no solo nuestra limitación, sino nuestra fortaleza y posibilidad de crecer y de madurar, incluso en mitad de una crisis y, en parte, gracias a ella. De este modo algunas crisis pueden llegar a ser, una oportunidad de crecimiento, de aprendizaje y de asunción de una consciencia de la vida más realista, llevando al ser humano a su madurez interior y a su responsabilidad por co-construir, con todos, un mundo mejor. 

Para llegar a esta posibilidad de que las crisis nos despierten la conciencia y la consciencia, necesitamos aprender a mirar la realidad exterior e interior con humildad, siendo conscientes de que no lo sabemos todo. Esa posición, puede darnos la opción de probar nuestras capacidades y creatividad ante los nuevos retos que el mundo de hoy nos presenta. También necesitamos ayuda de quienes han resuelto crisis antes de nosotros. Esta tarea, supone la necesidad cooperación entre nosotros, tomando consciencia de la responsabilidad de todos por un mundo mejor y el compromiso personal de cada ser humano para con su propio ser y sentido. El trabajo interior y exterior inspirado por los valores (verdad, bondad, belleza), por la compasión (que ha de incluirle a uno mismo) y por el amor (a uno mismo como al prójimo), puede posibilitar un cambio de consciencia que nos aporte más posibilidades como humanidad y más sentido en el mundo de hoy.


sábado, 7 de marzo de 2020

CORONAVIRUS, VIVIR CON INCERTIDUMBRE




Todos estamos al tanto, en mayor o menor medida, de los problemas derivados de la epidemia de coronavirus. Lástima que parte de la información que se nos da sea sesgada, sensacionalista o imprecisa. 

La información que resulta más útil es la que nos aporta ideas claras acerca de lo que podemos hacer para prevenir el contagio de la enfermedad. De nada sirve saturarnos de información, si no percibimos la posibilidad de hacer algo para controlar, al menos parcialmente, lo que sucede.

El problema en este caso es que aún se sabe relativamente poco acerca del virus, de por dónde anda y de sus riesgos reales. El virus, ahora mismo, parece una especie de ente invisible que amenaza nuestra salud y que escapa a nuestro control, por más que deseemos ejercerlo.

El coronavirus nos está llevando hacia una gran incertidumbre. Da la impresión de que es mucho más lo que no sabemos, que lo que sabemos. O bien, lo que sabemos no es suficiente para tener controlada la situación.

El coronavirus nos ha puesto delante de nuestra propia vulnerabilidad y de nuestros miedos. Por eso, es preciso poner un nombre concreto a esos miedos para poderlos combatir uno por uno. Si no, corremos el riesgo de que se enmarañen dentro de nuestras mentes hasta que sea difícil saber cómo salir del enredo. Los miedos concretos que hay que nombrar, para manejarlos mejor son: el miedo a la enfermedad, el miedo a la pérdida de control, el miedo a la pérdida de seguridad, el miedo a la muerte, el miedo a que nuestros seres queridos se enfermen, el miedo a la incertidumbre, etc. Estos miedos nos hacen más conscientes de la fragilidad de nuestras vidas, pues normalmente vivimos sin plantearnos qué es lo que las puede alterar, por mucho que racionalmente sepamos que esto es posible en cualquier momento. El vivir de espaldas a nuestra fragilidad es una forma de protegernos de los miedos, pero nos puede hacer llevar a ser inconscientes y débiles ante las situaciones difíciles que se nos pueden presentar, pues no tendremos la preparación adecuada para ello.

En estos momentos, el reto que se nos presenta es el de cómo enfrentarnos al coronavirus. Y, en general, no estamos psicológicamente preparados para situaciones de este tipo. Podemos comprobar que muchos pasan de la negación del “no es nada” a la psicosis que les lleva a percibir esta situación como un evento apocalíptico. 

Necesitamos recuperar el sentido común y enfrentarnos exactamente a lo que está sucediendo, aquí y ahora, a nuestro momento presente, con prudencia. Lo fundamental es centrarnos en lo que sí depende de nosotros: lavado de manos, higiene, alimentación saludable y cuidado general de nuestra salud, consultar con el médico si es preciso tomar medidas adicionales (como cuando hay enfermedades previas o un sistema inmunológico debilitado), evitar grandes aglomeraciones, pedir ayuda médica si hay indicios claros de contagio o contacto previo con enfermos, etc. 


Por otro lado están algunas medidas psicológicas que nos pueden ayudar a afrontar la incertidumbre:

- Tomar consciencia de que en nuestra vida no podemos controlarlo todo y centrarnos en manejar lo que sí depende de nosotros (como las medidas señaladas previamente).

- Diferenciar los miedos y afrontarlos separadamente, como ya se ha dicho. Y no alimentarlos con nuestra imaginación, pensando en cosas terribles que creamos que pueden llegar a pasar. Es mejor planificar que estar anticipando catástrofes imaginarias, pues eso produce ansiedad. Es mejor planificar qué es lo que podemos hacer ante la situación, de forma realista, centrando la atención de que lo que haya que hacer es por nosotros y por nuestros semejantes. Mirar más allá de nosotros mismos también nos saca de un egocentrismo, que finalmente nos perjudica psicológicamente, pues, aparte de aislarnos y de hacernos insolidarios, nos sumerge más en la burbuja imaginaria de nuestros miedos.

- Pedir información y ayuda si sospechamos que podemos estar contagiados. Hay un teléfono en cada Comunidad Autónoma para este fin. En el siguiente enlace tenéis los teléfonos para este fin: https://www.diariosur.es/sociedad/salud/telefonos-consulta-sobre-20200302143541-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F&fbclid=IwAR0rgeOBxr38GxMI5r67WcjV6jejcfKlUbF2AtUIL0IjbRxjUzo5RSSA61I

- Centrar nuestra mente y atención en lo que nos ayude a relajarnos. Para eso están las actividades de ocio que normalmente nos hacen sentir bien. El prevenir el estrés y realizar actividades que nos relajan es también un factor que contribuye al buen estado de nuestras defensas contra posibles virus.

- Ser solidarios y pensar en los demás. Estamos en un momento en el que es preciso ayudarnos unos a otros. Crear redes de apoyo, de comprensión, de solidaridad con los enfermos, o con quienes están en cuarentena, es fundamental. Por ejemplo, estando pendientes de ellos con llamadas y mensajes, para que no se sientan solos y aislados. También el normalizar la situación y no dramatizar los casos que se den. Cuando nos encontremos con casos graves, de personas hospitalizadas, es muy importante apoyar a las familias y allegados. El virus puede alterar la salud, pero no puede destruir el amor y la solidaridad entre los seres humanos. No dejemos que el miedo coarte nuestra humanidad.




- Comprender que en toda vida humana se dan, antes o después, situaciones de fragilidad y de incertidumbre. Ante ellas, nos queda la posibilidad de ser creativos, generando nuevos recursos e ideas. También siempre nos queda la posibilidad de elegir la actitud que afrontamos acerca de ello, tratando de afrontar la situación desde lo que sí podemos hacer, por ejemplo, tomándola como un reto y como una oportunidad para ayudarnos unos a otros.

- Rezar o meditar: para quienes sean creyentes o tengan la opción de meditar, esta puede ser la oportunidad de mirar más allá de sí mismos y pedir por la salud de todos. Por favor, no nos quedemos en rezar solamente por nosotros mismos y por nuestros seres queridos. Una situación así ha de hacernos conscientes de que el problema es global. Y más si pretendemos formar parte de tradiciones espirituales que quieren hacer bien a la humanidad. Salgamos de la espiritualidad/religiosidad narcisista hacia una visión más amorosa, amable y compasiva para con todos. A su vez, la oración y la meditación aportan paz y energía extra, nos hacen más fuertes frente al estrés y, según ciertos estudios, aumentan las defensas.



                          

                          


Las situaciones de crisis, como la que se está dando, pueden ser, en parte, oportunidades para abrir la consciencia a una visión más realista de la vida: somos seres finitos y limitados, pero no por eso la vida deja de ser valiosa o de tener sentido. También es la oportunidad de tomar consciencia de lo que podemos aportar a otros, lo que puede ayudar a superar el individualismo enfermizo en el que muchos viven. Quizás, a pesar del sufrimiento y de la desesperación de muchos, algunas personas puedan mirar más allá y darse cuenta de que todos somos importantes para ayudar, prevenir, comprender e investigar. Luchemos contra la incertidumbre asumiéndola como parte de la vida, pero siendo también parte activa en la resolución del problema, como actores necesarios para que todo vaya de la mejor manera posible. ¡Que la fuerza nos acompañe! 





* Nota: imágenes obtenidas de Pixabay.