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sábado, 22 de noviembre de 2025

REIVINDICANDO A LOS SHERPAS DEL ESPÍRITU



El término sherpa se ha convertido en la palabra que designa a ciertos guías intrépidos de las montañas del Himalaya. Los sherpas son grandes conocedores de las rutas difíciles de esas montañas misteriosas y fascinantes. Ellos han tenido que explorarlas muchas veces por sí mismos, asumiendo riesgos que han puesto en peligro su salud y su vida. Imagino que, gracias a su tenacidad y fortaleza, han podido llegar a cumbres inexploradas y a vislumbrar paisajes únicos, de los que posteriormente pueden hacer partícipes a otros visitantes de esas tierras lejanas y elevadas. 

A veces imagino, por analogía, el equivalente espiritual de este término: el “sherpa del espíritu”. Lo veo como alguien que explora por su cuenta diversos territorios espirituales, incluso los que pueden resultar más arriesgados, o a los que nadie quiere acercarse por ser raros o diferentes. Aunque este sherpa a veces pudiera recorrer caminos conocidos y recorridos previamente por otros, no podría evitar transitar como caminante solitario a nuevas tierras y fuentes que alimentaran su vida espiritual. Seguramente, también con la esperanza de traer riqueza espiritual a otros. 

 

Pienso que estos sherpas del espíritu deberían tener una gran capacidad de indagación y de libertad, que los diferenciaría de quienes transitaran los caminos convencionales, o los de quienes fueran en piloto automático por ciertas autovías de los caminos religiosos más convencionales.

 

A veces tengo la sensación de que necesitamos urgentemente auténticos sherpas del espíritu. Serían los primeros que se atreverían a transitar nuevas rutas de alta montaña para enseñarnos a respirar el oxígeno espiritual de las cumbres más elevadas. Desde ellas podrían contemplar directamente la belleza absoluta, respirando libres y alimentándonos de una fuente inagotable de vida auténtica. Para llegar a esas cumbres, antes les tocaría entrenarse y aprender a transitar terrenos difíciles, a veces fangosos y resbaladizos. Solo así podrían enseñarnos a recorrer nosotros esos caminos espirituales para enfrentarnos lo mejor posible a los riesgos ya que habrían aprendido a moverse, desde su experiencia, con las habilidades necesarias a través de los extraños parajes de las montañas más altas. 

 

Sería también conveniente que estos sherpas del espíritu transitaran por las simas de sus propias almas, enfrentándose a sus propias sombras, liberándose de la tentación de vendernos verdades propias y trilladas, o de la de llevarnos solamente a los spas espirituales que nos reconfortaran a cambio de unos billetes. 

 

Ojalá que esos sherpas del espíritu que encontremos en la vida, o el sherpa interior que llevemos dentro, nos permitan liberar el alma de las tentaciones del camino fácil que conduce a espejismos reconfortantes. Muchas veces, deseo que los sherpas del espíritu que quieran guiarnos, se hayan liberado de la tentación de decirnos qué hacer exactamente para copiar sus vidas y espero que hayan aprendido a solo querer sujetarnos a sus cabos de escalada cuando andamos perdidos y en peligro.

 

Qué bello sería que esos sherpas nos aportasen un ejemplo de la libertad del alma y de la humildad, enseñándonos a caminar con sus habilidades, sin darnos indicaciones rígidas, aunque sí prudentes, para ayudarnos a crecer y ser quienes realmente somos. Así quizás aprenderíamos a ser buenos sherpas del espíritu también nosotros mismos. 

 

Más allá de estos deseos, también sueño con que sean respetados en sus vuelos, aunque para ciertos ciegos volar sea imposible. Y que sus vuelos siempre nos inspiren a aprender a volar nosotros cuando sepamos verlos con nuestros ojos abiertos.

 

Ante lo dicho, os invito a preguntaros: ¿Existen hoy día sherpas del espíritu que nos sirvan de ejemplo o de guía? ¿Qué sentido tendrían para nosotros? ¿Nos atrevemos a serlo nosotros mismos? ¿O bien criticamos a quienes son faros espirituales novedosos? ¿Qué caminos luminosos están ahí y aún no sabemos verlos? ¿Tenemos los ojos del alma realmente abiertos? 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

SALIR DE NOSOTROS MISMOS



Después de mi anterior escrito, titulado “Volver a nosotros mismos”, puede resultar totalmente contradictorio que, justo después, escriba otro sobre “Salir de nosotros mismos”, ya que, si he puesto énfasis en la necesidad de “volver a nosotros mismos”, ¿tiene sentido poner ahora énfasis en “salir de nosotros mismos”? Yo creo que sí, pues me parece que se trata de movimientos complementarios y que nos permiten encontrar un equilibrio razonable en nuestras dinámicas internas. 

El anterior escrito terminaba del siguiente modo: “Si el camino de vuelta es solo a mí, desprendida del mundo y del exterior, puede tratarse de una ficción narcisista. Si el camino de vuelta es hacia mí, con apertura hacia quien resuene conmigo, en un encuentro real, es cuando seguramente esté volviendo a ese lugar real que me configura y sostiene.”

Voy a intentar desarrollar, un poco más, lo que planteaba al final de mi escrito.

La cuestión de fondo es diferenciar en autocentramiento egocéntrico, que sería narcisista y autocomplaciente, del posicionamiento centrado, en donde la persona se sitúa en su ser real y, desde ahí, puede abrir las puertas de su “casa” desde la hospitalidad, la comprensión y la apertura a otros.

A veces escucho sobre el empeño en el volver a uno mismo, desde un autocentramiento egocéntrico, en un supuesto auto-conocimiento autocomplaciente, que lleva a una persona a validar la realidad solo desde sí misma, o incluso desde lo que cree su percepción de la realidad divina (por ejemplo, en su oración o meditación) y a pensar que su auto-realización es solo suya e individual, siendo los demás, en general, estorbos para el plan personal, si no le siguen el juego o el “baile”. Algo que es, aún más “peligroso”, cuando se trata de alguien más inteligente que la media y que tienda a la introversión. En ese caso, se puede instalar cómodamente en su parcela interior de seguridad, certezas, crecimiento personal o espiritual, inspiración, desarrollo profesional, etc., sin reparar en lo que pasa alrededor, ni en los que les pasa a otros. Llegando incluso, a provocar un gran malestar a su alrededor, sin darse cuenta, con sus actitudes. En estos casos, es posible que la persona sienta que sigue su verdadera senda vocacional, pero que los demás son incordios que no le entienden y que, incluso, si le molestan con sus actitudes, es porque son de inteligencia inferior, mediocres, primitivos, etc. Ante esas “molestias”, quien tenga tendencias narcisistas o egocéntricas tenderá a meterse más dentro de sí, despreciando al resto del mundo, pues es “incómodo”. Y no verá que ese mundo le resulta “incómodo” por su manera estrecha, exigente y dura de mirar las cosas. Lo que, no se debe confundir con tener una gran sensibilidad, o con que los demás no nos puedan resultar a veces inconvenientes. La cuestión es que, cuando son todos, o casi todos, los que solamente dificultan la propia realización personal, ¿no es más bien uno mismo el que está excesivamente centrado en sus propios intereses, ideas y actitudes? 

Cuando nos relacionamos con una persona así, normalmente sentimos inseguridad o perplejidad, pues son expertos en hacernos sentir culpables, por importunar sus importantes ocupaciones, que siempre estarán muy por encima de cualquier necesidad ajena, a la que, si se presta atención será desde una actitud condescendiente de aparente caridad, perdonándonos la vida y haciéndonos sentir privilegiados por el tiempo que nos conceden, desde su posición de dioses del Olimpo.

En el otro extremo, podemos detectar el centramiento sano y realista, con apertura a la realidad y a los otros, en quienes, aún estando ocupados y centrados en lo que la vida les pide, asumiendo sus responsabilidades y respondiendo a su vocación, escuchando su interioridad, son capaces de tratarnos con sencillez, sin muros, aunque puedan poner límites, pues el tiempo no es infinito. Tampoco tendrán por qué por qué responder a cualquier demanda de atención, en cualquier momento. Estar centrado sanamente es también respetarse a uno mismo y tomar consciencia de cuando se tiene energía disponible para los demás, de una manera equilibrada, pues “la caridad empieza por uno mismo.” Lo que veremos, en estos casos, será humildad y cercanía, aunque solo nos aporten 5 minutos de su tiempo, atención, firmeza, claridad, sencillez e interés por lo que planteamos. La claridad también la veremos reflejada en que, por muy ocupada que pueda estar esta persona, sentiremos la confianza de que tendremos respuesta cuando realmente le sea posible decirnos algo. Conozco a personas que están realmente muy ocupadas, que aprovechan, desde el amor, el tiempo que les es posible para otros, para decir que están ahí, que te acogen, que les importas y que sufren por lo que sufres, pues son capaces de salir de sí mismas. Esto se percibe en una resonancia en el encuentro, por una atención determinada (no una cara de póker o de falsa caridad), por un afecto espontáneo que nace (cuando se da), que facilita un vínculo real. Estas personas nos muestran una posibilidad de diálogo y de apertura ante las dificultades que puedan surgir, desde la acogida, la humidad y la sencillez. Sin que nos provoquen el temor, al acercarte a ellos, de que les estás molestando ante todas las cosas tan “superimportantes” que tienen que hacer, que, “obviamente”, son mucho más importantes que lo que viven como tus reclamos o exigencias de inferior nivel.

En ambos casos las personas pueden parecer aparentemente centradas, y sus discursos parecer semejantes, pero, las consecuencias, en el trato, especialmente en quienes nos relacionamos con ellos nos llevan a percibir y sentir algo muy distinto. 

Quizás, todos, en algún momento hemos podemos vivir en el centramiento egoísta. Y lo más posible es que, nos movamos habitualmente por lugares intermedios. Para no perdernos en los egos-centrismos, creo que lo importante es tomar consciencia de por donde vamos para buscar la posición más centrada, abierta y real, para una vida más plena, humana, humilde y consciente, donde el indicador más claro es la cuestión de si realmente nos importan los otros, es decir, si somos capaces de sentir amor por ellos.

lunes, 17 de agosto de 2020

VOLVER A NOSOTROS MISMOS




Creo que una parte de la historia de nuestras vidas es un viaje hacia nosotros mismos, hacia el conocimiento de lo que somos, hacia el desarrollo de nuestra autenticidad, hacia el desvelamiento de lo más profundo que no sostiene. Quizás ese es el camino más importante que podemos recorrer mientras estamos vivos. Pero, es importante tener en cuenta que, este viaje, no es una línea recta unidireccional, en la que se atraviesan una serie de etapas, sin retorno posible a los pasos anteriores, como si fuéramos aprobando asignaturas que ya no volverán a tener que estudiarse. 

El proceso de ir hacia uno mismo es más bien como un baile, con pasos adelante y atrás. A veces se dan varios adelante, a veces de dan varios atrás. Así que, unas veces avanzamos y otras veces retrocedemos. Es el balance del movimiento general el que nos muestra el avance o el retroceso final, en cada momento.

Muchos seres humanos hemos vivido momentos de conexión más profunda con lo que somos, nos hemos acercado a nuestro centro, avanzando en el baile hacia un lugar de ser en el que estar bien ubicados. También todos hemos vivido momentos de desconexión, dispersión y descentramiento. de lo que nos parece lo más esencial y central. En ocasiones, ese ir hacia atrás puede llevarnos a desconectarnos de nosotros mismos. Lo peor es que algunos llegan a perderse, por esa desconexión, y sufren y hacen sufrir.

En otros casos, la desconexión o el descentramiento, puede amplificar nuestra visión de la realidad, pues nos sacan de nuestras seguridades y certezas y pueden ayudar a que nos demos cuenta de aspectos de nosotros que aún quedan por trabajar y que, por eso, nos llaman desde las profundidades de nuestra psique. 

En ocasiones, esos aspectos, aparecen como niños caprichosos que demandan nuestra atención. Otras veces surgen como niños heridos que piden una respuesta rápida a un malestar pasado, que no ha terminado de resolverse. Esos “niños” llegan a ser como duendes traviesos que de repente nos hacen una carambola llevándonos a otro lugar ni planificado ni previsto. Pensemos en decisiones irracionales que en ocasiones se pueden tomar, en extrañas inquietudes inesperadas, en obsesiones y preocupaciones por temas nimios o en anhelos desproporcionados de tener una vida feliz y armónica, gracias a supuestas soluciones mágicas de gurús iluminados, o a través las de diversas fantasías románticas de hallar a ese príncipe o princesa “azules” que, por fin, aporten la deseada felicidad a la propia vida. Estas y otras modalidades de reacción pueden descentrarnos, al menos momentáneamente. Si sabemos mirar con profundidad, pueden ser la oportunidad de conocernos con mayor amplitud, al llevarnos a adentrarnos en terrenos más desconocidos de nuestro ser. Lo que emerge como novedad, aunque llegue a ser descentrante, puede ser la oportunidad de un avance en nuestras vidas, que nos proporcione, a través de un proceso de discernimiento, el adquirir más sabiduría y humildad. Así podremos aprovechar la ocasión para volver a nosotros mismos, con otra perspectiva más amplia y realista de lo que somos. La forma de volver implica aceptar y acoger a esos “duendes”, que son como entrenadores que ponen a prueba nuestro compromiso con la Verdad. También podemos llegar a verlos como “amigos” que nos provocan desde dentro, y los que podemos acoger como cómplices en una senda misteriosa. Si no nos peleamos con ellos, si los aceptamos, si escuchamos sus inquietudes, a la vez que delimitamos su área de influencia, llegamos incluso a aprender y a fortalecernos internamente y nuestro “volver a nosotros mismos” se va tornando más profundo y real, después de atravesar las diversas pruebas.

Los descentramientos, las dificultades, el sufrimiento y las inquietudes forman parte de lo que nos toca vivir. Entender que esa es la realidad de la vida y acogerlo nos humaniza, al desmontar ese ego vanidoso que quisiera tenerlo todo bajo su control. Mirar más allá y a través de ello, sin absolutizarlo, sin dejar que nos defina ni nos identifique, nos fortalece.

Así que, poniendo atención, consciencia e intención de estar alineados con la Verdad, así como con apertura a la gracia de lo que sucede, es como podemos ir volviendo, una y otra vez, a nosotros mismos. En un volver que también nos remite a vínculos reales, no a expectativas ilusorias de que nadie nos rescate de nuestros vacíos, ni a expectativas de qué es lo correcto, lo normal o lo mejor. Es también la apertura al dejar que la vida nos sorprenda y provoque. Solo desde ese ir volviendo al ser, al sentido, es como podemos ir desvelando lo que somos, el valor de lo que sucede y encontrando un equilibrio adecuado entre lo que somos y nuestra relación con los otros y con la realidad. 

Al final, quizás el proceso descrito se resuma en que lo importante puede ser tener en el horizonte el deseo de estar en sintonía con el Amor y con la Verdad que también nos habitan, por mucho que la vida nos traiga despistes y retrocesos. Esta intención puede ser la brújula para tener en el horizonte, una y otra vez, el volver a nuestro hogar real, el volver nuevamente a nosotros mismos, y a lo que, en lo profundo, nos sostiene. También con apertura a la relación con la resonancia que nos pueden provocar los demás, a través del afecto, la empatía y la comprensión. Si el camino de vuelta es solo a mí, desprendida del mundo y el exterior, puede tratarse de una ficción narcisista. Si el camino de vuelta es hacia mí, con apertura hacia quien resuene conmigo en un encuentro real, es cuando seguramente esté volviendo a ese lugar real que me configura y sostiene.


* Nota: imagen de Pixabay 

viernes, 23 de agosto de 2019

LOS VÍNCULOS REALES Y EL AMOR




A lo largo de la vida experimentamos diversos tipos de vínculos: familiares, de amistad, de pareja, profesionales, etc. Pero ¿son vínculos reales? ¿existen tal y como pensamos que son?

Son muchas las personas que hablan del sufrimiento que les generan ciertos tipos de vínculos con los demás. Por sentirse decepcionadas o engañadas por ellos, por la dificultad que tienen para conectarse con otros, porque se protegen por el miedo a ser perjudicadas, porque anhelan vínculos más cercanos que sean satisfactorios y aporten amor, porque tienen algo que dar y no saben como comunicarlo, porque no saben pedir ayuda o comunicar lo que sienten, porque esperan que el vínculo sea algo que en realidad no es, porque quieren más de lo que el otro puede o quiere dar, o quieren que sea menos…, etc.

En estas situaciones, el que más sufre no suele ser muy consciente de qué es lo que falla y tiende a poner en los demás el problema. Muchas veces el que sufre cree que tiene la "verdad" acerca de la relación con otra u otras personas, sin ser consciente de todo lo que la puede estar internamente engañando o condicionando desde su interior. Es decir, que puede tener dentro de sí una idea del vínculo que no es real, lo que le hace generarse falsas expectativas que le hacen sentirse dañado, etc. Parte de un problema vincular puede ser también un problema de vinculación con uno consigo mismo, o de ignorancia, o de autoengaño, etc. 

Por ejemplo, las personas que han sido muy protegidas y mimadas por sus padres pueden estar esperando que los demás, en su vida adulta, hagan lo mismo y se sienten decepcionadas con quienes no lo hacen. En el otro extremos, quienes se han visto maltratados o abandonados por sus padres pueden caer en un excesivo miedo o desconfianza o bien tener una ficción inconsciente de que por fin alguien les comprenda y les salve, a modo de buscar una supermamá que adivina todos sus deseos y los satisface.

Nuestras dificultades en los vínculos están condicionadas por cómo hemos vivido las relaciones con nuestros padres u otras personas significativas en la infancia. Si nos hemos sentido sostenidos y comprendidos por ellos nuestros vínculos serán más seguros y tendremos menos reparo en expresar lo que sentimos o de expresarnos con libertad a la hora de pedir ayuda. Si nos hemos sentido abandonados, incomprendidos o maltratados, esas heridas serán una interferencia para percibir lo que realmente sucede en las relaciones y se amplificarán las dificultades, desde una herida de abandono, incomprensión o maltrato, que parecerá repetirse en situaciones que sean similares a las situaciones difíciles vividas en el pasado. Solamente algunas personas empáticas o sensibles podrán entender las grandes dificultades de las personas más heridas, para vincularse con ellas sanamente y podrán aceptar con más apertura a quienes andan perdidos y heridos, y también serán más conscientes de qué les sucede y sabrán que con estas personas hay que tener más claridad y delicadeza, así como mostrarse con honestidad, dejando claro cuales son los límites de una relación, o que uno no es el “salvador” o que se están teniendo expectativas inadecuadas. En general, cuanto más claros y honestos seamos con las personas heridas, más posibilidades habrá de no volverles a herir o de que no esperen de nosotros lo que no somos. 

Una y otra vez, el no resolver ciertas heridas distorsionará las relaciones con los demás y no les veremos a ellos, sino a nuestros miedos o expectativas. El ir tomando consciencia de cómo nos engañamos o desorientamos en la relación con los otros, especialmente en las conductas o problemas que se repiten (eso de tropezar con la misma piedra), puede ayudarnos a mirar más allá de lo que nos hace sufrir y a no tener una confianza ciega en la propia percepción subjetiva. Además, el salir de la propia subjetividad también nos ayudará a mirar realmente hacia el otro y no a lo que la emoción o la parte herida espera, inconscientemente. Y mirar realmente hacia el otro es una forma de aprender a quererle. Sin ver que realmente el otro es otro y que tiene un mundo propio, diferente al nuestro, que hemos de respetar y de tratar de comprender, lo único que hacemos es vivir vínculos ficticios que hacen sufrir, porque la realidad no responde a nuestros deseos por el hecho de desearlos. O bien vínculos idealizados, que pueden aportar inicialmente mucho gozo, pero que se caen por su propio peso al no ser reales.

Las personas más heridas pueden ser quienes más anhelan un vínculo humano real, pero precisamente las distorsiones, generarán una especie de  imágenes fantasmagóricas en su mente, de lo que debería ser como ideal el otro, o bien se puede vivir desde un miedo que no deja abrir el corazón. Pues las imágenes fantasmagóricas de quienes hirieron antes, se superponen a la imagen real de quien se tenga delante. Así, se verá que la propia herida no resuelta no repercute solo en uno mismo, sino en los demás, que confusos pueden acabar dejando nuevamente abandonado a quien no sabe relacionarse de un modo realista, y mirar más allá de sí mismo y de su propio dolor. Ser realista en un vínculo es tener la honestidad de volver a mirar, una y otra vez, que el otro es otro, y querer conocerle realmente, con la máxima delicadeza y respeto. Solo de ahí puede partir un vínculo real. También, es liberador expresarse desde la honestidad de mostrar quienes somos, superando los miedos, trascendiendo los muros y posicionándonos en donde queramos estar, para así poner de manifiesto cuáles son nuestros límites. Los muros y las barreras de protección al que primero dañan es a quién los pone, que se ve encerrado en ellos, lo que añade la complicación adicional de que los demás no son capaces de ver bien quién está detrás de dicho muro.

Llegar a vínculos reales implica ser más libres y honestos en nuestra expresión, pero también ser conscientes de qué limita nuestra percepción y esforzarnos por ver la realidad del otro. Además, es fundamental, para conectarnos realmente con los otros, el tener un mínimo de conocimiento y conexión con nosotros mismos. 

Aquí dejo algunas ideas que pueden ser útiles, señalando los elementos más importantes en relación con lo dicho:

-      Conocerse a uno mismo para conectarse con quién uno realmente es y para tomar consciencia de las propias distorsiones y “películas” que hacemos de los otros proyectando experiencias previas, con miedos, ilusiones o expectativas desproporcionadas. 

-     Irnos aceptando con la propia vulnerabilidad, siendo quienes somos, sin pretender que nadie nos salve y entendiendo que la fragilidad es una parte de la condición humana, por lo que no hay que avergonzarse de ella. Y que es una dimensión de la que otros no han de salvarnos, sino que somos responsables nosotros mismos. Esto no significa que no tengamos derecho a la propia intimidad, sino que podemos asumir como normal y humano el tener dimensiones imperfectas y frágiles. Eso nos hará más tolerantes también con los otros.

-      Desarrollar una apertura progresiva con quienes sintonicemos, respetando nuestro ritmo y nuestro ser, y aprendiendo a poner límites más que muros. Salir de los muros, o al menos irles poniendo unas ventanas puede facilitar el encuentro con una realidad más objetiva que el verlo todo detrás de una muralla que no nos deja ver. A veces, la falta de libertad para posicionarse y expresarse es una muestra de los temores que a uno le dominan desde un yo que se ve incapaz de posicionarse con firmeza. Así que, quizás, aprender a encontrar la propia posición, a decir un no o un sí y a dejarse ser, sea un buen paso también para construir vínculos más reales. 


Solo desde una realidad más libre y humilde parece será posible el amor entre personas. Siendo quienes somos, limitados y también con nuestros dones, para encontrarnos con otros seres afines a nosotros y así abrir la puerta a los vínculos reales, los que llevan al amor y al don de ser quienes somos realmente.


Nota: imagen de Pixabay: rawpixel

sábado, 3 de febrero de 2018

LA ESTRELLA QUE NOS HABITA



Algunas personas hablan de una luz que han hallado en lo más profundo de sí mismas, de una luz que les sostiene, que les inspira, que les alienta o que incluso súbitamente les sorprende y les deslumbra.


Esta es una experiencia común en personas de diferentes culturas. Quizás los destellos de esa "estrella" son visibles en el alma de las personas buenas y sinceras. Esa luz o estrella interior la han hecho explícita de la manera más sublime, los grandes místicos, los grandes expertos en la “astronomía del alma”.



Los místicos, a través de un viaje interior hacia su propio centro han encontrado esa estrella en el centro de sí. Por ejemplo, esa fue la experiencia de la mística castellana Santa Teresa de Ávila. Ella nos relata su viaje, hacia el centro luminoso de sí, considerando que su recorrido interior refleja algo universal, que todos podemos hacer. Ese viaje interior está reflejado en su libro “Las moradas del castillo interior”. Ella describe así el interior del ser humano: “considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas”. Su mirada del interior  nuestro nos plantea que tenemos algo valioso a lo que llama “un diamante”. También piensa que nos habita un “sol” que da “resplandor”, “hermosura” y “calor” en el centro del alma y que además nos provoca la sed de la búsqueda espiritual, de la verdad, etc. En sus palabras: “hay sol de donde procede una gran luz, que se envía a las potencias, de lo interior del alma.” Aunque para ella no siempre somos capaces de percibir esa luz de lo más profundo de nosotros, o bien hay un “nublado” que nos impide ver, por lo que haría falta un proceso o trabajo interior en sintonía con lo más profundo del alma (que para ella es Dios) para llegar realmente a "ver"

Tenemos también al místico musulmán sufí Yalal ad-Din Muhammad Rumi, que nos dice “Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar las barreras dentro de ti mismo que has construido contra él”. Es decir, que en nuestro interior, nos habita el amor, al que no solemos conocer. Un amor que se suele buscar ciegamente afuera, esperando respuestas que no están ahí, ya que están en lo más profundo de nosotros. Rumi también nos dice: “Hay una fuente dentro de ti. No camines con un cubo vacío” y “hay una mañana dentro de ti esperando a estallar en la luz”. Nuevamente son expresiones que nos hablan una verdad profunda o “estrella” luminosa que nos habita. 

Un testimonio más contemporáneo de esa experiencia de la luz interior está en este poema de Eloy Sánchez Rosillo que titula “La luz”:

No se puede prever. Sucede siempre
cuando menos lo esperas. Puede pasar que vayas
por la calle, deprisa, porque se te hace tarde
para echar una carta en correos, o que
te encuentres en tu casa por la noche, leyendo
un libro que no acaba de convencerte; puede
acontecer también que sea verano
y que te hayas sentado en la terraza
de una cafetería, o que sea invierno y llueva
y te duelan los huesos; que estés triste o cansado,
que tengas treinta años o que tengas sesenta.
Resulta imprevisible. Nunca sabes
cuándo ni cómo ocurrirá.


Transcurre
tu vida igual que ayer, común y cotidiana.
“Un día más”, te dices. Y de pronto,
se desata una luz poderosísima
en tu interior
, y dejas de ser el hombre que eras
hace sólo un momento. El mundo, ahora,
es para ti distinto. Se dilata
mágicamente el tiempo, como en aquellos días
tan largos de la infancia, y respiras al margen
de su oscuro fluir y de su daño.
Praderas del presente, por las que vagas libre
de cuidados y culpas. Una acuidad insólita
te habita el ser: todo está claro, todo
ocupa su lugar, todo coincide, y tú,
sin lucha, lo comprendes.

Tal vez dura
un instante el milagro; después las cosas vuelven
a ser como eran antes de que esa luz te diera
tanta verdad, tanta misericordia.

Mas te sientes conforme, limpio, feliz, salvado,
lleno de gratitud. Y cantas, cantas.



Son tantos los testimonios y experiencias de esta luz o estrella que nos habita, que me parece que al menos hay que poner un cierto empeño en recordarlo. Pero muchas veces las nubes internas se interponen en poder verla. Algunas veces solo nos llegan destellos sutiles de ella y otras sí captamos esa poderosa luz de la que Rosillo habla, aunque sea por un instante. No nos damos cuenta de lo que tenemos dentro, en lo más profundo de nosotros, y por eso nos podemos convertir en mendigos de amor, o de un poco de luz de otros, por no conocer la puerta del banco de riqueza y de luz infinita que está en lo más profundo de nosotros mismos. Quizás el vértigo que da pensarlo sea uno de los principales obstáculos para acceder a él... pero ¿no es más limitante quedarnos instalados en un rincón oscuro mientras la vida pasa?



Por muy oscuro que parezca nuestro horizonte interior, recordemos que es posible que nos habite una estrella, pues muchos antes de nosotros la encontraron. El buscarla, el mirar más allá de las nubes, o al menos recordar que está ahí, en lo profundo de nosotros, me parece una de las tareas más importantes de nuestras vidas. La otra tarea importante creo que está en recordarles a los demás que existe esa estrella que les habita, que puede iluminarles en su interior y que pueden encontrarla si la buscan; o incluso sin buscarla (como nos relata Eloy Sánchez Rosillo). 

Busquemos nuestra estrella, está ahí dentro, más cerca de lo que pensamos... 




Imagen inicial de pixabay: geralt 

sábado, 9 de septiembre de 2017

EMPATÍA Y SENSIBILIDAD. UNA REFLEXIÓN SOBRE EL RESPETO A LOS “RAROS”

Cuadro de John William Whaterhouse: "Circe"

Es fácil hablar de respeto, empatía y de diálogo, pero más difícil es practicar todo esto de manera congruente. Estos son ámbitos de la vida en los que el aprendizaje ha de ser constante, pues con cada ser humano que encontramos tenemos la oportunidad de poner a prueba estas capacidades y de seguir aprendiendo al ver nuestras limitaciones humanas.

Vamos avanzando en el sentido de que hoy en día se fomenta más el respeto al diferente, aprendemos  habilidades sociales (a veces lamentablemente para manipular más a los demás), comunicación no violenta, sabemos de la importancia del diálogo, etc. No obstante, aún estamos muy limitados en estos temas y especialmente en lo que respecta acerca de comprender a otros, a la vista de  que son muchas personas que acuden a consultas de psicoterapias por vulneración de sus derechos básicos, uno de los cuales considero que habría de ser el derecho a ser respetado en la propia sensibilidad (siempre y cuando esa sensibilidad no sea un egocentrismo victimista que se use para manipular a otros).

Por más que veo ese énfasis en considerar el respeto a los diferentes, a los débiles, etc., veo que aún necesitamos aprender mucho a darnos cuenta de que el otro es otro y de que para poder respetarle en su sensibilidad es necesario hacer un esfuerzo de empatía más allá de la propia mirada, más allá de lo que a mí me parezca que es o no normal. Igual lo que fallaría es la propia perspectiva, cuando no entendemos a alguien y no el otro en su propia rareza…

Es cierto que se está haciendo visible la realidad de quienes son diferentes, incluso en el caso de los sensibles a quienes se ha denominado “personas altamente sensibles” (PAS). Una mayor sensibilización y comprensión de esta realidad puede hacer que al menos estas personas se comprendan y acepten mejor  y que aprendan a poner límites sin sentirse culpables por ser diferentes.

El problema es que los no sensibles o los que tienen otro tipo de sensibilidad parecen seguir sin enterarse demasiado. A lo que podemos añadir el problema de que la alta sensibilidad se pueda esgrimir como una identidad “especial” para usar su propia sensibilidad como arma arrojadiza con quien sea diferente a  los sensibles, o bien que las personas demasiado susceptibles se escuden en que son “personas altamente sensibles”, lo que conllevaría que el mundo habría de adaptarse a ellos, en una modalidad más de egocentrismo narcisista.

El trabajo de la tolerancia y comprensión ha de ser un trabajo de las partes, todos tenemos algún tipo de sensibilidad, mayor o menor. Todos somos diferentes a otros en algunos puntos, aunque algunos seamos más diferentes que otros. Los altamente sensibles también han de comprender y respetar que los demás son diferentes, al igual que quienes no sean tan sensibles… Unos y otros hemos de relacionarnos entendiendo al otro, respetando, escuchando y evitando burlas o comentarios degradantes hacia quien se sienta de otra manera. Los raros tienen derecho a ser raros siempre y cuando su rareza no dañe u ofenda la sensibilidad de otros.

En la vida cotidiana seguramente muchos hemos recibido comentarios burlones o  ninguneantes, o excesivamente críticos cuando nos hemos sentido de forma diferente a como se sienten los demás miembros de un grupo que se consideran los "normales", o bien cuando algo nos ha resultado incómodo, molesto o forzado, o cuando simplemente mostramos otro punto de vista. Incluso a veces sucede en el mundo de la psicoterapia y de las relaciones de ayuda, que se supone que ha de ser un mundo seguro y acogedor y respetuoso con las diferentes sensibilidades, vemos que a veces resulta árido para quienes se sienten de otra forma… Algunos ejemplos son los testimonios de personas más introvertidas que se han sentido invadidos o incómodos en grupos de hiper expresión emocional, que han podido vivir con malestar el hecho de tener que expresar sus sentimientos a desconocidos o se han forzado a dar abrazos a quienes no conocen, en ciertas dinámicas de grupo. Siendo luego criticados, objeto de burlas o de comentarios negativos por no saber “acoger”, “relacionarse”, “comunicarse” o incluso “querer” a otros. Por no hablar de que han sido vistos como sospechosos de padecer algún trastorno mental por su diferente sensibilidad en la expresión emocional, por su introversión o su diferente forma de ser y de sentir… Creo que aún nos falta por aprender a ser más cuidadosos en los grupos, en los encuentros interpersonales o en las relaciones de cualquier tipo a la sensibilidad distinta y es importante darnos cuenta de que cualquier cosa forzada puede ser una vulneración de los derechos de otro ser humano, incluso aunque sólo sea un comentario burlón o una crítica aparentemente inocente ante otra forma de vivir o de sentir las cosas. A esto se añade la importancia de tomar consciencia de que aunque a veces se trate de sensibilidades distintas, en otras ocasiones el forzar la comunicación grupal, los abrazos o el happening emocional puede llegar a retraumatizar a algunas personas con ciertas heridas emocionales (por ejemplo, quienes han sufrido abusos sexuales pueden sufrir mucho por un acercamiento físico no deseado, o no consentido, que puede reactivar la sintomatología traumática).

Seamos cuidadosos y observadores de los diferentes estilos relacionales y comunicacionales,  entendamos que otros tienen sensibilidades diferentes y observemos y preguntemos ante quienes tenemos delante cuando no les entendamos, especialmente ante lo que les perturba o lo que les hace sufrir. Nadie es culpable de ser como es… Las dificultades no se superan forzando, obligando o criticando a quien siente de una manera distinta. No podemos empujar a entrar en ciertas dinámicas a quien no quiere hacerlo y menos si previamente no ha sido informado y aún menos forzarlas o imponerlas con una aparente normalidad y cordialidad, y buen rollismo dentro de estrategias que a veces incluso resultan un tanto manipuladoras y que más bien refuerzan el ego del que lleva el grupo o de quienes comparten una determinada forma de relacionarse. Imponer una dinámica o actividad sin previa información, culpabilizando o simplemente induciendo, puede ser una vulneración de derechos fundamentales y sobre todo una falta de respeto al alma de otra persona. Si somos terapeutas grupales o docentes y alguna vez alguna persona no quiere participar o alguna dinámica le resulta molesta dejemos el espacio para que esa persona se sienta respetada, cuidada y para que con libertad se exprese desde la acción y desde el silencio.

El respeto a las diferentes sensibilidades más bien enriquece que empobrece y nos saca del empeño en la “normalización” y homogeneización que a veces, desde mi punto de vista erróneamente, se llega a tener en algunas dinámicas de terapia, encuentro, socialización, etc.

Raro no es sinónimo de patológico, peligroso, amenaza, etc. En realidad, en lo más profundo de nosotros todos somos diferentes y raros, la cuestión es darnos cuenta y aceptarnos como somos para así poder asumir y aceptar la rareza de los demás y actuar de una forma respetuosa y consciente. Cada ser humano es único e irrepetible y cada alma humana es un espacio sagrado que ha de ser respetado en su propio ser y estar.

Cuadro de John William Whaterhouse: "Ophelia"



domingo, 13 de noviembre de 2016

LIBERAR EL ALMA


Hoy se asoma a mi pensamiento esta idea de liberar el alma, una idea que se despierta por conversaciones recientes y por escuchar diariamente a tantas personas anhelando esa liberación que plenifique la vida.

¿Qué sería eso de liberar el alma? Entiendo que sería una liberación que permitiría la expresión nuestro ser real, de lo que fluye desde lo profundo de nosotros en cada paso del camino.

Para ello sería preciso pasar primero por encontrar el alma, por escucharla… Y una vez encontrada, dejarla ser desde lo profundo y expresarse por los cauces que nos muestren nuestra opción más auténtica. Entiendo que el hallazgo no es algo estático, es algo que fluye y se transforma en cada instante de vida. Si no sería un fósil de una idea estancada y vacía de nosotros mismos, un ídolo que impediría ver la realidad más profunda, un obstáculo para ver nuestra realidad esencial. Una de las muchas tentaciones en ese camino de la identidad que se quiere aferrar a formas estáticas, a ideologías acerca de quienes somos.

Ese llegar a encontrar al alma supone un proceso de escucha, de silencio, de mirar hasta lo más radical de uno, pasando por lo más extraño en nosotros. Todo esto supone un esfuerzo de atención y también un esfuerzo de crecimiento ordenado de nuestras potencialidades más auténticas, y una superación de lo que nos dificulta el acceso a lo más real.

Muchas veces libertad se entiende solamente por soltar cualquier cosa que emerja de nosotros, sin diferenciar si nos aporta o no algo esencial, se separa libertad de razón o de responsabilidad, se separa libertad de virtud. A veces también se confunde libertad con restricción o renuncia, que pueden generar menos libertad que la que se busca, si se expresan para superar miedos o inseguridades. Así que liberar el alma no parece tener que ver la liberación irracional e impulsiva de cualquier cosa que surge ni con la restricción constrictiva para generar una identidad parcial que nos de seguridad. Quizás sí sirve renunciar a elementos que nos dañan, como el egoísmo, la codicia, la envidia, etc. Esas renuncias sí parecen generar libertad... para ser y dejar ser a otros...

A veces pienso que liberar el alma es como afinar en primer lugar un instrumento, el instrumento que somos y, después, aprender a tocar en él la mejor melodía que podamos sacar de nuestro interior, una melodía que integre todas las notas, incluso las discordantes o desafinadas. Quizás, con la práctica, finalmente esas notas encuentren su lugar en la sinfonía global y la hagan única e irrepetible.  Es posible que esas notas discordantes, que a muchos les hacen sufrir o sentirse incoherentes encuentren finalmente lugar si solamente son aceptadas con amor y serenidad, y que al hacerlo, sepamos la parte de la partitura que les corresponde. Pues la tentación es rechazarlas, como si no fueran algo nuestro. Quizás la práctica de esa escucha interior, escuchando todo, incluso lo que no nos gusta, escuchando desde lo más profundo de nosotros, puede ayudar a que cada sonido interior tenga su lugar en la totalidad de nuestro ser, para que finalmente la melodía personal se pueda expresar con sabiduría y alegría.




Practiquemos y confiemos, cultivemos una vida interior que tienda a la armonía y al amor, en primer lugar a nosotros mismos, para amar así mejor a los otros. Aceptemos lo que surge, para mirar una y otra vez las luces y las sombras, para que así el cuadro resultante tenga algo que decir, aunque una y otra vez lo pintemos sin comprenderlo. Seguramente así acabe surgiendo una pintura con sentido y con alma.