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martes, 25 de septiembre de 2018

PELIGRO, TERAPIAS LIGHT A LA VISTA


Imagen de pixabay (JerzyGorecki)

Si yo estuviera pasando un mal momento en mi vida y considerara necesario recurrir a una ayuda psicoterapéutica me pensaría muy bien a quién acudir. Buscaría a una persona con la formación adecuada para aportarme herramientas que me ayudasen a reparar mis tornillos flojos y por supuesto honesta, con experiencia de la vida y con unos mínimos de equilibrio psicológico.

Al igual que, si quisiera arreglar mi coche, buscaría unas garantías mínimas acerca del mecánico en el que delego la reparación del vehículo.

Creo que, cuando buscamos arreglar un problema personal o una avería del coche todos queremos unas mínimas garantías de que el problema se diagnosticará y se resolverá adecuadamente .

El problema es, que en relación con la cuestión de las psicoterapias, la mayoría de las personas están muy desinformadas y, desde ese desconocimiento, pueden ponerse en las manos de falsos psicoterapeutas. Es decir, en manos de personas que no tienen la suficiente formación, experiencia y herramientas para tratar los problemas psicológicos que uno quiera solucionar. No basta con que los supuestos terapeutas nos caigan simpáticos, resulten inteligentes, se vendan como grandes expertos o nos seduzcan con habilidad. Seamos cuidadosos con nosotros mismos y verifiquemos las promesas de esos “terapeutas light”.

Son muchos los que ofrecen hoy en día “terapias”, obteniendo diversa clientela gracias al desconocimiento des sus “víctimas”. Las “terapias” que se ofertan hoy en día para todo tipo de cosas están sufriendo un aumento vertiginoso. 

Algunos de estos supuestos terapeutas incluso tienen el atrevimiento de afirmar que saben más de la vida que los que llevan años de formación y de estudio, además de experiencia personal, etc. Ellos mismos son el aval de su rigurosidad y eficacia porque “sienten”, “perciben” o “creen” que están suficientemente capacitados. Según estas personas no es necesario aprender tanto, ni practicar tanto, o incluso, consideran a los que hemos pasado años en una formación universitaria, como personas demasiado “mentales”, “cuadriculadas” o incluso “ignorantes” de las cosas de la vida. 

Volvamos a la metáfora del coche. ¿Os fiaríais igual del mecánico que ha estado un par de meses un taller y ha hecho un cursito a distancia de quien lleva años de experiencia y ha estudiado a fondo la mecánica de los coches? Yo no lo haría. 

Pero en el caso de las “terapias” muchas personas caen en lo que me atrevo a denominar “terapias light”. Terapias sin suficiente base científica o bien terapias eficaces aplicadas por aficionados que se consideran “suficientemente preparados” sin pasar por los “controles de calidad” que otros hemos de pasar. 

Considero que, en toda esta confusión son varios los factores para establecer la diferencia entre psicoterapias serias y las “terapias light”. Me centraré en los que me parecen más importantes:

1) Las personas con una formación universitaria u oficial en psicoterapia pasamos “controles de calidad” (exámenes, trabajos, pruebas, psicoterapia personal, etc), que, aunque puedan no ser suficientes, sí establecen unos mínimos que han de cumplirse para trabajar. Además, en estos casos, uno no decide por si solo que sí es capaz de hacer algo, sino que ha de demostrarlo ante personas expertas en como se hace ese algo.


2) Quienes adquirimos esa formación oficial, aparte de aplicar tratamientos, tenemos herramientas de diagnóstico que los terapeutas que llamo “light” no tienen. Lo que supone que sea más probable, que una vez detectados bien los problemas tengan menos capacidad para encontrar una solución o una orientación adecuadas. Llegar a un diagnóstico o comprender los síntomas de un paciente puede llevar varias horas y tiene un método que es muchas veces complejo y delicado. No se trata de “corazonadas”, “intuiciones” o “impresiones” y, si se dan, se verifican y comprueban.

3) Los que nos hemos formado “oficialmente” hemos establecido un compromiso ético y un “juramento hipocrático” (en el caso de los médicos) que no nos debemos saltar, pues si nos lo saltamos pagamos con unas consecuencias legales que pueden llevar a la inhabilitación e incluso a la cárcel. Esto no sucede, con la misma contundencia con quienes no tienen título oficial, pues no adquieren el mismo grado de compromiso y si son inhabilitados adquieren otros títulos de camuflaje, para ejercer desde otra “terapia”. Obviamente también han de ir a la cárcel si cometen delitos graves, pero hay vacíos legales que hacen que su responsabilidad previa sea más difícil de determinar y pagan menos las consecuencias de sus errores. Algo injusto para quienes nos hemos molestado en cultivar cuidadosamente nuestras habilidades terapéuticas.

En mi quehacer diario es doloroso ver a personas perjudicadas por pseudoterapeutas o terapeutas light por las siguientes vías:

1) Falta de conocimientos suficientes para tratar el problema del paciente, por lo que se pierde tiempo con tratamientos que no funcionan, o que incluso perjudican al paciente (pues no se trata con lo que le conviene o bien se dan indicaciones que directamente son perjudiciales para su salud).

2) Falta de conocimientos suficientes para diagnosticar el problema del paciente, por lo que se puede indicar no acudir a un profesional de la salud mental cuando sea necesario hacerlo, con el consiguiente sufrimiento del paciente. Que, en ese caso, tampoco recibe el tratamiento adecuado y simplemente se “marea la perdiz”, pues ni se entiende ni se sabe lo que le pasa. Algunas veces he escuchado a pacientes decir que uno de estos “terapeutas” les ha dicho que no necesitaban psicólogo o psiquiatra con el retraso de un tratamiento adecuado de hasta años. Algo que, lógicamente, ha aumentado el sufrimiento del paciente durante más tiempo, o agravado su sintomatología o situación sin tratar, por no ser orientados desde el campo adecuado.


Imagen de pixabay (ThePixelman) 

3) Falta de compromiso ético y, como consecuencia, vulneración de los límites que supone una psicoterapia seria. Pueden darse casos menos graves de vulneración del código ético de un psicoterapeuta como hacer creer a los pacientes que son amigos y no respetar los límites relacionales que supone estar en psicoterapia con alguien. Un ejemplo es cuando no se cuida el no coincidir en ámbitos personales y laborales fuera del entorno psicoterapéutico. No hablo de encuentros no programados o casuales que pueden ser inevitables, sino de no cuidar la intimidad y espacio suficiente entre terapeuta y paciente, para que aquél pueda actuar con mayor objetividad. Se puede llegar a casos más graves de abusos económicos, sexuales, explotación laboral, etc. en nombre de una terapia que carecía de fundamento en sus orígenes. Obviamente estas conductas también son faltas de ética con psicoterapeutas con títulos oficiales, lo que señalo es que solemos ser más conscientes de la necesidad de marcar límites relacionales. Recomiendo desconfiar de terapeutas que no respetan que la vida privada suya ha de separarse de la del paciente. Es decir, no debemos fiarnos de terapeutas que pretenden compartir su vida privada con nosotros, que nos captan para sus actividades grupales (asociaciones, tareas comunes, grupos de amigos, grupos religiosos o espirituales, etc. ) y no digamos si nos ofrecen relaciones ambiguas o explícitas en el terreno afectivo y sexual. Estos casos de vulneración de lo que llamamos ética profesional los veo más frecuentemente entre terapeutas sin la formación suficiente (a veces simplemente porque nadie les ha dicho que esta confusión de roles daña a los pacientes).

Estamos en un momento en el que el aumento de diversas “terapias” aplicadas por no médicos es vertiginoso. Lo que incluso perjudica cuando estas terapias son llevadas a cabo por médicos, psiquiatras o psicólogos. Tal es el caso de la hipnosis, de las medicinas complementarias y de otras psicoterapias, que a base de aplicarse sin los suficientes conocimientos, acaban injustamente metidas en el saco de las pseudociencias, etc. Más bien la aplicación de procedimientos “terapéuticos” por pseudocientíficos es lo que ha de ser urgentemente cuestionado y criticado. 

Recomiendo, en caso de acudir a un psicoterapeuta, verificar los siguientes puntos:

1) Que sea psicólogo, psiquiatra o médico.

2) Que tenga, en el caso de ser psicólogo un título de psicología clínica, si se ha de tratar un trastorno mental. 

3) Que tenga, en el caso de ser psicólogo, un título oficial en psicoterapia (master o postrado universitario), cuando no se trate de un trastorno mental.

4) Que tenga, en el caso de ser psiquiatra o médico, un título oficial en psicoterapia (master o posgrado universitario). 


Imagen de pixabay (422737) 


domingo, 25 de febrero de 2018

¿QUÉ ES LA PSIQUIATRÍA INTEGRATIVA? AMPLIANDO LA MIRADA EN SALUD MENTAL

Imagen de Pixabay (geralt)

Desde que inicié mi formación como psiquiatra echaba algo en falta… Aprendía muchas cosas interesantes sobre la mente, el cerebro, la enfermedad mental, el sufrimiento, los medicamentos, etc. Pero tenía la sensación de que contábamos con recursos insuficientes para ayudar a nuestros pacientes y de que la propia formación recibida generaba una cierta disociación en nosotros mismos… La enfermedad mental era algo que les pasaba a otros a quienes teníamos que “arreglar”; otros que eran distintos a los que teníamos que cuidar desde un punto de vista médico, es decir, medicamentos, ingresos hospitalarios y a veces algún consejo que me parecía paternalista. Apenas se nos enseñaba nada de psicoterapia… Algunos buscamos por otros lares para complementar nuestra formación como psiquiatras y llegar a tener suficientes conocimientos y experiencias como para trabajar con ella.

Aunque en ciertos casos los planteamientos de la psiquiatría "normal" eran útiles, en otros veía grandes limitaciones e impotencia al ver que no se hacía más…

Durante mi carrera de Medicina me había encontrado con libros de Viktor Frankl, Erich Fromm, Carl Gustav Jung, Elisabeth Kübler Ross, entre otros. También aprendí mucho sobre la condición humana leyendo a los clásicos, apreciando el arte, leyendo filosofía, etc. Me parecía en el ser humano había mucho más que lo que la ciencia pretendía comprender con una metodología valiosa e interesante, pero limitada para ciertos ámbitos de profundidad psíquica.

También descubrí en mi misma los efectos de la alimentación, la naturaleza y el deporte. La psique mejoraba y se potenciaba con un cuidado adecuado de la dimensión biológica.

A todo ello se sumó la consciencia del valor que aporta una búsqueda en la profundidad de uno mismo, de los otros, en la realidad. Es decir, lo que aporta el cuidado de la dimensión espiritual en la salud general, de la meditación, de la contemplación, el yoga, etc. Y fui aprendiendo como el cuidado de esta dimensión añade consciencia al tener en cuenta valor de la propia vida en su totalidad (bio-psico-socio-espiritual). Esa idea de que el cuerpo es el “templo del espíritu” creo que es una buena metáfora de la importancia de integrar dimensiones humanas. Sin consciencia no cuidaríamos ni un gramo de nuestro ser o lo haríamos como una mera costumbre que repetiríamos de manera automática, seguramente con errores.

Con todos estos ingredientes sobre la comprensión del ser humano, se iba configurando en mi actitud vital y profesional la idea de buscar una psiquiatría adaptada a lo que sucede en la vida de quienes sufren, de una manera más global. Me planteaba, sin saberlo, desarrollar una línea de psiquiatría integrativa. Que es algo que yo no he descubierto, pues ya muchos hablaron de esto mismo con otros nombres… (el mismo Hipócrates era más integrativo que muchos médicos de hoy en día). En estos momentos simplemente lo adapto a los conocimientos que tengo y que he intuido que eran necesarios para los pacientes y para mí misma.

Un enfoque integrativo supone trabajar interdisciplinariamente y colaborativamente con otros profesionales (médicos, psicólogos, filósofos, nutricionistas, etc.): 

Los ingredientes fundamentales para una Psiquiatría integrativa considero que son los siguientes:

1.- Dimensión biológica:

Cuidado del cuerpo: lo que supone una nutrición correcta (a veces reforzada con ciertos suplementos) y adaptada a las necesidades y situación vital de cada cual. No valen dietas estándar. También supone cuidado del entorno en el que vivimos (contaminación ambiental, luminosidad en las viviendas, comodidad, etc.) y tener hábitos de ejercicio físico que sean adecuados para nosotros. El cuidado del cuerpo es la base para una buena salud física y mental (“mens sana in corpore sano” que decía Hipócrates). Pero también he descubierto que esto es imposible como norma externa o como mera recomendación paternalista. Sólo se cuida el cuerpo cuando se tiene consciencia de su presencia, vitalidad, etc. En general, en Occidente vivimos tanto en la cabeza, que resulta complicado empezar a recomendar a la gente que se cuide a este nivel, si antes no se vive “en” el cuerpo, si no se acepta como es, se valora la propia vida y se entiende que forma parte de la totalidad de lo que somos. Así que, paradójicamente, no suele ser posible empezar por aquí. Por más que esté en auge la psiquiatría nutricional, la promoción de estilos saludables, etc. Por otra parte podemos caer en el error de solo suplementar con sustancias “reforzantes” del sistema nervioso, sin ir a lo que hay de fondo en la falta de autocuidado… la inconsciencia, la desconexión de uno mismo, la falta de autoestima, etc.

Medicación: cuando es imprescindible. Para tratar enfermedades, si las hubiere, que empeoren el estado mental. Un buen diagnóstico médico es necesario en muchos casos de trastornos mentales, pues una enfermedad física afecta a nuestro estado psíquico (recordemos cualquiera el aplatanamiento y estado anímico que genera tener gripe). También, en ciertos casos, es preciso añadir medicamentos psiquiátricos (psicofármacos), que ayuden a quien sufre a aliviar sus síntomas, remontar un estado de ánimo bajo, calmar la angustia, el insomnio, la ansiedad o combatir pensamientos obsesivos o distorsionados, alucinaciones, etc.

2.- Dimensión psicológica:

Psicoterapia: sería el trabajo con la dimensión mental, superación de heridas psicológicas, miedos, bloqueos, etc. En cada persona se trataría de usar un enfoque psicoterapéutico adaptado a sus necesidades, momento vital, etc.  Este trabajo con la dimensión psíquica puede ayudar, además, a tomar menos dosis de medicación psiquiátrica (si fuera precisa), a tomar tratamientos psicofarmacológicos más breves, etc. Además, sería parte del trabajo que nos llevaría a la autoconsciencia, madurez, autoestima, etc. que posteriormente conduciría a un cuidado del cuerpo que parte de darse cuenta del valor de la propia vida, la importancia de la estructuración interna (ser capaces de llevar una vida organizada y ordenada) y de un amor a uno mismo. Así no sería una norma a cumplir, sino a una tarea a realizar en un enfoque de salud más global en el que uno se responsabiliza de sí mismo y se convierte en su propio cuidador y terapeuta, siga o no con un tratamiento psicológico o psicofarmacológico.

3.- Dimensión espiritual:

Espiritualidad: este cuidado partiría, en primer lugar, de la actitud del terapeuta de acogida y aceptación del paciente, como ser único e irrepetible, que ha de ser considerado en todas sus dimensiones y respetado. Evidentemente aquí hay también una dimensión psicológica, pero creo que el cuidado de la propia profundidad, ayuda a conectar con la profundidad del otro  y a quererle como es. En esta parte espiritual, se abriría la mirada más allá de las dimensiones biológica o psicológica, para considerar, desde la humildad, que somos más que individuos aislados y de que hay un misterio que nos sostiene e inspira cuando accedemos a él. El cuidado de la espiritualidad es también la consciencia del valor sagrado de la vida como algo a proteger, fomentar, etc. Lo que también nos llevaría a darnos cuenta del valor último de cada ser humano por sí mismo. Ciertas preguntas más profundas, la búsqueda de sentido en la vida más allá de estereotipos, la idea de que puede haber un sentido último de todas las cosas, puede ser de ayuda a muchas personas. Al menos, la dimensión de profundidad y de indagación profunda sobre la vida, puede hacernos más conscientes y completos. Y, en algunas personas, esta parte espiritual puede canalizarse en el ámbito religioso. Cualquier terapeuta ha de ser respetuoso con este ámbito de espiritualidad-religión, dejando que cada persona explore con libertad en esta dimensión de sí misma, dentro o fuera del ámbito de la relación terapéutica.

Meditación-contemplación: hoy en día la meditación está integrada en diversos tratamientos psicológicos, con más o menos acierto. Puede relacionarse o no con la espiritualidad, pero el hecho es que surge mucho antes de que existieran la psicología y la psiquiatría, en diferentes caminos espirituales. Por lo que por respeto a su origen, considero que ha de conectarse con la espiritualidad o con la profundidad humana y no desconectarse totalmente de su contexto original. En todas las tradiciones espirituales la meditación tenía que estar unida al comportamiento ético y al cultivo de la sabiduría (aprender a pensar, etc.). Sin esos ingredientes la meditación llega a ser incluso perjudicial para nuestra salud mental y espiritual.


4.- Dimensión social

Relaciones humanas: pongo por último esta dimensión, no porque sea menos importante, sino porque para que lo relacional se sostenga es importante cuidar todo lo demás. No debemos ser burbujas autocomplacientes que buscan la felicidad para sí mismas al modo narcisista. La configuración de nuestro ser se va fraguando con relaciones desde que nacemos hasta que morimos. Pero, en la medida que somos conscientes, nos podemos ir haciendo responsables de cómo nos relacionamos con los demás e ir aprendiendo en cada relación de cómo vivirla de la mejor manera, aunque no tengamos una receta de perfección y nos equivoquemos muchas veces.

- Otros aspectos sociales y culturales: Otros aspectos a tener en cuenta, que también considero fundamentales, son los elementos relacionados con el nivel de satisfacción de las necesidades básicas, pobreza, efectos en la salud mental de las guerras y agresiones diversas, actitudes culturales hacia la enfermedad, vulneración de los derechos humanos, injusticias, etc. Si los psiquiatras no tenemos en cuenta estos aspectos podemos estar simplemente poniendo parches a situaciones de injusticia y vulnerabilidad, o incluso colaborando con sistemas perversos.

5.- Dimensión ambiental:

- Naturaleza: Formamos parte de ecosistemas, por mucho que hayamos desvirtuado nuestros ecosistemas originales. Nuestra salud, depende cada vez más de cómo cuidamos nuestro medio ambiente y de la consciencia de que formamos parte de la naturaleza. Vivir totalmente alejados de ella también nos enferma. Incluso algunos hablan de un síndrome, detectado en niños, de ausencia de naturaleza. Parte de nuestra salud mental ha de estar conectada con la consciencia del cuidado de nuestro planeta, nuestro medio ambiente, lo que, incluso egoístamente nos facilitará vivir en unos entornos más adecuados y saludables.

Añado finalmente que nada de esto tiene mucho valor si quienes cuidamos de la salud de otros no empezamos por nosotros mismos… Y no hablo de salud perfecta (que quizás no exista), sino de estar en las condiciones adecuadas para vivir y ejercer nuestro trabajo con responsabilidad. Un instrumento dañado (nuestra mente), no podría funcionar de manera adecuada en su cotidianeidad.

miércoles, 28 de junio de 2017

¿CUÁNDO NO SE DEBE MEDITAR? CONTRAINDICACIONES DE LA MEDITACIÓN


Max Ernst, Grätenwald, 1926

La meditación se está convirtiendo en un fenómeno de masas. Es raro quien hoy en día no ha oído hablar de la meditación o no ha hecho algún tipo de práctica meditativa.

La mayoría de las personas que conozco que hacen meditación la practican para su bienestar psicológico, para estar tranquilos, relajados o centrados. En otros casos la meditación forma parte de algún tipo de práctica espiritual o de un proceso de crecimiento personal o de autoconocimiento. No obstante, no es raro encontrar a personas que están en contra de cualquier planteamiento religioso y/o espiritual, que son fieles devotas de la práctica meditativa. 

Por otra parte, son numerosos los estudios en los que se defienden los beneficios de la meditación, aunque no todos son suficientemente rigurosos. Los estudios más serios nos muestran que la meditación puede beneficiar la salud mental, en algunos casos (sobre todo para prevenir recaídas de la depresión) y servir de tratamiento complementario a la psicoterapia en otros. En este link tenéis una interesante revisión crítica sobre el tema: https://www.researchgate.net/publication/309475612_What_is_mindfulness-based_therapy_good_for 

De lo que hay pocos trabajos es sobre los riesgos o dificultades asociados a la práctica de la meditación, aunque los grandes maestros de las grandes tradiciones ya han señalado desde hace muchos siglos, que la meditación puede tener algunos riesgos, generar malestar, removernos internamente o ponernos a prueba… Como decía un colega “un método poderoso puede ser también peligroso”. 

La meditación puede ayudarnos, siempre y cuando ésta sea enseñada por un guía experimentado y se aplique en un momento adecuado. La meditación no es una psicoterapia, pues no fue diseñada como tal, y siempre ha formado parte de un programa más completo de evolución personal. Es decir, ha estado conectada con el cultivo de la sabiduría (estudiar, pensar, etc.) y con la práctica de la ética. Si no es así, también hay numerosos ejemplos de cómo se puede usar al servicio de intereses egoístas (como podemos comprobar con toda la moda del McMindfulness en las grandes empresas o de personas que quieren aumentar su poder mental, pero no tener en cuenta a su prójimo). 

Pero la meditación también nos puede hacer sentir mal, pues el mirar adentro puede mostrarnos nuestras limitaciones, contradicciones, fantasmas, etc. Algo muy saludable si estamos dispuestos a hacer un camino de profundización y de autoconocimiento, pero perjudicial si no sabemos realizar el camino de forma adecuada. Ya me extendí en un post anterior sobre los efectos adversos de la meditación: http://maribelium.blogspot.com.es/2014/10/puede-producir-la-meditacion-efectos.html?q=meditación

En este post, sobre todo, quiero poner de relieve la importancia de NO HACER MEDITACIÓN si estamos en alguna de las situaciones siguientes, ya que, en estos casos, puede empeorar nuestro estado psíquico. Es decir, estas serían las principales CONTRAINDICACIONES DE LA MEDITACIÓN:

- Estar en un momento de duelo que genere intenso sufrimiento. Esto lo podemos ver especialmente en las primeras etapas de un duelo. En estos casos la meditación nos puede hacer sentir más intensamente el sufrimiento y desajustarnos psíquicamente. En casos de meditadores avanzados sí podría ser de ayuda, pero adaptando la práctica al proceso que se está viviendo.

- Estar atravesando una crisis personal que genere síntomas como ansiedad, excesiva tristeza, insomnio, síntomas psicosomáticos intensos y otros que interfieran significativamente con nuestra vida diaria. Puedo decir lo mismo de meditadores avanzados, que en el caso anterior.

- Tener ataques de pánico (también llamados crisis de ansiedad).

- Tener antecedentes de episodios psicóticos: por ejemplo dentro de un trastorno de la personalidad, trastorno bipolar, esquizofrenia, trastorno esquizoafectivo, psicosis reactiva breve, etc. En los casos que se tenga un diagnóstico de trastorno de personalidad, se puede hacer meditación en algunos casos, pero es fundamental que la práctica de la meditación sea orientada por un profesional de la salud mental, y en paralelo con un proceso de terapia.

- Trastornos de la personalidad: Estaría especialmente contraindicada en personalidades esquizoides, esquizotípicas y paranoides. En el trastorno límite de la personalidad se puede aplicar mindfulness con estricta supervisión terapéutica y con profesionales de la salud mental experimentados en aplicar meditación a este tipo de pacientes. En casos de trastorno narcisista de la personalidad o personas con importantes rasgos narcisistas, pueden intensificarse estos rasgos.

- Haber sido diagnosticado de un trastorno disociativo, pues la meditación puede aumentar la disociación. 

- Haber sido diagnosticado de un trastorno somatoforme: hipocondriasis o síntomas graves des somatización.

- Trastorno de estrés agudo: las semanas posteriores a una situación traumática, la meditación puede aumentar la sintomatología y el sufrimiento. La excepción pueden ser meditadores experimentados que saben manejar las emociones difíciles con la meditación. 

- Trastorno de estrés postraumático: en algunos casos la meditación puede intensificar los síntomas o reactivarlos. Es importante la supervisión de un profesional de la salud mental en estos casos y que se apliquen técnicas específicas adecuadas a la persona y a este tipo de trastorno.

- Como única terapia cuando hay dificultades psicológicas: algunas personas confunden meditación con psicoterapia y creen que la meditación les puede “sanar”. En estos casos lo más probable es que la meditación empeore su estado, incluso aunque se disfrace de mejoría porque produzca algún estado de relajación y de bienestar.

- Meditar con un guía poco experimentado o sectario: muchas personas enseñan meditación sin un recorrido serio previo, o sin suficientes conocimientos. Llevan a otros por territorios desconocidos para ellos mismos, pues cada vez son más frecuentes las titulaciones de meditación, sin exigirse una base adecuada o una suficiente práctica y experimentación. En este tema, es fundamental que quien nos guía tenga años de práctica en el camino de la meditación, muestre unos mínimos de equilibrio psíquico, humildad y sentido común. En los casos en los que haya diagnóstico psiquiátrico es preferible hacer la práctica con un profesional de la salud mental, también experimentado en el tema.

En caso de duda, si queremos meditar, mejor consultar con un profesional de la salud mental que también sepa sobre meditación y/o con un maestro que tenga amplia experiencia en el tema. También es importante señalar que según el tipo de meditación, tendrá más o menos riesgos o más o menos beneficios según el momento personal, etapa del camino, etc.

viernes, 23 de junio de 2017

¿QUÉ LE PASA A UN NARCISISTA?

Imagen de Pixabay (cristinaureta)

Vivimos, en una sociedad narcisista y en nuestro mundo actual sufrimos una auténtica epidemia de narcisismo, de la que ya vemos diversos efectos en las relaciones interpersonales, dinámicas sociales, etc.

De ahí que sean cada vez más frecuentes diversas publicaciones en revistas, periódicos, internet, libros, etc. sobre cómo son los narcisistas, sus relaciones, sus dinámicas laborales, etc. En casi todas ellas se señala con el dedo a los narcisistas como si fuesen las causantes de todos los males de nuestra civilización, desde una perspectiva negativa y pocas veces con empatía hacia ellos, a pesar de que se dice que son personas dañadas, vacías, etc. De hecho, en algunos casos hasta se podría decir que se dan insultos y ataques muy explícitos y directos, tratándoseles como si no fueran personas.

Con lo que digo no pretendo entrar en una argumentación justificatoria de sus acciones, ni en una empatía que nos haga perder la perspectiva, hasta el punto de no marcarles límites o de no mostrarles alguna verdad acerca de sí mismos… Pero sí quiero hacer un acercamiento empático, para intentar aproximarme un poco a lo que pueden vivir por dentro y poder entender el por qué llegan a comportarse como se comportan. Quizás así sea más fácil la comprensión objetiva de un fenómeno difícil de comprender y que corremos el riesgo de abordar también narcisistamente… es decir cosificando y etiquetando, para después desechar a quien no nos sirve para nuestra propia satisfacción.

Así que… ¿qué le pasa a un narcisista? De entrada añadiré el calificativo de persona, diciendo ¿qué le pasa a una persona narcisista? No olvidemos que son personas, aunque caigan en la cosificación de sí mismos, tal y como hacen con los demás. El etiquetaje de su persona globalmente como “narcisista” solamente puede empañar más la visión clara de quién es aquél que padece narcisismo. Tampoco olvidemos que todo ser humano se puede comportar en algún momento narcisistamente, así que el narcisismo es algo que forma, seguramente, parte de nuestra sombra y que no podemos solamente ver en los demás. Pensemos también en nuestro/a narcisista interior. Es decir, la parte de nosotros que puede pecar, en algún momento, de narcisismo.

Recordemos que alguien narcisista ha nacido como todo el mundo, ha sido bebé, niño, adolescente, etc. Es decir, ha nacido persona… y después parece haber perdido algo en el camino. Algo fundamental, la consciencia profunda y real de ser alguien sólido y valioso... Se ha convertido en “cosa” para el uso y disfrute de otros y para también usar y disfrutar de otros, que se convierten en cosas. De este modo puede vivir en la ficción de que es querido, sin ser consciente de que “se quiere” al falso “personaje” que despliega ante los otros. Esta es una de las acusaciones que hacemos habitualmente a las personas narcisistas, sin darnos cuenta de que el mecanismo que usa de ser “personaje” no es ni intencionado ni consciente, si no un mecanismo de pura supervivencia, con la sensación de que le va la vida en ello, desde su más tierna infancia, quizás por ser cosificado y “usado” por padres que narcisistamente le han utilizado para a su vez alimentar sus propios “personajes”, también inconscientemente. Ciegos guiando a otros ciegos… 

Para entender todas estas dinámicas que llevan a que las personas se despersonalicen narcisistamente, hace falta salirse un poco del cuadro y tomar más perspectiva… Por un lado para tomar la suficiente distancia para no ser “usados” por ellos, por otro para comprender mejor y volver a acercarnos con la suficiente consciencia para lidiar con un mal que padecen, sin entrar en un rol de víctimas o de salvadores. Sin dejar que su potente juego de sugestión nos meta en el rol que les complementa y satisface... algo en lo que se muestran especialmente hábiles.

También me gustaría parar a analizar alguna de sus “difíciles” dinámicas, por si a alguien le sirve para reflexionar:

- Seducción y afán de protagonismo: las personas narcisistas necesitan “fans” para alimentar una identidad que no saben que es falsa. Viven en la ilusión de que son el “personaje” que venden a los demás es su vida y de que su supervivencia (es cuestión de vida o muerte), depende de que los demás se sientan satisfechos con el rol que representan y les “quieran”. Pero en el fondo esto no les satisface más que momentáneamente, pues en lo más profundo de sí mismos, “saben” que el amor que consiguen no es a su ser real, sino a la máscara que representan para agradar a los demás, con la sensación de que nadie les acaba de llenar y de que ninguna adulación es suficiente. No saben que les falta la verdad sobre sí mismos, les falta ser ellos mismos realmente. Pero como están desconectados de su ser real no lo saben y siguen buscando quienes son en lo que los demás les dicen, sin darse cuenta de que la respuesta está fundamentalmente dentro de ellos.

Imagen de Pixabay (Eirena)

- Refuerzo intermitente: es una de las dinámicas que realizan en la que dan señales positivas a los demás, por ejemplo adulan, estimulan, animan se muestran receptivos, pero de repente ¡zas! ¡no están! Esto suele dejar bastante desconcertados a quienes se relacionan con ellos, e incluso ser doloroso para quienes padecen alguna herida de abandono, que pueden sentir que han hecho algo que merece ese castigo y entran en un gran desconcierto y ansiedad (si hay alguna predisposición a ello). En estos casos, las personas inseguras se culpan y las más seguras se pueden dar cuenta de que el otro tiene una conducta extraña e incomprensible, sin engancharse… Pero ¿qué le pasa a la persona narcisista cuando desaparece después de ser tan amable y encantador? Pues es posible que a veces se canse de esa escenificación constante. No es posible sostener un papel todo el tiempo. Algunos así lo dicen. Otros se sienten en un momento de fracaso, al no haber encontrado la aprobación esperada y se deprimen y llegan incluso a una sensación de no existencia. Otras veces súbitamente se pone de manifiesto ese gran vacío e inconsistencia que prefieren que nadie vea y prefieren esconderse, a pesar de lo desconcertante que es una soledad en la que no tienen espejos que les digan que son los más bonitos y que existen. A veces, cuando desaparecen, están en un estado tan lamentable que prefieren no ser vistos por si son reconocidos como un fraude y se cae, literalmente, su identidad (falsa, pero para ellos real) y su vida.

- Sentimientos de grandiosidad o de superioridad: es el personaje en el que necesitan creer para tapar su gran vacío de yo. No se ven a sí mismos y al “percibir” su no existencia necesitan crear un dios en sí mismo que les sostenga. Es una compensación de un gran vacío y complejo de inferioridad, a través de la aparente superioridad y grandiosidad. Detrás de la máscara tendremos a un niño asustado y perdido que busca que le quieran porque hace muy bien lo que cree que quieren los demás.

- Intolerancia a la crítica, con enfados desproporcionados ante la misma: como en el fondo su yo es muy frágil, una crítica es una gran amenaza para sostener un montaje falso, y nuevamente pueden caer en el vacío de la no existencia, siendo un estado que es de lo peor que pueden sentir. También les enfada que el “espejo” (quien les critica) que les ha de devolver una imagen positiva de sí mismos no funcione, y en lugar de cuestionarse a sí mismos, dado que hay poco de sí mismos real en el “personaje” (al menos a nivel consciente) , el mecanismo automático e infantil es enfadarse con el “espejo” que no transmite la imagen adecuada que les sostiene para poder vivir.

- Falta de compromiso: para comprometerse con algo es necesario existir previamente y ser consistentes y maduros, algo de lo que carecen…

- Falta de conexión real con los demás y falta de empatía: al no estar en conexión con ellos mismos y al carecer de empatía y sensibilidad hacia ellos mismos, es imposible o muy difícil que puedan hacerlo con los demás.

- Explotación de otros: no ven realmente a otros y dado que permanentemente se explotan a sí mismos obligándose a cumplir un rol con el que están esclavizados, ven normal explotar a otros. Esto también está unido al hecho de que no se ven a sí mismos y por lo tanto tampoco al otro, y si ven algo del otro es que es ese alguien es una “cosa” al servicio de mantener su supervivencia y sus planes. Su perspectiva tan egocéntrica les impide ver más allá de sus propios deseos de supervivencia y de grandeza, en el autoengaño permanente de que sus proyectos son lo más importante del mundo (su mundo, no ven otro mundo) y de que el fin justifica cualquier medio. El otro es un apéndice de ese “personaje” interior que les subyuga, así que el otro debe seguirles el baile, porque si no dejarían de “existir” y su dios de barro se caería.

Con respecto a lo dicho, creo que es importante comprender las dinámicas que hay detrás de los comportamientos inadecuados de este tipo de personas. No por señalarles con el dedo y humillarles, sino por entender la gran herida de amor y de existencia que subyace a quienes padecen estas dinámicas. Pero también evitando ser sus salvadores y marcando los límites ante sus conductas abusivas, sin perder la perspectiva de que como seres humanos que son merecen ser amados en su ser real. En ellos también existe un ser valioso que fue “secuestrado” o que nunca pudo encontrarse a sí mismo, por ejemplo por las dinámicas narcisistas familiares que le impidieron ver quién era. Esta situación se puede dar tanto por una excesiva exigencia como por una excesiva permisividad, lo que suele llevar a un potente engaño acerca de su verdadera identidad y a una no consciencia de que también tienen derecho a que su ser real se manifieste y reciba un amor auténtico desde su libertad y la de otros, para llegar a la autoestima, que como todo el mundo merecen. Y que también merecen los demás que les rodean y que lamentablemente, sufren las consecuencias de sus heridas. 

Recordemos, por si ayuda, que son niños perdidos que necesitan encontrar el camino a casa. Su casa es su ser real y su derecho a existir siendo quienes realmente son.

Imagen de Pixabay (mario0107)

P.D. Por malas interpretaciones que se han hecho de este artículo he de aclarar que no se trata de un artículo de "defensa" de las personas narcisistas y mucho menos de una justificación de sus conductas. También es preciso aclarar que, en este artículo no estoy hablando del narcisismo perverso o maligno o de la psicópatía, que requeriría un enfoque distinto.

miércoles, 26 de abril de 2017

LOS OTROS DESFAVORECIDOS. ¿QUÉ PASA CON EL SUFRIMIENTO PSÍQUICO?


Son numerosos los discursos que hablan de la ayuda a los más desfavorecidos. Se dan tanto desde las diferentes religiones, en las que por ejemplo se plantea la importancia de ayudar a los pobres y de la caridad, como en las opciones políticas en las que se habla de igualdad y de solidaridad. En ambos casos se pone de manifiesto el elemento solidaridad y una sensibilidad ante las necesidades de quienes sufren. Algo loable e importante, siempre y cuando no nos quedemos en un discurso moralista o en un narcisismo en el que pretendemos ser nosotros quienes arreglemos la vida a los demás.

Cualquier iniciativa que disminuya las injusticias y desigualdades en este mundo me parece bien, si se hace desde el lugar adecuado y equilibrado, viendo a los más débiles como iguales que se pueden llegar a valer por sí mismos, ayudando a combatir la injusticia que les empobrece, generando redes y sistemas que favorezcan la dignidad humana, su autonomía, etc.

Pero ante todo estas cuestiones muchas veces me surge la reflexión acerca de otras personas desfavorecidas, que quizás sean aún más pobres que los pobres materiales, al no ser escuchados realmente, o ser, en general, bastante ninguneados.

A los que he llamado “los otros desfavorecidos” son aquellos que sufren por causas psíquicas, que  han sido víctimas de maltratos e injusticias que les han dañado anímicamente, que en otros casos sufren por trastornos mentales que les incapacitan, o que simplemente viven un sufrimiento o vacío en el alma que les deja en la cuneta de la vida, muchas veces sin poder siquiera articular unas palabras que inspiren la compasión de los que transitan por las vías principales. Estos indigentes anímicos (que podríamos ser todos en un mal momento) suelen ser ignorados, incomprendidos, etiquetados como “tóxicos” o percibidos como personas molestas que encima piden o reclaman cariño o atención.  Cuando lo que quizás soliciten, en el fondo, es una comprensión humana y real, alguien que les escuche y les trate como personas normales, el saber que hay salidas, que hay esperanza de superar sus propias dificultades o de aprender a vivir con ellas y que son igual de humanos que los demás.

Al hilo de esta ideas me parece muy lúcida esta reflexión:
"Soy amante de la vida y como amante de la vida, no puedo estar fuera de ningún campo vital. Por lo que, cuando camino por una aldea pobre de la India y la gente tiene hambre, o está enferma porque carece de agua potable ¿cómo puedo dejar de responder a ese sufrimiento? Cavamos pozos nuevos, creamos suministros de agua clara, y enseñamos a conseguir cultivos más abundantes.
Cuando voy a Londres, o a Chicago, o a San Diego, también me encuentro con sufrimiento, no una carencia de agua potable, sino el sufrimiento de la soledad y el aislamiento, la falta de alimento espiritual y comprensión. Del mismo modo que alguien responde de un modo natural a la falta de agua potable en las aldeas, respondemos a la falta de comprensión y paz en los corazones de los occidentales. Como amante de la vida ¿cómo puedo separar una parte del todo?"
Vinoba Bhave


En general es mucho más fácil prestar atención a las realidades de pobreza material que a las situaciones de indigencia anímica y también es mucho más fácil el erigirnos en salvadores del mundo si damos limosna, colaboramos con ONGs, parroquias o partidos políticos que intervengan en aspectos materiales de la pobreza de este mundo. Todo ello tiene su importancia, pero también diversos riesgos de no ver la realidad de una forma global... Sin quitar valor a este tipo de intervenciones, me planteo muchas veces si el abordaje del sufrimiento de los seres humanos se hace de forma global y si no estamos abandonando a la indigencia emocional y espiritual a aquellos a quienes no entendemos… Quizás no les entendemos por no saber entender y tolerar nuestras propias limitaciones o a nuestras partes más frágiles y desequilibradas, cuando actuamos así. El mecanismo habitual es cerrar, dentro de nosotros, la puerta a los elementos anímicos interiores que nos perturban, lo que es terreno abonado para la incomprensión de los que sufren por causas psíquicas a nuestro alrededor. Es decir, acabamos tratando a otros como nos tratamos a nosotros mismos, y así podemos desconectarnos de la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno para sentirnos seguros, asertivos o incluso valientes. ¡Qué paradoja!

La cuestión más profunda considero que ha de ser más global. Incluso para combatir la pobreza material, de forma más adecuada, es necesario la transformación de nosotros mismos, de nuestras consciencias. No podemos arreglar la casa de los demás si no arreglamos la nuestra. No podemos atajar las causas de la injusticia y de la desigualdad sin intervenir en las consciencias individuales, empezando por desarrollar la nuestra de la mejor forma que nos sea posible. Al menos desde la humildad, con un diálogo abierto con la realidad y con los demás, sin dar por supuesto que sabemos lo que no sabemos...

En este sentido Kishnamurti lo dice muy claro en este vídeo:

Os recomiendo también el documental "En busca de sentido" documental en el que se plantea el tema del desarrollo sostenible, la superación de la injusticia económica, etc., desde una visión profunda conectada con la transformación de nuestras consciencias individuales en primer lugar: