SESIÓN DE TERAPIA FALLIDA:
Benito siempre intentaba ayudarla a adaptarse más a lo que le parecía lo más adecuado, para que funcionara productivamente, empujándola a ir saliendo de sus absurdos pensamientos neuróticos.
Cuando Aurora entraba en sus crisis existenciales, se sentía angustiada y no se veía capaz de pensar con claridad. No sabía cómo podía llegar a ahondar en el significado de sus inquietudes más profundas. Temía que, si profundizaba en ellas, podría llegar a abrirse en ella un abismo de sufrimiento inmanejable, tal y como su psicólogo le advertía que podía llegar a pasarle. Por este motivo, hacía ingentes esfuerzos por acallar sus angustias, intentando olvidarse de sí misma y logrando llegar a un silenciamiento mental con las gafas[1] de Esmeralda. Al menos, al usarlas, se paraban sus pensamientos y su angustia se calmaba. Así lograba desconectarse del dolor, pero también se acababa sintiendo alienada de todo. La única ventaja que encontraba con ese sistema de anestesia era que llegaba a estar más indiferente y despreocupada frente a todo lo que la inquietaba. Aunque cada vez las usaba menos, porque no acababan de convencerle las sensaciones que le provocaban.
Benito conocía las crisis de Aurora, pero solo sabía inducirla a ignorarlas, haciendo énfasis en que ella intentara ser lo más normal posible, enfocándola en lo que le sirviera para estar bien. Le parecía que Aurora se empeñaba en pensar cosas raras que no la llevaban a ningún sitio. No la estimulaba a comprender qué era lo que la inquietaba, porque consideraba que se trataba de un terreno resbaladizo y peligroso en el que no había que asomarse en absoluto. Benito era incapaz de comprender lo que le pasaba a su paciente. Creía que el pensar como lo hacía ella en sus crisis era un síntoma de una neurosis obsesiva y el camino hacia una depresión profunda. Para él, poner atención en lo que le surgía en ese estado no llevaba más que a un sufrimiento neurótico infinito que no tenía ningún sentido. Así que su objetivo terapéutico consistía en enfocarla en las cosas que él creía que la motivarían a estar bien. Por ello se sentía orgulloso de haberla sacado, una y otra vez, de un abismo depresivo, en el que Aurora no podía encontrar más que oscuridad y vacío.
Las inquietudes de Aurora le ponían frente a su propia incapacidad para hallar un sentido consistente para su vida. Por este motivo le resultaba más fácil convencerla de que debía salir de sus obsesiones y de que lo importante en la vida eran el éxito profesional y la superación de sí misma. Como ella tenía mucho talento intelectual, era necesario “explotarlo”. Solo así llegaría, por fin, a ser feliz de verdad. Intentaba así inculcar a su paciente su visión de la vida (en gran medida insertada en su mente por Esmeralda). Para lograrlo le decía frases como: “Sigue con tus proyectos y céntrate en conseguir más resultados”, “Haz listas de dificultades y anota cómo haces para salir de ellas y empieza con lo que te resulte más fácil”. Como Aurora tendía a ser demasiado sugestionable, acababa aceptando lo que le decía su terapeuta, porque suponía que sabía lo que hacía, tratando de adaptarla a lo que se consideraba “lo normal”. Pero, a pesar de su “adaptación”, Aurora no podía impedir “recaer” periódicamente en nuevas crisis que le hacían preguntarse por el sentido de todo. Cada vez resurgían en ella de una forma más acuciante e intensa. Aurora se había dejado convencer de que lo suyo era parte de un trastorno neurótico con el que tendría que convivir toda la vida, pues no acababa de dar con una solución definitiva a sus problemas existenciales recurrentes.
Mientras Aurora se preparaba para la cita online que tenía con Benito, imaginaba cuáles serían ese día las respuestas de su terapeuta: “Aurora, no te compliques la vida, tienes creencias irracionales que te hacen creer que tus pensamientos negativos reflejan algo real, pero escuchándolos no lograrás nada”. “¿Otra vez te estás comiendo el coco, para qué?” “No des tantas vueltas a la cabeza, tienes pensamientos obsesivos de los que te tienes que distraer, sabes perfectamente cuál es el sentido de la vida, no te distraigas con discos rayados que no te llevan a ningún sitio”. “Céntrate en el presente y en tus sensaciones; el presente es lo único que existe, no pienses y no juzgues tanto; hacerlo te aleja de lo esencial”.
En otras ocasiones, estas ideas de su psicólogo le habían ayudado a dejar de lado sus inquietudes existenciales, con una sensación aparente de alivio de su malestar. Pero esta vez esas frases que venían a su mente le resultaban vacías y absurdas. ¡Sí que tenía que estar mal si no le servían de nada! Por primera vez, después del tiempo que llevaba en terapia con su psicólogo, no le aportaban nada. Le parecían estúpidas. ¿Y no sería que su psicólogo se sentía incómodo con estas cuestiones porque no sabía abordarlas? ¿No sería que no la comprendía?
Se sintió triste por pensar mal de él, pues siempre la había tratado con respeto y con cariño. Por un momento tuvo la sensación de que le venían estos pensamientos porque se activaba en ella su perfeccionismo, su hiperexigencia y su tendencia a ver todo de manera diferente al resto de la gente, por ser una friki incorregible. ¿Y por qué no dejarse ser como fuera? ¿Qué problema había en dejarse ser rara? Por un momento tuvo la sensación de que sus inquietudes existenciales tenían algún valor. Quizás había en ellas algo constructivo que ponía en marcha una búsqueda de sus anhelos más profundos. ¿No la llamarían a mirar la vida de otra forma? ¿No aparecerían en ella recurrentemente estas preguntas por algún motivo? ¿No era inapropiado acallarlas si podían tener algún tipo de respuesta? Y, si no tuvieran respuesta, ¿por qué no permitirse ahondar en ellas hasta sus últimas consecuencias? Pensar de este modo le fue trayendo un cierto alivio y más tranquilidad, a pesar de no entender muy bien qué le pasaba.
Cuando empezó la consulta con Benito, Aurora le describió sus actividades del día, le habló de sus dificultades con sus tareas académicas y de las incomodidades que le provocaba su jefa. Esta vez no tenía ganas de hablarle sobre las cuestiones existenciales que ya sabía que iban a ir siendo sepultadas e ignoradas por él. ¿Para qué volver a ellas? Así que decidió centrarse en otros temas más banales y desahogarse hablando de lo que la disgustaba cada día en su trabajo:
—Estoy cansada por el trabajo intenso de los últimos días. Tengo la sensación de que Esmeralda se aprovecha de mi tiempo sin consideración. Por este motivo, mi visión de ella no es tan buena como antes. Muchas veces me da tareas demasiado simples cuando paso de ser su becaria a ser su secretaria. Yo no me he metido a ser becaria para hacer trabajos que no me corresponden. Me siento desmotivada y creo que tendría que hacer más con mi doctorado. Estoy atascada con ello, lo que me hace sentirme bastante mal. Además, Esmeralda apenas me orienta y casi es mejor ni preguntarle, porque me dice perogrulladas y me da consejos muy básicos. No sé si sabe tanto como dice. El otro día le pregunté por un procedimiento estadístico y me remitió a chatear con una IA. Está demasiado enfocada en sus conspiraciones políticas y en agradar a los poderosos que la favorecen. Siento que no le importo más allá de mi rendimiento; quizás mi trabajo solo le importa como medio para alcanzar más éxito y protagonismo. Por no hablar de su ambición desmesurada por ganar dinero a toda costa, aliándose con quien haga falta para conseguirlo. Por otra parte, aunque habla de meditación y de espiritualidad, sus conductas no parecen coherentes con lo que predica. Yo no la veo muy pacífica y ecuánime; constantemente tiene ataques de ira por nimiedades. Solo parece feliz cuando consigue ser alabada y admirada por otros. Incluso presume de ser “encantadora de serpientes” cuando hace gala de su capacidad para manipular a otros, lo que me resulta muy desagradable. Pero quiero pensar que en el fondo es buena, porque en algunas ocasiones es amable conmigo. No sé qué traumas de su infancia han condicionado sus conductas egocéntricas. Sí que ha tenido que pasarlo mal en la vida la pobrecilla. —Nuevamente Aurora caía en su cierta tendencia a justificar las malas acciones de sus semejantes y así también trataba de compensar la culpabilidad que sentía por criticarla.
Benito la escuchaba con atención, pensando en qué podía aportarle que pudiera resultarle útil. A la vez, se sentía incómodo con las críticas dirigidas a Esmeralda, a la que admiraba profundamente. Por ello, prefería pensar que las quejas de Aurora eran producto de sus síntomas neuróticos que la hacían incapaz de tolerar pequeñas frustraciones.
Mientras escuchaba a Aurora, decidió estructurar su aportación para que fuera más científica y eficaz. También quería impresionar a Aurora con su profesionalidad. Para ello decidió que el paso 1 de la sesión del día sería escuchar y aparentar aceptación incondicional con una sonrisa, a pesar de sentirse incómodo con lo que su paciente decía. Después de aplicar el paso 1 durante unos 10 minutos, pasaría a aplicar el paso 2, dándole la indicación de concentrarse en algo positivo. Gracias a su afición a los libros y apps de autoayuda, tenía un abundante repertorio de frases e ideas suficientemente buenas para neutralizar las quejas que consideraba absolutamente improductivas y absurdas. Él ya se había aplicado a sí mismo ciertas reprogramaciones mentales para ser más positivo. Además, usaba con frecuencia las gafas de silenciamiento mental de Esmeralda, por las que se sentía inmensamente agradecido. Gracias a ellas había podido dejar su propia psicoterapia porque ya no tenía que pensar en nada que le preocupara. Debido a estos efectos que consideraba terapéuticos para sí mismo, había llegado a la conclusión de que Esmeralda era un genio de la psicoterapia. Motivo por el cual estaba totalmente entregado a su causa. Su dinámica de entrega y sumisión supuso que fuera elegido por ella como un colaborador cercano y que le encomendara el trabajo de hacer psicoterapia a sus becarios, para que lograra que acabaran funcionando según los parámetros “adecuados”.
Después de que Aurora expusiera sus quejas, Benito le dijo:
—Entiendo por lo que debes de estar pasando y te comprendo; debe de ser muy duro sentirse así (utilizó una frase de terapeuta principiante para aparentar una respuesta empática). Pero veo que estás siendo demasiado negativa con Esmeralda. Ella te ha dado una magnífica oportunidad. Has de ser menos exigente y perfeccionista. Has de saber que a veces Esmeralda baja el nivel del trabajo de sus discípulos para que trasciendan sus egos y así se vuelvan más sabios (no decía esto totalmente convencido, pero estaba obligado a decirlo así). Es una gran maestra. Conmigo lo hizo muchas veces durante el primer año del doctorado, hasta que aprendí a captar su sabiduría y pude ver muchas cosas igual con su perspectiva de persona iluminada. Cuando ya empecé a percibir todo con claridad y acepté su forma de trabajar, es cuando realmente crecí como profesional y como ser humano. Es más, gracias a sus gafas silenciadoras es como finalmente he alcanzado la plenitud iluminada del no pensamiento. Sé que te resistes a veces a usarlas porque te gusta experimentar demasiado con tus pensamientos. Aún tienes demasiado ego, lo que dificulta tu proceso. Deberías usar más las gafas cuando te vienen pensamientos tan negativos hacia la persona que tanto te ha ayudado. Así es como vas a encontrar finalmente tu mejor versión y a triunfar. ¿No quieres encontrar tu mejor versión? Cuando la encuentres, llegarás al mejor estado posible de existencia y lograrás llegar al triunfo que te mereces. Entonces todos creerán en ti y triunfarás. El éxito o el fracaso dependen de lo que atraes con tus actitudes; solo busca tu mejor versión. —Benito repetía las consignas de Esmeralda para intentar lavarle el cerebro con ellas.
—No acabo de estar convencida de lo que me dices y aún menos de lo de mi mejor versión. ¿Cuál es mi mejor versión? ¿Cómo es? ¿Siempre será la misma o cambiará? ¿Y para qué quiero el éxito? ¿De qué me sirve? ¿Para qué buscar otra versión de mí? Quizás no me convenza lo que dices porque tenga un problema de orgullo y de rebeldía, como ya me has señalado otras muchas veces. ¡El dichoso ego! Lo que pasa es que ahora siento que necesito hacer las cosas a mi manera, aunque corra el riesgo de fracasar por culpa de mi “ego”. No obstante, tengo claro que cuando he hecho las cosas a mi manera, no me ha ido tan mal. Ahora no sé por qué estoy tan inhibida a la hora de fiarme de mi criterio. En estos momentos no entiendo bien qué es lo que falla, ya que hago todo lo mejor que puedo. Quizás me equivoco al estar molesta con lo que no me acaba de gustar y porque pienso más de la cuenta. No puedo evitarlo. ¿Sabes que a veces, cuando Esmeralda me dice que hago todo demasiado bien, parece crispada por ello? No sé por qué le molesta tanto. No sé cómo es posible que le dé envidia que yo sepa algo que ella no sabe. Es absurdo, pero a veces llega a darme esta sensación. Y te aclaro que tampoco me atrae la idea de tener éxito como tú lo planteas. A mí lo que me aporta alegría es la sensación de éxito que surge como resultado de hacer bien algo que merece la pena. Para mí el éxito es una consecuencia, es la satisfacción que emerge de estar en sintonía con lo que me parece valioso. Si pienso en el éxito como un fin al que hay que supeditar todo lo demás, tengo la sensación de que me estoy prostituyendo de algún modo.
Benito la interrumpió súbitamente, pues la palabra “prostituyéndose” la sintió como una espina envenenada que le confrontaba con sus propias conductas. Y era inadmisible que una paciente le confrontara a él, dado que tenía que ser superior a cualquiera de ellos (idea absurda que en el fondo encubría sus grandes inseguridades).
—Aurora, ¡qué barbaridad dices! ¡Seguir la propia vocación y hacerlo todo bien a toda costa no es prostituirse! Es cierto que a veces hay que ceder, frenar el orgullo, dar la razón a quien no la tiene, aliarte con personas repugnantes y hacer excesivos “favores”, que pueden llegar a ser bastante desagradables, pero resulta que el mundo está hecho así. Y todos tenemos que sobrevivir como podamos. No puedes vivir en las nubes pensando que las cosas ocurren como si estuviéramos en un mundo ideal. ¡Eso no existe! Tu perfeccionismo y tu moralismo a veces son excesivos y pareces creerte mejor que nadie. ¿Nunca has pensado que puedes ser molesta con tus actitudes de superioridad moral? Tu neurosis obsesiva puede ser muy desagradable. ¿Lo sabías?
Aurora se quedó perpleja y desconcertada ante esa respuesta. Benito le estaba haciendo luz de gas, culpándola a ella de los problemas que le generaban otros. Notaba cómo su psicólogo la estaba queriendo dirigir en una dirección con la que ella no se identificaba en absoluto. El malestar interno que llevaba acumulado por diversas circunstancias la llevó a perder la paciencia y a no controlarse, como solía hacer habitualmente. Respondió a Benito también interrumpiéndole y en un tono con el que no la había escuchado antes:
—¡Ya no puedo más, Benito! ¡Te estás pasando y no sabes ni de lo que hablas! ¡Siento que me das consejos estúpidos! Sé que soy rara y que no es tu culpa que yo sea una paciente atípica. ¡Pero no puedes ayudarme, no tienes ni idea de lo que me pasa! ¡No me entiendes! A veces pareces mi enemigo y tengo la impresión de que quieres suprimir lo que soy, como si pretendieses encajarme en un esquema preestablecido que consideras válido e igual para todos. ¡Y yo no soy un mono de feria al que puedas domesticar! ¡Quédate con tus consejos de pacotilla! ¡Son estúpidos! ¡Y no me hagas luz de gas! ¡Eso es maltrato! No voy a dejar que me manipules. —Aurora respiró hondo tres veces, dándose cuenta de que había perdido los papeles y de que necesitaba calmarse. Al mismo tiempo, se sentía liberada.
Entretanto, Benito la observaba desconcertado y nervioso, sin saber qué decir. Nunca se hubiera esperado una reacción así de Aurora, ya que siempre era muy educada y correcta. Creía que después del tiempo que llevaba con ella ya la tenía bastante controlada. De repente parecía haberse derrumbado todo su trabajo. Se sentía tenso y desconcertado por haber perdido el control de la situación. Se puso las gafas de no pensar para no angustiarse más. No quería tener la posibilidad de cuestionarse a sí mismo en algo. Cuando las gafas empezaron a hacerle algo de efecto, respondió a Aurora de una forma mecánica, que correspondía a las instrucciones del último libro que había leído sobre momentos incómodos con pacientes difíciles. Ya no recordaba el contenido exacto de lo sucedido, pero sí que se había dado un momento tenso, pues lo tenía apuntado en su libreta electrónica.
—Veo que necesitabas expresar algo complicado para ti, ¿quieres que hablemos de algo más? Comprendo cómo te estarás sintiendo —dijo Benito de forma protocolaria y mecánica.
—¿Me comprendes? ¿Qué comprendes? ¿Ya estás con las frases hechas de manual? ¡¿Y con las gafas?! No entiendes nada. —Por un momento Aurora se dio cuenta de que estaba siendo demasiado dura con él y cambió su tono—. Disculpa mi reacción y mis palabras, Benito. Llevo unos días pasándolo mal y he perdido los nervios. Mejor vamos a terminar la sesión por hoy. No tengo fuerzas ni ganas de contarte nada más y necesito reflexionar a solas acerca de lo que me sucede. Quiero también pensar en si sigo o no en terapia contigo. Sé que quieres ayudarme, pero tengo la sensación de que algo no acaba de encajar entre nosotros e inseguridad acerca del proceso que estamos haciendo. No veo que realmente me ayudes. Más bien siento que lo que me aportas me entorpece cada vez más. Además, me da muy mala espina el que te hayas puesto las gafas de no pensar en mitad de una sesión. ¿No ves que te pones en evidencia? ¿No tienes más recursos para manejar la situación?
Benito se había puesto colorado y sudaba, a pesar de que las gafas amortiguaban parte del golpe de las palabras de Aurora. Le respondió de nuevo de forma mecánica, siguiendo el protocolo correspondiente:
—Comprendo cómo te estarás sintiendo y respeto tus decisiones. Como sabes, solo expresando plenamente tu potencial llegarás a ser feliz y exitosa y a ser tu mejor versión. —Después de sus frases hechas, la volvió a mirar con atención, omitiendo la cuestión de las gafas, que se quitó rápidamente al sentirse confrontado por ello.
—Muy bien, quítate las gafas. Otra vez me dices frases hechas que no me dicen nada. Y ya veo que no quieres ni mencionar las gafas porque te he pillado desconectándote en mitad de una sesión. ¡Qué patético me parece que no se te haya ocurrido nada mejor! —le respondió Aurora con crispación. Benito, tengo que pensar con calma en qué hacer a partir de ahora y, si pierdo la beca, me haré influencer o reparadora de drones oxidados. No sé, ya veremos. Se me da bien la mecánica, o lo que haga falta para sobrevivir. Voy a leer, de todas formas, las condiciones de mi beca y así veré qué puedo hacer exactamente. Supongo que quieres algún bien para mí —Aurora se iba dando cuenta de que ya no creía en ello realmente— y sé que no te lo estoy poniendo fácil, pero estoy en un momento en el que necesito aclararme yo sola. Hoy no me estás ayudando en absoluto. Más bien me parece que me estás frenando y manipulando. E intuyo que has podido hacerlo otras veces, aunque no me haya dado cuenta de ello. Menos mal que estoy empezando a despertarme.
Benito estaba poniéndose de nuevo nervioso, ya que no tenía las gafas puestas y no sabía qué responderle. Aun así, se esforzó en responderle, aparentando profesionalidad, después de ajustarse la corbata.
—¿Quieres que hablemos más de ello? De verdad que me gustaría poder ayudarte —dijo Benito con gran inseguridad, para ver si así Aurora se calmaba y no cortaba la sesión abruptamente. Aunque, por otra parte, lo estaba deseando porque no se lo ponía nada fácil. Su inquietud aumentaba aún más al pensar que si Aurora leía a fondo las condiciones de su beca, podría darse cuenta de que no tenía por qué seguir un tratamiento psicoterapéutico con nadie asignado por Esmeralda. No era algo absolutamente obligatorio. Para que Aurora no lo descubriera, Benito hizo un nuevo intento por disuadirla. —No hace falta que leas las condiciones de la beca, que son muy largas y un rollo; yo te las puedo explicar cuando quieras —así intentaba salir del paso.
—Hoy no me apetece hablar más, Benito. Me gustaría reflexionar un poco más sobre todo esto, aunque tú siempre me recomiendas que no piense y que siga ciegamente las indicaciones de Esmeralda. Muy bonito. Pretendéis saber más que yo misma acerca de lo que me pasa y de lo que me puede ayudar. Pero siento que, si no me dejo un tiempo para pensar en lo que quiero, me voy a sentir peor. Sería traicionarme a mí misma al no tomarme en serio mis propias inquietudes. Igual estoy empeorando mi neurosis obsesiva, ¡quién sabe! Pero ahora mismo quiero bucear un poco en ella. ¿Y si lo que me pasa no es una neurosis obsesiva? ¿Y si es otra cosa? ¿Y si se trata de la voz interna de mi conciencia que quiere comunicarse conmigo? ¡Quién sabe! Y, con respecto a las condiciones de mi beca, como comprenderás, estoy bastante acostumbrada a leer rollos de todo tipo, así que no es problema, no te preocupes, soy capaz de leerlo yo sola. Gracias por tu inestimable ayuda —le dijo con un tono irónico.
—De acuerdo, como quieras, Aurora. ¿Nos vemos la semana que viene? —al decir esto, Benito omitía lo que Aurora había dicho de dejar las sesiones con él. Así hacía un intento desesperado por reengancharla.
—Vamos a cancelar la sesión de la próxima semana y te digo algo más en unas semanas. Como ya te he dicho, quiero pensarme si seguir o no en terapia contigo. Eres un psicoterapeuta respetuoso y con experiencia, pero no sé si eres capaz de comprenderme. Ya te diré algo.
—Está bien. Espero entonces tus noticias —dijo Benito con una tensión contenida y mal disimulada, pues temía lo que le podía caer encima cuando Esmeralda supiera que Aurora quería dejar la terapia. Además, Aurora le inquietaba porque ponía de manifiesto su incompetencia para pensar en temas demasiado profundos. —Espero que te vaya bien con tus reflexiones y que escojas la mejor opción para ti, que pienso que es seguir conmigo.
—Sí, sí, Benito. Como seguir contigo no hay nada, ¿no? Bueno, te dejo, que aún tengo cosas que pensar, ponte tus gafas y olvídate de mis problemas. Ya te daré noticias. Que descanses y que todo te vaya bien.
En estas últimas palabras y en su tono estaba ya implícito que Aurora había tomado una decisión, aunque ella no fuera plenamente consciente. Benito ya no le inspiraba ningún respeto.
—De acuerdo. Espero tus noticias. Y sí, mejor me pongo las gafas, que son lo mejor que hay para tener paz mental y llegar a ser ciudadanos ejemplares, no lo olvides.
—Sí, claro que sí. ¡Cómo olvidarlo! Buenas tardes, Benito.
—Buenas tardes, Aurora.
Después de cortar la comunicación, Aurora se sintió tensa a la vez que liberada. No era habitual en ella hablarle a alguien en ese tono. Le gustó la versión de sí misma que había surgido. ¿Sería esa su mejor versión? Seguramente esa no era la “mejor versión”, según Benito. Pero ya, afortunadamente, le importaba bastante poco su opinión.
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