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lunes, 17 de agosto de 2020

VOLVER A NOSOTROS MISMOS




Creo que una parte de la historia de nuestras vidas es un viaje hacia nosotros mismos, hacia el conocimiento de lo que somos, hacia el desarrollo de nuestra autenticidad, hacia el desvelamiento de lo más profundo que no sostiene. Quizás ese es el camino más importante que podemos recorrer mientras estamos vivos. Pero, es importante tener en cuenta que, este viaje, no es una línea recta unidireccional, en la que se atraviesan una serie de etapas, sin retorno posible a los pasos anteriores, como si fuéramos aprobando asignaturas que ya no volverán a tener que estudiarse. 

El proceso de ir hacia uno mismo es más bien como un baile, con pasos adelante y atrás. A veces se dan varios adelante, a veces de dan varios atrás. Así que, unas veces avanzamos y otras veces retrocedemos. Es el balance del movimiento general el que nos muestra el avance o el retroceso final, en cada momento.

Muchos seres humanos hemos vivido momentos de conexión más profunda con lo que somos, nos hemos acercado a nuestro centro, avanzando en el baile hacia un lugar de ser en el que estar bien ubicados. También todos hemos vivido momentos de desconexión, dispersión y descentramiento. de lo que nos parece lo más esencial y central. En ocasiones, ese ir hacia atrás puede llevarnos a desconectarnos de nosotros mismos. Lo peor es que algunos llegan a perderse, por esa desconexión, y sufren y hacen sufrir.

En otros casos, la desconexión o el descentramiento, puede amplificar nuestra visión de la realidad, pues nos sacan de nuestras seguridades y certezas y pueden ayudar a que nos demos cuenta de aspectos de nosotros que aún quedan por trabajar y que, por eso, nos llaman desde las profundidades de nuestra psique. 

En ocasiones, esos aspectos, aparecen como niños caprichosos que demandan nuestra atención. Otras veces surgen como niños heridos que piden una respuesta rápida a un malestar pasado, que no ha terminado de resolverse. Esos “niños” llegan a ser como duendes traviesos que de repente nos hacen una carambola llevándonos a otro lugar ni planificado ni previsto. Pensemos en decisiones irracionales que en ocasiones se pueden tomar, en extrañas inquietudes inesperadas, en obsesiones y preocupaciones por temas nimios o en anhelos desproporcionados de tener una vida feliz y armónica, gracias a supuestas soluciones mágicas de gurús iluminados, o a través las de diversas fantasías románticas de hallar a ese príncipe o princesa “azules” que, por fin, aporten la deseada felicidad a la propia vida. Estas y otras modalidades de reacción pueden descentrarnos, al menos momentáneamente. Si sabemos mirar con profundidad, pueden ser la oportunidad de conocernos con mayor amplitud, al llevarnos a adentrarnos en terrenos más desconocidos de nuestro ser. Lo que emerge como novedad, aunque llegue a ser descentrante, puede ser la oportunidad de un avance en nuestras vidas, que nos proporcione, a través de un proceso de discernimiento, el adquirir más sabiduría y humildad. Así podremos aprovechar la ocasión para volver a nosotros mismos, con otra perspectiva más amplia y realista de lo que somos. La forma de volver implica aceptar y acoger a esos “duendes”, que son como entrenadores que ponen a prueba nuestro compromiso con la Verdad. También podemos llegar a verlos como “amigos” que nos provocan desde dentro, y los que podemos acoger como cómplices en una senda misteriosa. Si no nos peleamos con ellos, si los aceptamos, si escuchamos sus inquietudes, a la vez que delimitamos su área de influencia, llegamos incluso a aprender y a fortalecernos internamente y nuestro “volver a nosotros mismos” se va tornando más profundo y real, después de atravesar las diversas pruebas.

Los descentramientos, las dificultades, el sufrimiento y las inquietudes forman parte de lo que nos toca vivir. Entender que esa es la realidad de la vida y acogerlo nos humaniza, al desmontar ese ego vanidoso que quisiera tenerlo todo bajo su control. Mirar más allá y a través de ello, sin absolutizarlo, sin dejar que nos defina ni nos identifique, nos fortalece.

Así que, poniendo atención, consciencia e intención de estar alineados con la Verdad, así como con apertura a la gracia de lo que sucede, es como podemos ir volviendo, una y otra vez, a nosotros mismos. En un volver que también nos remite a vínculos reales, no a expectativas ilusorias de que nadie nos rescate de nuestros vacíos, ni a expectativas de qué es lo correcto, lo normal o lo mejor. Es también la apertura al dejar que la vida nos sorprenda y provoque. Solo desde ese ir volviendo al ser, al sentido, es como podemos ir desvelando lo que somos, el valor de lo que sucede y encontrando un equilibrio adecuado entre lo que somos y nuestra relación con los otros y con la realidad. 

Al final, quizás el proceso descrito se resuma en que lo importante puede ser tener en el horizonte el deseo de estar en sintonía con el Amor y con la Verdad que también nos habitan, por mucho que la vida nos traiga despistes y retrocesos. Esta intención puede ser la brújula para tener en el horizonte, una y otra vez, el volver a nuestro hogar real, el volver nuevamente a nosotros mismos, y a lo que, en lo profundo, nos sostiene. También con apertura a la relación con la resonancia que nos pueden provocar los demás, a través del afecto, la empatía y la comprensión. Si el camino de vuelta es solo a mí, desprendida del mundo y el exterior, puede tratarse de una ficción narcisista. Si el camino de vuelta es hacia mí, con apertura hacia quien resuene conmigo en un encuentro real, es cuando seguramente esté volviendo a ese lugar real que me configura y sostiene.


* Nota: imagen de Pixabay 

martes, 31 de marzo de 2020

LA CRISIS Y EL SENTIDO DE LA VIDA HOY




Artículo publicado en la Revista Crítica de este mes de marzo, páginas 8-11. Enlace a la revista: http://www.revista-critica.com  Os transcribo el texto tal y como aparece en el original. Publicación con autorización de la revista.


Las crisis forman parte de toda vida humana. Se pueden dar con mayor o menor frecuencia, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor duración; pero, antes o después aparecerán. 

A lo largo de nuestra existencia atravesamos crisis que nos ponen a prueba y nos confrontan con nuestras limitaciones, alteran nuestra seguridad, trastocan nuestros proyectos, contrarían nuestros deseos, destruyen nuestras expectativas o que pueden llegar incluso a alterar la idea de quienes somos y de nuestro papel en el mundo. Incluso, a veces las crisis llegan a hacer que nos replanteemos el sentido que creíamos que tenía nuestra vida previamente. Es decir, nos hacen replantearnos qué es lo más importante y significativo que nos motiva a vivir la vida que llevamos.

Las crisis son situaciones que percibimos como dolorosas y nos desconciertan; pueden llegar a generar una gran desorganización. En ellas podemos llegar a sentirnos incapaces y limitados para afrontarlas adecuadamente, ya que, muchas veces, es posible que tengamos la impresión de que no podrá resolverse lo que las genera, por mucho que lo deseemos. En las crisis se mezcla el impacto doloroso de las mismas con la sensación de impotencia o limitación, a lo que se une la sensación de apremio, por el deseo que salir lo antes posible de ellas. 

El malestar que una crisis provoca es parte de lo que nos empuja a resolverla. La palabra crisis deriva de la palabra griega krinein, que significa decidir. Las crisis nos empujan a decidir, a discernir para saber hacia donde ir y/o cómo posicionarnos ante ellas. Las crisis nos pueden provocar a mirar mas allá de los planteamientos conocidos, amplificando nuestro horizonte de sentido, es decir, a ampliar nuestra visión de la vida, mirando más allá de lo conocido y descubriendo, la posibilidad de desarrollar nuevos recursos y posibilidades. Lo que puede darse, paradójicamente, a la vez que la crisis nos bloquea y no nos deja sacar lo mejor de nosotros mismos. De ahí que la mayoría de las crisis de nuestra vida supongan grandes retos y dificultades, a través de los que derrumbarnos o a través de las que crecer. Las situaciones críticas pueden suponer la paradoja de la limitación, simultáneamente al surgimiento de nuevas posibilidades y capacidades. 

Algunas de las crisis que se presentan en la vida son previsibles, lo que nos da más posibilidades de prepararnos para ellas. Tal es el caso de cualquier transición que nos toque vivir, como la de terminar una carrera, la de un cambio de trabajo, de domicilio o de estatus, que provocan crisis por la necesidad de adaptarse a nuevas situaciones. Estos ejemplos forman parte de situaciones que todos hemos de afrontar a lo largo de la vida. Y ese tipo de crisis han de estar integradas en el sentido global de nuestra vida, dado que no se pueden separar del hecho de estar vivos.

Otras crisis son imprevisibles, por su aparición súbita o porque no formaban parte de las situaciones esperables, y por ello, suponen un mayor sufrimiento al pillarnos desprevenidos. Son crisis mucho más difíciles de afrontar. Por ejemplo, ese es el caso de una enfermedad grave que es diagnosticada inesperadamente o la muerte súbita de un ser querido. También se puede dar una crisis imprevisible y grave cuando se desencadena internamente una gran inestabilidad psíquica, como consecuencia de un trastorno mental que no se ha sufrido previamente. 

Además de estas crisis, que podemos considerar personales, se dan las crisis colectivas, que pueden alterar o desestructurar a muchas personas simultáneamente. Así ocurre en las guerras, en los desastres naturales (huracanes, tsunamis, terremotos, etc.), o en situaciones como la de la reciente propagación del nuevo virus COVID-19 (también llamado coronavirus). Situaciones de este tipo pueden desencadenar crisis colectivas en las que los nuevos riesgos nos enfrentan a situaciones imprevistas en las que, inicialmente, no sabemos muy bien como reaccionar. El miedo, la incertidumbre y el caos derivadas de estos hechos nos ponen delante situaciones a veces muy críticas, que pueden desbordar los recursos personales y colectivos de los que disponemos.

Cualquier tipo de crisis nos enfrenta a nuestras vulnerabilidades y limitaciones. Aunque resulta llamativo que ese enfrentarnos a nuestras vulnerabilidades y limitaciones resulte tan inesperado para tantas personas. Pues es una evidencia que todos somos seres vulnerables y limitados, además de finitos. La posibilidad de sufrir adversidades, de enfermar o de morir forma parte de nuestra existencia como algo inevitable. Así que, ¿cómo es posible que cuando sobrevienen estas circunstancias puedan llevarnos a tanta desesperación y desconcierto? Son varios los factores que pueden estar influyendo en ello.

Por ejemplo, parece que muchos seres humanos de nuestro mundo de hoy, han aprendido a vivir en la ficción de que pueden controlar todos los factores que configuran su existencia. El disponer de tantas comodidades les ha hecho instalarse en burbujas de una seguridad irreal que les ha vuelto aún más vulnerables, al no haberse preparado para cualquier adversidad posible. El sentido de la vida de muchas personas se ha instalado en un hedonismo infantil que les ha convertido en seres frágiles. Son personas que no son conscientes de que su comodidad no puede durar eternamente. La comodidad y la inmediatez de tantas cosas nos ha hecho llegar a percibir que, como tantos deseos se pueden obtener a golpe de un click, todo puede estar en nuestras manos cuando queramos. Una situación que retroalimenta un narcisismo, que parece ser una pandemia similar a la del coronavirus, en la que cada ser humano es su propia fuente de identidad y de sentido, pretendiendo ser lo que “siente” que es, o lo que quiere ser. Ficción que, aunque parezca aumentar las libertades individuales, finalmente destruye a los sujetos y limita sus capacidades para responder de manera racional y responsable ante las crisis, pues no están en la realidad, sino en una especie de mundo-escaparate virtual, que responde a los propios deseos con rapidez y que refuerza un autoimagen irreal que debilita y que impide que las personas vean con objetividad quienes son y quienes son los otros, además de no captar adecuadamente el mundo que les rodea.

Ante esta situación, las crisis de la vida, especialmente las que nos enfrentan con el dolor, la enfermedad y la muerte, pueden suponer un derrumbamiento de ese sentido ficticio, lo que supone enfrentarse a una vulnerabilidad máxima, que se puede llegar a vivir como el fin del mundo. Y, efectivamente, puede ser el fin de un mundo ficticio que es mejor destruir. Pero, este “fin del mundo”, al poner de manifiesto la propia vulnerabilidad, puede hacer que las personas entren en estados psíquicos sumamente dolorosos que desencadenen diversos trastornos mentales o que lleven incluso al suicidio, al no poderse soportar lo que sucede. Estamos en un momento histórico en el que la ansiedad y la depresión van en aumento, así como el número de suicidios que suceden diariamente. En España se suicidan una media de 10 personas al día, y esta situación parece no tener una solución fácil. Es urgente ponernos a pensar en como replantearnos una vida que planteada de forma irreal acaba llevando de la evasión a la desesperación.

No obstante, nos alienta a la esperanza el pensar que las crisis de la vida también pueden abrir una puerta a la esperanza, al ser la oportunidad de mirar la realidad con más objetividad, dejando atrás esos “mundos ficticios” cuando se derrumban, para así llegar a encontrarnos con quienes somos realmente. Vistas de este modo, las crisis podrían ser un paso hacia el descubrimiento de nuestro potencial y nuestro ser real, para que, conociéndonos de manera más objetiva, podamos llegar a una toma de contacto con nosotros mismos, que nos permita reorganizar nuestras prioridades y ver qué es lo que realmente importa. Situación que es la que nos puede permitir conectar con un sentido de la vida más consistente, asentado en una identidad más fuerte, en la que la persona es consciente de la posibilidad de desarrollar sus potenciales internos y de tener más recursos para afrontar las dificultades. A su vez, desde esa posibilidad de vernos realmente, como seres vulnerables, pero también con fortalezas internas y capacidades creativas, para enfrentarnos a las dificultades de la vida, es desde donde podemos llegar a un sentido de la vida más pleno y consistente. Es decir, que si nos paramos a mirarnos con humildad, realismo y consciencia, es como podemos descubrir no solo nuestra limitación, sino nuestra fortaleza y posibilidad de crecer y de madurar, incluso en mitad de una crisis y, en parte, gracias a ella. De este modo algunas crisis pueden llegar a ser, una oportunidad de crecimiento, de aprendizaje y de asunción de una consciencia de la vida más realista, llevando al ser humano a su madurez interior y a su responsabilidad por co-construir, con todos, un mundo mejor. 

Para llegar a esta posibilidad de que las crisis nos despierten la conciencia y la consciencia, necesitamos aprender a mirar la realidad exterior e interior con humildad, siendo conscientes de que no lo sabemos todo. Esa posición, puede darnos la opción de probar nuestras capacidades y creatividad ante los nuevos retos que el mundo de hoy nos presenta. También necesitamos ayuda de quienes han resuelto crisis antes de nosotros. Esta tarea, supone la necesidad cooperación entre nosotros, tomando consciencia de la responsabilidad de todos por un mundo mejor y el compromiso personal de cada ser humano para con su propio ser y sentido. El trabajo interior y exterior inspirado por los valores (verdad, bondad, belleza), por la compasión (que ha de incluirle a uno mismo) y por el amor (a uno mismo como al prójimo), puede posibilitar un cambio de consciencia que nos aporte más posibilidades como humanidad y más sentido en el mundo de hoy.


lunes, 6 de mayo de 2019

X CONGRESO DE ANTROPOLOGÍA, PSICOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD “ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO Y EL DOLOR”



Todos nos encontramos con personas que sufren, empezando por nosotros mismos, pues el sufrimiento se da en toda vida humana. El cómo nos enfrentamos a nuestro propio sufrimiento y dolor, es un factor fundamental en cómo abordamos esta situación en quienes encontramos. A su vez, como reaccionamos ante los otros también va configurando una manera de estar en el mundo y ante nosotros mismos. 

Saber acompañar a otros en momentos de sufrimiento y de dolor no es una cuestión que ataña solo a profesionales de la salud. Es una cuestión que apela a la responsabilidad de todo ser humano en algún momento de su vida. Por ello, consideramos que es una cuestión fundamental sobre la que reflexionar y aprender, desde diferentes perspectivas y experiencias.

Para desarrollar más consciencia sobre estas cuestiones tenemos en Ávila, el X CONGRESO DE ANTROPOLOGÍA, PSICOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD, con una visión interdisciplinar e interreligiosa. 

El tema de este año es:


“ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO Y EL DOLOR”

CÁTEDRA EDITH STEIN, UNIVERSIDAD DE LA MÍSTICA, ÁVILA

PRESENCIAL Y ONLINE

25-27 de Octubre de 2019


VIERNES 25 DE OCTUBRE:

Mañana:

- 9:15 -- Recepción y entrega de documentación.

- 9:45 - 10:00 --- Acto de apertura y presentación del congreso.

- 10:00 - 11.00 – Ponencia inaugural: 
Vivir y acompañar el sufrimiento del duelo
José Carlos Bermejo 
Religioso Camilo, Doctor en teología pastoral sanitaria, Director Centro San Camilo y Centro de Humanización de la Salud.

- 11:00 - 12:00 --- 
La Sedaká como justicia
Israel BenEliezer
Psicólogo, Profesor de Teología y de Legislación Judía (Halachah)

- 12:00 - 12:30 --- Descanso.

- 12:30 – 13:30--- Diálogo con ponentes presentes y público


Tarde:

16:00 - 17:00 --- Ponencia
Seres Humanos cuidando de otros Seres Humanos. Acompañando en el sufrimiento y dolor de nuestros Pacientes
Rosana Mainar
Médico especialista en Geriatría y Gerontología y en Medicina de Familia, Master en Cuidados Paliativos


17:00- 18:00 –-- Ponencia 
Sufrimiento y aceptación en cuidadores de familiares mayores 
Javier López
Doctor en Psicología, Profesor de la Universidad CEU-San Pablo de Madrid

18:00 – 18:30 --- Descanso

18:30-19:30 --- Diálogo con ponentes presentes y público



SÁBADO 26 DE OCTUBRE:

Mañana:

- 10:00 – 12:30 ---  

El Arte “Ese” Acompañar

Adriana Ozores
Actriz de cine, teatro, televisión, investiga el autoconocimiento a través de la interpretación

Abdelatif Hwidar
Actor, guionista y director de cine

- 12:30 - 13:00 --- Descanso.

- 13:00 - 14:00 --- Comunicaciones

 Tarde:

16:00 - 17:00 --- Ponencia
El sufrimiento desesperanzado: afrontando la realidad del suicidio
Guillermo Lahera
Médico Psiquiatra y Profesor de la Facultad de Medicina de Alcalá de Henares


17:00-18:00—-- Ponencia
La huella del arte de cuidar en la filosofía de Edith Stein
Amparo Nogales
Doctora en Historia Moderna y Doctora en Ciencias Biomédicas. Profesora Honorífica Universidad Rey Juan Carlos


18:00 - 18:30 – Descanso

18:30 - 19:30 --- Diálogo con los ponentes presentes y público


Domingo 27 de Octubre:

- 10:00 - 11:00---  Ponencia 
De la em-patía a la sim-patía. El milagro de la compasión
Amedeo Cencini
Doctor en Psicología, Profesor en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma

- 11:00– 12:00 --- Ponencia de clausura
Una Iglesia-evangelio para los pobres: Acompañar en el sufrimiento.
Santiago Agrelo
OFM

- 12:00-12:30 Diálogo con ponentes presentes y público


- 12:30 - 12:45 ---  Clausura de las Jornadas


Más información e inscripciones en info@mistica.es 

miércoles, 25 de julio de 2018

¿SER NORMALES? ¿SER DIFERENTES?




A veces tengo la sensación de que estamos perdiendo ciertos parámetros que nos permiten orientarnos mínimamente en la realidad. 

Las identidades se diluyen, se incrementan las inseguridades y parece que nuestro ser es una especie de disco duro en el que es posible incorporar cualquier software o app al servicio de nuestros deseos. Incluso hay quien dice que podemos ser quienes queramos y como queramos, que basta con proponérselo, ser positivos, etc. Si así fuera estaríamos dominando uno de los lugares más complejos del universo, nuestro infinito espacio interior y se supone que podríamos ser absolutamente felices, todopoderosos, infalibles, etc. Pero los hechos nos muestran que esto no es así y que lo más irracional es creer que la realidad exterior y la interior puede responder a las capas más superficiales de nosotros. 

Con todo el mercado de coach, pseudoterapeutas e iluminados que tenemos disponible cualquier día nos venden un tuneado del ser a módicos precios, para vivir sugestionados incrustados en personajes imaginarios. Serían nuevos caminos para fabricar máscaras más verosímiles y aparentemente satisfactorias. Pretender esto de crear el personaje que queramos ser es jugar a los cuentos de hadas, y, lo que es peor, generar autoengaños muy nocivos que finalmente sear el mayor impedimento para la felicidad, ya que esta pasa por ser nosotros mismos.

En todo este batiburrillo de ilusiones diversas y construcciones extrañas de yoes imaginarios, muchos andan en la pretensión de que lo mejor es ser diferentes. Pero no diferentes siendo quienes son, sino ser diferentes forzadamente, obligatoriamente. Está de moda ser diferentes. Pero... si está de moda ser diferentes parece que el ser normal va a ser la manera de ser diferente. Tampoco me parece que debamos ser normales a la fuerza. Lo más normal será ser lo que somos, más o menos raros, más o menos normales. Ser lo que somos es liberador y, en general, ese paso de progresión hacia nuestro ser real suele ayudarnos a dejar ser como son a los demás. No es real la liberación que solo pasa por uno mismo, sin dejar libertad a los otros. 

Si alguien alardea de ser libre y de ser diferente y no soporta la normalidad o la diferencia del de al lado, simplemente me está mostrando que ni es libre ni es diferente. Simplemente está adaptado a otra forma de normalidad, la de la supuesta diferencia que otorga la identidad de ser especial. Como cuando los niños juegan a ser personajes ficticios. Aunque los niños suelen saber que están jugando... El problema es que el juego de la ficción narcisista se apodere de uno y uno viva a través del personaje imaginario, a costa de los demás (pues si no le siguen el juego le resulta insoportable) y obligando a otros a pensar como él, porque así son tan diferentes como el mismo. Pues no señor, así son iguales a lo que tú quieres que sean, no realmente diferentes. Sería otra forma de normalidad impuesta.

La normalidad impuesta no ayuda a conectarse con la realidad y se puede caer en lo que Erich Fromm llamó “patología de la normalidad” y otros, como Guinsberg “normopatía”, una especie de enfermedad de ser normales. Guinsberg define al normópata como el que acepta pasivamente y por principio todo lo que en su cultura se señala como bueno, justo y correcto y sin cuestionar nada, aunque sí cuestione y ataque a quienes cuestionan su visión de la normalidad.

Es curioso que si se impone la diferencia como forma de normalidad podemos caer, paradójicamente, en una forma de “normopatía” encubierta no por ello menos alienante y peligrosa.

Ojalá fuéramos libres para ser normales o diferentes, según le surja realmente… dejando a los demás ser quienes sean realmente, sin imposiciones.




domingo, 14 de enero de 2018

VIAJE A INDIA: ENTRE EL ÉXTASIS Y LA "BULIMIA TURÍSTICA"



Las pasadas navidades tuve la suerte de visitar India por primera vez en mi vida. Era un viaje pendiente desde hacía décadas. Quizás mitificado por lecturas adolescentes de viajeros espirituales o por testimonios de adictos al yoga y a la meditación.


Aunque es realmente difícil transmitir una experiencia paladeada desde latitudes con costumbres tan ajenas a las nuestras, no me resisto a escribir unas líneas acerca de esta experiencia de 12 días. Espero que algo se trasluzca a través de mis palabras.



Decidí apuntarme a un viaje organizado de una agencia con un perfil más alternativo y cultural, con la esperanza de no entrar en el típico viaje de circuito turístico. También porque en India no queda otra para iniciarse, que un viaje organizado, por lo que se dice de la peligrosidad del país para viajeros no iniciados en el mismo. Recorrimos Rajastán (la esquina superior izquierda de la India que, por lo visto, tiene la misma extensión que España).


Imagen de Wikipedia

Fueron 12 días intensos de conocer nuevos lugares, hacer nuevos amigos en ese “Gran Hermano” que acaba siendo un grupo de viajes, por la estrecha convivencia día tras día. Por suerte fue este un encuentro afortunado, pues he conocido a personas estupendas y he disfrutado mucho de los momentos compartidos.



Intentaré mirar un poco más allá de mis parámetros occidentales, que generarán sesgos perceptivos inevitables. Por ejemplo, las 3 horas de cola esperando en el aeropuerto en inmigración, a que te revisen pasaporte y visado, pueden exasperar la paciencia del más templado, y más teniendo en cuenta las horas de vuelo que llevábamos encima, y que eran casi las tres de la madrugada al aterrizar… No obstante, el saber algo de meditación y el haber vivido en otra cultura en la que el tiempo es relativo (Marruecos), me permitió cambiar el chip y mantenerme en un presente atento (no reptiliano) en el que conversar con otras personas que por allí andaban a la espera. Al final atravesamos la barrera del espacio-tiempo y llegó Delhi tras una amena conversación con una agradable pareja de colombianos que recorrían el mundo y que me contaron sus peripecias. Prueba superada: llegar con calma al final del primer obstáculo… Eran casi las 6 de la mañana y eso permitió ver de forma tranquila una Delhi que se desperezaba antes del alba. Tranquilidad, pocos coches y poca gente. Engañosa impresión de una de las ciudades más caóticas y pobladas del mundo (¿18 millones? No se sabe a ciencia cierta, pues no todo el mundo está censado).



A partir de ese momento se inició una frenética expedición de días en los que tuvimos la suerte de encontrarnos con lugares maravillosos. Ese día llegamos al hotel sobre las 6:30 a.m., a las 8:30 a.m. nos daban de desayunar para iniciar el periplo turístico a las 9:30 a.m. Sin apenas dormir nos sometimos condescendientemente a esa programación, también con la esperanza de que semejante ritmo nos haría adaptarnos más fácilmente al jet lag al dormirnos instantáneamente, al caer la noche, por agotamiento. Empezaba la "bulimia turística": durante varios días fuimos sometidos a una sobredosis de visitas a templos, mausoleos, palacios, cementerios, que para colmo se complementó con encerronas en emporios comerciales (nos soltaban en alguno de estos lugares en los que no había mucha opción de escape, para estimular nuestro consumismo insaciable de occidentales, creo que en esto el cansancio no ayuda a la regulación de la compulsividad con las compras). 



A favor de los organizadores he de decir que gracias a ese ritmo de gynkana turística pudimos visitar una cantidad de lugares que hubiera sido imposible para mis propias fuerzas y capacidad de previsión y de organización. He conocido lugares maravillosos e inolvidables como el Taj Majal. Solo por estar allí ha merecido la pena el viaje. 




Me pareció una belleza Jama Masjid, una mezquita situada en Delhi, que por lo visto es la más grande de la India. Curioso eso de que nos cubrieran con una prenda hasta los pies para poder entrar. Pero también a destacar la paciencia de muchos musulmanes que nos toleraban. Me sorprendió que algunos pusieran solo cara de un cierto malestar al ser fotografiados rezando por algunos turistas. No sé como se hubiera tolerado esa falta de respeto en otros lugares del mundo de cualquier otra religión. 

Mezquita Jama Masjid en Delhi

En la mezquita con lo que había que 
ponerse para poder entrar....

Precioso también el mausoleo en Delhi del Emperador Humayun. Curiosamente lleno de niños uniformados sonrientes y con ganas de conversación y risas con nosotros.

Mausoleo en Delhi del Emperador Humayun

Sorprendente Mandawa con sus hawelis o palacetes de nuevos ricos del siglo XIX cuyos descendentes han abandonado la zona para irse al sur del país. 

Haweli en Mandawa
Interior de un Haweli en Mandawa

Impresionante la ciudad de Bikaner, una antigua ciudad-fortaleza. El recorrer sus callejuelas me recordaba las medinas de Marruecos. Es curioso el parecido de la India con muchos lugares de Marruecos, tanto por el ambiente, como por el tipo de edificios, etc. Fue interesante entrar en un templo jainista, se respiraba dentro mucha paz, en mitad del casos de la ciudad. Una de las mejores experiencias en Bikaner fue que nos dejaran entrar en una boda india y que los invitados se fotografiaran con nosotros… 

Bikaner
Templo Jainista en Bikaner

Pero lo más sorprendente, cerca de Bikaner, en Deshnok, fue visitar el templo Karni Mata o “templo de las ratas”. Sí, un templo lleno de ratas por todas las esquinas, pues allí se consideran animales sagrados. Menos mal que no soy escrupulosa… Algunos de mis compañeros de viaje no lo pasaron muy bien allí.

"Templo de las ratas" en Deshnok

"Templo de las ratas" en Deshnok

Me impresionó también Vrindavan, una ciudad sagrada a las orillas del segundo río sagrado de la India (río Yamuna). Es una ciudad plagada de templos, en la que tuvimos la suerte de contemplar varios rituales simultáneos a la orilla del río al atardecer, en los ghats

A la orilla del río Yamuna en Vrindavan

Ceremonia a la orilla del río Yamuna en Vrindavan
Orilla del río Yamuna en Vrindavan
Vrindavan es también una ciudad plagada de monos, que se consideran sagrados. Uno de ellos le robó las gafas a una compañera de viaje, que fueron recuperadas por la sagacidad de un indio. 



En esta ciudad también nos llevaron al templo de los Hare Krishna, en el que pudimos presenciar uno de sus rituales de adoración a Krishna. En él los indios parecían relajados e implicados. Los occidentales conversos estaban totalmente abducidos e hipnotizados… En ellos veías el poder de la secta para haber anulado su individualidad. Impresionaba.

Visitamos aún más lugares, pero no quiero hacer esta entrada muy pesada. Han sido miles de experiencias y detalles que contar, y que es imposible abarcar en una entrada de un blog. Sólo quedan por mencionar, como relevantes, los impresionantes y lujosos palacios, que tanto contrastan con el caos, miseria y pobreza que vemos en las calles (aunque no tanta como esperaba, parece que India ha mejorado en este sentido en las últimas décadas).

Añado también un breve comentario acerca de la curiosa complejidad del Hinduismo, una mezcla sincrética y variada de cultos, templos y tradiciones milenarias. A nuestros ojos parece haber mucha religiosidad mágica (dioses-muñecos que se columpian, imágenes veneradas fervorosamente, tradiciones inamovibles, etc.). Pero en estas latitudes también hay religiosidad mágica, más difícil de captar así por el acostumbramiento. En fin, todo un reto para la reflexión transcultural. Una curiosidad es el columpio que aparece en la foto de más abajo, dedicado exclusivamente al dios Vishnú. Se considera que el dios se está columpiando en él pues hay una imagen del mismo encima del columpio:



La India es un país fascinante, lleno de contrastes (pobreza-riqueza, caos-armonía, espiritualidad-materialismo, etc.) que no nos puede dejar indiferentes. También nos permite darnos cuenta de los condicionamientos culturales al echar una mirada externa a una cultura tan diferente a la nuestra. Pero es importante no caer en la tentación de que nosotros estamos libres de dichos condicionamientos. Son distintos, por eso podemos ver la “paja en el ojo ajeno” y quizás más extremos (lo de los matrimonios concertados por los padres o la vida tan dura que espera a las viudas es difícil de digerir). 

Llama la atención lo que nos dijo el guía de que no se cuidan las cosas porque viven en el pasado y en el presente. Que estar en el presente supone no prever las cosas para mañana y no cuidarlas demasiado… ¿Puede ser eso lo que nos espere si entramos en modo mindfulness constante? Quién sabe…

Aunque fueron días muy intensos creo que para conocer esa cultura y ese país no es posible en 12 días y aún menos en plan “bulimia turística”. Creo que necesitaría un ritmo reposado, entrar en su modo de tiempo tranquilo y presente por unos días, para empaparme más del sentido de lo que allí sucede. Espero volver de otra manera y “vivir” la India. No quiero vivir secuestrada por un tour turístico y su frenético ritmo de consumo compulsivo de experiencias viajeras. Volveré de otro modo para saber donde estuve, como son sus gentes, en qué consiste esa cultura de milenios y cómo es su religiosidad, etc. Seguro que me quedan infinidad de cosas por descubrir que en mi viaje turístico no alcance ni a intuir...

El cómo viajamos parece ser un reflejo de cómo vivimos. Consumimos todo a un ritmo frenético: experiencias, relaciones, cosas. Lo curioso es que mis compañeros de viaje no parecían incomodarse por la bulimia turística y que incluso parecían satisfechos si se añadía alguna actividad adicional al apretado tour del día. Creo que, en general, vivimos demasiado hiperestimulados en nuestras latitudes y no nos sorprende viajar de ese modo. No nos paramos a digerir, paladear o a estar en silencio contemplando lo que sucede. Quizás en esto los indios puedan aportarnos algo de calma y mesura… Quizás aún me quede mucho por digerir después del viaje bulímico, para poder ser consciente de todo lo vivido, contemplado y experimentado... 

domingo, 4 de diciembre de 2016

RELIGIOSIDAD, ESPIRITUALIDAD Y ALIMENTACIÓN




En muchas tradiciones espirituales nos encontramos con indicaciones acerca del cuidado de la salud y más específicamente sobre qué alimentos tomar o evitar. Lo que es menos frecuente es encontrar indicaciones acerca de alimentación más saludable o sobre un cuidado adecuado del cuerpo.  Quizás porque cuando surgen las diferentes religiones hay otras prioridades o no hay muchos conocimientos acerca de una alimentación saludable. 

Sí encontramos algunas indicaciones en tradiciones de Oriente (en la Medicina Tradicional China, en la Medicina Ayurvédica, etc.).

Es interesante que en todas las tradiciones se bendiga la mesa antes de empezar a comer, lo que indica una actitud de respeto y de gratitud frente a los alimentos que comemos. ¿Por qué entonces no tener en cuenta más conscientemente lo que comemos?

En Occidente es donde las indicaciones acerca de una vida saludable ligada a la espiritualidad son más limitadas. Encontramos alguna indicación de ayunos temporales o de privación de ciertos alimentos, de forma ocasional, pero casi nada en el sentido del cuidado de la salud física considerando la alimentación… No obstante, tenemos la afirmación en el Cristianismo de que “el cuerpo es el templo del espíritu” y, si es así, ¿por qué no se considera, de manera explícita, un cuidado responsable del cuerpo?

Los estudios científicos que muestran la estrecha relación entre nuestra salud y los hábitos alimentarios son muy numerosos. Muchas enfermedades cardiovasculares y metabólicas, además de diversos tipos de cáncer tienen que ver con cómo nos alimentamos y otros hábitos de vida (como el ejercicio físico). Los malos hábitos alimentarios también inciden en una mala salud mental, por un déficit de nutrientes o diversas alteraciones en el metabolismo que llevan a un mal funcionamiento del cerebro.

Si es así, ¿por qué se ignora, con tanta frecuencia, el cuidado del “templo del espíritu” en nuestra tradición cristiana? Es más, podemos ver las actitudes de recelo hacia quienes comen diferente (vegetarianos, macrobióticos, etc.), como si se tratara de actitudes caprichosas e irresponsables, cuando probablemente haya una mayor responsabilidad hacia la propia salud en quienes comen así.

Podríamos pensar que detrás de una alimentación inadecuada hay una negligencia hacia el cuidado de la propia vida y de la propia salud. ¿No entra esto en contradicción con las ideas del cuidado de la vida y de que la vida es algo sagrado? Por no hablar de las interferencias en nuestro funcionamiento cotidiano que puede tener una mala salud física y mental. Ese mal cuidado de la salud física y mental que he podido observar en muchos ámbitos religiosos cristianos se puede tachar de irresponsabilidad y de negligencia con la propia vida. Por no hablar de la cultura que se genera en torno a esta inconsciencia: una cultura en la que se menosprecia el cuerpo y el cuidado del mismo, que se expande de forma irresponsable e inconsciente y genera daños en la salud de numerosas personas, que recurren al médico cuando ya es difícil reparar el daño…

Una espiritualidad sana debería ser más integradora, en contacto con el cuerpo y con la naturaleza, de tal forma que la idea de que la vida es sagrada y de que el cuerpo sea el templo del espíritu estuviera en consonancia con un cuidado responsable de nuestra salud física. 


Mejor recordemos a Hipócrates y quedémonos con su indicación de "que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina." Y con su idea de “Mens sana in corpore sano”.