martes, 25 de septiembre de 2018

PELIGRO, TERAPIAS LIGHT A LA VISTA


Imagen de pixabay (JerzyGorecki)

Si yo estuviera pasando un mal momento en mi vida y considerara necesario recurrir a una ayuda psicoterapéutica me pensaría muy bien a quién acudir. Buscaría a una persona con la formación adecuada para aportarme herramientas que me ayudasen a reparar mis tornillos flojos y por supuesto honesta, con experiencia de la vida y con unos mínimos de equilibrio psicológico.

Al igual que, si quisiera arreglar mi coche, buscaría unas garantías mínimas acerca del mecánico en el que delego la reparación del vehículo.

Creo que, cuando buscamos arreglar un problema personal o una avería del coche todos queremos unas mínimas garantías de que el problema se diagnosticará y se resolverá adecuadamente .

El problema es, que en relación con la cuestión de las psicoterapias, la mayoría de las personas están muy desinformadas y, desde ese desconocimiento, pueden ponerse en las manos de falsos psicoterapeutas. Es decir, en manos de personas que no tienen la suficiente formación, experiencia y herramientas para tratar los problemas psicológicos que uno quiera solucionar. No basta con que los supuestos terapeutas nos caigan simpáticos, resulten inteligentes, se vendan como grandes expertos o nos seduzcan con habilidad. Seamos cuidadosos con nosotros mismos y verifiquemos las promesas de esos “terapeutas light”.

Son muchos los que ofrecen hoy en día “terapias”, obteniendo diversa clientela gracias al desconocimiento des sus “víctimas”. Las “terapias” que se ofertan hoy en día para todo tipo de cosas están sufriendo un aumento vertiginoso. 

Algunos de estos supuestos terapeutas incluso tienen el atrevimiento de afirmar que saben más de la vida que los que llevan años de formación y de estudio, además de experiencia personal, etc. Ellos mismos son el aval de su rigurosidad y eficacia porque “sienten”, “perciben” o “creen” que están suficientemente capacitados. Según estas personas no es necesario aprender tanto, ni practicar tanto, o incluso, consideran a los que hemos pasado años en una formación universitaria, como personas demasiado “mentales”, “cuadriculadas” o incluso “ignorantes” de las cosas de la vida. 

Volvamos a la metáfora del coche. ¿Os fiaríais igual del mecánico que ha estado un par de meses un taller y ha hecho un cursito a distancia de quien lleva años de experiencia y ha estudiado a fondo la mecánica de los coches? Yo no lo haría. 

Pero en el caso de las “terapias” muchas personas caen en lo que me atrevo a denominar “terapias light”. Terapias sin suficiente base científica o bien terapias eficaces aplicadas por aficionados que se consideran “suficientemente preparados” sin pasar por los “controles de calidad” que otros hemos de pasar. 

Considero que, en toda esta confusión son varios los factores para establecer la diferencia entre psicoterapias serias y las “terapias light”. Me centraré en los que me parecen más importantes:

1) Las personas con una formación universitaria u oficial en psicoterapia pasamos “controles de calidad” (exámenes, trabajos, pruebas, psicoterapia personal, etc), que, aunque puedan no ser suficientes, sí establecen unos mínimos que han de cumplirse para trabajar. Además, en estos casos, uno no decide por si solo que sí es capaz de hacer algo, sino que ha de demostrarlo ante personas expertas en como se hace ese algo.


2) Quienes adquirimos esa formación oficial, aparte de aplicar tratamientos, tenemos herramientas de diagnóstico que los terapeutas que llamo “light” no tienen. Lo que supone que sea más probable, que una vez detectados bien los problemas tengan menos capacidad para encontrar una solución o una orientación adecuadas. Llegar a un diagnóstico o comprender los síntomas de un paciente puede llevar varias horas y tiene un método que es muchas veces complejo y delicado. No se trata de “corazonadas”, “intuiciones” o “impresiones” y, si se dan, se verifican y comprueban.

3) Los que nos hemos formado “oficialmente” hemos establecido un compromiso ético y un “juramento hipocrático” (en el caso de los médicos) que no nos debemos saltar, pues si nos lo saltamos pagamos con unas consecuencias legales que pueden llevar a la inhabilitación e incluso a la cárcel. Esto no sucede, con la misma contundencia con quienes no tienen título oficial, pues no adquieren el mismo grado de compromiso y si son inhabilitados adquieren otros títulos de camuflaje, para ejercer desde otra “terapia”. Obviamente también han de ir a la cárcel si cometen delitos graves, pero hay vacíos legales que hacen que su responsabilidad previa sea más difícil de determinar y pagan menos las consecuencias de sus errores. Algo injusto para quienes nos hemos molestado en cultivar cuidadosamente nuestras habilidades terapéuticas.

En mi quehacer diario es doloroso ver a personas perjudicadas por pseudoterapeutas o terapeutas light por las siguientes vías:

1) Falta de conocimientos suficientes para tratar el problema del paciente, por lo que se pierde tiempo con tratamientos que no funcionan, o que incluso perjudican al paciente (pues no se trata con lo que le conviene o bien se dan indicaciones que directamente son perjudiciales para su salud).

2) Falta de conocimientos suficientes para diagnosticar el problema del paciente, por lo que se puede indicar no acudir a un profesional de la salud mental cuando sea necesario hacerlo, con el consiguiente sufrimiento del paciente. Que, en ese caso, tampoco recibe el tratamiento adecuado y simplemente se “marea la perdiz”, pues ni se entiende ni se sabe lo que le pasa. Algunas veces he escuchado a pacientes decir que uno de estos “terapeutas” les ha dicho que no necesitaban psicólogo o psiquiatra con el retraso de un tratamiento adecuado de hasta años. Algo que, lógicamente, ha aumentado el sufrimiento del paciente durante más tiempo, o agravado su sintomatología o situación sin tratar, por no ser orientados desde el campo adecuado.


Imagen de pixabay (ThePixelman) 

3) Falta de compromiso ético y, como consecuencia, vulneración de los límites que supone una psicoterapia seria. Pueden darse casos menos graves de vulneración del código ético de un psicoterapeuta como hacer creer a los pacientes que son amigos y no respetar los límites relacionales que supone estar en psicoterapia con alguien. Un ejemplo es cuando no se cuida el no coincidir en ámbitos personales y laborales fuera del entorno psicoterapéutico. No hablo de encuentros no programados o casuales que pueden ser inevitables, sino de no cuidar la intimidad y espacio suficiente entre terapeuta y paciente, para que aquél pueda actuar con mayor objetividad. Se puede llegar a casos más graves de abusos económicos, sexuales, explotación laboral, etc. en nombre de una terapia que carecía de fundamento en sus orígenes. Obviamente estas conductas también son faltas de ética con psicoterapeutas con títulos oficiales, lo que señalo es que solemos ser más conscientes de la necesidad de marcar límites relacionales. Recomiendo desconfiar de terapeutas que no respetan que la vida privada suya ha de separarse de la del paciente. Es decir, no debemos fiarnos de terapeutas que pretenden compartir su vida privada con nosotros, que nos captan para sus actividades grupales (asociaciones, tareas comunes, grupos de amigos, grupos religiosos o espirituales, etc. ) y no digamos si nos ofrecen relaciones ambiguas o explícitas en el terreno afectivo y sexual. Estos casos de vulneración de lo que llamamos ética profesional los veo más frecuentemente entre terapeutas sin la formación suficiente (a veces simplemente porque nadie les ha dicho que esta confusión de roles daña a los pacientes).

Estamos en un momento en el que el aumento de diversas “terapias” aplicadas por no médicos es vertiginoso. Lo que incluso perjudica cuando estas terapias son llevadas a cabo por médicos, psiquiatras o psicólogos. Tal es el caso de la hipnosis, de las medicinas complementarias y de otras psicoterapias, que a base de aplicarse sin los suficientes conocimientos, acaban injustamente metidas en el saco de las pseudociencias, etc. Más bien la aplicación de procedimientos “terapéuticos” por pseudocientíficos es lo que ha de ser urgentemente cuestionado y criticado. 

Recomiendo, en caso de acudir a un psicoterapeuta, verificar los siguientes puntos:

1) Que sea psicólogo, psiquiatra o médico.

2) Que tenga, en el caso de ser psicólogo un título de psicología clínica, si se ha de tratar un trastorno mental. 

3) Que tenga, en el caso de ser psicólogo, un título oficial en psicoterapia (master o postrado universitario), cuando no se trate de un trastorno mental.

4) Que tenga, en el caso de ser psiquiatra o médico, un título oficial en psicoterapia (master o posgrado universitario). 


Imagen de pixabay (422737) 


miércoles, 25 de julio de 2018

¿SER NORMALES? ¿SER DIFERENTES?




A veces tengo la sensación de que estamos perdiendo ciertos parámetros que nos permiten orientarnos mínimamente en la realidad. 

Las identidades se diluyen, se incrementan las inseguridades y parece que nuestro ser es una especie de disco duro en el que es posible incorporar cualquier software o app al servicio de nuestros deseos. Incluso hay quien dice que podemos ser quienes queramos y como queramos, que basta con proponérselo, ser positivos, etc. Si así fuera estaríamos dominando uno de los lugares más complejos del universo, nuestro infinito espacio interior y se supone que podríamos ser absolutamente felices, todopoderosos, infalibles, etc. Pero los hechos nos muestran que esto no es así y que lo más irracional es creer que la realidad exterior y la interior puede responder a las capas más superficiales de nosotros. 

Con todo el mercado de coach, pseudoterapeutas e iluminados que tenemos disponible cualquier día nos venden un tuneado del ser a módicos precios, para vivir sugestionados incrustados en personajes imaginarios. Serían nuevos caminos para fabricar máscaras más verosímiles y aparentemente satisfactorias. Pretender esto de crear el personaje que queramos ser es jugar a los cuentos de hadas, y, lo que es peor, generar autoengaños muy nocivos que finalmente sear el mayor impedimento para la felicidad, ya que esta pasa por ser nosotros mismos.

En todo este batiburrillo de ilusiones diversas y construcciones extrañas de yoes imaginarios, muchos andan en la pretensión de que lo mejor es ser diferentes. Pero no diferentes siendo quienes son, sino ser diferentes forzadamente, obligatoriamente. Está de moda ser diferentes. Pero... si está de moda ser diferentes parece que el ser normal va a ser la manera de ser diferente. Tampoco me parece que debamos ser normales a la fuerza. Lo más normal será ser lo que somos, más o menos raros, más o menos normales. Ser lo que somos es liberador y, en general, ese paso de progresión hacia nuestro ser real suele ayudarnos a dejar ser como son a los demás. No es real la liberación que solo pasa por uno mismo, sin dejar libertad a los otros. 

Si alguien alardea de ser libre y de ser diferente y no soporta la normalidad o la diferencia del de al lado, simplemente me está mostrando que ni es libre ni es diferente. Simplemente está adaptado a otra forma de normalidad, la de la supuesta diferencia que otorga la identidad de ser especial. Como cuando los niños juegan a ser personajes ficticios. Aunque los niños suelen saber que están jugando... El problema es que el juego de la ficción narcisista se apodere de uno y uno viva a través del personaje imaginario, a costa de los demás (pues si no le siguen el juego le resulta insoportable) y obligando a otros a pensar como él, porque así son tan diferentes como el mismo. Pues no señor, así son iguales a lo que tú quieres que sean, no realmente diferentes. Sería otra forma de normalidad impuesta.

La normalidad impuesta no ayuda a conectarse con la realidad y se puede caer en lo que Erich Fromm llamó “patología de la normalidad” y otros, como Guinsberg “normopatía”, una especie de enfermedad de ser normales. Guinsberg define al normópata como el que acepta pasivamente y por principio todo lo que en su cultura se señala como bueno, justo y correcto y sin cuestionar nada, aunque sí cuestione y ataque a quienes cuestionan su visión de la normalidad.

Es curioso que si se impone la diferencia como forma de normalidad podemos caer, paradójicamente, en una forma de “normopatía” encubierta no por ello menos alienante y peligrosa.

Ojalá fuéramos libres para ser normales o diferentes, según le surja realmente… dejando a los demás ser quienes sean realmente, sin imposiciones.




sábado, 5 de mayo de 2018

LA FRAGILIDAD DE LOS MÉDICOS

Imagen de Mónica Lalanda @mlalanda

Los médicos somos humanos, somos seres frágiles, como los demás, y requerimos cuidados y esfuerzo si queremos mantener nuestra salud en condiciones óptimas. Algo que es absolutamente obvio y de sentido común. Pero… ¿por qué, en muchos casos, no lo hacemos? ¿Por qué muchos han asumido un modo de vida, que parece preparado para superhéroes? ¿Y por qué, muchas veces muchos médicos lo han asumido inconscientemente? ¿Por qué nadie nos dijo que la salud empezaba por nosotros mismos?

Creo que una parte viene de una carrera de Medicina planteada desde un sacrificio quizás necesario,  a veces excesivo y a la vez desde unos planteamientos obsesivos y perfeccionistas.  Quizás ya éramos buenos chicos que nos adaptábamos excesivamente a lo que la escuela nos pedía y de ahí nuestro excelente rendimiento académico…  Aunque también recuerdo mi gran inquietud por aprender con interés, muy por encima de cualquier preocupación por unas buenas calificaciones. Supongo que también les pasó a muchos otros.

Recuerdo en mi carrera de Medicina la especie de gynkana diaria con la que teníamos que vivir, innumerables horas de clase, empacho de conocimientos (muchas veces poco útiles para nuestra práctica futura), prácticas hospitalarias, trabajos individuales y en grupo, lecturas, descalificaciones frecuentes de profesores inaccesibles, etc. La competitividad era para algunos a vida o muerte, en una especie de guerra narcisista por ser los primeros a costa de cualquier sacrificio personal. Por suerte algunos teníamos vida social, leíamos, íbamos al cine, etc. Otros no, su vida era una alienante competición por demostrar algo que aún no sé muy bien lo que era. Algunos compañeros no pudieron superar la batalla, no resistieron, sus nervios se quebraron, claudicaron abrumados por un modo de vida que superaba sus fuerzas. Quizás sus sistemas nerviosos tenían más sentido común de los que salimos adelante en ese sistema “loco” de superar obstáculos y de acumular datos como computadoras.  De ahí que cuando fui becaria en Psiquiatría propusiera un proyecto sobre salud mental de los alumnos que finalmente quedó ahí para satisfacer la ambición profesional de profesores que querían engrosar su curriculum con más y más publicaciones. El “sistema” suele ser eficaz en dar la vuelta a posibles opciones innovadoras. No obstante recuerdo la resistencia en una sesión de sesudos psiquiatras que decían alarmados que no abriéramos la “caja de Pandora”. Curiosa reacción.

La verdad es que no tuve especial interés en llegar a ser la number one en aquel sistema desatinado, pero sí sentía la responsabilidad por aprender correctamente una profesión que exigía muchas responsabilidades. Me resultaba cansado, pero también estimulante, aunque creo que algún efecto secundario sedimentó en mi mente como resultado de estar instalada temporalmente en aquel ecosistema…  

Cuando superamos el MIR, e iniciamos la formación especializada en un hospital, muchos compañeros asumían irracionalmente normas absurdas, aceptaban formas de funcionamiento muchas veces excesivamente jerárquicas y sectarias, aceptaban  estoicamente la explotación laboral, jornadas maratonianas de atención precaria a los pacientes e incluso jornadas de 24 y hasta de 36 horas. Algunos protestábamos y éramos los “raros” e inadaptados, menos mal… 



Al llegar a ser especialistas la cosa tampoco cambiaba mucho. Cuando alguna persona dice que ser médico es como estar en una secta creo que no se equivocan mucho. El aguante irracional de dinámicas destructivas y la ignorancia absoluta del cuidado de sí me hacen recordar la sumisión de los adeptos de una secta o incluso ciertas situaciones de esclavitud o de asunción de mecanismos de tribu que resultan sorprendentes en personas supuestamente inteligentes.


A veces me he preguntado por qué es tan difícil acompañar a pacientes médicos que consideran poco relevante el cuidarse y que han llegado a una situación de estrés o de burn out precisamente por no hacerlo. La sumisión a un sistema enfermo parece ser una prioridad fundamental para sostener sus frágiles identidades. ¿Habrá sido el sistema como una secta que ha anulado sus identidades personales desde una etapa temprana? ¿Nos habrán inculcado una especie de narcisismo inquebrantable en el que nos sostenemos en nuestro rol profesional y de ahí el apego a soltarlo? ¿Hay un fanatismo científico que impone la soberbia de que somos nosotros los que ayudamos y que no podemos ser ayudados? ¿Nos creemos seres sobrehumanos que no estamos sometidos a las leyes de la naturaleza? ¿Nos hemos quedado atrapados en una especie de ritmo frenético hipnótico del que es difícil salir? Desde que era una joven estudiante me hacía estas preguntas y otras similares y hacía esfuerzos por no entrar en las dinámicas enfermizas que me rodeaban, pero alguna era demasiado absorbente para sustraerse a ella. El poder de los grupos.

Pero, al poco de terminar mi formación especializada como psiquiatra decidí salir del “sistema” oficial de la Medicina y emprender mi propio camino. Me daba cuenta de que trabajar así y en lugares insanos me debilitaba y enfermaba. También sentía que entre la Medicina que yo había estudiado y la que se practicaba en los hospitales había un gran abismo. Ver a 15 pacientes en una mañana, a un ritmo frenético, en 20-30 minutos y volverles a ver un mes después me parecía una mala praxis médica. Para mí esa Medicina es una Medicina que se ha vuelto enferma y que puede enfermar aún más a los pacientes, aunque sus parches alivien momentáneamente. Por eso me arriesgué por apostar por otra forma de trabajar y por una atención de calidad, pese a emprender un camino solitario (es decir, fuera del "sistema" oficial, de manera independiente). No soy la única. Otros muchos hemos buscado caminos alternativos de Medicinas más integrativas y completas como una opción coherente de vida. Otros se han quedado conscientemente por unos ideales de atención igualitaria a los pacientes (en la Sanidad Pública) o simplemente les ha llevado la corriente.  

El problema es que, en muchos casos, veo a médicos enfermos, estresados, desorientados entre los restos del naufragio de unas ilusiones rotas, sin las herramientas suficientes para saber pedir la ayuda necesaria y aplicándose a sí mismos una Medicina de parches como la que a veces no les queda más remedio que aplicar a sus pacientes: ansiolíticos, analgésicos, antidepresivos, hipnóticos, antiácidos, etc. No tienen el tiempo ni la energía de pararse a pensar que pueden tener otras opciones más saludables, e incluso, a veces atacan opciones de Medicina más integradora que podría reparar su salud. Esa secta subliminal acaba teniendo demasiado poder para abrir la consciencia a otras posibilidades menos conocidas en el sistema formativo oficial.

En este ámbito de cuidadores a todos nos queda mucho por aprender. Si queremos cuidarnos adecuadamente nos tenemos que recordar que somos vulnerables. La salud ha de empezar por nosotros mismos, desde un enfoque integral u holístico que nos lleve a cuidar lo físico, mental, social y espiritual. Al menos lo físico y lo mental. Algunos lo intentamos por coherencia y responsabilidad personal y profesional (poco podemos hacer por otros desde la debilidad y desde la enfermedad). Pero el chip de cuidadores nos puede llevar a olvidarnos de nosotros mismos, y la sugestión de ser superhéroes repara-personas puede ser muy poderosa. Todos caemos en ello muchas veces y, una y otra vez, hemos de retomar el camino del sentido común, observar las partes de nosotros que requieren cuidados extras, a veces reconectar con tradiciones de sabiduría en las que ya se buscaba un equilibrio integral del ser humano y abrir los ojos para poner límites ante lo que daña nuestras vidas. ¿Será posible hacerlo hacia una Medicina más humana que empiece por nosotros mismos? 


jueves, 1 de marzo de 2018

CONGRESO "CONFLUENCIAS ENTRE PSICOTERAPIA Y ESPIRITUALIDAD"


Foto de Pixabay (geralt)

Aquí os dejo un avance del programa del próximo congreso que haremos en octubre de este año desde la Cátedra Edith Stein que dirijo en Ávila. 

PRESENCIAL Y ONLINE

La idea de este congreso es tender puentes entre diferentes visiones (que vienen del ámbito de la psicoterapia y de la espiritualidad) que ayuden al ser humano a tener una vida más armónica e integrada, y que a su vez, también le aporten para sanar sus heridas emocionales, psíquicas, anímicas, etc.


XIX CONGRESO DE ANTROPOLOGÍA, PSICOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD
“CONFLUENCIAS ENTRE PSICOTERAPIA Y ESPIRITUALIDAD”

CÁTEDRA EDITH STEIN, UNIVERSIDAD DE LA MÍSTICA, ÁVILA

19-21 de Octubre de 2018


VIERNES 19 DE OCTUBRE:

Mañana:

- 9:15 -- Recepción y entrega de documentación.

- 10:00 - 10:15 --- Acto de apertura y presentación del congreso.

- 10:15 - 11.15 – Ponencia inaugural:
La psicoterapia y la espiritualidad en una sociedad de consumo
Eduardo Brik
Médico-Psicoterapeuta. Psicoterapeuta por la FEAP y Terapeuta Familiar por la FEATF. Supervisor Docente (FEATF)

- 11:15 – 12:45--- Mesa redonda
La aportación de la espiritualidad monástica al ser humano actual
José Antonio Vázquez Mosquera
Licenciado en semíticas, Master en Counselling, exmonje contemplativo
Karma Tenpa
Monje del Budismo Tibetano


- 12:45 - 13:15 --- Descanso.

- 13:15 - 14:00 --- Diálogo con ponentes presentes y público

  


Tarde:

16:00 - 17:00 --- Ponencia
El silencio que sana: la meditación
Vicente Merlo
Doctor en Filosofía, experto en religiones orientales


17:00- 18:00 –-- Ponencia
Dimensión terapéutica de la oración teresiana
Francisco Javier Sancho
Doctor en Teología Espiritual, especialista en Edith Stein, Director de la Universidad de la Mística

18:90 – 18:30 --- Descanso

18:30-19:30 --- Diálogo con ponentes presentes y público


SÁBADO 20 DE OCTUBRE:

Mañana:

- 10:00 – 11:00 --- Ponencia
¿Es más efectiva la psicoterapia cuando incluye las creencias religiosas? Resultados de la investigación
Michael King
Psiquiatra, Director del Departamento de Salud Mental del University College de Londres

- 11:00-12:00 --- Ponencia
¿Cómo podemos incluir la espiritualidad en la psicoterapia?
Maribel Rodríguez
Psiquiatra, Psicoterapeuta, Directora de la Cátedra Edith Stein

- 12:00 - 12:30 --- Descanso.

- 12:30 - 13:30 --- Diálogo con ponentes presentes y público



 Tarde:

16:00 - 17:00 --- Ponencia
Espiritualidad y perdón en psicoterapia
Inés Serrano
Doctora en Psicología, Profesora de la Universidad CEU-San Pablo

17:00-18:00—-- Ponencia
La conducta suicida y el sentido ante la vida. Cómo intervenir 
Alejandro Rocamora
Psiquiatra, Profesor del Centro de Humanización de la Salud y ex -Profesor de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid).

18:00 - 18:30 – Diálogo con ponentes presentes y público

18:30 - 19:00 --- Descanso.


19:00 - 20:30 – Talleres
 1.- Taller de meditación: la escucha como camino espiritual
  José Antonio Vázquez Mosquera
2.- La oración teresiana: sanar la autoestima y la imagen de Dios
 Francisco Javier Sancho
3.- Comprendiendo el perdón
 Inés Serrano


Domingo 21 de Octubre:

- 10:00 - 11:00---  Ponencia 
Terapia cognitiva y San Juan de la Cruz
Luis Jorge González
Doctor en Psicología, Catedrático de la Pontificia Universidad 
Urbaniana y de la Facultad Pontificia del Teresianum de Roma


- 11:00– 12:00 --- Ponencia de clausura
Psicología y espiritualidad: el hombre como misterio
Amedeo Cencini
Doctor en Psicología, Profesor en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma


- 12:00-12:30 Diálogo con ponentes presentes y público



- 12:30 - 12:45 ---  Clausura de las Jornadas




Para información e inscripciones podéis escribir a info@mistica.es